Creación

Flores blancas

Tres relatos de Javier Pérez Álvarez.

I

J contempla el paseo, aparentemente resignado, de una mujer desconocida, aunque «paseo» tal vez no sea la expresión adecuada; esa mujer cuya identidad J no acierta a resolver deambula por una calle vaciada de comercios y viandantes. Agarrado a su mano, un hombre de rasgos inclasificables la sigue a escasos centímetros; no obstante, no puede decirse que estos sean amantes, ni tan siquiera que hayan mantenido una mínima relación íntima. No, piensa J, sus manos no se entrelazan con la dulzura y la pureza propias de dos amantes, antes bien, parecen dos grilletes que los aprisionan y condenan a un paseo que tiene visos de durar eternamente. La pregunta que en sueños se hace J es quién lleva a quién: quién es el carcelero y quién el sufriente; o tal vez se arrastren de forma consensuada y el camino no difiera del destino. Aun así, J trata de resolver este misterio todas las noches en que ella aparece y le deja mudo con su paseo indolente.

Quién arrastra a quién: la mujer que parece abandonada a su suerte, o el fantasma que la acompaña.

Con estas palabras se despierta J en sus labios, provenientes del sueño como una flecha lanzada desde el espacio. También amanece con el regusto a sangre habitual de las mañanas. Se levanta de la cama y se dirige al baño, donde se mira detenidamente, con desagrado, las encías irritadas. Aún adormecido, se contempla en el espejo sin valorar la imagen que este le ofrece. El sonido punzante del teléfono termina de despertarle.

Es su hermana, alertándole de que hoy es el cumpleaños de su madre; esta noticia le hace recordar el aviso de vencimiento que recibió ayer de la biblioteca.

J se dirige a la cama, algo cansado, y comienza a masturbarse; no tarda mucho en excitarse, pero, en el momento de terminar, el rostro resignado de la mujer del sueño se cuela en su mente y le golpea; J siente un escalofrío, y una profunda vergüenza se apodera de él mientras se limpia; percibe incluso cómo su cara se sonroja levemente, al igual que en la adolescencia.

Entra en la ducha y, al salir, al fin limpio y aseado, posa la vista en la pila de exámenes que aún no ha mirado y que debe corregir sin falta este fin de semana. Comprueba la hora en su reloj: la una del mediodía. Decide que es buen momento para llamar a su madre.

J imagina los timbrazos resonando por la casa vacía; desde que murió su padre tarda más en coger el aparato, como si los primeros tonos la envolvieran con el recuerdo de una casa llena de gente en la que nunca era ella la que debía responder al teléfono. O tal vez sea que la sordera está ultimando su trabajo. Al octavo tono, contesta una voz lejana. Los saludos no son necesarios, felicidades, mamá; gracias, hijo. No sé si podré pasarme este fin de semana, tengo mucho trabajo acumulado. No pasa nada, hijo, la semana que viene si no. No hay reproche alguno en su voz, y J detesta que no lo haya, se siente miserable. La conversación continúa por los cauces habituales, esos en los que la madre toma la última respuesta del hijo y la lleva mansa pero decidida a su terreno predilecto; rememora los viejos días y cómo J la hacía reír cuando apenas era un niño; nunca me reí tanto como contigo, hijo, y, aun así, no eras un chico risueño; bueno, tenía mis momentos, mamá. Sí, y luego te fuiste (y la madre comienza a dislocar y remover las peripecias del pasado hasta construir un relato totalmente ficticio de la vida de su hijo; J había llegado a la conclusión de que había vivido dos vidas, la suya propia y la que alimentaba el recuerdo fantasmal de su madre, y ambas habían desembocado en un mismo final). Yo no lo recuerdo así, mamá; qué te vas a acordar tú, si ni siquiera recordarás lo mucho que te gustaba escribir. J no lo había olvidado. Sí lo recuerdo, sí, pero es que tengo siempre mucho trabajo; ya, mucho trabajo, lo que eres es más vago que la chaqueta de un guardia; bueno, ven a verme algún día, ¿vale? Sí, mamá; que hace tiempo que no te veo; sí, mamá; desde que murió tu padre un par de veces nada más; adiós, mamá; arrastraba la voz como una vieja barca desvencijada que trata inútilmente de remontar el río. J tiene la sensación de que, una vez colgado el teléfono, su madre continúa sujetándolo durante unos segundos por si acaso a él se le ha olvidado decir algo y vuelve a llamar, o para recuperar del aparato los rescoldos de la voz que se apaga, las últimas migajas del mantel.

