Diario de Tierra Santa

Diario de Tierra Santa (1): Shemá Israel

Pablo Batalla Cueto, de vuelta de un viaje de diez días a Israel y Palestina, ha escrito un diario con sus impresiones, del que EL CUADERNO irá publicando una parte cada semana durante diez. En esta primera entrega, escribe entre otras cosas sobre el judaísmo ultraortodoxo tomando como pretexto en un 'Shajarit', oración judía de la mañana, presenciado en el aeropuerto ucraniano de Borispol.

Diario de Tierra Santa /1
Jueves, 7 de marzo de 2019

Shemá Israel

/por Pablo Batalla Cueto/

El Shajarit, la plegaria judía de la mañana (la de la tarde es la Minjá; la de la noche, el Maariv), debe rezarse entre la salida del Sol y el chatzot, el mediodía astronómico, y cuanto más temprano mejor, pero no antes —prescribe la ley judía— de que uno pueda distinguir a un conocido a seis pies de distancia. Dura —leo— entre media y una hora y sobre los pasos a seguir existen diferentes tradiciones, pero todas coinciden en tres: en primer lugar, los Pesukei dezimra o zemirot, «versos de alabanza» a Dios que deben preceder a cualquier súplica al Creador. En segundo lugar, el Shemá Israel, «Escucha Israel», la plegaria más sagrada del judaísmo, una expresión fervorosa de monoteísmo no muy distinta de la shahada islámica, la más famosa e importante de cuyas cuatro partes es el shemá propiamente dicho: «Shemá Israel, IHVH Eloeinu, IHVH Ejad»; «Escucha, Israel: Adonai es nuestro Señor, Adonai es Uno». Finalmente, las distintas tradiciones existentes con respecto al Shajarit coinciden asimismo en la Amidá, conocida también como Shmoná esré: una sucesión de diecinueve bendiciones, agradecimientos y súplicas que deben enunciarse de pie, con los pies muy juntos y preferiblemente orientado hacia Jerusalén. ¿Bendiciones a qué? Al Dios de los patriarcas, al poder de Dios, a su santidad. ¿Y qué súplicas? La sabiduría, la ayuda para seguir una vida basada en la Torá, el perdón de los pecados, la sanación de los enfermos, la destrucción de las sectas heréticas, la restauración del reino de David, la venida del Mesías, el regreso de las diásporas a la tierra de Israel, la restauración del Templo y sus sacrificios, etcétera.

Es en una combinación de páginas web judías y la Wikipedia en inglés que leo todo esto y que concluyo que eso mismo, el rezo del Shajarit, debe ser lo que, sentado en la sala de espera de la puerta D11 del aeropuerto ucraniano de Borispol, estoy contemplando hacer, no lejos de mí, a un grupo de judíos ultraortodoxos con quienes voy a compartir vuelo a Tel Aviv. Los veo envolverse en el talit gadol, un manto ritual de lana o rayón, y confirmo que se trata de judíos asquenazíes —los procedentes del centro y el norte de Europa— al comprobar que es blanco con rayas negras: el talit sefardí es completamente blanco. Utilizan también las filacterias o tefilin: dos cajitas de cuero con correas que los judíos devotos se amarran respectivamente a la cabeza y del brazo, y de las que extraen pequeños rollos de texto con versículos de la Torá como parte de algunos rituales. Y en otro momento los veo leer de pie de un pequeño libro que sostienen con las dos manos mientras se menean adelante y atrás, costumbre sobre cuyo origen también hallo explicación en otra página. Por un lado, responde a la idea de que todo el cuerpo del creyente debe alabar a Dios: la mente, el corazón y la boca a través del habla, y el cuerpo mediante el movimiento. Por otro, se sustenta en un pasaje bíblico, Proverbios 20:27, según el cual «el alma del hombre es una candela de Di-os» [sic; la tradición judía prohíbe escribir completo el nombre del Creador]. En el sitio web que consulto, el rabino Menájem Posner explica que «la llama de la candela oscila constantemente y parpadea en sus intentos por liberarse de su mecha y ascender a lo alto. Nuestra alma también se esfuerza constantemente para escapar a la corporeidad de este mundo terrenal y adherirse a su fuente Divina. Esto es especialmente verdad en el transcurso de la plegaria, esas islas en el tiempo cuando nos concentramos y focalizamos en nuestra relación con Di-s. Nuestro cuerpo refleja este esfuerzo mientras oscila de atrás para adelante como una llama».

