El marcapáginas

Regreso a la ciudad dormida

La versión que de «Nosotros, los Rivero» llegó a los lectores en el año 1953 era una versión sesgada. Sesenta años después, desembarca en las librerías una primorosa edición, la de Libros de la Letra Azul, que permite conocer el texto original.

Esta historia solía empezar en la madrugada del 7 de enero de 1953, cuando el periodista Luis de Armiñán, del ABC, se hacía acompañar de un sereno para tocar a un timbre de la madrileña calle de Bretón de los Herreros. Vivía allí una escritora por entonces casi desconocida que atendía al nombre de Dolores Medio (Oviedo, 1911-1996) y el reportero llamaba a su puerta para comunicarle que unos minutos antes le habían concedido en Barcelona el premio Nadal por la que era su primera novela. La anécdota inaugura una larga serie —la llegada de los ejemplares recién salidos de la imprenta a Oviedo gracias al tesón de Alfredo Quirós, fundador de la librería Cervantes; el recibimiento multitudinario que se le brindó a la propia autora en los andenes de la Estación del Norte— que ha venido ilustrando los pormenores de la publicación de Nosotros, los Rivero, un libro que vio la luz pocas semanas después de aquella visita intempestiva en mitad de la noche y que desde entonces ha constituido un referente irrenunciable cada vez que se trata el tema de la literatura escrita en Asturias y, yendo más allá, de las novelas que a lo largo del último siglo, y siguiendo a su manera la estela de Clarín, han ambientado sus argumentos variopintos en la capital de Asturias.

Pero esa historia tenía un preludio que se desconocía, principalmente, porque su protagonista evitó hablar de él a lo largo de su vida. No lo hizo mientras persistían los años de plomo del franquismo, como es lógico, ni tampoco cuando, tras la llegada de la democracia, el pasado oculto de su obra más aplaudida pudo haber reverdecido unos laureles que probablemente empezaron a marchitarse antes de tiempo. Ha sido la editorial Libros de la Letra Azul, dirigida por la batuta de otra escritora asturiana, la también periodista Ángeles Caso, la que ha desempolvado un arcón de oprobios insospechado hasta la fecha que atestigua cómo Nosotros, los Rivero estuvo, en un determinado momento, más cerca de quedar arrumbada en el cajón de los olvidos que de verse agasajada con los oropeles de una fama con la que su autora, a buen seguro, ni siquiera se permitió soñar.

Dolores Medio tenía ya finalizada su novela a finales de 1951 o principios de 1952. Envió el manuscrito a una editorial madrileña llamada Rumbos que no tardaría en desaparecer, y como es natural tuvo que pasar el preceptivo filtro de la censura. Medio, que simpatizaba con el ideario socialista, vio cómo el funcionario correspondiente desaconsejaba la publicación de su ópera prima, dado que su autora demostraba en aquellas páginas «su simpatía por la República española del 14 de abril y su antipatía por las tropas españolas que pacificaron Asturias en 1934». Además, resaltaba que en el plano moral su narración resultaba «cruda en descripciones y perniciosa en teorías». Para colmo, tenía un capítulo «en que un hermano habla a su hermana de modo tan cínico y desvergonzado que resulta repugnante» e incluía «elogios de obras comunistas, de Stalin, etc.» El veredicto no podía ser más rotundo: «Es completamente reprobable». La opinión del censor, cuyo nombre resulta ilegible en el documento original, no admitía réplicas. Por eso resulta sorprendente la reacción de Dolores Medio. En vez de dar por perdido el texto, remitió un escrito en el que poco menos que se humillaba a sí misma —esgrimía su condición de discípula del doctor Vallejo Nájera y explicaba que los personajes de su libro, trasuntos de ella misma y de sus familiares y allegados, eran unos «muchachos anormales» cuyas reacciones había estudiado con detalle «a fin de que la novela fuese lo más realista y científica posible»— y solicitaba indicaciones acerca de los pasajes que debía suprimir para que la obra pudiese llegar finalmente a imprenta. La censura dictó, Medio obedeció y, cuando la editorial Rumbos desechó la publicación —probablemente para no tener problemas con el régimen—, optó por presentarla al Nadal. Una vez conseguido el galardón, Nosotros, los Rivero volvió a manos de la censura. El informe que da el nihil obstat está firmado por Valentín García Yebra, eminente filólogo que fue miembro de la Real Academia Española desde 1984 hasta su muerte, acaecida en 2010, y tampoco obviaba la cuestión ideológica. «La protagonista se inclina más bien hacia la izquierda», exponía, y «[…] en todo momento manifiesta más simpatía por las ideas revolucionarias que por las conservadoras». En el párrafo final se mostraba más permisivo («[…] por tratarse de una novela de notable mérito literario, se podría tener con ella alguna benevolencia y autorizarla»), por más que recomendara suprimir determinados pasajes.

Así pues, la versión que de Nosotros, los Rivero llegó a los lectores en el año 1953 era una versión sesgada. Sesenta años después, desembarca en las librerías una primorosa edición, la de Libros de la Letra Azul, que cuenta con ilustraciones de Rebeca Menéndez y permite conocer el texto original. No hay hallazgos que alteren el nudo gordiano del argumento, pero sí matices, algunos de gran importancia, que llevan a comprender mejor la gran novela de Dolores Medio y las intenciones que guiaron a su autora. A la luz de este rescate inesperado y necesario, la muy conocida frase con la que arranca la narración, «Oviedo es una ciudad dormida», convierte este regreso en una invitación a emprender un nuevo viaje por los entresijos de una triste epopeya familiar cuyas virtudes la hacen merecedora siempre de una atenta relectura.


Dolores
Dolores Medio

 

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