Narrativa

John Barth revisitado

La editorial Sexto Piso rescata en un solo volumen "La ópera flotante" y "El final del camino", primeras novelas de John Barth.

Tras la publicación de El plantador de tabaco y Giles, el niño cabra, la editorial Sexto Piso rescata en un solo volumen las dos primeras novelas de John Barth : La ópera flotante y El final del camino . En magnífica traducción de Mariano Peyrou, ambos textos tienen un tono existencialista que remite en parte a Sartre, Camus y el Zeitgeist de posguerra, pero repensado con la carga de humor e ironía marca del propio Barth a lo largo de su trayectoria. En ambos libros, asistimos a un triángulo amoroso más que peculiar cuya peripecia está descrita en un tono más bien realista en contraposición a las desbordantes y juguetonas incursiones en la metaficción que hemos visto en obras posteriores de Barth y que se convertieron en el sello distintivo del autor.

Esta edición vuelve a poner en circulación dos títulos descatalogados de una calidad literara que merece ocupar un lugar destacado en la constelación barthiana. En La ópera flotante, finalista del National Book Award en 1956, vemos el sinsentido de la vida a través de los ojos de Todd Andrews, un abogado treintañero que decide suicidarse. El final del camino nos presenta a un personaje, el joven Jack Horner, que también sigue esa senda plagada de pensamientos oscuros, pero que acaba poniéndose en manos de un doctor, una brillante mezcla de santo y diablo, con quien iniciará la más extraña de las curas. 


Nota introductoria a la edición revisada de La ópera flotante (1967)

/ por John Barth /

La ópera flotante se escribió durante los tres primeros meses de 1955. El final del camino, la pieza que funciona como su pareja, durante los tres últimos meses de ese mismo año. La Ópera fue mi primera novela. Tenía veinticuatro años, había dedicado los últimos cinco a escribir laboriosamente y no había tenido ningún éxito con los editores, ni había merecido tenerlo. Al final uno aceptó publicar la Ópera, pero con la condición de que su hacedor realizara ciertos cambios importantes en su construcción, particularmente en la zona de la popa. Los hice, la novela fue publicada, los críticos reprobaron sobre todo su final y aprendí una pequeña lección relativa a la construcción de barcos. En esta edición, se ha restituido el final original y correcto a la historia, así como unos cuantos pasajes menores. La ópera flotante sigue siendo la primera novela de un joven, pero me satisface que ahora pueda flotar o hundirse con su diseño original.

john Barth ( Cambridge, Maryland, EEUU, 1930)

Capítulo primero

Afinando mi piano

Para alguien como yo, cuyas actividades literarias se han limitado desde 1920 sobre todo a redactar informes jurídicos y a la escritura de la Investigación, lo más complicado de la tarea que me ocupa –es decir, el relato de un día de 1937 en que cambié de opinión– es ponerse a ello. Nunca he intentado hacer algo parecido, pero me conozco lo bastante como para darme cuenta de que una vez haya roto el hielo, las páginas se sucederán con fluidez, ya que no soy, por naturaleza, un tipo reservado, y el problema entonces será atenerme a la historia y, al final, callarme. No tengo ninguna duda al respecto: casi siempre puedo predecir correctamente lo que voy a hacer, porque aunque aquí en Cambridge se piense lo contrario, lo cierto es que mi conducta es bastante coherente. Si otras personas (mi amigo Harrison Mack, por ejemplo, o su esposa Jane) piensan que soy excéntrico e imprevisible, es porque mis actos y opiniones son incoherentes con sus principios, si es que tienen alguno; pero puedo asegurar que son muy coherentes con los míos. Y aunque mis principios puedan cambiar de vez en cuando –este libro, recuerda, trata de un cambio de ese tipo–, siempre tengo numerosos principios, más de los que puedo emplear, y por lo general son compatibles, de modo que mi vida no es menos lógica sólo  por ser poco ortodoxa. Además, por regla general, acabo lo que
empiezo.