La escena es ciertamente estrambótica; una de ésas que recopila en Twitter la cuenta Humans of Late Capitalism. Mientras estos tipos consagran sus plegarias al Dios de los patriarcas, otros pasajeros matan el tiempo entregándose al sueño o a las distracciones del mundo moderno: miran videoclips de música latina, juegan al Candy Crush, leen una revista de cotilleo. Pienso en los océanos de distancia que pueden interponerse entre seres humanos que van a compartir avión y quizás a sentarse juntas; en cómo el presente yuxtapone a veces lo que en otro tiempo jamás de los jamases se yuxtapondría. Más tarde, cuando un problema técnico retrase ocho horas nuestro vuelo y los judíos deban realizar también en el aeropuerto los rituales de la Minjá, los veremos hacerlo mientras, a apenas unos metros, un grupo de jóvenes ucranianos opte por improvisar una pequeña rave con dos botellas de whisky compradas en el Duty Free y una espantosa música techno prendida en un smartphone. En pocos sitios se aprecia la modernidad líquida de la que hablaba Zygmunt Bauman —pienso— tan bien como en los aeropuertos, crisoles de la contemporaneidad en los que todo se vuelca y se entremezcla y la misma estancia puede ser a la vez una discoteca y una sinagoga.

Mi tiempo, yo lo mato a mi vez ojeando más sitios web judíos con informaciones interesantes sobre esta religión tozuda, antigua y peculiar. En otro de ellos, la revista digital Hashavua, encuentro una digresión del rabino Eliahu Birnbaum titulada «Rezar en un avión o en un aeropuerto» y que formula diversas reflexiones sobre cómo sortear los obstáculos que el trajín aeroportuario opone a la concentración religiosa y al cumplimiento estricto de las innumerables y rigurosas prescripciones de la ley hebraica. A Birnbaum (pero parece que no a mis compañeros de vuelo) le preocupa especialmente la cuestión de la privacidad. Escribe el rabino que

En cuanto al tema de rezar a la vista de los demás pasajeros, para mí es algo muy difícil. Me considero un judío orgulloso de su pertenencia nacional y su legado religioso. Escribí anteriormente en este mismo espacio que la kipá no baja de mi cabeza ni siquiera en sitios en los cuales quizá sería más prudente hacerlo. Pero en mi opinión, el tema del rezo en público a la vista de no judíos es algo diferente. No me avergüenzo de mi judaísmo, pero no siento necesidad ni veo razón para hacer con éste un show. Si en medio del vuelo una persona se envuelve en el talit y coloca tefilín es natural que los demás pasajeros lo miren y es de suponer que esto ha de afectar tanto la concentración como el sentir de quien reza. Mi sensación es que el momento del rezo es uno de los más íntimos que tiene el creyente con su Creador y no hay ninguna necesidad o razón para compartirlo con otras personas que no son de nuestro pueblo.

Birnbaum enumera una serie de consejos para proveerse en los aeropuertos de esa intimidad dificultosa. Así, por ejemplo, sugiere buscar las salas de cambiar pañales que en ellos suele haber: «generalmente son —argumenta— de dimensiones no pequeñas y cuentan con mesas, piletas para lavar las manos y normalmente carecen de retretes». Leído esto, me divierte y me indigna a partes iguales imaginarme a una madre o un padre apurados, con su bebé cagado en brazos, esperando a que ¡un rabino! desocupe la sala de pañales para poder utilizarla. ¿Habrá sucedido alguna vez? Seguramente sí, y con esa certidumbre, una blasfemia germina en mi cabeza hacia este vanidoso Adonai que demanda tres alabanzas diarias, no admite excepciones y ampara que ese mandamiento se cumpla con prácticas incívicas, pues enormemente incívico es apropiarse de espacios públicos para usos privados distintos de aquéllos a los que tales espacios están destinados. En el artículo de Birnbaum, confieso sentir cierta admiración jovial hacia la protagonista de esta anécdota que el rabino recoge a fin de ilustrar las dificultades añadidas del rezo con minián, el cuórum de diez personas adultas del que el judaísmo prescribe la obligación para algunos rituales y oraciones:

