Giulino di Mezzegra

Dioses neoliberales

Grandes Despertares religiosos se entretejen hoy con el advenimiento de posfascismos funcionales a los intereses del neoliberalismo. Pablo Batalla Cueto rastrea las entretelas de dos casos concretos: el del renacer hindú en la India y, sobre todo, el del auge evangélico en Brasil.

Giulino di Mezzegra

Dioses neoliberales

/por Pablo Batalla Cueto/

Bertolt Brecht tenía vocación de aguafiestas: tanta como para, en medio de los escombros humeantes de la segunda guerra mundial, recién concluida, disentir de la euforia general y hacerle al mundo esta descarnada advertencia en su obra de teatro La evitable ascensión de Arturo Ui, estrenada en mayo de 1945: «Señores, no estén tan contentos con la derrota, porque aunque el mundo se haya puesto de pie y haya detenido al bastardo, la puta que lo parió está caliente de nuevo». El bastardo, claro, era Hitler; la puta, el capitalismo; el parto futuro del que el gran dramaturgo tenía la certidumbre, el de un fascismo nuevo y heredero de aquél, que germinara entre sus despojos. Brecht animaba de algún modo a permanecer alerta a las señales que pudieran anticipar, en el futuro, esa parusía prostibularia; señales que podrían relucir a la vista de todos sin que nadie se diera maldita la cuenta. Hoy, la frase es rescatada con cierta frecuencia: ha ido germinando la convicción de que aquella meretriz de la que Brecht temía el embarazo ha roto aguas. Señales de ello brillan por todas partes para quien quiera verlas. «Nuestro Señor ha escrito la promesa de la resurrección, no en los libros, sino en todas las hojas de la primavera», decía Martín Lutero; y algo así sucede hoy con la resurrección posfascista, de la que encontramos hojas nuevas por doquier: en el arte y en la mala televisión a la que Woody Allen decía que la vida imitaba en realidad, en el agosto feliz de los fabricantes y vendedores —chinos generalmente— de banderas, en nuevos usos y costumbres políticos de recorrido alarmante que permean incluso a la izquierda… Pero también asistimos a otro renacer rumboso; al parto nuevo y viejo de otro fenómeno humano del que el inveterado optimismo del progreso inexorable hacia la libertad ha anunciado muchas veces la sepultura, pero que, no importa cuán profundo se lo inhume, siempre acaba remontando a la superficie y centelleando de nuevo con el fulgor de lo atávico. Ese fenómeno es la religión.

Hubo un momento, algo así como hace sesenta o setenta años, en que la mayor parte de investigadores sociales de Occidente coincidía en verificar que la religión se hallaba en franca decadencia en el mundo moderno, sometido a una imparable secularización. Pero hoy aquel optimismo se apaga en el fragor de toda una insurgencia de Grandes Despertares que acontecen aquí y allá y lo hacen como acostumbran a hacerlo estos retornos religiosos: no como una pleamar paciente que fuera conquistando la playa palmo a palmo y serenamente, sino como una erupción volcánica del tipo krakatoano; una colosal explosión que desata, después, grandes tsunamis. George Weigel decía ya en 1991 que «la desecularización del mundo es uno de los hechos sociales dominantes en el final del siglo XX»; y lo más interesante es que esa desecularización está siendo simultánea en todas las grandes civilizaciones del globo. Cráteres distintos vomitan la misma lava; toda la humanidad se contagia de esta gripe que ha fortalecido sus virus y cuyas fiebres violentas hacen delirar al islam lo mismo que al judaísmo, el hinduismo o el cristianismo; y que en general, parece entretejerse con facilidad con las nuevas ultraderechas que insurgen en todo el globo, de Brasil a Israel y de la India a Polonia, pero no sólo ni principalmente con ellas, sino más bien en realidad con la playa siniestra que parece subyacer a los adoquines fascistas: el capitalismo neoliberal.

