Crónica

La pequeña edad del hielo

Israel Llano Arnaldo dedica una de sus crónicas históricas a la 'pequeña edad del hielo', un período de enfriamiento climático inusual que provocó grandes convulsiones, también políticas, en la Europa de la Edad Moderna.

La pequeña edad del hielo

/una crónica histórica de Israel Llano Arnaldo/

Las recientes manifestaciones de jóvenes reclamando por todo el mundo políticas eficientes y sostenibles son el último episodio de un asunto que ya ha dejado de ser un problema hipotético o futuro para pasar a ser actual: el del cambio climático.

A lo largo de la historia de este planeta, innumerables cambios climáticos han ido condicionando la vida que la Tierra albergaba en su seno, siendo la adaptación a estas variaciones uno de los factores clave que ha hecho a los seres humanos sobrevivir, reproducirse y progresar.

Desde hace unos diez mil años, nos encontramos en el Holoceno, que es el período climático actual, caracterizado por la suavidad de temperaturas y la humedad relativa, ambas condiciones óptimas para la vida. Desde entonces y hasta llegar a nuestros días, las variaciones climáticas han seguido un patrón ondulado, de expansión y contracción, pero manteniendo un clima generalmente benigno. Ha habido con todo alguna excepción: la más reciente, un período de enfriamiento y gran variación climática conocido como la pequeña edad del hielo. Sus consecuencias tuvieron una gran repercusión en la vida del ser humano y es posible que estén íntimamente ligadas a algunos de los grandes acontecimientos históricos que aún dejan resonar sus ecos en el presente.

Aert van der Neer: Paisaje invernal con patinadores (1643).

El óptimo climático medieval. Vikingos en América

Antes de llegar a este período se produjo, durante unos quinientos años, una subida de temperaturas y mejora de las condiciones climáticas llamado período cálido medieval. Desde mediados del siglo IX, este calentamiento producirá una contracción de los hielos nórdicos, ampliando el espacio navegable por el norte del océano Atlántico, lo que será aprovechado por unos excelentes marineros para dominar la zona.

Los vikingos, que habían iniciado sus razias unas décadas antes en las Islas Británicas, comenzarán a establecer colonias comerciales por las costas de todo el norte de Europa. De esta manera, pronto se asentarán en Islandia, desde donde saltarán a Groenlandia; y de ahí llegarán a las costas de Terranova, en el golfo de San Lorenzo de la actual Norteamérica, que denominarán Vinland. Allí fundan pequeñas factorías, estableciendo un efímero comercio entre ambos continentes. Nos encontramos alrededor del año 1000 y, aunque de forma precaria, los nórdicos son los primeros europeos de época histórica que pisan suelo americano gracias a unas condiciones climáticas que han abierto, aunque con dificultades en forma de icebergs o duras tormentas, una ruta factible entre Europa y América.

En Europa es la época del feudalismo. En las Islas Británicas se hace vino y en las penínsulas nórdicas se planta avena, lo que da idea de una bonanza climática que es esencial para el buen funcionamiento social de este sistema político. El período cálido medieval da lugar a buenas cosechas y a excedentes que a su vez generan ferias y mercados que incrementan el comercio y causan el renacimiento de las ciudades. Y con el crecimiento de la ciudad llegan las grandes catedrales góticas y el predominio de la Iglesia católica, que se lanza a conquistar Tierra Santa declarando las multitudinarias y costosas expediciones que resultaron ser las Cruzadas. Es tiempo de prosperidad tras la etapa oscura que asoló al continente tras la caída del Imperio Romano de Occidente.

Llega el frío: hambre, peste y muerte

Pero todo cambia a partir de principios del siglo XIV. No se sabe con exactitud lo que provocó el inicio de la pequeña edad del hielo, y las distintas teorías hablan de una ligera variación del eje de la Tierra o relacionan el enfriamiento con cambios en las radiaciones solares. Sea como sea, sus consecuencias fueron un enfriamiento de la temperatura media del hemisferio norte unos tres grados centígrados y unas oscilaciones climáticas que no sólo provocaron épocas de fuertes inundaciones o frío intenso, sino también períodos de aridez y falta de agua. Aunque conocida como pequeña edad del hielo, en realidad no fue sólo una etapa de enfriamiento, sino que trajo también pronunciadas variaciones climáticas muy parecidas, por cierto, a las que se están comenzando a observar en la actualidad.

