Crónica

El caballero medieval: realidad y mito

Una crónica histórica de Israel Llano Arnaldo.

El caballero medieval: realidad y mito

/por Israel Llano Arnaldo/

Una joven hermosa, ruborizada, saca un pañuelo de la manga de su vestido y lo ata a la imponente lanza de un apuesto jinete enfundado en su brillante armadura a lomos de un orgulloso corcel. El caballero dice unas galantes palabras a su dama, le hace una pequeña reverencia y se dirige al extremo de la larga barra de madera que divide el campo de justas para enfrentarse a su oponente.

Aunque hoy en día nos pueda sonar exagerado o el invento de un romántico escritor, esta reconocible escena, reproducida hasta la saciedad en el cine o la literatura, tuvo lugar con relativa frecuencia en la Europa medieval. La estampa del caballero andante recorriendo los caminos en busca de aventuras o la del noble jinete que jura amor eterno a su dama llegaron a ser usuales durante los últimos siglos de la Edad Media, cuando la caballería del amor cortés y el honor en batalla vivieron su tiempo de esplendor. En las siguientes líneas vamos a tratar de acercar un poco la figura histórica del caballero medieval, que, siempre con matices, podría no resultarnos tan alejada de la imagen literaria del caballero con brillante armadura.

Combate de caballeros en el campo, de Eugène Delacroix.

Honor y gloria

Las unidades de caballería en el seno de los ejércitos fueron aumentando en importancia a lo largo de la Edad Media. Con Carlomagno, a finales del siglo VIII, ya eran el principal destacamento en batalla y fueron claves para la extensión del Imperio carolingio, pero no sería hasta el siglo XI cuando esta casta guerrera comenzara a despuntar en la escala social. Por eso es erróneo relacionar al caballero feudal con toda la Edad Media, que es un periodo de unos mil años.

Su método de combate consistía en revestirse de fuertes armaduras de hierro y cargar como un bloque compacto, embestida que ninguna unidad a pie era capaz de aguantar. Debido a su fundamental aportación en la guerra y lo sumamente costoso que era mantener un caballo de guerra con sus avíos, que muy pocos se podían permitir, el caballero fue comenzando a asociarse con nobleza y riqueza. Y es que en la época medieval cada guerrero debía aportar sus propias armas, ya que éstas no eran costeadas por el señor feudal al que servían.

En un principio, cualquiera podía llegar a ser caballero si demostraba su valía, pero la realidad era que el gasto en equipamiento y la fuerte división estamental propia de la Edad Media dejaban esta posibilidad casi siempre en manos de integrantes de familias nobles y poderosas. De todos modos, no por ello dejaron de existir valientes que intentaban conseguir la hidalguía en el campo de batalla para acceder al rango de caballero y comenzar un glorioso linaje.

La caballería podría definirse como una especie de comunidad de hombres nobles y guerreros unidos por un fuerte vínculo con el señor que los invistió caballeros y que llega a ser tan importante como los lazos familiares o los de vasallaje.

Las asociaciones de caballeros para formar fraternidades o instituciones similares eran muy comunes, aunque las más importantes fueron las órdenes de caballería, creadas por mandato real a semejanza de órdenes eclesiásticas como la del Temple o los Hospitalarios. En ellas primaban los juramentos de fidelidad al rey y, en última instancia, servían para premiar los servicios realizados a la Corona. Algunas, como la Orden de la Jarretera en Inglaterra (1349) o la del Toisón de Oro en España (aunque su creación corresponde al duque de Borgoña en 1430) están en activo aún hoy, aunque, lógicamente, con fines alejados de los originales.

Tomar las armas, el momento en que un aspirante se convertía en caballero, era un rito de investidura que se expone en numerosos libros de la época. Aunque su origen es seglar, se va convirtiendo en una ceremonia cada vez más religiosa, hasta el punto de llegar ser una especie de sacramento. Por lo general comenzaba días antes con una preparación previa consistente en ayuno, oración y baño. La noche anterior a la ceremonia, el aspirante la podía pasar en vela rezando en la iglesia rodeado de sus armas o descansando en su alcoba. Por la mañana se procedía a la confesión y a vestirse con ropaje de color blanco y se escuchaba a los padrinos que avalaban la candidatura. Después juraba la fe cristiana y el ideal caballeresco. Para acabar, el rey o señor feudal, enunciaba: «Yo te hago caballero en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» y le daba un golpe con la espada y, en ocasiones, también lo abofeteaba y ambos se besaban. Por último, los padrinos procedían a entregar al recién nombrado caballero sus espuelas doradas, el escudo y el yelmo.

El famoso ideal caballeresco consistía en la búsqueda del honor y de la gloria, respetando una serie de condiciones como la fidelidad, la fuerza de carácter, la prudencia, la generosidad o el valor y el respeto a las damas, entre otras; todos ellos ideales asociados hasta hoy con la caballería y que fueron realmente importantes para la mayoría de estos individuos. Esta gloria se podía conseguir realizando hazañas bien en el campo de batalla, bien en el campo del honor, es decir, el torneo. Las hazañas que realizaban en busca de ese honor y esa gloria llegaron a tener gran fama y los caballeros que las llevaban a cabo se convirtieron en los héroes de su tiempo, exaltados en la literatura de la época y en los cantares de gesta que los juglares recitaban por toda Europa.

