Entrevistas

Entrevista a Alberto R. Torices

El escritor Alberto R. Torices (Gernika, 1972) publica "Trata de olvidarlas" (Trea, 2017), un libro que puede llegar a ser tres: novela con 21 capítulos, volumen de 21 relatos o libro de 21 poemas.

[Portada: Alberto R. Torices (Guernika, 1972) y su perro Argos]

«La novela es omnívora y voraz: se alimenta de todo, todo la hace más fuerte, también lo que la niega»

El autor leonés nacido en Gernika da un nuevo paso en su escritura con Trata de olvidarlas (Trea, 2017), título que define como “una novela, un libro de cuentos y, quizá, más que nada, un poemario”.


/ por César Iglesias /

Tenemos la certeza de que el tabaco es un cruel asesino. Pero Alberto R. Torices, leonés nacido en Gernika, en 1972, descubrió que tan letal como la adicción a la nicotina puede serlo la literatura. Y un buen día tomó una doble decisión: dar la última calada a un cigarrillo y poner punto final a su escritura. Sigue sin fumar. La otra dependencia, de acreditada fortaleza, le acabó doblegando. De esta patología crónica, difícil de vencer, dan testimonio las colecciones de relatos Yo, el monstruo (2002) y Los sueños apócrifos (2009) y las novelas cortas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004) y Sacrificio (Premio Fundación Monteleón, 2015). Torices es reincidente y en ello ha colaborado Ediciones Trea, que lo ha incorporado a su pabellón de autores con Trata de olvidarlas (2017). ¿Novela con 21 capítulos, libro con 21 cuentos, poemario con 21 textos…? son las preguntas que muchos lectores se harán cuando se encuentren este libro de turbadora tatuadora en la portada. Alberto R. Torices trabaja como maquetador y corrector editorial, responsable de lograr que los libros sean objetos bellos también en su materialidad. Vinculado durante años al activo Club Leteo, fue miembro del equipo editor de las revistas Otras voces y The Children’s Book of American Birds. Este tipo de mirada azul, con cierto aire de ecologista alemán de los años ochenta, se desplaza en bicicleta, tira con arco, sube montañas y siempre le espera un perro, Argos, que al igual que el del viejo Odiseo es el primero en saber que regresa a casa. Reside en Valdefresno con su familia, a pocos kilómetros de León, los suficientes para criar a sus hijos lejos de las leyes del asfalto sin renunciar a las oportunidades de esta “ciudad de sombras” (Avelino Fierro dixit) que ejerce el provincianismo con orgullo de capital de un viejo reino.

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Pregunta. Hubo un tiempo en el que tiró la toalla de la escritura. ¿Tan noqueado estaba vital y creativamente?

Respuesta. Fue un momento, un largo momento, de impás: como una piedra arrojada al cielo, en ese instante en el que deja de subir, ese segundo de vértigo y miedo y más cosas, antes de empezar a caer. Coincidió con mis cuarenta años y con otras circunstancias traumáticas en lo personal. Había llegado a un punto en el que algunas cosas ya no podían sostenerse más, como no puede sostenerse la piedra en el aire. La sensación fue la de descubrir que no tenía suelo bajo los pies: igual que esos dibujos animados que avanzan sobre un precipicio, hasta que se dan cuenta de que nada les sostiene, y entonces caen, se estampan. En aquel momento, también la literatura me pareció un falso suelo, un engaño o autoengaño que no podía —ni debía— prolongarse más. Curiosamente, o no, este noqueo vital (más bien este largo instante de lucidez cegadora y paralizante) se correspondió con una etapa de particular efervescencia creativa. Decidí dejar de escribir en un momento en el que estaba escribiendo mucho y con buenas sensaciones, avanzando a buen ritmo en una novela que quedó parada y que hoy intento poner de nuevo en marcha.

Creyó que no tenía nada que decir. Estuvo a punto de convertirse en uno de esos bartlebys, un espectro del “preferiría no hacerlo”, en este caso del “preferiría no escribirlo”.

La sensación de «no tener nada que decir», lo mismo que «el bloqueo ante la hoja en blanco», sólo son para mí lugares comunes, tópicos demasiado usados para hablar del proceso creativo. No me interpelan, yo nunca he creído que no tenga nada que decir. Lo que yo creí entonces fue que me estaba equivocando, autoengañando, y que la literatura era el brillante y admirado envoltorio de esa mentira. En mi escritura había llegado, eso también es cierto, a un lugar de indefinición y duda, a una gran playa blanca y sin contornos, como llegó uno de mis personajes; lo que hizo entonces mi personaje fue ponerse a caminar, sin tener ninguna idea de lo que se iba a encontrar, y encontró un camino y nuevos personajes. ¿Pude en aquel momento convertirme en un bartleby? Quizá, pero me cuesta creerlo: mi relación con la escritura es como la del náufrago con su tabla, como la del funambulista con su barra de equilibrio, o la del cojo con su bastón. En su día quise soltarla y nadar, caminar por mí mismo, pero compruebo que me aferro a ella con algo que tiene toda la pinta de ser pánico y desesperación.