El rezo con minián es una de las cuestiones más incómodas que en más de una oportunidad generaron fricciones con el personal de a bordo o con los demás pasajeros que se sientan en esa área o necesitan pasar por el corredor. Por muchos años presencié y escuché ataques e improperios hacia quienes rezan en el avión, y quizás la experiencia más fuerte fue cuando una mujer que estaba sentada junto al minián prorrumpió en gritos quejándose de que no le permitían dormir y acto seguido comenzó a desvestirse para espantar a los fieles de su alrededor, con completo éxito.

Sobre esto del rezo con minián, el rabino Birnbaum sí adopta una posición sensata. Cita a otra autoridad: el rabino Simja HaCohen Kuk, de Rejovot, para quien «en estos temas se requiere no sólo de la halajá [la ley judía] sino también de sano criterio: por ello, por una cuestión de lógica y respeto por el prójimo no se debe rezar con minián durante un vuelo». Y más tarde, propone nuevas soluciones creativas para gozar de intimidad cuando el momento de las plegarias individuales sobrevenga no ya en el aeropuerto, sino en pleno vuelo. Cuenta por ejemplo el rabino que

Como es sabido, a cada viajero se le adjudica una manta para las horas de descanso. Mi recomendación es que cubran la mitad superior del cuerpo hasta encima de la cabeza y bajo ésta podrán rezar cómodamente a salvo de las miradas de los demás pasajeros. […] He rezado así numerosas veces y a quien observa le parece que duermo, sin sospechar que bajo la manta erigí un pequeño santuario.

El apellido Birnbaum también despierta mi interés. La palabra significa «peral» en alemán, y deduzco que el apellido tiene origen en una serie de decretos sobre el que he leído y que obligaron a los judíos asentados en Austria primero (1787) y los diferentes territorios de Prusia después (la ciudad de Breslau en 1790, su territorio en 1791, Liegnitz en 1794, etcétera) a tomar apellidos germánicos. Los menos imaginativos se limitaron a adoptar como tales sus gentilicios, y de ahí los Kiesinger (de Kiesing) o los Schwarzenegger (de Schwarzenegg), sus profesiones o antropónimos formados con el nombre de sus padres, pero otros aprovecharon la inusual ocasión de escoger apellido para sí y sus descendientes entregándose a una lírica de nombres de árboles, flores, animales o construcciones poéticas más sofisticadas. Rosenthal, uno de los más característicos apellidos judeoaskenazíes, significa «valle de las rosas»; Löwenstein, «piedra del león»; Gottlieb, «amante de Dios», etcétera. Seguramente al tatarabuelo del rabino Birnbaum al que aquel decreto obligó a escoger apellido le gustaran las Birnen, las peras, y de ahí su elección, que fijaría para siempre en el ámbar onomástico aquella afición.

