Mirar al retrovisor

Pequeños temblores antes de la erupción

Los grandes cambios históricos siempre suelen dar señales antes de producirse; débiles movimientos sociales, a veces ingenuos, incluso pacíficos, que actúan sobre las conciencias de la gente, las transforman y las preparan para que, cuando todo parece que ya pasó, explote el volcán de la historia. Un artículo de Joan Santacana.

Mirar al retrovisor

Pequeños temblores antes de la erupción

/por Joan Santacana Mestre/

Abro un periódico del lunes 28 de enero de 1905. Se trata de El Siglo Futuro, diario católico. El rotativo iba recibiendo noticias breves y las iba insertando a medida que llegaban de agencia. Luego, en redacción, las agrupaban bajo un título y un subtítulo. No hay todavía imágenes fotográficas. La primera de las informaciones es del día 21, está fechada en San Petersburgo y dice literalmente que «una comisión compuesta de tres obreros se presentó ayer en el palacio Tzarkoeselo para entregar al Emperador una solicitud firmada por 130.000 de ellos, ignorándose si fueron recibidos. El padre Gapón está siempre custodiado por una guardia de 50 obreros, para impedir su detención».

Al día siguiente, 22 de enero, a las 12:15 del mediodía, el periódico informa de que «suponiendo que la manifestación obrera tendrá éxito pacifico, la población pasea alegremente por las calles. Abrense las tiendas. El acceso a la plaza frente al Palacio de Invierno está prohibido a la muchedumbre por fuerzas de caballería […] Los soldados parecen estar alegres y se divierten entre ellos saltando y bailando». Unas horas más tarde se nos informa de que «el presbítero Gapony ha escrito al zar rogándole con insistencia que acepte la petición de los obreros. También lo ha hecho el ministro del Interior».

Sin embargo, a partir de entonces los despachos de prensa se sucedieron con gran rapidez: a las 13:30 se informaba de que «fuerzas de infantería de hulanos y cosacos se enfrentaban a los huelguistas […] Los jefes de la manifestación rogaron a los soldados que no disparasen sobre sus hermanos. Algunos infantes bajaron sus armas, pero hulanos y cosacos, obedeciendo a las ordenes amenazadoras de sus oficiales hicieron uso de sus sables, causando numerosas víctimas». Diez minutos mas tarde, a las 13:40, «la efervescencia y los desórdenes van en aumento en todos los barrios. Las manifestaciones son ahora amenazadoras y ruidosas. Los soldados han disparado y matado a un numero desconocido de huelguistas […] Ha estallado una sangrienta colisión entre las tropas y los huelguistas […] En la refriega resultaron 80 muertos y heridos. […] la multitud, en masas imponentes, ha invadido la plaza del Palacio con un empuje irresistible, lanzando hurras. Los soldados fueron impotentes en contenerla. Un destacamento de infantería disparó con balas sobre la plaza del Almirantazgo, matando e hiriendo a 180 personas, hombres y mujeres».

Hoy sabemos que esto fue el prólogo de lo que acontecería unos años después. En esta ocasión el zar casi no se enteró, y en su diario sólo anotó que hubo disturbios en la plaza. Y sin embargo su autocracia, asentada sobre bases centenarias, con millones de súbditos devotos, se derrumbó al primer embate de estas pacificas multitudes que iban precedidas por un pope con la cruz en las manos. Y es que las revoluciones modernas se cuecen en las cabezas más que en los estómagos. ¿Qué había cambiado entre enero de 1905 y octubre de 1917? En realidad, muchas cosas habían ocurrido en una década, pero lo más importante fue el cambio operado en la mente de muchas personas para las cuales el zar dejó de ser el padre para pasar a ser el tirano.

En realidad, los grandes cambios históricos siempre suelen dar señales antes de producirse; pequeños e imperceptibles temblores de tierra que preceden a la irrupción de la explosión volcánica. Son estos aparentemente débiles movimientos sociales, a veces ingenuos, incluso pacíficos, los que actúan sobre las conciencias de la gente, las transforman y las preparan para que, cuando todo parece que ya pasó, explote el volcán de la historia. Y la mayoría de las veces las fuerzas que detentan el poder no perciben el significado profundo de los ruegos y lamentos de la calle. ¡El pasado es, a veces, un extraño país!


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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