Crónica

Querer es poder: pioneras del alpinismo

Pablo Batalla Cueto rescata la historia de tres grandes pioneras del alpinismo: Henriette d'Angeville, primera mujer en escalar el Mont Blanc; Elizabeth Hawkins-Whitshed, fundadora del Club Alpino de Damas, y Annie Smith-Peck, militante sufragista para quien la escalada era una forma de demostrar la fuerza y el valor de las mujeres.

Querer es poder: pioneras del alpinismo

/por Pablo Batalla Cueto/

Henriette d’Angeville quería escalar el Mont Blanc. Le obsesionaba aquel desafío. ¿Por qué? Bueno, ¿y por qué no? ¿Por qué no podía una mujer hollar aquella cumbre tal y como lo habían hecho Balmat y Piccard en 1786, el naturalista Saussure al año siguiente y decenas de otros hombres después que ellos? Ni siquiera sería la primera, en realidad: la cumbre del Mont Blanc ya la había pisado Marie Paradis nada menos que treinta años antes que ella. Pero Paradis lo había hecho algo así como arrastrada o llevada a hombros por los guías del refugio en el que servía, que querían volverla rica y famosa (y no lo consiguieron: la gesta pasó sin pena ni gloria). D’Angeville estaba segura de que podía ascender la Dama Blanca sin ayuda. Y el asunto, ya se ha dicho, le obsesionaba.

Percy Bysshe Shelley había escrito en 1816 lo siguiente (que citamos en la espléndida traducción de Leopoldo Panero) durante una estancia en el valle de Chamonix:

[…]

Allá lejos, muy lejos, coronado de cielo
su serenada nieve, se yergue el Monte Blanco;
su quietud infinita se alza como un anhelo
imperial sobre el pasmo del callado barranco;
sus montañas feudales le rinden pleitesía;
rocas de extrañas formas y cimas que modela
la nieve; valles hondos donde nunca entra el día;
glaciares y congostos donde la luz se hiela;
precipicios azules como el cielo glorioso,
que tuerce entre los valles al nivel de las crestas;
todo en torno a tu mole se agrupa silencioso,
dominado y vencido por tus cumbres enhiestas.

[…]

Todavía relumbra Mont Blanc en la distancia,
afirmando en la tierra su imperial fortaleza
y majestad: luz múltiple, múltiple resonancia;
y mucha muerte y vida dentro de su belleza. […]

Y Henriette d’Angeville quería imprimir sus huellas femeninas en aquella nieve serenada. La montaña la apasionaba desde que tenía diez años. Su madre había muerto uno antes y su padre, volteriano convencido pese a su raigambre aristocrática (el abuelo había sido guillotinado durante el Terror) y sus convicciones monárquicas, había decidido criarla exactamente igual que a un hijo varón y le había transmitido su amor roussoniano por la naturaleza. También le proporcionaba libros de filosofía y novelas escritas lo mismo por hombres que por mujeres y ella los devoraba con avidez, copiando en una libreta los pasajes más interesantes: por ejemplo, aquéllos en los que mesdames de Genlis, de Staël y d’Épinay lamentaban las dificultades que enfrentaban las autoras femeninas. Henriette también soñaba con ser novelista ella misma algún día.

Henriette d’Angeville

En lo que respecta a la montaña, Henriette había comenzado a foguearse recorriendo con su padre las alturas que circundaban el castillo familiar de Lompnès, en las montañas del Jura, a mitad de camino entre Ginebra y Lyon. La idea de escalar el Mont Blanc comenzó a abrigarla en 1828, cuando, muerto ya el progenitor y cobrada una herencia jugosa, dejó el château y se marchó a vivir a Ginebra. Pero distintas circunstancias se lo fueron impidiendo. Ella sentía —escribiría más tarde— que Ginebra era una suerte de exilio y que su patria estaba «en esa cumbre nevada y dorada que coronaba las montañas», por la que sentía una «monomanía del corazón» que la conducía con frecuencia a un incontrolable azoramiento: «Mi corazón latía violentamente, mi respiración se agitaba, profundos suspiros escapaban de mi pecho. Sentía un deseo de escalarlo tan ardiente que incluso imprimía movimiento a mis pies». No sería hasta diez años después, 1838, cuando encontrara finalmente la ocasión de salir al encuentro de aquel «amante helado» por el que suspiraba.