Por ejemplo, ahora he empezado a escribir este libro, y aunque probablemente todavía falte bastante para que nos pongamos con la historia, por lo menos ya nos dirigimos hacia ella; y yo, por mi parte, he aprendido a conformarme con cosas así. Quizá cuando haya terminado de contar el día ese que mencioné antes –creo que debió de ser el 21 de junio de 1937–, quizá cuando llegue al momento de irse a la cama de aquel día, si es que llego alguna vez, vuelva y destruya estas páginas sobre la afinación del piano. O quizá no: tengo la intención de presentarme de inmediato, prevenirte contra ciertas posibles interpretaciones de mi nombre, explicar el significado del título de este libro y mostrarme muy amable contigo, como un anfitrión que se esfuerza con sus invitados, para que te sientas cómodo y te vayas introduciendo poco a poco en la serpenteante corriente de mi relato. Se trata de una serie de actividades útiles de las que no conviene prescindir.

Pero permíteme llevar el concepto de «serpenteante corriente» un poco más lejos: siempre me ha parecido, en las novelas que he leído de vez en cuando, que los autores les piden mucho a sus lectores cuando empiezan sus historias frenéticamente, por la mitad del relato, en vez de avanzar con lentitud hacia él. Sumergirse de ese modo en la vida y el mundo de otro, como sumergirse en el río Choptank a mediados de marzo, tiene, en mi opinión, poco de placentero. Por lo tanto, ven conmigo, lector, y no temas por tu débil corazón; el mío también es débil, y conozco las ventajas de meter primero un dedo del pie, después todo el pie, después la pierna, las caderas y el estómago muy lentamente y al final meterte entero en mi relato, tomándote para ello todo el tiempo que te resulte necesario. Al fin y al cabo, te estoy invitando a una inmersión por placer, no a un bautismo.

¿Dónde estábamos? Iba a comentar el significado del v. g.  que usé antes, ¿verdad? ¿O iba a explicar la metáfora de la «afinación del piano»? ¿O lo de mi débil corazón? Santo cielo, ¿cómo se escribe una novela? Quiero decir, ¿cómo puede uno atenerse a la historia si tiene algo de sensibilidad hacia el significado de las cosas? Por mi parte, ya veo que la narrativa no es lo mío: cada nueva frase que escribo está llena de figuras e implicaciones que me encantaría poder ahuyentar hasta que regresaran a sus guaridas, pero el intento de ahuyentarlas generaría nuevas figuras y la necesidad de ahuyentarlas también, de tal forma que estoy seguro de que nunca podría empezar mi historia, y mucho menos acabarla, si diera rienda suelta a mis inclinaciones. En otras circunstancias, no me importaría –un libro me parece tan bueno como cualquier otro–, pero es que de verdad quiero explicar lo que ocurrió ese día (no sé si el 21 o el 22) de junio de 1937 cuando cambié de opinión por última vez. Tendremos que quedarnos en el cauce principal, por lo tanto, aunque naveguemos en un barco de bajo calado, y olvidarnos de los riachuelos y las caletas, por muy bonitos que sean. (Esta metáfora no es gratuita, pero olvidémonos también de ella por ahora).

Bueno. Mi nombre es Todd Andrews. Puedes escribirlo con una d o con dos; me llegan cartas de las dos maneras. Estaba a punto de prevenirte contra escribirlo con una sola d por miedo a que dijeras: «Tod significa muerte en alemán; quizá el nombre sea simbólico». Yo, personalmente, uso dos des, en parte para evitar ese simbolismo. Pero ya ves, al final no te he prevenido, porque se me ocurrió que el Todd con doble d también es simbólico, y mucho. Tod es muerte, y este libro no tiene demasiado que ver con la muerte; Todd es casi Tod –es decir, casi muerte–, y este libro, si llega a escribirse, tiene mucho que ver con la «casi muerte».