J se sienta en el escritorio y se deprime al ver el montón de exámenes; no se decide a coger el primero, y así pasan los minutos. Pero la pesadumbre que siente no es solo por la fatigosa tarea que le aguarda, hay algo más; pudiera ser la intrascendente pulla, soltada con total franqueza por su madre, de que ya no recordaba lo que de niño disfrutaba escribiendo. ¿Había percibido J, por primera vez en años, un deje levemente recriminatorio? Pudiera ser, pudiera ser…

Abandonando la perspectiva de corregir ahora los exámenes, J decide salir de casa y pasear por el casco antiguo de la ciudad donde vive desde hace ya casi quince años. Le parece una zona hermosa, regia y campechana a un tiempo; la administración municipal se encarga con diligencia de que su vejez reluzca, y el comercio local se afana en que sus calles no caigan en el anacronismo. Sin embargo, este paseo que hoy emprende J no le trae más que añoranza por su vieja ciudad, donde la solemnidad de su casco antiguo se reduce a la belleza entrañable, por tosca y espontánea, de un barrio pescador. Y la playa… es la playa ante todo lo que J hoy más añora, el rumor de las olas y la continua humedad que le provocaba entonces una persistente moquera. Sentado en un banco, J echa en falta el pañuelo siempre deshilachado que se llevaba a la nariz.

Recuerda también la vieja canción de un cantautor de su ciudad natal, ya retirado y seguramente abocado a las drogas; en ella se lamentaba porque esta vida iba a ser otra y todo salió mal. Pero el individuo de la canción era una mujer maltratada por su marido, y aquí lo único maltratado es la camisa que lleva, una vieja camisa de franela a cuadros, gris y negra, donde aún persiste el olor de los viejos días universitarios y que se resiste a tirar.

El estómago le pide sustento; sin darse cuenta, han pasado ya dos horas. Caminando de vuelta a su casa, ante la penosa idea de tener que cocinar, se detiene en un McDonald’s y pide un menú para llevar.

Después de comer, somnoliento, eres más vago que la chaqueta de un guardia, piensa, se recuesta diagonalmente en la cama, y los párpados se le van cerrando sin que haga nada por evitarlo, ¿recordar?, si ni siquiera recordarás lo mucho que te gustaba escribir, sí, mamá, algo recuerdo… Y otra vez el rostro resignado de la mujer, y otra vez el andar cansino del hombre que no ceja en su empeño de escoltarla; ¿hacia dónde os dirigís?, quiere preguntarles J, pero sus labios están sellados; ¿por qué no la sueltas?, quiere preguntarle J, pero tampoco cree que aquel hombre sin rostro lo sepa; ¿por qué no me miras?, desea preguntarle a ella, pero es posible que ambos conozcan la respuesta. En esa duermevela desasosegada, contempla el lento, lentísimo caminar de la pareja como si tuvieran los pies enterrados en un profundo lodazal. J trata de regresar del sueño, pero siente algo pesado que se lo impide, se esfuerza por abrir los ojos y no lo consigue; una sensación de asfixia agita su duermevela y nota sus brazos inmovilizados; cree estar gritando, pero es solo una mueca muda lo que produce. Por fin se despierta, abre los ojos y se incorpora en la cama, agitando todas sus extremidades. Nunca le sentaron bien las siestas; tampoco la comida basura.