La expedición partió de Chamonix el 4 de septiembre de 1838 a las dos de la mañana. La integraban, además de D’Angeville, cinco guías y seis porteadores masculinos, y despertó mucha expectación: fue recibida por una muchedumbre de chamoniards que aplaudió a los montañeros con entusiasmo. La ruta fue larga y pesada, pero D’Angeville la afrontó —contarían después los admirados guías— con notable fuerza y presencia de ánimo, por más que llegara a sufrir algunos mareos debido a la altitud. Llegaron a cumbre hacia la una y cuarto de la tarde y desde allá liberaron una paloma para anunciar su éxito mientras organizaban un pequeño banquete de tostadas y champán. Y en un momento dado a Couttet, uno de los guías, se le ocurrió que había una manera de que D’Angeville ascendiera más alto de lo que ningún ser humano, hombre o mujer, había ascendido jamás: él y otro guía, Desplan, entrelazaron sus manos para formar un remedo de asiento, invitaron a Henriette a sentarse y la elevaron todo lo que pudieron. Después, antes de iniciar el descenso, D’Angeville escribió lo siguiente en la nieve: «Vouloir c’est pouvoir». Querer es poder.

Mont Blanc

El descenso fue llevadero, y en cuanto estuvieron de vuelta en la civilización —donde D’Angeville rechazó la mula que le ofrecieron, porque quería llegar a Chamonix a pie—, la villa los agasajó con una salva de cañonazos a modo de homenaje y, al día siguiente, un banquete opíparo al que D’Angeville tuvo la gentileza de invitar a la ya sexagenaria Marie Paradis.

Salvando excepciones como el periódico parisino Journal des Débats, que calificó de «heroína» a D’Angeville, la prensa de la época no fue tan benevolente con la gesta como los chamoniards. Lamentaba por ejemplo la cabecera ginebrina Le Fédéral que «nuestro orgulloso Mont Blanc debe de sentirse singularmente humillado» por ver mancillada su cumbre sagrada con la presencia de una mujer. Decía otro diario: «Después de Saussure y sus barómetros, la señora Angeville y sus pantalones. ¡Oh, Mont Blanc, ya sólo te faltan los payasos de la feria!». A Henriette le daba igual: estaba feliz de haber cumplido su sueño y ansiosa por cumplir la aspiración infantil de escribir un libro publicando uno sobre la experiencia. Le carnet vert saldría publicado al año siguiente con ilustraciones diseñadas por los artistas Jules Hébert y Henri Deville a partir de sus descripciones e indicaciones.

Pese a contar ya cuarenta y cuatro años, que no eran pocos para la época, después de llevar a cabo su gesta, D’Angeville todavía seguiría ascendiendo montañas —al menos otras veintiuna— durante un cuarto de siglo. Su última conquista sería el Oldenhorn, un tresmil del macizo de Les Diablerets en el cual se cruzan las fronteras de los cantones suizos de Berna, Vaud y Valais. Tenía por entonces Henriette nada menos que sesenta y nueve años y ya era el momento, dijo, «de abandonar el alpinismo antes de que el alpinismo me abandone a mí». Aún viviría —interesada ahora en la espeleología y fundadora de un museo de mineralogía en Lausana— hasta los setenta y seis.

El Oldenhorn, última montaña escalada por Henriette d’Angeville.

Aquel 1871 en que se apagó la vida de Henriette d’Angeville también falleció el padre de Elizabeth Hawkins-Whitshed. La pequeña Lizzie tenía sólo once años, pero a falta de otros herederos, fue ella quien se convirtió de pronto en propietaria del castillo familiar de Killincarrick House y de alrededor de dos mil acres de tierra en los condados irlandeses de Wicklow, Dublín y Meath. Cuando, al cumplir dieciocho años, arribó a Londres, como dictaban los cánones aristocráticos que debían hacer las jóvenes casamenteras para encontrar marido, aquellas propiedades hicieron de ella una de las mujeres más codiciadas; tanto más cuanto que tenía una «belleza picante, modales encantadores y talento intelectual». Quien así la alababa era el capitán Fred Burnaby, que tuvo el honor de ser su conquistador. No tardaron en casarse.