Un último comentario. ¿Alguna vez te has puesto de mal humor por culpa de esas historias que parecen prometer una revelación y que al final, por medio de algún ardid, logran incumplir su promesa? Yo me he encontrado más veces de lo que hubiera querido con historias sobre un invento maravilloso  –una máquina que desafía la gravedad, o un telescopio lo bastante poderoso como para ver hombres en Saturno, o un arma secreta capaz de desencajar el sistema solar–, pero nunca se explica el funcionamiento por el que se vence a la gravedad, ni se trata la cuestión de la habitabilidad de Saturno, ni se nos dice cómo construir desencajadores del sistema solar para uso privado. Bueno, pues este libro no es así. Si te digo que he comprendido ciertas cosas, te contaré qué cosas son y te las explicaré con toda la claridad posible.

Todd Andrews, pues. Y ahora, fíjate en cómo soy capaz de avanzar cuando realmente lo deseo: tengo cincuenta y cuatro años y mido un metro ochenta, pero sólo peso sesenta y cinco kilos. Tengo el aspecto que creo que tendrá Gregory Peck, el actor, cuando tenga cincuenta y cuatro años, salvo que siempre llevo el pelo muy corto para no tener que peinarme y no me afeito a diario. (La comparación con el señor Peck no es jactanciosa, sólo descriptiva. Si yo fuera Dios, al crear el rostro de Todd Andrews y de Gregory Peck modificaría algunos detalles aquí y allá). Mi posición es bastante desahogada: soy socio del bufete de abogados Andrews, Bishop y Andrews –el segundo Andrews soy yo–, y el ejercicio del derecho me proporciona todo el dinero que necesito, tal vez unos diez mil dólares al año, quizá nueve; nunca me ha interesado averiguarlo con exactitud. Vivo y trabajo en Cambridge, la capital del condado de Dorchester, en la costa este de Maryland. Ésta es mi ciudad natal y también la de mi padre –Andrews es un apellido antiguo aquí– y nunca he vivido en ningún otro sitio salvo los años que pasé en el ejército, durante la Primera Guerra Mundial, y los que estuve en la Universidad Johns Hopkins y en la Facultad de Derecho de la Universidad de Maryland, un poco más tarde. Soy soltero. Vivo en una habitación individual en el hotel Dorset, en High Street, justo enfrente del juzgado, y mi despacho está a una manzana de distancia, en el «barrio de los abogados», en Court Lane. Aunque con el ejercicio del derecho me pago la habitación, no considero que dicho ejercicio sea más mi carrera que otro centenar de cosas: navegar, beber, pasear por la calle, escribir mi Investigación, mirar las paredes, cazar patos y mapaches, leer, hacer politiqueos. Me interesan unas cuantas cosas, pero ninguna me entusiasma. Llevo ropa bastante cara. Fumo cigarros Robert Burns. Mi bebida es el whisky de centeno Sherbrook con ginger ale. Leo con frecuencia y asistemáticamente, es decir, tengo mi propio sistema, pero no es ortodoxo. No tengo prisa. En resumen, vivo mi vida –o la he vivido, al menos, desde 1937– de un modo muy similar al que estoy escribiendo este primer capítulo de La ópera flotante.

Casi me olvido de mencionar mi enfermedad.