Hay tanto y bueno escrito que se llegó a plantear: “¿para qué escribir y publicar más?”

No he tenido nunca esa sensación. Jamás me ha parecido que ya no merezca la pena escribir más. Cuando Joyce escribió su Ulises ya había mucho y muy bueno escrito; cuando Cervantes escribió El Quijote, también, ya se había escrito mucho y muy bien. Con los autores de la Grecia y la Roma antiguas ya quedó todo dicho y muy bien dicho, y tendríamos bastante para nutrirnos e ilustrarnos durante toda la eternidad. Pero tiene todo el sentido volver a escribir porque lo que importa no es qué, sino quién. El amor, la muerte, la soledad, sí, ya sabemos que no hay más temas; el deseo, la crueldad, el miedo, sí, sí, sí, ya sabemos de qué pasta estamos hechos. Pero tú eres un individuo inédito e irrepetible, tu punto de vista es único y no lo tendrá nunca nadie más; nadie ha visto ni verá el mundo que ves tú, como lo ves tú, desde donde lo ves tú. Tu sufrimiento, tu pasión y tu angustia quizá sean esencialmente idénticos a los de todos los demás hombres y mujeres, pero los sientes tú, con tu configuración personal inédita e irrepetible. Eso hace que la voz de cada individuo sea única e insustituible. Y eso es lo que a mí me seduce en la literatura: la mirada del autor, su voz, lo que le hace único. A mí no me preocupa eso de ser original: ser original es inevitable, puesto que nunca ha habido otro individuo idéntico a ti, y nunca más lo habrá. Lo importante, para mí, es la medida en que la escritura es fiel a esa configuración personal única, que sólo se da contigo y que contigo se perderá.

Tiene dicho que dejó de escribir y de fumar en un mismo momento de su vida. ¿La escritura le estaba matando en la misma medida que lo hacía el tabaco?

El tabaco me estaba matando y con la literatura estaba desperdiciando mi vida, eso sentí. Pero lo que compartían tabaco y literatura era mi autoengaño: creía que los necesitaba, que no podría vivir sin el uno y sin la otra; estaba convencido de que mi dependencia era crónica, que nunca podría superarla y la arrastraría hasta el final de mi vida. Entonces sentí cierto desprecio de mí mismo, cierto asco. Y arrojé el bolígrafo con el mismo gesto de (aparente) superioridad con el que una mañana tiré el tabaco a una papelera.

Su retorno a la escritura fue, incluso, clandestina.

Sí… Volví a escribir un poco haciéndome trampas: a hurtadillas de mí mismo, intentando que yo mismo no me diera cuenta. Volví, también, como vuelve el fumador a su adicción, queriendo convencerse de que es sólo uno, sólo esta vez, que ahora sí lo va a controlar, etcétera.

El fracaso necesario es una constante en su escritura. Tiene dicho que “el crecimiento personal, particularmente el emocional o sentimental, tiene lugar más bien cuando nos equivocamos, cuando optamos por lo que está mal”. Explíquese.

No creo que «el fracaso necesario» sea una constante en mi escritura, al menos no soy consciente de ello, aunque es verdad que en un momento de pronunciamiento público hablé del fracaso y aquello se subrayó. O puede que sí, que el fracaso sea uno de mis temas, a mi pesar. No sé, pero la mera palabra «fracaso» me repugna, está demasiado contaminada, oscurecida por su hermana siamesa, el también bastante asqueroso «éxito». Es mejor olvidarse de esa patética pareja, dejarla correr. Lo que yo quise decir entonces es que, por desgracia, a menudo las personas maduramos, crecemos y aprendemos cuando cometemos errores, cuando nos equivocamos y hacemos las cosas mal, consciente o inconscientemente. Y nuestros errores, nuestras peores elecciones, tienen un coste en sufrimiento para otras personas, un elevado coste a veces, como sucede en mi novela Sacrificio, a la que aludían aquellas palabras mías. Ese coste ajeno, el sufrimiento que causamos a los demás, es en ocasiones lo único que nos hace despertar y, amargamente, crecer, lo cual no lo justifica, por supuesto, únicamente nos retrata como criaturas crueles y estúpidas.

Una escritura de las crisis. Ha llegado a decir: “No quiero salir de la crisis”.

¿Eso dije? Sí, puede que sí… De acuerdo, sí, lo dije y lo puedo interpretar ahora en dos sentidos, uno constructivo y noble, otro despreciable. El noble: la crisis es dolorosa, pero también es o puede ser creativa, transformadora, estimulante; es un claro síntoma de que estás vivo, y si estás vivo cabe esperar cosas nuevas de ti. El despreciable: una crisis es o puede ser también una oportunidad inmejorable para fabricar e implantar mentiras, y aun peor: en el estado de crisis puedes ser fácilmente devorado por el monstruo de la autocomplacencia, y dedicarte a sentir y dar pena, a regodearte en la autocompasión, hundirte en ella y desaparecer. Esto me lo advirtió un día Víctor M. Díez, al oírme mencionar la palabreja. En seguida se puso alerta y me dijo: «Ten cuidado, Alberto». Sí, hay que tener cuidado. Gracias, Víctor.