Apoyado contra el cabezal, piensa que tal vez podría escribir algo, pero la imagen de una hoja en blanco le resulta ciertamente angustiosa. Dirige la mirada a la mesilla de noche, y en ella ve el libro que estos días ha estado leyendo, un libro de cuentos de Bolaño, sobre el que se para a reflexionar: últimamente le cansa sobremanera leer al chileno, cuando no hace tanto era su escritor favorito. J tiene la sensación de que Bolaño se había obsesionado con una idea, y se había ensañado con ella hasta desangrarla. Con el libro en las manos, observa la fotografía en la solapa del escritor, y su corazón se ablanda al ver su mirada perdida y un tanto resignada (le recuerda fugazmente a la mujer del sueño), como de profeta extraviado; lee enternecido la sempiterna dedicatoria a sus hijos. Pero tampoco tiene ganas de leer.

Casi con indiferencia, J cae en la cuenta de que es sábado, y coge el móvil para entrar en una aplicación para ligar que ha empezado a usar recientemente y que no le ha dado malos resultados. Mientras desplaza a derecha o izquierda con su dedo los perfiles femeninos que la aplicación le ofrece, vuelve a pensar inconscientemente en Bolaño y si de seguir vivo usaría este tipo de servicios; se responde a sí mismo que no. Pero seguro que ha ido de putas, una idea que J rechaza pero que no le repugna, antes bien, le invade una absurda melancolía al pensar en las prostitutas detrás de los gruesos cristales que de joven vio en Ámsterdam.

Mientras consulta las noticias en un periódico digital, su móvil vibra para informarle de que ha tenido una coincidencia en la aplicación; por un momento piensa que tal vez sea la mujer del sueño, pero esta idea se desvanece tan prontamente como ha venido al ver en su pantalla una mujer más bien morena, relativamente joven y de larga cabellera negra. En la fotografía de perfil aparece con unos grandes aros dorados colgados de las orejas (aunque parece que son las orejas las que cuelgan de estos, tal es el tamaño) que le ponen sobre aviso de que esta mujer no es para él. En su perfil también aparece una breve descripción de su carácter e intereses, a saber: que le gustan los gatos (cómo no, suspira J) y que practica yoga (cómo no, suspira J). No obstante, ajeno a estas contraindicaciones, inicia una conversación con ella que se salda con la promesa de un encuentro esa misma noche a las diez, para cenar algo ligero, tomar si acaso una copa e ir conociéndose.

Un poco pasadas las diez, J aparece en el punto de encuentro; ella le está esperando y se permite observarla unos segundos desde la distancia. Sorpresivamente, parece idéntica a la mujer de la foto —pero esta sorpresa no produce el agradable efecto que estas deberían causar— y se encamina hacia ella con una disculpa preparada por su tardanza. Esta es un estrategia que ha adoptado de forma inintencionada, cuando en su primera cita a través de esta aplicación comprobó que describir el motivo de su retraso era una baza más que válida para romper el hielo y lanzarse a hablar, así como para ceder inicialmente el terreno, mostrarse arrepentido por la demora, y satisfacer de este modo un deseo oculto en esa mujer que puede mostrarse condescendiente con él y decidir si otorgarle o no su perdón; un terreno que él trataría de recuperar a lo largo de la velada y que era sin duda lo más atractivo de esas singulares noches.

La cena, tal y como han acordado, es frugal; pican unas tapas en dos restaurantes distintos —el primero lo elige ella; el segundo, con benévola indulgencia, se lo permite escoger a él—. En ella hablan de sus trabajos: él, profesor de lengua en un instituto; ella, diseñadora gráfica de una importante marca comercial. Si hay algo que J odie más que su trabajo, es hablar de él. Después se dirigen a un pequeño pub cercano al casco antiguo, donde el volumen de la música es el ideal, pues consigue filtrarse y llenar el vacío de algunos silencios prometedoramente incómodos, pero no resuena con tal violencia que impida una comunicación fluida. Con una copa cada uno, a la que habríamos de sumar los vinos de la cena, ella comienza a hablar con más soltura de lo que hace en su día a día, donde, desafortunadamente, el gato juega un papel vital:

Me levanta todas las mañanas, ¿tú tienes mascota? ¿No? Entonces no puedes saber lo que es, de verdad, a veces te dan ganas de matarlo, pero es que me mira con una cara que cómo no voy a quererla, ¿te gustan los gatos? Ay, si ni siquiera te he dicho cómo se llama, le puse Lana, por la cantante, ¿sabes? Obviamente es gata, y la verdad que da más trabajo que el que alguien que no tenga gato pueda pensar, pero creo que merece la pena. Sí, de verdad, si la vieras algún día entenderías de lo que te hablo, no es una gata normal para nada. Es mimosa, claro, y muy juguetona ¡si vieras cómo se revuelve!, pero lo mejor de ella es que es superagradecida…