Poco después de la boda, Lizzie contrajo una extraña enfermedad; una especie de debilidad general que no le impidió parir un hijo en 1880, pero no acababa de remitir por más que los médicos tentaban diferentes curas. En 1881, decidió probar suerte viajando a Chamonix: tal vez el renombrado clima saludable de las montañas obrara finalmente el milagro de devolverle la salud. A su marido apenas lo veía: destinado en campañas militares aquí y allá, con quien estaba casado el capitán Burnaby en realidad era con el Imperio británico, al servicio del cual acabaría muriendo en campaña en Sudán. Lizzie se trasladó, pues, sola a los Alpes. Al llegar contempló —recordaba años después— «por primera vez aquellos riscos alfombrados de glaciares que tanto significarían para mí durante el resto de mi vida».

Instalada ya en el lugar, Lizzie comenzó por dar pequeños paseos por los alrededores del pueblo. Aquello le gustó, y un día, habiendo experimentado además una notoria mejoría, ella y otra amiga decidieron aventurarse un poco más lejos, a las faldas inferiores del legendario Mont Blanc. Lo hicieron, recordaría Lizzie años más tarde, «en botas de tacón y sombreros anchos», como damas victorianas en alguna soirée, pero ello no les impidió, una vez habían llegado al punto que habían calculado razonable alcanzar, sentir y entregarse a la tentación irrefrenable de seguir ascendiendo. Subieron y subieron y no llegaron a la cima, pero habían contraído ya irremediablemente el virus del Mont Blanc. De vuelta en el pueblo, Lizzie se prometió a sí misma terminar algún día lo que había empezado. Dicho y hecho: el verano siguiente, regresó a Chamonix y escaló dos veces el Mont Blanc, así como otros varios picos de notable dificultad. Virus y medio: a partir de entonces, y durante los siguientes veinte años, aquella aristócrata irlandesa metida a alpinista sin casi darse cuenta ya no viviría para otra cosa que para viajar a Suiza, y más tarde a Noruega y Laponia, tanto como pudiera y ascender con voracidad sus riscos y montañas lo mismo en verano que en invierno. Llegaría a completar más de ciento treinta ascensiones, incluyendo una que pasó a los anales del alpinismo como la primera expedición individual femenina de la historia.

Lizzie Le Blond, representada en la portada de su Mountaineering in the land of the Midnight Sun (1908)

Como Henriette d’Angeville, Lizzie fue también una mujer escritora: comenzó por publicar en 1883 The high Alps in winter, or mountaineering in search of health, y más tarde otros libros y artículos describiendo sus experiencias como alpinista. También escribió ficción y libros de viajes; pero su mayor reconocimiento lo llegaría a adquirir en el campo de la fotografía, del que también fue pionera femenina. Maravillada por el invento, comenzó a llevar una cámara a las excursiones que hacía ya desde muy pronto, y fue la primera persona en hacer capturas de algunos paisajes que no habían sido fotografiados jamás. Revelaba las fotos en la propia montaña, a veces en condiciones extremas, y tomó miles. Más tarde, también se interesó por el cine, rodando peliculitas hoy no conservadas de competiciones de bobsleigh y otros deportes de invierno.

Cuando empezó el siglo xx, Lizzie —dos veces viuda y casada finalmente con un hombre diez años más joven que ella llamado Aubrey Le Blond, con quien ya conviviría hasta su fallecimiento en 1934— ya estaba fundamentalmente retirada del alpinismo, pero se había convertido en una figura respetada en el mundillo, y en 1907 reunió en Londres a un grupo de mujeres alpinistas a las que el Club Alpino de la ciudad vetaba la entrada (entre ellas Lucy Walker, la primera mujer en ascender al Cervino y al Eiger) y las convenció de fundar un Club Alpino de Damas del que fue elegida primera presidenta. Era el primer grupo de montaña femenino del mundo.

Los años siguientes, Lizzie Le Blond los consagró, además de al club, a viajar por Europa, el Lejano Oeste y América, emprender diversas actividades caritativas y publicar sus memorias. Murió en 1934, reconocida con devoción por todo el alpinismo británico como «parte de un pequeño grupo de espíritus aventureros […] que hicieron muchísimo para abrir el camino de mujeres escaladoras futuras soportando el embate, e ignorando tranquilamente, las críticas volcadas sobre ellas por entregarse a un deporte tan poco femenino». Dos picos llevan hoy su nombre, y de ella se recuerda mucho la siguiente cita: «Tengo una inmensa deuda de gratitud para con las montañas por quebrar para mí los grilletes de la convencionalidad».