Dicen los apologistas del terrorismo económico que toda crisis es una oportunidad. Y hasta cierto punto lo asumo, porque toda catarsis exige víctimas, mártires, reclama sacrificio, como el título de su anterior libro. ¿Lo comparte?

Todo, hasta la más noble y hermosa declaración, se puede interpretar y aplicar interesadamente, es decir, hipócritamente. El mandato de amar al prójimo puede servir perfectamente para torturarlo, para quemarlo en una hoguera, apelando a interesadas sandeces como la salvación de su alma. Lo que los economistas, los ‘analistas políticos’ (qué risa), los propios políticos y los periodistas han llamado «la crisis» ha sido un gran robo, una estafa a gran escala, de la que la clase trabajadora ha salido vapuleada, burlada, degradada y empobrecida. El colapso financiero de 2008 fue la explosión de una burbuja de falso crecimiento que no podía engordar más, a la que siguieron maniobras de robo y evasión de capital, de apropiamiento y saqueo de lo público, de sometimiento de la clase media y lavado de cerebro colectivo. ¿«La crisis» fue una oportunidad? Claro que sí, pero para quién, para qué.

Por lo que hemos visto en este país y en buena parte del mundo, es que la Gran Recesión económica de 2008 ha sido una oportunidad para los depredadores sociales, pero no para la mayoría de las personas.

La Gran Estafa de estos años, que aún no ha terminado, ha causado daños sociales enormes, así como penosísimas regresiones en derechos y libertades. Pero lo peor de todo, el mayor «éxito» de sus organizadores es que ha logrado convertirnos en borregos, en un gran rebaño de idiotas. La alta traición de la clase política (de nuestros «representantes») tiene mucho que ver en ello, como lo tiene el sometimiento del cuarto poder, el periodismo, cuyo miserable servilismo es vergonzoso e imperdonable. Pero la responsabilidad principal la tiene la ciudadanía: el ciudadano, la ciudadana que en la Europa del siglo XXI tiene la posibilidad y el deber (lo subrayo: la posibilidad y el deber) de ilustrarse, leer, razonar, ser crítico/a y espabilar. Pero nos pisan, nos roban, se burlan de nosotros en nuestra cara y lo toleramos, les seguimos votando y aplaudiendo, incluso se lo agradecemos. La maniobra les ha salido perfecta y de nuevo nos retrata como seres profundamente estúpidos.

Volvamos a su escritura. Sacrificio (Gadir, 2015) y Trata de olvidarlas (Trea, 2017) son dos libros muy distintos, tanto temática como estructuralmente, pero comparten eso que algunos llaman «nouvelle» ¿Es la escritura breve el signo de estos tiempos acelerados?

Quizá no sean tan distintos, seguramente compartan más cosas. Hasta podría pensar por un momento que el narrador de Trata de olvidarlas es el mismo que el de Sacrificio, con más años y más descreimiento, más arrugas y heridas, más escepticismo y algunas lecturas. Me gusta la palabra «nouvelle», y aún más «nouvellette», que no sé si se escribe así, pero suena maravillosamente. ¿La escritura breve…? Quizá sí, los microrrelatos y los micropoemas tengan algo que ver con la vida acelerada, pero si miras en las librerías siguen publicándose libros gordísimos, novelas de muchos cientos de páginas. Pero aprovecho la pregunta para declarar mi debilidad y mi particular interés por esta criatura, la novela corta, que tiene algo de quimera, de unicornio, de cosa incalificable, indefinible e inaprehensible. Como lector, me han procurado un placer muy especial. Como escritor, me han supuesto un reto también mayor. Escribir una novela corta es como salir a cazar un unicornio; mejor: es como salir a pasear y encontrarte un unicornio, porque yo nunca me he propuesto escribir una novela corta, simplemente ha habido relatos que han adoptado esa forma, esa extensión, porque era la que necesitaban.

Una novela de 21 capítulos, un libro de 21 cuentos… ¿qué es Trata de olvidarlas?

Me encanta esta pregunta, me encanta porque no la puedo responder. No lo sé, no quiero saberlo y me alegro mucho de haber escrito un libro que no se pueda clasificar fácilmente. Esto es en parte vanidad, lo admito, pero también rebeldía: los críticos y los bibliotecarios tienen oficios que les obligan a utilizar categorías, a compartimentar los libros. Por suerte, ni los escritores ni los lectores necesitamos nada de eso.

Las historias de Trata de olvidarlas fueron escritas para un blog. ¿Hasta qué punto el formato digital ha incidido en la concepción de esta colección de relatos?