Mierda, el gato, ya tardaba en salir el puto gato. ¿Por qué cada persona piensa que su gato es diferente al del resto del mundo? Son gatos, chica; se lamen, escupen bolas de pelo y cuando se aburren ronronean para que les hagas caso… Hazte famosa para que le pongan tu nombre a un gato, eso es triunfar, Lana. Oh, sí, claro que lo entendería… por favor, casi prefiero que hable de yoga…

… así que tengo que dejarla fuera de la habitación cuando hago mis ejercicios, porque necesito concentrarme mucho ¿sabes? ¿Alguna vez lo has intentado? De verdad que te lo recomiendo muchísimo —da un trago a su bebida mientras enfatiza con sus ojos la recomendación—, es una liberación total. Siempre quise viajar a China o por ahí, para aprender a meditar, creo que es la clave de la vida, por eso allí, por el Himalaya, son mucho más felices; he leído sobre budismo incluso, el Dalai Lama y eso, y dice cosas superinteresantes la verdad, pero es que para hacer todo lo que dice se necesita muchísimo tiempo y claro, con el trabajo de diseño y demás…

… no sé para qué digo nada, creo que ya siento pena hasta por el gato… Joder, no se calla ni bebiendo. Sí, a China o por ahí, madre mía, serán tan buenos meditando porque no te conocen, al Dalai Lama me gustaría ver hablando contigo. Bueno, esto es demasiado, hay que hacer algo…

—¿Quieres venir a mi casa?

Su rostro palidece levemente y J siente cómo su cuerpo femenino se encoge y se funde con el taburete en el que está sentada; pero no tarda mucho en recuperar la compostura y, con una mirada rebosante de falsa vanidad que a J le resulta deprimente, acepta la proposición.

Pasan la noche juntos; el sexo es mejor que la conversación y, sin duda, los efectos del yoga también.

J no sueña con la mujer de apariencia resignada o no recuerda haberlo hecho. En todo caso, su invitada se levanta antes que él, y el rumor de sus pasos por la habitación le hace despertarse. Cuando abre los ojos, totalmente legañosos y enrojecidos —pues acostumbra a dormir hasta más tarde— la ve observar atentamente los exámenes que descansan sobre el escritorio. Se queda un rato en silencio, hasta que carraspea para avisarla de su estado de vigilia; ella se gira graciosamente, y con una sonrisa le pregunta:

—¿Tienes que corregirlos?

—Sí, hoy; sin falta.

J piensa que tal vez haya sonado un poco brusco, como si la intención de esas palabras fuera hacer que se marchara; no obstante, ella no parece entenderlo así.

—Pues sé bueno con ellos —le dice sonriendo, e inmediatamente se dirige al baño para darse una ducha.

Mientras escucha desde la cama el murmullo del agua cayendo y ¿está cantando?, en fin, J, con la mirada clavada en el techo piensa en los exámenes. Considera, con una apatía que es absoluta, la posibilidad de decirles a sus alumnos que los ha perdido y que tienen un aprobado general; con total seguridad le caería una bronca gorda del director, pero no iría más allá de eso. Su invitada sale del baño con una toalla liada en torno al busto —es la que J usa—, y con la larga melena, negra y lustrosa, cayendo por su espalda, salpicando el parqué.

Está más guapa sin maquillar, piensa J, pero no se lo dice.

Mientras se viste con la ropa de ayer, la escucha quejarse de su pelo siempre encrespado, si supieras qué cruz… Al fin abandona la casa, sin ninguna promesa de volver a encontrarse.