Volviendo a Borispol, a mis compañeros de vuelo, ya digo, no parecen afectarles las tribulaciones de Birnbaum con respecto a la intimidad de la oración. Rezan a la vista de todos y llega a tentarme la falta de respeto de sacarles una foto o grabarlos en vídeo, pero me contengo. Más tarde, cuando la aerolínea nos ofrezca un almuerzo de cortesía debido al retraso, uno de ellos representará al grupo abroncando a voz en cuello a los empleados de la compañía por no suministrarles a ellos una merienda kosher. «We have civil rights!», le escucharé vocear, y he de reconocer que encontraré refrescante esa determinación, por más que su motivación sea un —a mi juicio— absurdo precepto religioso. Otro gallo nos cantaría —pensaré— si todos defendiéramos nuestros declinantes civil rights con la misma resolución. Vendrá también a mi cabeza alguna cosa leída sobre Ze’ev Jabotinsky, fundador del sionismo revisionista e impulsor del Irgún, una organización terrorista sionista fundada en los años veinte del siglo pasado para, hostigando la ocupación británica de Palestina, conquistar un Estado independiente para el pueblo judío. En el imaginario político de Jabotinsky, una preocupación central era acabar con la parte de realidad del estereotipo antisemita del judío enclenque, cobarde, apocado, pasivo, pedigüeño. Defendía un ideal militar de judío dispuesto para el combate y el uso de la fuerza en la persecución de sus objetivos; y su propio nombre, Ze’ev, era en realidad un nom de guerre que había reemplazado a su nombre real, Vladímir, y una declaración de intenciones, toda vez que la palabra significa «lobo» en hebreo. En Jabotinsky hay muy poco que admirar: era un hombre preñado de admiración por los peores nacionalismos europeos, e incluso por el fascismo italiano, que trasladó esas veneraciones a una versión particularmente infame del sionismo —depredadora, militarista, irredentista, racista, ferozmente antiárabe— que se ha ido acercando a ser la oficial del Estado de Israel contemporáneo. Pero ese ideal de agarrar el toro por los cuernos, dejar de esperar la benevolencia de los señores y luchar con determinación por lo que se considera legítimo sí me parece bastante rescatable y adaptable a muchos colectivos históricamente oprimidos: por ejemplo, a las mujeres. De hecho, una parte del feminismo ha ido abrigando un ideal muy parecido y que yo comparto totalmente: así, por ejemplo, el movimiento Femen, cuyo manifiesto insta a sus militantes a presentarse siempre en público serias, ceñudas, marciales, alejadas tanto como se pueda de los tópicos del princesismo.

El grupo de estos judíos ultraortodoxos está formado por seis personas: dos hombres mayores —y entre ellos, el que lidera la protesta en demanda de un almuerzo kosher, que por cierto acabarán consiguiendo—, otro algo más joven, una mujer mayor y dos adolescentes, un chico y una chica. Todos visten según los cánones de la ortodoxia judía: los hombres, sombrero negro, levita del mismo color bajo cuya chaqueta asoman los hilos blancos del talit y los siempre llamativos tirabuzones, cumplimiento del mandato de la Torá, apuntalado por el Talmud, de no cortarse el pelo de los «costados» de la cabeza y cuyo origen remoto —leo— parece ser la necesidad de distinguirse de ciertos idólatras arcaicos que se rasuraban las sienes. En cuanto a las mujeres, lo mismo la mayor que la adolescente observan la tzniut («modestia») que la ley judía les exige: falda larga, mangas por debajo del codo, escote y clavículas cubiertos y colores discretos a fin de no llamar la atención. La mujer mayor lleva además el pelo cubierto, prescripción que sólo rige para las mujeres casadas y que las judías ortodoxas cumplimentan de diversas maneras, ya con boinas, ya con sombreros, ya con unos pañuelos llamados tichels o incluso rasurándose el cabello y utilizando pelucas. Pero quien llama más mi atención es el chico más joven, de unos trece años, que lleva el sombrero envuelto en plástico. Recordando cierta anécdota famosa de un judío ultraortodoxo del que, hace varios años, se volvió viral su foto completamente envuelto en una bolsa de plástico extragrande debido a su temor de que el avión sobrevolase algún cementerio —espacio considerado impuro por los judíos y al que los cohanim, los sacerdotes judíos, no entran jamás—, me pregunto si esto tendrá algo que ver, pero una rápida búsqueda en Internet me hace comprobar que no todo lo que los judíos ultraortodoxos hacen tiene una retorcida explicación teológica. Sencillamente, los sombreros ultraortodoxos son caros, y no es inhabitual que sus propietarios los protejan así de las inclemencias. La cosa me hace recordar una anécdota que en la carrera, en Salamanca, nos refirió en una ocasión Jesús Liz, nuestro queridísimo y triste y prematuramente fallecido profesor de arqueología. Nos hablaba Liz de la llamada arqueología experimental, y en un momento dado se refirió a cierto experimento antropológico que en una ocasión se había llevado a cabo con los indígenas de no recuerdo qué región del planeta a fin de testar el grado de fiabilidad que podemos adjudicar a la especulación científica sobre la prehistoria. Consistía la cosa en que un grupo de antropólogos estudiaran el comportamiento de los nativos de aquel lugar anclado aún en la Edad de Piedra sin interactuar con ellos y aventuraran hipótesis al respecto de algunas prácticas, para sólo después consultar a los nativos si habían acertado. En un momento dado, llamaron la atención de los científicos unas hogueras que los indios prendían. Después de mucha deliberación, los antropólogos concluyeron que se trataba de un sofisticado ritual religioso en el que la disposición de las hogueras remedaba la de las estrellas de determinada constelación; pero cuando consultaron a los indígenas si habían dado en el clavo, comprobaron que no lo habían dado en absoluto: las hogueras no tenían otro fin que el de espantar a las moscas.