Algo, o bastante, o puede que mucho. En aquel momento me sedujo esa sensación de inmediatez en la comunicación, de cercanía con el lector que da el blog; la ilusión de escribir sin estar solo, la de acortar la distancia (tan grande a veces) que media entre el momento de la escritura y el de la lectura, que completa la comunicación. El blog te permite creer eso: que no estás solo, que se acorta la distancia. Sin embargo, bloqueé los comentarios: en Ángulo de penetración, el blog donde iba publicando los textos que hoy conforman Trata de olvidarlas, nadie podía hacer comentarios: otra de mis mil y una incoherencias, de acuerdo. Por otra parte, estos textos forzaban hasta cierto punto el formato: son breves, pero no tanto como debe ser un texto en un blog, si quieres que se lea. Cuando ves que un texto en un blog tiene más de seis o siete líneas, en la mayor parte de los casos no lo lees. Y mis textos tendrían cuarenta, cincuenta, sesenta líneas. En aquel blog, como es lógico, yo tendría cuatro o cinco lectores, o tres o cuatro: mi mujer, algún incondicional, poco más. Pero a mí me sirvió para hacerme estas punciones en el corazón, y me proporcionó algo de consuelo.

Se hace difícil hoy aceptar la presencia de lo que se llamó la gran novela, esos grandes relatos decimonónicos. Tal vez sea un terreno acotado exclusivamente para los best-sellers o, muy de vez en cuando, para títulos como Patria, de Fernando Aramburu. ¿Ya podemos declarar el fin de la novela?

No sé qué es un best-seller, en términos puramente literarios. Comercialmente está claro: es un libro que se vende mucho. Sí, pero literariamente, qué es… ¿Un best-seller es un libro «malo», es mala literatura? Yo no lo sé y no me interesa lo más mínimo esta cuestión. Pero una «gran novela» es algo más que una novela gorda o voluminosa. De hecho ni siquiera tiene por qué ser gorda. Una gran novela es un relato que a su alto valor artístico añade valor sociológico, histórico, psicológico, filosófico, moral… Y sí, creo que hoy se siguen escribiendo «grandes novelas», seamos o no capaces de reconocerlas como tales. ¿El fin de la novela? Qué risa… La novela enterrará a todos los que anuncian o proclaman su fin, los engullirá de un bocado y seguirá reproduciéndose. A la novela la veo como una muchacha atlética, vigorosa, llena de fuerza y de insolencia. La novela es además omnívora y voraz: se alimenta de todo, todo la hace más fuerte, también lo que la niega.

Regreso a Sacrificio, su penúltimo libro. Es un relato muy propio de un hombre que fue niño tardofranquista y adolescente internado en un seminario, y después joven romántico y prófugo. ¿Cuánto hay de crónica de un tiempo y de una generación?

Sí, algo muy parecido a eso escribí en algún sitio. No sé responder a tu pregunta: nunca he escrito movido por la voluntad o con la intención de hacer una crónica de un tiempo o de una generación. Si alguno de mis relatos tiene ese valor o ese carácter, sucede sin la intervención de mi voluntad. De hecho, ni yo mismo sabría decirte (aunque puedo aventurar una hipótesis) en qué tiempo exacto se ubica ese relato, a qué generación pertenece su protagonista. En mis relatos, en todos, lo que hay es un intento de hacer la crónica de un personaje en un momento crítico de su vida. Si eso tiene algún valor como retrato colectivo, trasciende mi intención y mi entendimiento.

La historia de Sacrificio plantea una especie de redención, la expiación de una culpa. ¿Esa especie de pecado original es uno de los temas recurrentes de su escritura?

Me temo, vaya por Dios, que sí. Nuestras coordenadas histórico-espaciales (siglo XXI, España) nos hacen herederos de eso que llamamos la tradición judeo-cristiana. Este final de ciclo histórico en el que creemos estar (la secularización, el «fin de la historia», la posmodernidad, etcétera) nos ha permitido acceder a un saludable escepticismo y liberarnos en buena medida del lastre de la religión y sus dogmas, sus tabúes, su tiranía y sus mentiras, pero no del todo. Son demasiados siglos de tradición, aún es demasiado fuerte la inercia histórica del cristianismo, y seguimos padeciendo muchos de sus lamentables condicionamientos sociales: la visión patriarcal de la mujer y el estatus de dependencia e inferioridad que se le impone, nuestro concepto de la pobreza y la respuesta que le damos, o el tratamiento de la homosexualidad, entre muchos otros fenómenos, lo demuestran. La culpa juega un papel esencial en todo esto, es uno de los resortes básicos de los que se ha servido el clero para someter al pueblo y preservar sus posiciones de privilegio, un burdo disparate que la Iglesia implantó por la fuerza en nuestra conciencia colectiva, haciéndonos creer que éramos culpables por el mero hecho de haber nacido. En épocas en las que la gran mayoría de la población vivía sumida en la pobreza y en la ignorancia, los curas y los papas lograron grabar a fuego este disparate en nuestro cerebro, e imponer una forma de vida basada en el miedo, en la que todo individuo debiera recorrer un camino interminable para conseguir el perdón divino y la salvación de su alma, esa monumental chorrada. Este fenómeno social tiene su concreción en la escala individual, en los dramas personales que se han vivido y se siguen viviendo en el ámbito privado, y si has sido un niño seminarista, educado por curas lejos de tu casa, lo más probable es que se agudice y se agrave. Mis personajes arrastran complejos de culpa, sí, y de inferioridad, de incapacidad, etcétera, como los he arrastrado yo mismo. Algunas de mis criaturas logran superarlo y progresan adecuadamente… Otros lo «superan» convirtiéndose en seres perversos, en monstruos; sucede en alguno de mis trabajos inéditos.