J se dirige a la cocina, vacía una lata de callos en un plato y lo introduce en el microondas; no sabe qué hora es, pero tiene hambre. Los come en silencio, no enciende el televisor que suele hacerle compañía. Cuando acaba, se lava los dientes que aún le saben a la noche pasada —las encías le sangran— y se mete otra vez en la cama, totalmente derrotado. Esta vez sí tengo excusa, mamá, piensa. Y si la noche pasada la mujer y el hombre de sus sueños se habían ausentado, en esta ocasión reaparecen con la misma indolencia, lastimosa y desoladora, que J es incapaz de comprender. ¿Quién os ha hecho esto?, quiere preguntar, pero, como siempre, no hay respuesta. Mientras observa a la pareja, más abatido en el sueño que en la vigilia, discurre sobre la naturaleza de los fantasmas, que necesariamente han de venir de la infancia; allí crecen y desde allí viajan para no dejarnos dormir tranquilos. Es como si arrastrara un muerto, piensa J, pero los muertos que más pesan son aquellos que están vivos.

Se despierta con el rostro ensombrecido y, dejando definitivamente a un lado los exámenes, sale a la calle: J ha decidido comprarle un regalo a su madre, si bien es domingo y las posibilidades de hallar algo idóneo son bastante limitadas. Aun así, no se arredra y, bajo una tarde fría y desapacible, se lanza en la búsqueda de una tienda abierta.

Pasea durante aproximadamente una hora sin encontrar nada, y cuando está a punto de desistir, pensando que otro fin de semana más se va por el sumidero sin que su vida haya cambiado lo más mínimo, divisa en la acera opuesta una floristería, pintada enteramente de verde, y que parece haberse inaugurado de forma reciente. Cruza la calzada por donde apenas circulan coches —sin darse cuenta, ha llegado hasta un barrio periférico en el que nunca ha estado más que de paso—, y entra en el establecimiento cuyo nombre no logra descifrar, pues las letras están formadas por motivos florales inextricables.

Una vez dentro le golpea un húmedo olor a tierra; lo aspira extrañado, casi conmovido. Se acerca hasta el mostrador sin prestar especial atención al hermoso espectáculo floral que decora la tienda, adormilado por el aroma que se respira allí dentro. Tras la barra, una jovencita rubia llena de pecas, casi una niña, le espera con una sonrisa dulce y despierta. J le pregunta si está la persona al cargo de la tienda, y la joven responde que sí, que ella es la encargada. Graciosamente sorprendido, J le pregunta si conoce el nombre de todas las flores que reposan en los estantes; con una sonrisa aún más grande, ella responde afirmativamente.  Bueno, pues lo dejo a tu elección; ponme la que más te guste. J percibe una ligera decepción en los ojos de la niña, tal vez porque no ha podido poner a prueba sus conocimientos, pero elige con premura una flor blanca, de rectísimo tallo verde. La velocidad de la elección sorprende a J, quien deja el dinero en el mostrador y abandona la tienda pensando dónde ha visto antes el rostro de esa dulce niña.

El trayecto en coche hasta casa de su madre (apenas cuarenta minutos) está repleto de meditaciones insospechadamente taciturnas: piensa que pocos momentos más dolorosos puede haber en la vida que cuando, razonablemente —y con bastante acierto—, nos decimos en la juventud: «Nunca escribiré una novela». También: «Esa chica que ahora se baja del autobús, nunca más la veré». A partir de ese momento comenzamos a vivir otra vida, o más acertadamente, piensa J, comenzamos a vivir la vida.

La tarde cae rápidamente sobre la autopista semidesierta. Logra aparcar cerca de la vivienda de su madre, y saca las llaves que tiene de la casa, unas llaves que nunca se ha visto en la necesidad de utilizar, pues su madre siempre estaba sobre aviso cuando él acudía a verla. Entra en la casa y la encuentra vacía, algo que, de alguna manera, J ya sabía de antemano. Se sienta en el sillón de su madre, donde pasa la mayor parte de las horas viendo la televisión, arropada con una manta y hablando en voz alta consigo misma y con algún fantasma bondadoso que aún pulula por la estancia. Retira la flor mustia de un jarrón, cambia el agua e introduce la flor recién comprada que está impregnada de la candidez de la joven que lo atendió. Vuelve a sentarse en el sillón y, desde esa nueva perspectiva, contempla la silueta de la flor blanca. El rostro de J se nubla a cada segundo que pasa observándola, y una idea desapacible comienza a tomar forma en su cabeza: piensa en la mujer del sueño y en la niña de mirada despierta, y comprende cómo las sombras nunca se muestran antes o siquiera durante, sino que se materializan siempre demasiado tarde —voluntariamente a destiempo— para castigarnos, tal vez, aunque eso no lo aprueba J, le resulta demasiado victimista; se nos aparecen para obligarnos a pedir perdón.