También tiene nombre de mujer la cumbre Ana Peck, el pico más norteño del macizo de Huascarán, en Perú. En este caso, la homenajeada es otra pionera excepcional: Annie-Smith Peck, contemporánea de Hawkins-Whitshed y otra amante del alpinismo que descubrió su pasión casi por casualidad. Fue en 1885 y en el cabo Miseno, en Campania: un antiguo volcán al que el capricho tectónico del Mediterráneo central acabó convirtiendo en un hermoso promontorio costero, y que los romanos fabularon que se trataba del túmulo funerario de un trompetista que había desafiado a Tritón en el sonido de la tromba y había sido castigado arrojándolo al mar. Peck había llegado allá atraída por el mundo clásico. Se había graduado en clásicas con honores en 1878 en la Universidad de Michigan después de insistirle a su padre en que quería recibir la misma educación que sus hermanos, se había especializado en griego y después se había trasladado a Europa para formarse en Hannover y Atenas, donde había sido la primera alumna de la Escuela Americana de Estudios Clásicos. Allí, había estudiado arqueología además de francés, español y portugués. Después, la habían contratado como profesora de arqueología y latín en la Universidad Purdue y el Smith College, y seguidamente había comenzado a hacer dinero impartiendo lecturas sobre esos temas por toda Europa.

Al Miseno, Peck se acercó buscando combatir los «vigorosos humores» que solían atormentarla: era de salud quebradiza y naturaleza débil. Y aquello parece que efectivamente le sirvió de ayuda. Según escribió a su madre después de acometer la ascensión, los humores habían desaparecido como por ensalmo.

A Peck le sucedió entonces lo mismo que a Lizzie Le Blond: una vez probada, la montaña pasó a ser una droga cuya adicción nunca se molestaría en superar. Con el dinero percibido por aquellas lecturas, comenzó a viajar por todo el mundo para hacer escaladas crecientemente difíciles. Comenzó por montes y alturas accesibles de Grecia y de Suiza, como el monte Himeto o el puerto suizo de San Teódulo; subió la apuesta después con picos de dificultad moderada como el Shasta, en California, y en 1895 se sintió capaz, y lo fue, de escalar el Cervino. No fue la primera mujer en subirlo, honor que correspondía a Lucy Walker en 1871, pero sí la primera que subió en pantalones, pequeño sacrilegio que causó algún escándalo pero también inició un debate sobre la conveniencia de aflojar la aparatosidad e incomodidad de los cánones de vestimenta femeninos.

Annie Smith-Peck

Ya definitivamente preparada entonces para los riscos más complicados, Peck puso sus ojos seguidamente en Latinoamérica, primero en México —donde escaló el Orizaba y el Popocatépetl en 1897— y después en América del Sur, donde se convirtió en la primera mujer en escalar el cerro Huascarán, en Perú.

Peck —que nunca se casó— fue también una activísima sufragista. Los principios feministas que en D’Angeville y Hawkins-Whitshed eran de orden instintivo o algo así como una disposición vital espontánea, ella los hizo explícitos y entendiendo el montañismo como parte de su lucha: así, por ejemplo, en 1911 dejó en la cumbre del cerro Coropuna, en Perú, una pancarta con el lema «Voto para las mujeres», una muy astuta maniobra que tuvo mucho eco en la prensa e impugnó implícitamente los argumentos de los antisufragistas sobre la debilidad de las mujeres. «Siendo desde muy temprano una firme creyente en la igualdad de los sexos, siento que cualquier gran logro en cualquier línea de esfuerzo sería un beneficio para mi sexo».

Su última montaña, el monte Madison, en New Hampshire, la escaló Peck a la edad de ochenta y dos años. Murió dos después, en 1935 y en Nueva York pero habiendo regresado apresuradamente de un tour mundial que había iniciado, y durante el cual había enfermado mientras subía a la Acrópolis ateniense. Ella, también ardiente enemiga del nacionalismo y partidaria del panamericanismo (la unión de todos los países de América en uno solo), solía decir que su hogar era donde estaba su baúl.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.clLa Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

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