La cuestión es que no soy una persona sana. Lo que me ha hecho recordarlo en este momento es que mientras estaba dándole vueltas al nombre de La ópera flotante, sentado en mi mesa, en el hotel Dorset, rodeado por los archivos de mi Investigación, he empezado a tamborilear con los dedos sobre la mesa, siguiendo el ágil ritmo del letrero de neón que hay fuera. Tendrías que ver mis dedos. Son la única deformidad de un cuerpo que, por lo demás, es servible y, según me han susurrado en algunas ocasiones, no carece de atractivo. Pero menudos dedos. Parecen garrotas. Acaban en unas uñas enormes, gruesas, amarillentas. He padecido (proba blemente todavía padezca) una clase de endocarditis bacteriana subaguda con una complicación especial. La padezco desde joven. Me ha dejado los dedos como garrotas, y de vez en cuando, aunque no con demasiada frecuencia, me hace sentir débil. Pero lo que complica las cosas es que también soy propenso al infarto de miocardio. Eso significa que cualquier día podría caerme muerto súbitamente, sin previo aviso; quizá antes de terminar esta frase, quizá dentro de veinte años. Lo sé desde 1919: desde hace treinta y cinco años. Mi otra preocupación es una infección crónica de la próstata. Me dio problemas cuando era más joven –varias clases de problemas, como sin duda explicaré más adelante–, pero desde hace ya muchos años me limito a tomar una pastilla de hormonas (un miligramo de dietilestilbestrol, un estrógeno) todos los días y la infección no me molesta en absoluto, salvo alguna noche, de tanto en tanto, en que me impide dormir. Tengo unos dientes estupendos, salvo un empaste en el último molar inferior izquierdo y una corona en el canino superior derecho (me lo rompí contra la barandilla de un transbordador en 1917, luchando con un amigo mientras cruzábamos la bahía de Chesapeake). No sufro de estreñimiento jamás, y mi visión y mis digestiones son perfectas. Por último, un sargento alemán me dio un ligero bayonetazo en Argonne, durante la Primera Guerra Mundial. Me dejó una pequeña cicatriz en la pantorrilla izquierda, donde se me atrofió un músculo, pero no me duele. Maté al sargento alemán.

Sin duda, cuando le coja el truco a esto de contar historias, tras un capítulo o dos, iré más rápido y divagaré menos.

Bueno, vamos con lo del título y luego veremos si podemos empezar con la historia. Cuando decidí, hace dieciséis años, escribir sobre cómo había cambiado de opinión una noche de junio de 1937, no tenía ningún título en mente. De hecho, no fue hasta que empecé a escribir esto, hace una hora, más o menos, que me di cuenta de que la historia tendría como mínimo la duración de una novela y decidí, por lo tanto, darle un nombre novelesco. En 1938, cuando resolví contarla, pensaba que sólo sería un aspecto del estudio preliminar para uno de los capítulos de mi Investigación, de la cual las notas y los datos ocupan la mayor parte de mi habitación. Soy minucioso. La primera tarea que emprendí, una vez hube jurado plasmar en papel aquel día de junio, fue recopilar, del modo más exhaustivo que me fuera posible, todos mis pensamientos y actos de dicho día, para asegurarme de que no dejaba nada de lado. Esa pequeña tarea me llevó nueve años –trabajando sin prisa– y las notas acabaron llenando las siete cestas de melocotones que tengo ahí, junto a la ventana. Después tuve que leer un poco: algunas novelas, para pillarle el tranquillo a contar cosas, y algunos libros sobre medicina, construcción de barcos, filosofía, juglaría, biología marina, jurisprudencia, farmacología, historia de Maryland, química de gases y una o dos cosas más, para prepararme bien y asegurarme de que comprendía, al menos de manera aproximada, lo que había ocurrido. Esto me llevó tres años; fueron unos años bastante desagradables, porque tuve que abandonar mi sistema habitual de elección de libros para dedicar tiempo a esas lecturas comparativamente especializadas. Los últimos dos años los pasé revisando mis recuerdos de aquel día, resumiendo los comentarios de siete cestas de melocotones hasta que ocuparon dos, de las cuales tenía la intención de extraer comentarios de un modo más bien azaroso cada media hora, más o menos, a lo largo del proceso de escritura.