Tras echar una última mirada triste al que fue su hogar, trata de poner un poco en orden los cacharros de la cocina, barrer el suelo donde aún resisten las migas de la comida… Abandona la casa y realiza el trayecto inverso, totalmente oscurecido el cielo. Cuando está llegando a su portal, nota en su cabeza las primeras gotas de un chaparrón que promete ser feroz.

Ya en casa, se dirige a la ventana de su habitación para contemplar desde allí la violenta lluvia que arremete contra las calles desiertas. Deja a su espalda la cama deshecha y la pila de exámenes sin rastro de tinta roja. Vuelve a pensar en la niña de la floristería y en la mujer del sueño, y esta vez la reflexión es más vigorosa; sabe que la mujer ya ha conseguido librarse de esa mano terrible que la aprisionaba —una mano que ni siquiera sabía entrelazar los dedos con dulzura—, y sabe que nunca más la verá, y lo que solo era un sospecha ahora se confirma de forma irremediable: definitivamente añorará el indolente paseo de esa mujer sin nombre, y tendrá que aprender a vivir sin él; y es que los sueños son hermosos, piensa J, y por eso los olvidamos.

El zumbido del teléfono resuena por toda la casa, alcanza los recovecos de las habitaciones y se infiltra por las grietas de las paredes; J se imagina a su madre, que ya ha regresado del paseo con su hermana y ha visto el destello de una flor blanca nada más entrar por la puerta, los ojos humedecidos sin apartar la vista del regalo, dirigiéndose con pasos vacilantes al teléfono; J la visualiza al otro lado de esas ondas invisibles, apoyada en el aparato, llamándolo sin descanso.

II

El verde donde están sentados está repleto de flores blancas, pero él solo tiene ojos para Ana; Ana lo ve todo, y sabe que nada es para siempre. Se conocieron en un campamento de verano. Todos los niños formaban un enorme corro, cogidos de la mano. El sol de la tarde caía de forma oblicua sobre una parte del círculo, cegándolos; allí estaba Ana, su pelo cobrizo destellando y los ojos achinados por la intensidad de la luz. Desde el otro lado, privilegiado por la sombra, J la contemplaba por primera vez; tenía trece años y una sensación desconocida agitaba su espíritu inquieto. Ella tenía doce años cuando se percató de que otro niño la observaba; tan solo podía apreciar su aspecto flacucho y una mata de pelo rubio desgreñada. Parecía un salvaje feliz, pensó Ana, y sonrió con los ojos inevitablemente guiñados. J apartó la mirada turbado, aunque los días que siguieron a ese primer contacto, y los años que siguieron a ese campamento, haría todo lo posible para no perderla nunca de vista.

J la veía siempre en compañía de otros chicos, jamás coincidían en las actividades que los monitores programaban —y comenzó a pensar que estos lo hacían a propósito, y así, comenzó también a odiarlos—; en definitiva, Ana, cuyo nombre aún no conocía, estaba en todas partes menos a su lado. Los días de campamento se iban deshilachando sin pausa, cada vez con más celeridad, y la posibilidad de hablar con ella se antojaba irrealizable, una utopía al alcance solo de todos los demás compañeros. Pero una tarde (la más fría de todas cuantas hubiera vivido J hasta la fecha) ella se acercó; él estaba sentado a la sombra de un árbol viejo mientras los demás chicos jugaban un último partido de fútbol; el rostro ofuscado, su mente ocupada hilvanando crímenes atroces contra los monitores al mismo tiempo que diseñaba aventuras en común con la niña de pelo cobrizo. Ana se aproximó con suavidad, como el viento que arrastra el polen hasta campos más fértiles, y se sentó a su lado. Escuchó entonces por primera vez su voz, un hilo dulce y algo enronquecido por el cansancio de los días estivales; tenía la piel tostada y un mapa de pecas alrededor de la nariz puntiaguda. Los ojos eran grandes y marrones, y bajo ellos, unas líneas sombrías delataban que el sueño no acostumbraba a recibirla con los brazos abiertos.