Una culpa que no sé en qué medida es personal, cultural o colectiva. ¿Usted lo tiene claro?

La culpa ha sido durante mucho tiempo el aire mismo que respirábamos, la comida que ingeríamos, el suelo que pisábamos, la cama en la que nos acostábamos y la fría manta que nos tapaba. Para que funcionara como mecanismo de control social, la clave era que el sistema tuviera implantación colectiva y eficacia individual. Lo consiguieron, funcionó durante muchos siglos, hasta hace bien poco. Quisiera creer que este perverso sistema está en declive, que yo mismo, si vivo una vida larga, veré su fin. Pero sospecho que podemos estar viviendo tiempos de involución, de regresión a estadios de control mental similares al que impuso la Iglesia católica en nuestro país y en buena parte del planeta.

No sé si estará de acuerdo, pero aprecio que su narrativa es, ante todo, una escritura moral.

Claro que sí y claro que no. A ver… Quisiera que mi escritura fuese radicalmente moral, es decir, dedicarla enteramente a observar qué hacemos y por qué en cada encrucijada en la que hemos de elegir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo decente y lo indecente, entre la responsabilidad y el apetito. Pero también quiero que mi escritura sea profunda y radicalmente inmoral, es decir, ácrata y libre, rebelde ante cualquier poder, insolente. No se me ocurre mejor imagen ahora que la de las mujeres del colectivo Femen: libres, rebeldes, desnudas e insolentes: así quisiera yo que fuese mi escritura. Lo que no quiero, y espero saber evitarlo, es hacer una escritura moralizante, vade retro.

¿La escritura con mayúsculas es, sobre todo, la que procede de un anhelo ético?

«La escritura con mayúsculas» es una expresión que rechazo, igual que rechazo otras como «escritura o literatura auténtica» o aún peor: «escritura verdadera». Son para mí expresiones odiosas que esconden intereses mezquinos y que tienen un tufo elitista y un efecto segregador para mí inaceptable. Cuando un escritor las utiliza, para mí pierde interés y credibilidad, me parece que no ha entendido nada. Lo único que puedo decirte como respuesta es que busco, como lector y escritor, una literatura honesta, fiel al individuo concreto y real que hay detrás, a sus anhelos, sus miedos, sus vacíos, sus contradicciones, sus traumas…

Adolescentes, mujeres… son algunos de los protagonistas de sus obras. ¿Tal vez su elección sea porque son los seres que más posibilidades de transformación tienen y, a la vez, los que son más fieles a un aliento ético de dignidad?

Sería absurdo responder que sí. ¿Los adolescentes y las mujeres tienen más posibilidades de transformación, etcétera, que los adultos y los hombres, que los niños y los viejos? No lo creo, no quiero creerlo, para nada. Por otra parte, si abarco toda mi obra escrita, no solo la publicada, veo mujeres y adolescentes protagonistas, pero no en mayor medida que viejos, niños y hombres adultos. No los he contado, pero así lo creo. Lo que a lo mejor sí es cierto es que cuando escribo sobre adolescentes o sobre mujeres mi mirada arde un poco más, que mi voz adquiere un particular temblor. Podría ser, pero en todo caso las razones serían más psicológicas que éticas o estéticas, tendrían que ver con mi educación y con las mujeres que ha habido en mi vida.

No veo en su obra un tono confesional, aunque en ocasiones se ponga el disfraz del confesionalismo, de lo autobiográfico. ¿La escritura puede ser una vía de conocimiento y de auto-conocimiento, de construcción y auto-construcción?