La historia ha demostrado muchas veces (quien primero lo demostró fue Augusto Pinochet) que el nacionalismo esencialista no es incompatible en absoluto con la economía neoliberal, y aun llega a ser muy útil a ésta a fin de desviar la atención de sus fechorías. Es esa armonía tenebrosa la que hoy rige, por ejemplo, los destinos de la India de Narendra Modi. Fanático nacionalista, Modi invoca la Hindutva, la India a la vez pitribhumi («patria») y punyabhumi («tierra santa»), ferozmente islamófoba, que en los años veinte teorizara el declarado simpatizante nazi Vinaiak Dámodar Savarkar (en otro tiempo proscrito del homenaje público por sus declaradas simpatías nazis, pero a quien hoy Modi ensalza como «un auténtico patriota») al tiempo que perpetra voraces recortes en sanidad y asistencia social y debilita o elimina leyes ambientales y laborales. El ruido que pudieran emitir esas tropelías se apaga en el fragor del fundamentalismo hindú, varios de cuyos santones apoyan a Modi y son a su vez auspiciados por éste. Así, por ejemplo, el monje Yogi Adityanath, a quien Modi impulsó como ministro jefe del estado de Uttar Pradesh y que llama a los hindúes a prepararse para la guerra religiosa y a los musulmanes «un montón de animales de dos piernas que debe ser detenido», declarando asimismo deseos como el de levantar estatuas de las diosas Gauri, Ganesh y Nandi en cada mezquita de la India si se encuentra la oportunidad. El doble Otro de la Hindutva modiana son los musulmanes y lo que sus partidarios llaman sickulars, un juego de palabras que mezcla sick («enfermo») y secular. Las guerras culturales concomitantes, como la indianización de topónimos musulmanes o la demanda del derribo de la mezquita de Ayodhya para construir un templo hindú en el solar, entretiene el debate público indio mientras la carcoma neoliberal campa por sus respetos.

El matrimonio entre nacionalismo y religión así trabado no es ni mucho menos excepcional de la India: sus esponsales se firman también en Brasil, otro gigante regional conquistado por la ultraderecha, donde Jair Bolsonaro se erige como otro de esos dobles ultras que lo es a la vez de un nacionalismo exaltado y excluyente y del más desenfrenado liberalismo económico. La gasolina de su éxito es también, en gran medida, la religión. Bolsonaro se lo debe todo, porque le proporcionaron apoyo explícito y medios, a los movimientos evangélicos que han ido creciendo vertiginosamente en su país, donde el catolicismo sigue siendo la confesión mayoritaria pero el fundamentalismo protestante seduce cada vez a más conversos. Hasta tal punto preocupa a la Iglesia vaticana este auge que existe la teoría, bastante plausible, de que el nombramiento del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio como primer Papa latinoamericano de la historia obedece justamente al afán de aplacar de algún modo ese crecimiento que ha ido acelerándose no sólo en Brasil, sino en toda la, hasta hace muy poco, monolíticamente católica Latinoamérica. Según algunos estudios, el catolicismo ha perdido el 10 % de sus fieles en América Latina desde mediados de los noventa. Brasil, desde los ochenta, ha pasado de un 90 % de población católica al 63 % actual; y algunas iglesias católicas latinoamericanas empiezan a adoptar ya ciertas costumbres de canto y música más propias de las evangélicas, caso, por ejemplo, del movimiento llamado Renovación Carismática Católica o del brasileño Canção Nova, con los que el papa Francisco, que llegó a decir que «éstos confunden una celebración litúrgica con una escuela de samba», no ha tenido más remedio que acabar transigiendo.

¿Qué ofrece el cristianismo evangélico que despierte tamaño interés en antiguos fieles católicos y lo haga suponer semejante amenaza para una institución tan todopoderosa en América Latina como la Iglesia católica? Una primera respuesta a esa pregunta es una religiosidad activa, sensitiva, fervorosa, implicadora, desplegada en grupos de oración cuyas reuniones acostumbran a ser un éxtasis de cantos y griterío que proporciona una sensación intensa de comunidad y calor humano, lo que contrasta con la cierta frialdad propia de las ritualizadas celebraciones del catolicismo. El énfasis imprimido al trabajo apostólico por parte de los fieles suministra además un sentido de misión que puede resultar muy seductor en estos tiempos que con mucha frecuencia nos condenan a desempeñar trabajos maquinales sin sentido por sí mismos y, además, nos han hecho descreídos de las grandes ideologías políticas que antaño satisfacían esa necesidad de un horizonte que perseguir. Por otro lado —y no contradictoriamente, aunque pueda parecerlo—, el protestantismo evangélico se acomoda bien al Zeitgeist individualista siglo xxi: al propugnar una lectura literal de la Biblia hace innecesarios a los intermediarios de la fe. Cada evangélico es su propio sacerdote y su propio exégeta en tanto la comprensión de las Escrituras ya no exige más que saber leer. El evangelismo es una especie de Ikea de la fe; un do it yourself del misticismo que, al serlo, provee asimismo al feligrés cierta sensación de empoderamiento: la misma que cuando montamos una estantería de Ikea y nos sentimos experimentados bricoleurs sin serlo en absoluto. Y también es un credo rápido en estos tiempos en que a todo se le exige que lo sea: frente a la infinitud marañosa de posibilidades de la exégesis católica, desenvuelta en un inagotable barruntamiento de alegorías, hermenéuticas, conjeturas, interpretaciones e hipótesis, que lo mismo pueden inspirar al Opus Dei que a los curas guerrilleros del sandinismo, el cristianismo evangélico ofrece un credo simplificado y diáfano; casi nada más que un compendio de cuentos y mandamientos sencillos. Sería el evangelismo en este caso la fast food de la fe, ofertada además en un menú de sectas variopintas en lugar de en el puchero único del catolicismo.