Al amparo de aquel árbol centenario, su espíritu se apaciguó, y todas las palabras enfebrecidas que anidaban en el pecho de J fueron reemplazadas por un hermoso silencio.

Todo esto lo recuerda J mientras escucha atentamente al profesor de física. Tiene catorce años y atiende maravillado a las explicaciones del maestro, embebecido por la rotación de los planetas, por la luz distante de las estrellas que ya están muertas. No se explica la vastedad del universo, su negrura infinita, y sueña con ser astronauta para así poder flotar en el centro del espacio (por aquel entonces no podía saber el absurdo que encerraba aquel propósito).

Ana tiene trece años y se ha mudado a la ciudad natal de J; su padre es ingeniero naval y ha comenzado a trabajar en los astilleros; además, el médico de la familia les ha recomendado enérgicamente vivir un tiempo cerca del mar, para que la madre, cuya salud es delicada, disfrute de las ventajas del aire salobre.

Ana acude a una academia de inglés, y a la salida siempre se encuentra con J, quien le pide que le traduzca las letras de algunas de sus canciones favoritas; después de dos horas repasando listas de verbos y los usos de los tiempos del pasado, quizás J debería empatizar con esa joven aplicada, pero Ana transige con una paciencia que roza la santidad. Hay una canción en concreto sobre la que J reincide una y otra vez, con una insistencia rayana en lo obsesivo. El tema en cuestión es Hand in hand, de los Dire Straits, y adora la forma en que Ana la va describiendo, las pequeñas pausas que hacen sus labios —forman una pequeña y dulce «o»— cuando buscan la palabra exacta, las cejas que se fruncen cuando no la encuentra. J es feliz viendo las alteraciones que sufre su rostro, y a veces la interrumpe para dar su opinión: Ana ha traducido lovers por novios, y J se exalta, le dice que eso no puede ser; como mínimo, lover habrá de significar amante. Después se tumba en el banco sobre el que están sentados y suspira resignado, qué inútil es el lenguaje cuando son dos almas las que hablan, ¡qué despreciable incluso! Ana se ríe para sus adentros cuando J dice esas cosas, piensa que es un chico especial, aunque no les da más importancia que la que de verdad tienen. A sus pies, las distintas aves del parque se pasean indiferentes a sus dilemas, y un pato de plumaje marrón y cuello verde picotea las cáscaras de las pipas que J arroja al suelo.

Después, el joven le cuenta qué tal le han ido las clases, aunque siempre se detiene con más detalle en explicarle lo nuevo que ha aprendido en la asignatura de física; realmente es un tema que le fascina. Pero lo que verdaderamente aprecia Ana de este cotidiano soliloquio, donde J parece perder la noción del tiempo, es la pasión que percibe en él, y en lo bellamente que a veces, de forma inintencionada, se expresa. A raíz de estas tiernas, entrañables conversaciones, aprendió Ana que no puede haber belleza allí donde no hay pasión.

J tiene quince años y su familia ya está acostumbrada a ver a Ana rondando por la casa. A la madre de J le agrada su presencia y la mima sin reparos; este hecho le produce al joven un inmenso placer, como si el mundo estuviera perfectamente organizado, y otro orden de las cosas fuera sencillamente imposible, inimaginable. Pero hay algo que mosquea a este joven apasionado; el talante de su padre, de habitual cínico e intransigente, se ablanda cuando Ana pasea tímidamente por el hogar. Cuando asoma la cabecita en una habitación con una disculpa preparada en los labios, el rostro del padre abandona la seriedad y se dulcifica, se permite incluso hacer alguna broma ligera. Claro está, la visión que J tiene de su padre está totalmente distorsionada, y los celos que siente son hijos de la estupidez antes que de la razón. Sin embargo, Ana advierte esta reacción molesta en J cuando ella ríe ante la última ocurrencia de su padre —pues el honor de hacerla reír solo le pertenece a él—, y trata de suavizar su genio acariciando la mano del chico de forma aparentemente involuntaria. Todo esto termina cuando la madre aparece y regaña con falsa severidad al padre diciendo que deje a los críos tranquilos, y este vuelve su mirada al periódico con una sonrisa traviesa. La hermana de J, tres años mayor, apenas presta atención a estas anécdotas hogareñas.