Para mí, eso debería ser antes que nada y por encima de todo. De hecho, para mí, si no es eso que dices, queda reducido a ejercicio banal, a mero entretenimiento o hobbie, lo cual no tiene nada de malo, pero a mí no me interesa. Es peor si llega a convertirse en una trágica, patética, forma de desperdiciar tu vida, creyendo que avanzas cuando lo único que haces es dar vueltas en torno a un centro que siempre te queda lejos, a la misma distancia al final que cuando empezaste. En cuanto al tono confesional, a mí de entrada no me seduce, no me gusta; de entrada, no lo quiero para mí. Con frecuencia, tengo la sensación de que nunca un escritor miente tanto como cuando dice «yo»; me ocurre con frecuencia con los diarios, con las memorias: los veo a menudo como simples maniobras de ocultamiento, como la del calamar con su tinta. He visto, o me ha parecido ver, ejemplos claros y extremos de esto en la narrativa llamada de «autoficción», en la que el autor se usa a sí mismo como personaje: en ocasiones, sólo he visto ahí penosos auto-engaños. He tenido la sensación, ante algunos de estos trabajos, de que con el pretexto de ser más honesto se acaba siendo en realidad más tramposo. Sigo investigando…

El amor y la veneración a las mujeres articulan su narrativa. Aquí está Trata de olvidarlas.

Hay algo de sarampión petrarquista, sí… Algo mucho, de acuerdo. Lo contraje justamente en mi adolescencia… Y me ha dejado secuelas, por lo que veo. Trato de superarlo, igual que mi personaje «trata de olvidarlas». Trato de poner al amor en su sitio, de desenmarcararlo, y trato también de dejar de ver a las mujeres como diosas, como seres superiores, etcétera, todas esas tonterías. Trato de verlas y relacionarme con ellas como compañeras, seres que pisan el mismo suelo que yo, que respiran el mismo aire. Compañeras. También ahí soy, somos, herederos de una larga, siniestra e hipócrita tradición: tras «el amor y la veneración a las mujeres», por usar tu misma expresión, lo que hay es una burda maniobra machista de abuso, de escamoteo, de dominación patriarcal. La literatura tiene mucha responsabilidad en esto, con su amor cortés y sus donjuanes. La religión, tanta o más, con sus vírgenes, su Inmaculada Concepción y otras muchas patrañas que, en el fondo, lo que hacen es consolidar estructuras de dominación de la mujer por parte del hombre.

Algo hay en su obra que podría responder al título de la obra poética de Gabriel Ferrater, Les dones y els díes, o del protagonista de El amante del amor, de François Truffaut.

Debemos tener más cuidado, los hombres, cuando hablamos de «las mujeres», y aún más cuando lo hacemos sirviéndonos de lenguajes artísticos, de instrumentos nobles, respetados, como son la literatura o el cine. Debemos, quiero decir, preguntarnos qué milongas estamos propagando, qué desigualdades estamos fomentando. No he leído la obra de Ferrater que mencionas, ni he visto la película de Truffaut, pero es que con esos títulos, la verdad, no me atraen nada. Me llama mucho la atención que tantos artistas hombres hayan dedicado tantas obras a «las mujeres», y que tan pocas artistas mujeres incluyan en los títulos de sus obras la expresión «los hombres». Habría que mirar eso. Muy especialmente, cierta sospechosa defensa masculina de la mujer, esa reivindicación que algunos artistas hombres hacen de la mujer subrayando su excepcionalidad, su superioridad, su sexto sentido, sus extraordinarias cualidades y otras muchas tonterías, como si fueran seres de otro mundo. Es patético. Y es machista.

¿Hasta qué punto el narrador de Trata de olvidarlas -no digo que sea usted- se apodera del traje del Don Juan de nuestros clásicos?

Muy poco, asimilable a cero. En todo caso, no es un «burlador».

Como dice en el último párrafo de Trata de olvidarlas, el narrador ha logrado arrinconar algunos detalles de los acontecimientos vividos-imaginados, pero le está costando olvidar los nombres de todos los personajes femeninos que protagonizan sus historias, síntesis de la mujer en la historia de la humanidad.

El nombre, es decir, la palabra, es aquí lo último que queda, lo último que se llevará el olvido. Los nombres de esas mujeres son la ceniza humeante que queda después del fuego. Pero también la ceniza desaparecerá, se la llevará el viento. Como símbolo, pienso que no es una reivindicación de «la mujer», sino de la palabra, de la escritura: el tiempo se lo lleva todo, también la memoria, y lo que queda es el relato que hemos hecho, si lo hemos hecho. Es un triste consuelo, porque el relato no son los hechos, no es la vida; el relato es un burdo sustituto, una artificiosa suplantación, de nuevo un (auto)engaño. Pero es lo que hay.

Incluso las mujeres de Trata de olvidarlas llevan los nombres de compañeras de trabajo o de las residentes en el asilo. Algunas son nombres preciosos, poéticos y hoy en día poco habituales: Liria, Amor, Crescentina, Caridad, Aurora, Helena, Sinda, Amelia, Araceli, Flora… Le veo rendido a los pies de las mujeres.