Su primera gran consecuencia fue la gran hambruna de 1315. El aumento del frío había provocado que el hielo se extendiese más al sur y que las borrascas fueran cada vez más intensas. Aquel año, las lluvias fueron tan copiosas que, en el norte de Europa, las tierras de cultivo quedan inutilizadas y se perdieron miles de cosechas. A esto se unía el crecimiento demográfico que se había experimentado durante la Plena Edad Media, con una población que en su mayoría vivía en pequeños núcleos rurales que no soportaron los cuatro años de malas cosechas debido a las torrenciales lluvias. Tampoco el ganado pudo alimentarse y las gentes murieron, enfermaron o se vieron condenadas a la indigencia. Sólo los grandes terratenientes sobrevivieron con cierta holgura y aprovecharon las circunstancias para aumentar sus posesiones. En las ciudades los pobres no tenían ni para pan, hasta los monarcas pasaron por cierta dificultad para abastecerse y los mendigos llegados del campo se contaban a millares. Las cosechas no se recuperaron hasta 1322, cuando más de un millón de personas habían muerto en Europa de hambre o por enfermedades relacionadas con ésta.

Este tipo de situaciones serán cíclicas durante todo el periodo, uniéndose en ocasiones a graves epidemias, como el mortífero brote de peste negra de 1348, que acabó con entre el 25 y el 40% de todos los habitantes de Europa, siendo la deficiente alimentación derivada de las malas cosechas que debilitaban a la población uno de los factores más determinantes en su elevadísima mortandad.

Otro efecto gravísimo que acabará con la vida de miles de personas en la zona de los actuales Países Bajos, Escocia y Alemania serán las tormentas costeras. Las inundaciones en los litorales del mar del Norte se llevaron la vida de unas 200.000 personas en poco más de dos siglos, entre 1240 y 1440. Ante estas calamidades, los holandeses reaccionaron llevando a cabo obras de ingeniería de enorme magnitud, construyendo diques para, en un principio, evitar los efectos de esas catástrofes, y después, ir ganando terreno al mar en busca de unas tierras fértiles que comenzaban a escasear por el aumento demográfico y el agotamiento de las existentes.

Otro efecto curioso que ejemplifica cómo el clima puede cambiar el destino de los pueblos es el de la pesca del bacalao. Este tipo de pescado, de fácil conservación, era explotado por los pescadores escandinavos, hasta que el enfriamiento de las aguas hizo que los bancos de bacalaos se movieran a aguas más profundas y alejadas de la costa. Para faenar en este tipo de aguas, se requería de otro tipo de embarcaciones que los nórdicos no poseían, hecho que fue aprovechado por los marineros vascos e ingleses para apoderarse de uno de los más lucrativos comercios de la época.

A mediados del siglo XV, la situación meteorológica se invierte durante unas décadas y mejora ostensiblemente: es el tiempo de las grandes expediciones portuguesas y cuando Cristóbal Colón descubre América. Pero desde mediados del XVI, el frío vuelve, las tormentas hacen estragos en las cosechas y regresa también el hambre. En esas circunstancias, hay que buscar un chivo expiatorio, acentuándose las cazas de brujas, en muchas ocasiones acusadas de provocar el granizo y la nieve que acaban con las cosechas. Mientras, en el mar muchos diques son derribados por el fuerte oleaje, produciéndose verdaderas catástrofes, y las terribles tormentas veraniegas pueden hasta con la Armada Invencible.

A partir de 1600, se buscan alternativas para una economía de subsistencia que ya no soportaba los continuos rigores climáticos. En Inglaterra y Holanda se inician nuevas formas de trabajar las tierras y se modifican las técnicas y los aperos agrícolas. Los terrenos comunales, disfrutados por el conjunto de la comunidad van despareciendo en favor de los cerramientos que, si bien producen un mayor rendimiento, pasan a ser privados y se acumulan en manos de los terratenientes. También se acude a nuevos cultivos y se empieza a plantar un tubérculo de excepcional rendimiento, la patata, que salvaría a países como Irlanda de una hambruna crónica que estaba dejando al país diezmado.

Los peores años de la pequeña edad del hielo son los que van de 1680 a 1730. El descenso brusco de la temperatura se notó en todos los países europeos, apareciendo grandes cantidades de hielo que impedían a los arados penetrar en las tierras. El frío llevó a animales y plantas a modificar su hábitat para adaptarse, lo que se notó especialmente en la pesca, que huyó a aguas más cálidas, reduciendo drásticamente las posibilidades de subsistencia de los pescadores. El enfriamiento fue tan fuerte que las nieves permanentes se situaron entre 1200 y 1500 m. de altitud en muchos lugares del norte de Europa y las Islas Británicas. Los glaciares crecieron de tal forma que arrasaron las aldeas más próximas a las zonas de montaña y desecaron lagos y ríos que servían como fuente de alimento de muchas pequeñas comunidades rurales. Para hacerse una idea de la magnitud de la situación, basta con decir que entre Dinamarca y Suecia se podía ir caminando, ya que los hielos llegaban a cubrir en ocasiones el estrecho que las separa; o que la isla de Manhattan quedaba unida al continente porque su bahía permanecía congelada durante más de cinco semanas cada invierno.