Fredric Jameson escribía que la posmodernidad es la lógica cultural del capitalismo tardío. Al protestantismo evaevangélico podría entendérselo como una posible lógica religiosa. Algo entenderemos también del éxito evangélico si nos percatamos de que el neoliberalismo destruye las comunidades preexistentes a él, que no controla y que pueden hasta serle contrarias pero seguidamente, puesto que el ser humano necesita pese a todo sentirse parte de una comunidad, rellena ese hueco con comunidades propias, creadas ad hoc y funcionales a sus intereses, desde la secta hasta el club de fútbol. La expansión del protestantismo en América Latina se ha solido relacionar, de hecho, con un informe escrito por Nelson Rockefeller en el informe Quality of life in the Americas en 1968, según el cual la Iglesia católica, y más específicamente la teología de la liberación —que propugnaba un catolicismo militante y combativo de inspiración marxista— eran peligrosas y contrarias a los intereses de Estados Unidos, por lo que era preciso reemplazar a los católicos latinoamericanos por otro tipo de cristianos. Cristianos, por ejemplo, como los adscritos a la teología de la prosperidad, que defiende que la bendición financiera es voluntad de Dios. El contraste no podría ser mayor con una Iglesia católica que, pese a todos sus desmanes e ignominias, sigue condenando la usura y emite encíclicas como la Laudato si, que ha llegado a ser calificada de antisistema por prédicas como la de que «los engranajes de la actual economía globalizada» constituyen «un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso». Pero el evangelismo —o más concretamente el pentecostalismo, que representa la mitad del escenario no católico latinoamericano según el Pew Research Center— también representa novedades con respecto al protestantismo tradicional, al que hoy se adscribe menos de un cuarto de los cristianos no católicos de Latinoamérica. Lo explica bien J. P. Bastian:

La economía dirige, permea, las estrategias de negocio de la religión, estimando el desarrollo, distribución y consumo de nuevos productos simbólicos en un sistema de competencia generalizada de las agencias y autoridades religiosas. […] Los pentecostalismos han llegado a convertirse en firmas de negocios, desarrollando estrategias para comercializar y distribuir bienes simbólicos multilateralmente, haciendo un uso ecléctico de elementos que surgen de diversas fuentes locales, nacionales y transnacionales para ofrecer un producto novedoso y atractivo. Los servicios solemnes y los predicadores protestantes han sido reemplazados por pastores-presentadores, que muestran la letra de los himnos en las paredes de los lugares de adoración, a modo de un karaoke japonés.

Así, los servicios se han llegado a convertir en shows, con una orquesta eléctrica y pequeños grupos de cantantes (los ministerios de alabanza) que se manejan con un sentido empresarial o conocidos cantantes que se hacen evangelistas, lo que a su vez ha creado un circuito comercial audiovisual de vídeos y cd que evidencia que los actores religiosos se han apropiado de las estrategias de mercado. Esto aparece claramente en la práctica del exorcismo, el trance religioso y la posesión. El pastor/intercesor es el que tiene el poder de reconocer los espíritus, hablarles y expulsarles. Se da una creciente mercantilización de los servicios a través de la venta de objetos religiosos, la donación (a cambio de dinero) de objetos bendecidos (jabones, aceites…) y la venta de oraciones y bendiciones.

Otra característica singular del protestantismo evangélico es su vindicación del Antiguo Testamento, relativamente desdeñado por la Iglesia católica, cuyas teología y liturgias pivotan abrumadoramente en torno al Nuevo. El Yavé evangélico no es el dios de misericordia que envía a su unigénito a la Tierra a morir por nuestros pecados, sino un dios legislador y castigador, vengativo incluso; el dios del Diluvio y del azufre sobre Sodoma. Habría que emplear muchas comillas para decir, pero podría decirse, que el evangelismo es una fe militar frente a la fe civil que es el catolicismo. Su campo semántico es el de lo castrense: corporación, misión y una jerarquía estrictísima que, nuevamente, es la del neoliberalismo, que elimina las dirigencias concretas pero nos somete a la dirigencia etérea, y sin embargo mucho más opresiva, de sus propios principios no sujetos a discusión. El evangelismo no tiene Papa, pero lo tiene en realidad en un credo simple, implacable y no sujeto a negociación ni a cambio. El éxtasis de la celebración evangélica recuerda al de los gritos que los policías antidisturbios profieren en sus lecheras antes de salir en tromba a calentar morros y medir lomos. El neoliberalismo, decía Terry Eagleton, nos quiere prudentemente sobrios en la oficina y salvajemente anárquicos en el centro comercial. El evangelismo nos quiere las dos cosas a la vez y nos ofrece la paradoja de una anarquía disciplinada; de una planificada espontaneidad.