Esta literatura caballeresca tiene su origen, sobre todo, en las obras de Chrétien de Troyes, quien adoptó viejas tradiciones de las leyendas artúricas que hablaban de un lejano caballero que habría luchado contra los invasores anglos y sajones que pugnaban por conquistar las Islas Británicas. La famosa Tabla Redonda y los caballeros que se sentaban a ella, la fantástica magia de Merlín y Morgana, incluso el propio mito del grial surge ahora y pervive hasta nuestros días. El Cid, el Príncipe Negro o Ricardo Corazón de León son personajes reales que gracias a estas novelas caballerescas se convirtieron en héroes legendarios, a pesar de que sus biografías puramente históricas arrojan tantas sombras como luces.

Por otro lado, la forma de hacer la guerra se aleja de la imagen que tenemos de una batalla medieval. Lo común eran asedios contra poblaciones fortificadas, rápidos ataques o razias. Sin embargo, las grandes batallas a campo abierto eran muy infrecuentes y, de hecho, a pesar de que los tiempos medievales son especialmente violentos, tan sólo se produce una aproximadamente cada veinticinco años, sobre todo por el miedo de los generales a jugarse todo a una carta.

Los torneos medievales aparecen a principios del siglo XII como simulacro de combate y campo de entrenamiento en el norte de Francia, desde donde se extienden al resto de Europa. Duraban unos cuatro o cinco días y el organizador debía correr con todos los gastos, incluidos el transporte y la manutención de toda la parafernalia que rodeaba a aun caballero: caballos, pajes, armas, arreos… También debía proporcionar entretenimientos secundarios como los juglares, la pomposa decoración, regalos a las damas o competiciones de juegos como el ajedrez. Aunque eran muy costosos, significaban un escaparate propagandístico de primer orden, por lo que reyes y señores poderosos organizaban grandes torneos a los que invitaban a caballeros de toda Europa.

Los combates del torneo, en un principio, dividían a los contendientes en dos equipos, sin juez, y se luchaba a lanza y espada, apareciendo más adelante los combates singulares. Estos encuentros duraban pocos minutos debido al peso de las armaduras, que provocaban caídas con facilidad, y a que el manejo de cualquier arma resultaba muy difícil con un complejo entramado de hierro encima. Las justas a caballo aparecen a finales del siglo XIII. Las víctimas mortales eran comunes, por lo que con el tiempo se instauró la figura del juez y se aplicaron reglas y mejoras en las armas con el fin de evitarlas. Una vez finalizadas las luchas, los vencedores recibían cuantiosas recompensas económicas y en ocasiones podían declarar prisioneros a los vencidos y pedir fuertes rescates a sus familias, además de apropiarse de sus armas.

Puente de Paso Honroso, en Hospital de Órbigo.

El Passo Honroso de Suero de Quiñones

Una modalidad de torneo medieval que puede parecernos fabulosa, pero que ocurrió con cierta frecuencia, fueron las defensas de pasos: lugares tales como vados, puentes o desfiladeros, por los que discurría un camino importante y en los que se apostaba un caballero con la misión de retar a combate singular a todo aquel que quisiera atravesarlo. En Castilla, el más famoso fue el Passo Honroso de Suero de Quiñones, ocurrido en 1434, y en el que todos los tropos que asociamos a la caballería se cumplieron. El Passo fue reflejado por el cronista Pedro Rodríguez de Lena y su protagonista fue un noble leonés de nombre don Suero de Quiñones.

La crónica comienza con un hecho de amor cortés en el que don Suero, enamorado de doña Leonor de Tovar y tras declararse preso de amor por ésta, jura asirse al cuello una gran argolla de hierro todos los jueves hasta lograr el afecto de su dama. Pero pasa el tiempo y Leonor no corresponde a don Suero, que entonces da un paso más y decide que va a organizar un torneo para defender el puente de Hospital de Órbigo, en pleno Camino Francés hacia Santiago, y honrar así a su dama.

Para poder llevarlo a cabo con todos los honores, don Suero se presentó, argolla al cuello incluida, ante el rey de Castilla Juan II, que le concedió permiso para organizar el torneo. La crónica cuenta la grandilocuente puesta en escena del enamorado en el acto de recepción real y de la algarabía producida en la Corte por la noticia, ya que se comenzaban a dar por olvidados este tipo de eventos, que incluso habían dejado de organizarse en otros países.

Al acabar la fiesta en la Corte, don Suero hizo leer los 22 capítulos que contenían las condiciones en las que se desarrollaría el torneo, que serían enviados a todos los reinos de la Cristiandad, y que son un compendio de todo lo que tenemos idealizado como un torneo medieval. En ellos se exponía la duración del torneo, que se desarrollaría desde quince días antes de la festividad de Santiago Apóstol y hasta quince días después, y que don Suero estaría acompañado de nueve compadres que le ayudarían a defender el paso y a justar contra todo aquel caballero que acudiese al torneo. El reto quedó fijado en romper trescientas lanzas, entre mantenedores y aventureros, durante el mes de competición para poder ser rescatado así de su prisión amorosa.