En ese ciclo, Francia no había aplicado las novedades técnicas de sus vecinos del norte y seguía estancada en la economía de subsistencia. Reyes y nobles no se preocuparon por la agricultura, los crudos inviernos detuvieron la producción y el precio del pan se disparó, llegando el hambre. El enfriamiento afectará a sus viñedos, uno de los principales recursos económicos, y se agravarán las dificultades económicas, aumentando la mendicidad y la inseguridad. En 1788 la crisis es tan aguda que apenas hay trabajo y el pan es escaso y muy caro, ya que la harina depende de unas cosechas que son malas.

El invierno de 1778-79 es frío y la nieve bloquea caminos y, con ellos, el comercio. En París, el pan escasea y hay motines como el que acabaría con la toma de la Bastilla, de la que —si bien la propaganda francesa siempre se ha preocupado de vestir el acontecimiento de un halo mítico de libertad— la realidad es que se trató en gran medida de un motín de subsistencia que, unido al descontento político, aceleraría la Revolución francesa.

Marcha de mujeres sobre Versalles durante la Revolución francesa.

El final de la pequeña edad del hielo. El agradable presente

El último coletazo de la pequeña edad del hielo se vivió en Irlanda. La isla dependía de la ya mencionada patata, que había salvado al país de la hambruna a mitad del siglo XVIII, alimentando a pobres y campesinos. Su siembra de había convertido prácticamente en monocultivo para sus habitantes, ya que, tras la fusión con Gran Bretaña, los cereales irlandeses servían para alimentar a Inglaterra y no a Irlanda. Pero a mediados del siglo XIX una plaga echó a perder las cosechas de patata y la economía se desplomó, la población empobreció y la enfermedad y la mortalidad se dispararon, al igual que el paro. La emigración se hizo vasta y Estados Unidos acogió entonces a cientos de miles de irlandeses en busca de un futuro en el joven y ambicioso país norteamericano.

Desde aproximadamente 1850, la situación cambia, los inviernos se atemperan, los veranos son más cálidos y el clima mejora, volviendo a un nuevo óptimo climático. La industria, el comercio, la agricultura intensiva o los intercambios a larga distancia se benefician, entre otras causas políticas, científicas y sociales, de esta benigna situación climática y crecen exponencialmente.

Es evidente que los acontecimientos históricos de este largo periodo no sólo dependieron exclusivamente del clima, pero igualmente cierto es que el clima fue un factor muy importante en el desarrollo de las sociedades. Nada nos hace pensar que el actual cambio climático que se está produciendo pueda ser controlado por el ser humano y que el planeta no se cobrará tributo en forma de unas adversidades que, con total seguridad, van a producir catástrofes naturales súbitas. De hecho, ya las estamos viendo en forma de tifones o tormentas de dimensiones pocas veces vistas con anterioridad o en las intensísimas nevadas y frías temperaturas que alcanzaron magnitudes inéditas este invierno en el centro de Estados Unidos. En el otro extremo, tampoco se pueden olvidar los sobrecogedores incendios que se están produciendo en los últimos veranos en Australia fruto de las fuertes sequías.

Al óptimo medieval, que duró quinientos años, le siguió un periodo de cambios meteorológicos bruscos y un enfriamiento que duró otros cinco siglos y que tuvo, como hemos visto, algunas consecuencias espantosas. El cambio climático es inevitable, pero la gran diferencia es que el que estamos hoy contemplando está, sin ninguna duda, siendo provocado por nosotros, los seres humanos, con nuestras acciones (e inacciones). Es cierto que las circunstancias no son las mismas que durante la pequeña edad del hielo y la higiene, la ciencia o la sociedad actual nada tienen que ver con aquélla, pero lo es igualmente que el número de seres humanos de hoy multiplica por diez (y creciendo) a los que habitaban la Tierra en aquel momento y que tendemos a concentrarnos en zonas climáticas suaves que no serían suficientes para acoger a toda la humanidad, con los problemas que sabemos que eso conllevaría.

Viendo las decisiones políticas que se están tomando, no parece que se pueda ser optimista de cara a las graves consecuencias que pueden acompañar a un cambio climático de estas características. Pero no por ello podemos dejar de tomar conciencia de lo que está sucediendo; y, aunque sea de una forma modesta, sirvan estas líneas, que tienen como referencia hechos del pasado, para hacernos una idea de lo que una mala gestión del problema del cambio climático puede provocar en el futuro.


Israel Llano Arnaldo (Oviedo, 1979) estudió la diplomatura de relaciones laborales en la Universidad de Oviedo y ha desarrollado su carrera profesional vinculado casi siempre a la logística comercial. Su gran pasión son sin embargo la geografía y la historia, disciplinas de las que está a punto de graduarse por la UNED. En relación con este campo, ha escrito varios estudios y artículos de divulgación histórica para diversas publicaciones digitales. Es autor de un blog titulado Esto no es una chapa, donde intenta hacer llegar de forma amena al gran público los grandes acontecimientos de la historia del hombre.

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