Ay, cómo soy. Todo, me temo, me parece significativo, y nada me parece importante, en última instancia. Ahora estoy bastante seguro de que mis dieciséis años de preparación no serán tan útiles como había pensado, o al menos no tendrán la utilidad prevista; comprendo los acontecimientos que tuvieron lugar ese día bastante bien, pero en cuanto a los comentarios… creo que lo que haré es intentar no comentar nada en absoluto, sino limitarme a los hechos. Sé que divagaré bastante, en cualquier caso –la tentación siempre es fuerte, y se vuelve irresistible cuando sé que el final del relato es irrelevante–, pero por lo menos tengo cierta esperanza de llegar al final, y cuando mi historia decaiga o pierda ritmo, podré como mínimo felicitarme por mis buenas intenciones.

¿Por qué La ópera flotante? Podría estar explicándolo hasta el día del juicio final y la explicación quedaría incompleta. Creo que para entender totalmente cualquier cosa, por ínfima que sea, hace falta entender todas las demás cosas del mundo. Por eso algunas veces me desespero ante las cosas más simples; también por eso no me importa dedicar toda la vida a prepararme para comenzar mi Investigación. Bueno, La ópera flotante es parte del nombre de uno de esos barcos que llevaban un teatro a bordo y recorrían las marismas de Virginia y Maryland: La original y sin par ópera flotante de Adam; Jacob R. Adam, propietario y capitán; entradas a 20, 35 y 50 centavos. La Ópera flotante estaba amarrada a Long Wharf el día en que cambié de opinión, en 1937, y una parte de este libro sucede a bordo de ella. Eso ya sería motivo suficiente para usarla como título. Pero hay un motivo mejor. Siempre me ha parecido una buena idea construir uno de esos barcos con teatro a bordo que tuviera sólo una enorme cubierta y que las obras se representaran continuamente. El barco no estaría anclado, sino que se deslizaría por el río, abajo y arriba, llevado por la corriente, y el público podría situarse a ambas orillas. Así los espectadores podrían enterarse de la parte de la trama que tuviera lugar mientras el barco pasara frente a ellos, y después tendrían que esperar hasta que la corriente lo trajera de vuelta para enterarse de otra parte, si seguían allí sentados. Para rellenar los huecos, deberían emplear su imaginación, o preguntar a otros miembros del público más atentos, o ver si se corría la voz desde río arriba o río abajo. La mayor parte del tiempo no entenderían en absoluto lo que estuviera sucediendo, o creerían entenderlo sin entenderlo realmente. Muchas veces podrían ver a los actores, pero no oírlos. No hace falta que explique que así es, en muchos aspectos, la vida: nuestros amigos pasan flotando a la deriva; nos implicamos con ellos y con sus cosas; siguen su curso y tenemos que fiarnos de lo que nos enteramos de oídas o perderles por completo la pista; después vuelven a pasar flotando, y o bien recuperamos su amistad –y nos ponemos al día–, o bien descubrimos que ni ellos nos entienden ni nosotros los entendemos. Y así será también este libro, estoy seguro. Es una ópera flotante, amigo, cargada de curiosidades, melodrama, espectáculo, lecciones y entretenimiento, y va flotando caprichosamente, llevada por la corriente de mi errática prosa: la avistarás, la perderás de vista, la volverás a ver; y quizá requiera un gran esfuerzo de atención e imaginación –además de cierta paciencia, si eres una persona normal– para seguir el curso de la trama, que se muestra y se oculta mientras el barco navega.


JOHN BARTH (Cambridge, EE. UU., 1930) está considerado uno de los escritores norteamericanos más importantes del siglo xx. Tras una breve incursión en el jazz, se adentró en el mundo de las letras y estudió Periodismo en la Universidad Johns Hopkins, donde trabajó en la sección Clásica y Oriental de la biblioteca de la facultad. En 1956 publicó su primera novela, La ópera flotante, que fue nominada al National Book Award, premio que finalmente ganaría en 1973 con Quimera. Es autor de una vasta obra novelística, que alternó con sus clases en las universidades de Penn State, Buffalo, Boston y Johns Hopkins. Sexto Piso ya ha publicado El plantador de tabaco (2013) y Giles, el niño cabra (2015).


 

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