Son nombres de mujeres que viven (algunas vivían) en la Residencia de Ancianas Santa Luisa, de León, donde trabajé algún tiempo. No estoy rendido a sus pies, si acaso abatido, pero tratando de ponerme en pie, a su altura, como compañero. En el uso de esos nombres lo que sí hay es un pequeño homenaje a esas mujeres que vivieron vidas muy duras y difíciles durante la guerra, la posguerra, el miserable franquismo. Cuando yo las conocí eran mujeres arrugadas, cojas, enfermas, postradas, desmemoriadas… Pero también ellas fueron una vez chicas hermosas y fuertes, jóvenes inteligentes y deseosas, valientes y capaces. Fue un trabajo muy duro: verlas enfermar, sufrir… Pero tengo un recuerdo precioso de ellas, de todas, me siento muy afortunado por haberlas conocido.

Y también el sexo, muy omnipresente, pero sin recurrir a lo pornográfico. Aunque hay atrevimiento, temas hasta cierto punto tabú: el deseo por la mujer del propio hermano o las referencias al sexo en la tercera edad.

El sexo, sí, qué remedio. Y la pornografía, a veces, también, por qué no. No hay ninguna experiencia más poderosa, ninguna emoción más fuerte que el deseo, esa fuerza que nos mueve a aproximarnos e intimar con otro cuerpo. La naturaleza nos ha hecho así, porque ahí se juega la propia continuidad de la vida. Sucede en todas las especies y está, lo admito, en todo lo que yo he escrito. En todo, sin excepción. A veces hasta yo me canso, me irrito y me harto, me increpo: ¡Joder, Alberto!, ¿pero es que no puedes escribir nada en lo que no haya sexo? No, no puedo, lo siento. Puede que haya algo, bastante, mucho o muchísimo, pero habrá fijo. Por lo demás, que la mujer de tu hermano te inspire deseo es algo perfectamente comprensible, lógico y natural, en términos puramente biológicos, pero también desde un punto de vista psicológico y aún antropológico. Lo mismo que el sexo en la vejez: somos criaturas sexuadas desde el primer instante hasta el último. Ya antes de nacer tenemos una interesante vida sexual. Y nuestro último suspiro será la «grand mort», el orgasmo definitivo.

Y, evidentemente, el desamor, el rechazo o la infidelidad, Por ejemplo esa Virtudes que aparece con la piel “brillante y una secreta satisfacción” en la barra del bar, tras los supuestos encuentros con el camarero de turno. Hasta cierto punto es un oxímoron: elegir el nombre de Virtudes para una mujer a la que los prejuiciosos calificarían de promiscua.

No hay contradicción: Virtudes tiene esa maravillosa virtud, esa asombrosa capacidad, la de ser promiscua sin que quepa hablar de desamor, ni de rechazo, ni mucho menos de infidelidad. Es más bien una cuestión de eficiencia. Admirable.

El título de Trata de olvidarlas procede de un poema de Raymond Carver, pero también se podría haber titulado con el verso de Joan Margarit con el que cierra el libro: “Las chicas ya son viejas o están muertas”.

No, no, no. Cómo iba a titularlo así, por favor… Es demasiado terrible. El título y casi hasta el libro entero salen del poema, de ese medio verso de Carver. El poema de Margarit supone la consumación de todo: es la lápida que cae sobre la fosa, la que cierra el agujero. Es terrible, casi insoportable, la verdad es que prefiero no releerlo.

La poesía está siempre en su escritura.

Cada día distingo menos entre poesía y narrativa. No necesito esa barrera, pienso que no se corresponde con la realidad. Antes me preguntabas si Trata de olvidarlas es una novela o un libro de cuentos. Para mí, te lo digo con toda la sinceridad, es una novela, es un libro de cuentos y es un poemario. Quizá esto último más que nada.

P.- ¿La mixtura de géneros es, tal vez, la tabla de salvación de la escritura narrativa?

R.- La mixtura de géneros es la propia condición de la escritura narrativa, su pura naturaleza. Más aún: no es que en la narrativa se mezclen los géneros, la narrativa demuestra que no existen los géneros. Por lo demás, la narrativa no necesita ninguna tabla de salvación, no corre peligro de hundirse, es una formidable nadadora.

Fue miembro del Grupo Leteo, un activísimo grupo, principalmente de poetas, que lograron durante años convertir a León en capital de las letras.

Sí, me incorporé en 2003, después de publicar mi primer libro en su sello editorial, y permanecí activo hasta 2010, año en el que me despedí. Al Club Leteo le debo muchas cosas, además de esa publicación y otras en trabajos colectivos. Le debo amistades y experiencias impagables, no sólo en el ámbito literario. Y le debo también mucho del escritor que soy hoy: me ayudó a concentrarme, a esforzarme más, a empeñarme más en escribir. Sinceramente, ni si quiera estoy seguro de si hoy seguiría escribiendo, si no hubiera pasado esos siete u ocho años compartiendo literatura y proyecto con Rafael Saravia, Nacho Abad, Miguel Paz, Sergio Santa Cruz, Yago Ferreiro, Javier Arce… También es cierto que en ese tiempo hubo sufrimiento y amarguras, disputas y daños, mentiras e incongruencias. No todo fue amor y creatividad, pero sí es verdad que hubo mucho amor y mucha creatividad, y que a todos los que formamos parte de ese grupo nos influyó muchísimo, quizá hasta orientó la trayectoria de nuestras vidas.