Justo es decir que los evangélicos no siempre apoyan a candidatos de derechas. En México, el Partido Encuentro Social, evangélico, conservador y abruptamente opuesto al aborto y al matrimonio homosexual, solicitó en 2018 el voto para el izquierdista Andrés Manuel López Obrador, que aceptó trabar con ellos una alianza llamada Juntos Hagamos Historia. Una primera explicación es que López Obrador es evangélico él mismo; una segunda, que el del pes es un evangelismo sui generis cuyos colores corporativos son el azul asociado a la derecha, el rojo vinculado a la izquierda y el morado del centro porque se concibe a sí mismo como una combinación de las tres ideologías («estamos en contra de la desigualdad social pero estamos absolutamente interesados en fortalecer la institución familiar», dicen, y describen al liberalismo económico como «una fábrica de pobres»); la tercera, que López Obrador ha escurrido el bulto de asociarse a reaccionarios morales prometiendo someter esas cuestiones a referéndum. Sea como sea, exceptuando estas extravagancias, los evangélicos suelen apoyar a opciones de derecha extrema; y eso fue lo que sucedió en Brasil por más que Bolsonaro sea católico. Al evangelismo brasileño le daba igual que lo fuera: es un furibundo machista, antiabortista y homófobo, y eso y la fe económica neoliberal es todo lo que cuenta. Al fin y a la postre, estas religiones fundamentalizadas y enloquecidas luchan al unísono contra la luz de la Ilustración mucho más que contra las otras; y hay ecumenismos oscuros que alían políticamente, por ejemplo, en Estados Unidos a los evangélicos con los judíos ultraortodoxos; alianza facilitada por la veneración común hacia el Antiguo Testamento/Torá.

La religiosidad no está desapareciendo e incluso crece, pero está transformándose rápida y profundamente. Hay muchas líneas temporales posibles con respecto a lo que en materia de religión depare el siglo XXI, pero no sería extraño que se caminara hacia una suerte de refusión; hacia un potaje de misticismos. En el mundo del siglo XXIse cree en los médium, en ríos de energía inefable que surcan el mundo, en la predestinación o en los ovnis; y se cierran librerías, pero hay tiendas de productos esotéricos por doquier y no parece irles mal. Asomarse al escaparate de cualquiera de ellas es una experiencia curiosa: en ellos uno encuentra lo mismo budas dorados que manuales de meditación sufí o santos cristianos. Ninguna de ellas se adscribe a una religión concreta. Algo así sucede también en aeropuertos como el de Hong Kong o el londinense de Heathrow, que ofrece en sus distintas terminales, además de una capilla cristiana consagrada a san Jorge, diez multi faith prayer rooms identificadas con carteles en los que aparecen reunidas la estrella de David, la media luna islámica, el om hindú; la rueda del dharma que comparten el hinduismo, el budismo y el jainismo; la cruz cristiana y el símbolo sij. Todo es un poco lo mismo, se parece transmitir.

El filósofo español José Luis López Aranguren hablaba de la caída de las iglesias como «locus de lo sagrado», y para José María Mardones,

Ha sucedido como si el capital simbólico religioso almacenado en los depósitos de las iglesias e instituciones se hubiera resquebrajado y su contenido, líquido o gaseoso, se hubiera derramado por toda la sociedad. Hoy ya no hay que ir a las iglesias para encontrar rituales o lugares donde interesarse por la religión. En las ciudades, en los herbolarios y los gimnasios, se habla de religión al mismo tiempo que de cuidado del cuerpo; proliferan los centros de esoterismo; tradiciones y sabidurías orientales o presuntamente olvidadas se presentan como soluciones a los problemas de sentido; se ofrecen cursos de potencial humano o de equilibrio personal, armonización de la interioridad o de meditación trascendental, etc. Asistimos a la extensión de un tipo de religiosidad difusa, escasamente organizada y de sabor ecléctico y experiencial. La religión, lejos de abandonar la Modernidad, circula por todos sus recovecos.

Que Dios nos coja confesaos.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.clLa Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

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