La rica familia Quiñones hizo levantar al pie del puente una enorme liza a la que dotó de cadalsos para las familias nobles, jueces y fanfarrias, gradas para los villanos y lugares para el descanso de los competidores. Incluso se contrató al maestre de obras de la iglesia de Santa María de la Regla para que esculpiese en mármol una señal que indicase a los caballeros hacia donde debían dirigirse para justar. Lugareños y foráneos acudieron en masa y el torneo se convirtió en lugar de peregrinación de juglares, músicos y comerciantes.

El primero en justar contra don Suero fue un caballero alemán al que el cronista llama Arnaldo de la Floresta Bermeja, contra el que se rompieron las dos primeras lanzas. Durante los siguientes días justaron contra don Suero o sus compañeros un total de 68 caballeros, la mayoría llegados de la Península Ibérica. Incluso se llegó a rescatar el guante de una noble viuda, que tuvo que dejar en prenda si quería continuar su camino hacia la ciudad del Apóstol hasta que un caballero justase en su defensa, tal como establecían las normas. Sólo aconteció una muerte, la de un altivo aragonés, de nombre Esberto de Claramonte, que llegó pronunciando bravuconerías tales como que lucharía contra los diez defensores a la vez, lo que enardeció a un don Suero que, derribado y herido en la primera carrera, finalmente hundiría su lanza en la coraza del aragonés.

Al cumplirse la fecha, el 9 de agosto, tan sólo se habían roto 166 lanzas en 727 carreras, pero los jueces reconocieron como honrosa la defensa del paso, así como el honor y fuerza con el que se había justado, y dieron por cumplido el juramento de don Suero. Éste, por fin, herido, pero victorioso, pudo deshacerse de su argolla y logró que su dama accediese al matrimonio, tal había sido la impresionante proeza.

Sancho Panza y don Quijote, por Gustave Doré.

La modernidad derriba al caballero andante

El linaje siempre había sido muy importante para un caballero, pero con el tiempo esta tendencia aumenta hasta el punto de que para ser nombrado caballero es más importante una buena posición en la escala aristocrática que la tradicional ceremonia. Llega un momento en que a un individuo, sin haber demostrado valía u honor, se le suponía la caballería si su linaje era de alto rango, lo que produce importantes consecuencias, ya que muchos aspirantes renuncian a la caballería y al final de la Edad Media los términos caballería y nobleza se superponen hasta casi confundirse. El nombramiento de caballero deja de estar asociado a las gestas en el campo de batalla o en la liza y pasa a ser hereditario la inmensa mayoría de veces.

En el ámbito militar, a finales del siglo XV, comienzan a surgir las armas de fuego, que podían derribar a los atacantes a caballo a distancias largas. Además, los tradicionales caballeros se negaban a cambiar su típica forma de ataque, por lo que las unidades de caballería eran blanco fácil para arcabuceros y cañones. También la llegada del Estado moderno y centralizador colaboró en este declive, ya que es éste el que aporta las armas a los integrantes del ejército y poseerlas deja de ser sinónimo de riqueza.

La misión de defender la justicia y el honor desaparece por la de combatir a los enemigos del rey, que se eleva por encima de toda la nobleza: desparece el feudalismo. La infantería vuelve a ser la principal unidad en batalla mientras que ser caballero pasa a ser sinónimo de rango y oficialidad, ya que su prestigio sí que siguió vigente.

En el siglo XVII, los caballeros ya eran imagen de un arcaico pasado, opuestos a la incipiente modernidad, tiempos antagónicos que tan bien supo retratar Cervantes, que con su don Quijote acabó simbólicamente con el legendario mundo del apuesto jinete a lomos de su alazán en busca de aventuras con las que honrar a su dama. Un mundo que, con matices, por supuesto, estuvo mucho más cercano de lo que suponemos a esa idealización que la literatura y el cine ha instalado en el imaginario popular.


Israel Llano Arnaldo (Oviedo, 1979) estudió la diplomatura de relaciones laborales en la Universidad de Oviedo y ha desarrollado su carrera profesional vinculado casi siempre a la logística comercial. Su gran pasión son sin embargo la geografía y la historia, disciplinas de las que está a punto de graduarse por la UNED. En relación con este campo, ha escrito varios estudios y artículos de divulgación histórica para diversas publicaciones digitales. Es autor de un blog titulado Esto no es una chapa, donde intenta hacer llegar de forma amena al gran público los grandes acontecimientos de la historia del hombre.

1 comment on “El caballero medieval: realidad y mito

  1. antnfuertes

    Es un trabajo interesante e ilustrativo, aunque sería conveniente matizar algún detalle. La acción de Suero de Quiñones tiene lugar en territorio de León y no en Castilla, strictu sensu. Y siendo el autor nacido del texto, nacido en Oviedo, esto es en Asturias, sorprende más este detalle de apreciación geográfica e histórica, dada la evolución de los reinos en la península ibérica.

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