Tengo sentimientos encontrados hacia estos tipos. Me causan rechazo en grandísima medida, claro; me lo causa en general la religiosidad intensa en cualquiera de sus formas, obstinado  oscurantismo y absurda consagración de cada segundo de la vida a ganarse un cielo que no existe; pero tal rechazo marida en mí, de una forma extraña, con algo que no es ni admiración, ni envidia, pero tiene algo de ambas cosas. En este mundo de zozobras, incógnitas y precariedades, justamente esa modernidad líquida que tan magistralmente cartografió Bauman y lo que César Rendueles llama jungla semiótica, esta gente sabe quién es, tiene un horizonte, una misión, un telos, un propósito, un norte para su brújula, y también los entrelaza un sentido de comunidad que se está esfumando en todas partes, mónadas aisladas y obligadas a una autosuficiencia imposible como esta contemporaneidad desquiciante nos hace. En algún sentido, ¿dónde hay que firmar?

Nuestro vuelo despega finalmente, después de dos retrasos y de un conato de motín, a eso de las seis y media, y llegamos al aeropuerto David Ben Gurión de Tel Aviv cerca ya de las diez de la noche, lo que nos arruina la que iba a ser nuestra primera toma de contacto con el país, al que teníamos previsto arribar a mediodía: un recorrido por los principales atractivos de la segunda ciudad israelí; Yafo, los edificios Bauhaus del bulevar Rothschild y el Museo de Arte. Para nada más hay ya tiempo, una vez traspasado el control de pasaportes del aeropuerto, que para tomar un tren a la céntrica estación de HaHagana y allí un taxi que nos deja en el hostal que teníamos reservado, en el destartalado pero bohemio barrio de Florentin, al sur de Tel Aviv, adonde llegamos pasadas ya las once, y desde donde nos limitamos —me limito yo; Raquel se queda en el hostal— a hacer una pequeña incursión en busca de un veinticuatro horas en el que proveernos de una apresurada cena que acabará consistiendo en una tarrina de humus con piñones, una especie de grandes panes de pita y un chocolate Milka con fresa.

Así llamado por el judío griego, David Florentin, que compró los terrenos en los años veinte, Florentin fue durante décadas un barrio mísero, habitado principalmente por judíos pobres provenientes del norte de África, Bulgaria, Grecia (Salónica sobre todo) Turquía y Uzbekistán. A finales de los años noventa, una serie de televisión titulada Florentin lo puso de moda y desde entonces comenzó a atraer a un variopinto artisteo que fue instalándose en garajes y edificios abandonados cuyas fachadas decoraban con grandes grafitis. Así reconvertido, empezó a seducir también a estudiantes y jóvenes a los que ofrecía la posibilidad, quimérica en el resto de la ciudad, de instalarse en grandes lofts a muy bajo precio. Hoy es una meca hipster, repleta de bares y galerías de arte y famosa además por el pintoresco mercado Levinsky, pero no ha sufrido el proceso de gentrificación que sí transformó y desnaturalizó el vecino barrio de Neve Tzedek. Y es una pena, pero apenas vamos a poder disfrutarlo. No queriendo que el planning del viaje se nos descuadre, mañana saldremos pronto para Haifa, tal como teníamos previsto. Quizá podamos volver a Tel Aviv el día 17, último de nuestro viaje, en que el vuelo de vuelta está programado para las tres de la tarde, lo que nos permite tomar temprano un bus desde Jerusalén, donde llevaremos ya seis días, y dedicar la mañana a un paseo rápido por la ciudad antes de allegarnos al aeropuerto. Veremos.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.clLa Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

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