Atrapado de nuevo por la adicción de la escritura, ¿qué tiene entre manos?

Hay dos novelas acabadas, que aspiran a ser parte de una trilogía. Pero ya veremos. Mi escritura nunca parte de un ideario, no nace de un propósito establecido. Una vez que está escrito y el tiempo hace su labor es cuando me doy cuenta del perfil de los personajes que articulan la escritura.

¿Hay vuelta de tuerca en su dicción, nos sorprenderá?

No se escribe para sorprender, al menos no se debería hacer. Toda escritura impone un avance, una búsqueda de nuevas sendas. Pero eso nada tiene que ver con saltar a la pista de un circo. Como te decía antes si hay algo que me motiva es lograr una escritura regida por la honestidad, que sea capaz de ser leal con las contradicciones, los traumas, los anhelos… de los personajes que surgen.

¿Cómo son esos personajes de sus obras inéditas?

Muchos de los personajes de lo escrito hasta ahora se corresponden con el arquetipo del hombre manso, del buen chico. Y, sin plan previo alguno, me he encontrado que los personajes que pueblan las dos novelas inéditas ejercen el mal, incluso se regodean en la maldad. He percibido que he dado un paso de superación de la tara del hombre bueno.

De la tara roussoniana.

Si haces lo que te dicta la sociedad, la familia, las iglesias… entonces eres un buen chico. Para superar esas imposiciones, ese rol que te han impuesto y que va en contra de ti mismo, tienes diferentes salidas. Algunas son provechosas, decentes, constructivas, pero también las hay aberrantes. Como narrador me interesa ver que pasa cuando tomamos la dirección incorrecta. Y aunque los personajes no tienen etiquetas, percibo que me han salido algunos que son muy perversos, que han optado por los caminos de la maldad.

Personajes más hobbesianos, valga la expresión.

Más bien hablaría de mefistofélicos: el personaje que ejerce el mal por diversión. Puede resultar extraño para el lector, pero Cupido es para mí un personaje mefistofélico, que se divierte enamorando a un ser humano de otro, con todas las consecuencias que ello acarrea, principalmente si no hay correspondencia amorosa o, a posteriori, la ruptura y el dolor que conlleva. Cupido lo que genera es sufrimiento.  Las encrucijadas morales me interesan y la literatura es un campo de pruebas para explorarlas, donde podemos vivir aquello que se nos hace insoportable en nuestras vidas, aquello que no podemos permitir.

 

Vive con su familia en el campo, en un pequeño pueblo. ¿Responde a una decisión moral?

No, no… Seamos francos: responde, en primer lugar, a una coyuntura socioeconómica, que nos permitió hipotecarnos. Sí es cierto que tanto mi mujer como yo queríamos vivir en el campo, no en la ciudad, queríamos criar a nuestros hijos en un medio rural, no urbano. Esto lo teníamos claro, pero estábamos convencidos de que no podríamos hacerlo durante mucho tiempo, que no nos lo podríamos permitir económicamente. Paradójica, irónicamente, la burbuja inmobiliaria aún no había explotado cuando supimos del proyecto de construcción de la casa en la que hoy vivimos, y nos lo pudimos permitir, o eso creímos…

Hablar de León y literatura es casi un sinónimo. ¿Qué ocurre en esta tierra para que que haya tantos y tan buenos escritores? ¿Qué les dan de comer?

No lo sé, de verdad. Quizá lo que hay en León es falta de oportunidades, quizá lo que comemos es eso: precariedad, trabajos miserables, sueldos de pena. Quizá haya una relación entre el paro juvenil y la vocación artística o literaria, habría que estudiar eso. Yo mismo sería, en ese estudio, un buen sujeto de observación… Si al terminar de estudiar hubiera conseguido un buen trabajo, ¿sería escritor? En León, los jóvenes terminan de estudiar y se van, o se van para estudiar y ya no vuelven. Y los que se quedan se hacen poetas, músicos, pintores… Poetas, músicos y pintores que trabajan de camareros. Eso es León, ese es el León tan lleno de escritores que he conocido, del que formo parte y podría ser hasta paradigma. En cualquier caso, para mí es una gran suerte haber formado parte de este burbujeante caldo de cultivo, me siento muy afortunado por haber vivido en una ciudad tan activa en tantas artes, no sólo en literatura. Es verdad que siempre he sido poco sociable, un tanto autista, y más desde que vivo en un pueblo y tengo crisis y todo eso. Pero así y todo me siento beneficiario directo de esta poderosa corriente cultural (y también contracultural) que se da en León y que no tiene que ver tanto con instituciones o gestores culturales como con una efervescencia espontánea y natural que se da en la ciudad, quizá como respuesta a otras privaciones.


 

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