/ una reseña de José Luis Morante /
La escritura de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) mantiene en el discurrir del tiempo una profunda identificación con el aforismo, hasta el punto de dejar al margen de su taller literario los demás géneros. Casi queda difuminada aquella amanecida vocacional, cuando aparecieron los poemarios Axaxaxa mlö (1985) y Lágrimas de cocodrilo (1988) y el libro de cuentos breves La mitad es más que el todo (1988). Desde entonces el decir lacónico está a la escucha; es el sustrato definidor de la obra en marcha. Todo el recorrido creador insiste en la brevedad y en la naturaleza difusa del aforismo como género híbrido; con este compromiso ha moldeado un decir singular, una estrategia expresiva confesional e intimista, proclive a la confidencia meditativa. El quehacer intelectual zarandea y perturba por su seguridad reflexiva a partir de signos de identidad como el humor, la ironía, los enunciados contradictorios y la paradoja. Empeñado en un continuo afán de renovación y enriquecimiento temático, Ramón Eder protagoniza un trayecto jalonado por títulos como La vida ondulante (2012), Aire de comedia (2015) e Ironías (2016). Son entregas yuxtapuestas, articuladas con similares componentes y afín sensibilidad, como si encajaran en una tonalidad cerrada y orgánica. Como adelantara Juan Ramón Jiménez, la fértil cosecha verbal busca el nombre exacto de las cosas y se muestra dispuesta a contener lo inasible; el sentido de lo verosímil y lo inverosímil. El escritor sabe que «el aforismo es un arma cargada de inteligencia».
Con este fluir en el manantial del tiempo, Ricardo Álamo, aforista, editor y crítico literario, impulsa la selección Nuevas ironías en la que están representados los siete últimos trabajos de Ramón Eder. La antología compila con pericia un muestrario extraído de Palmeras solitarias, El oráculo irónico, Café de techos altos, Aforismos y serendipias, Los regalos del otoño, Las estrellas son los aforismos del cielo y El libro de las frases transparentes. Abarca al completo el tramo de madurez del escritor, donde se fortalece una manera de entender la existencia cuajada de benevolencia sensata, sentido del humor, ingenio y escepticismo. Es un momento también de pleno dominio formal, porque el escritor conoce cada rincón semántico del género y las múltiples posibilidades del lenguaje.
Cabe recordar que la primera edición de Palmeras solitarias añadía un prólogo de Juan Bonilla y algunos dibujos en negro, con trazos de viñeta. El poeta y novelista elogiaba el ingenio de Ramón Eder, ese chispazo de la inteligencia que sirve de brújula al asombro. El verbo lacónico levanta arquitecturas con piezas inadvertidas y necesarias, donde cada fragmento es autónomo y a la vez suma su voluntad inquieta al quehacer colectivo.
Quien nos habla muestra su verdad subjetiva. Enfoca el entorno con atención perpleja, como si cada una de las contingencias se integrara de inmediato en el balance existencial. Las exigencias estéticas se evidencian pronto. El escritor sintetiza en los textos un aforismo reflexivo, convertido en convincente bosquejo, sin pompa retórica ni oscuridad, cuyo enunciado es compartido de inmediato: «Entre dos eternidades vivimos unos años y lo llamamos vida», «Hay días en los que nos ocurre precisamente lo que no nos ocurre», «Un libro de aforismos es una especie de diario, no de lo uno hace sino de lo que uno piensa».
Como verdad fragmentaria, el código comunicativo no pretende coleccionar verdades objetivas, sino que busca descubrir esas pequeñas brasas encendidas en las que se cobija la claridad de la lógica. En los fragmentos de El oráculo irónico el aforismo investiga sus mecanismos internos, la tarea de alentar el matiz; más que la originalidad rastrea la hondura, la contradicción, la lectura entre líneas, sin la controversia del púlpito moral pero con la convicción de un punto de vista: «Hay personas que nos sirven de referencia sobre ciertos asuntos polémicos: tenemos que ponernos siempre en el lado opuesto al suyo», «Hay amistades que están basadas en una respetuosa lejanía», «Pesimista es el que ha mirado por el ojo de la cerradura y ha visto la verdad».
El aforismo mantiene la validez colectiva de la sabiduría de calle, ese conjunto de observaciones y creencias que regalan las aceras a diario. De este modo, las notas privadas parecen pasos de una conciencia escrita, entregada a la intimidad del pensamiento. En los textos de Café de techos altos se escucha el complejo rumor de la existencia desde una cierta marginación autoelegida. El libro de aforismos contiene también una mirada introspectiva que explora la semántica del género, esa afinación perfecta para que en los acordes no quepan disonancias y alberguen una metafísica de bolsillo, «la agradable costumbre de ser el que se es». «Era tan pedante que tenía en su casa una sala de estar y otra de ser». También salen al paso contingencias de la vida social y contraluces de la colmena literaria, siempre observados sin hacer ruido.
La muestra de Aforismos y serendipias tiene como breve liminar una definición que asocia la sentencia breve del aforismo a la frase feliz, capaz de añadir a la degustación lectora una sonrisa. Y esa es una cualidad básica en esta entrega donde abundan los metaforismos, junto a las paradojas respiradas en el entorno cotidiano: «Hacer de un triste divorcio un buen poema es una manera de salvar los muebles», «Los paraísos están sobrevalorados», «Las farmacias son los bares de los enfermos».
En el selecto muestrario escogido por Ricardo Álamo se aborda con frecuencia la teoría conceptual del aforismo. Ramón Eder lo hace de nuevo en la apertura de Los regalos del otoño, centrada esta vez en las maneras de leer los aforismos. Se asocia lectura con pensamiento; con la necesaria meditación que expande significados o facilita la memorización del texto, con su cargamento de verdad, con su «brevedad inconmensurable». Más allá de las apariencias, el aforismo exige convertir la media verdad en verdad y media para trastocar lo previsible y evitar la lectura superficial del logos: «Los mejores aforismos son los que comienzan cuando terminan». También Las estrellas son los aforismos del cielo repite en su apertura la reflexión teórica sobre el carácter de la brevedad, como si los libros compartieran la manera de aprehender la realidad, de buscar una lógica al transitar del tiempo.
La entrega El libro de las frases transparentes, editada en 2025, cierra por ahora el cadencioso fluir aforístico de Ramón Eder. Los textos persisten en su filosofía estética. Conjugan mínimos elementos, destellos de humor y anotaciones de un observador acostumbrado a amplificar silencios. Alguien que sabe que la vida merece una morosa degustación, sorbo a sorbo, como un sueño que deja una cálida sensación de bienestar, aunque se olvide cuando llega el día.

Ramón Eder
Renacimiento, 2026
160 páginas
16,90 €

José Luis Morante (Ávila, 1956) es profesor, poeta, editor, ensayista y crítico literario. Su obra poética se recoge en las antologías Mapa de ruta (2010), Pulsaciones (2017) y Ahora que es tarde (2020). Ha preparado ediciones de Juan Ramón Jiménez, Joan Margarit, Eloy Sánchez Rosillo, Luis García Montero y Karmelo C. Iribarren. Como aforista ha publicado Mejores días (2009), Motivos personales (2015), la antología Migas de voz (2021) y Planos cortos (2021).
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