Pasan los meses y lo que Ana había advertido en silencio, J comienza a percibirlo de forma tan clara como extraña. Se asombra del placer que siente al poner por escrito los pensamientos que le cruzan la mente; se maravilla al comprobar que, cuando lo hace, estos crecen en magnitud y profundidad, y así escribir y pensar se convierten en un hermoso círculo de posibilidades infinitas. No comparte con nadie lo que escribe, ni siquiera con Ana, en parte porque en el fondo sabe que ella no necesita de estos artificios para conocer lo que J siente y piensa.

Su espíritu juvenil está en calma, pero la importancia que lo imprevisible juega en nuestras vidas es algo que J, por mucho que haya escrito y pensado, no puede conocer. Un hecho trágico acontece entonces en su vida, si bien no podemos considerarlo totalmente imprevisible: Ana tiene catorce años y su madre, cuya salud se ha ido progresivamente debilitando, cae gravemente enferma.

El corazón de J se encoge cada vez que la ve, pues ella le sonríe estoicamente como si nada pasara. Sin embargo, J aprecia en silencio cómo las inocentes ojeras de Ana se hacen más profundas y se colorean de púrpura, un púrpura muy triste y violento; y al caer la noche se convierten en pozos oscuros donde se ahogan sus ojos marrones.

La madre de Ana fallece, y así se rompe la ilusión de la infancia y se alzan prohibitivos los muros imponentes de la edad adulta.

Se suceden días tristes; J trata de parecer resuelto frente a ella, pero su ánimo está totalmente decaído. Ana habla un poco menos ahora, y él aprende a respetar y valorar los silencios. En medio de esos vacíos, la mente de J no puede borrar la imagen del padre de Ana, en el funeral, con la mirada fija y desconsolada sobre el ataúd, los hombros caídos. La prestancia y energía del ingeniero naval habían zarpado, dejando en tierra solo la miseria y la amargura.

Pero la primavera deshoja sus días, y nuevos acontecimientos toman lugar sin dejar tiempo para el duelo. No obstante, esta cruel idea que parece flotar en el ambiente no la capta con precisión Ana hasta que un día, como tantos otros antes del trágico suceso, acude a merendar a casa de J. Toda la familia se sienta alrededor de la larga mesa de madera que preside el salón, y aunque sus rostros se muestran verdaderamente doloridos, afectados por la pérdida tan terrible de esa dulce niña, Ana llega a una conclusión en el momento en que la madre de J parte el bizcocho y las caras de los comensales se iluminan de placer: las paredes del mundo no se derrumban por un dolor tan insignificante; si acaso se resquebrajan, para que su diminuto cuerpo pueda escaparse. Y esa certeza cayó como una piedra, redonda y hueca, en el corazón de Ana, atravesándolo.

J tiene dieciséis años y escribe poemas en los que un físico intenta encontrar el centro del universo (por aquel entonces sí comprendía el absurdo que encerraba ese propósito), y que irremediablemente terminan con el físico contemplando a una niña rubia que, sentada al borde de un lago, juega con peces de colores. Un día, a la hora del recreo, estos poemas son vilmente rescatados de su pupitre por otro alumno de la clase, no precisamente un matón; tan solo el típico adolescente que entiende las muestras de afecto como la más grave injuria, y como una amenaza a su integridad física. Los lee en voz alta, con voz edulcorada y patética; la respuesta de J, de más está decirlo, no es la adecuada, aquella que podría deducirse de la personalidad sensible que escribió esos versos (aunque, quien dedujera eso, nunca habría recapacitado verdaderamente sobre la conducta irreflexiva de ciertas personalidades sensibles): el salvaje feliz que un día corría por el verde de los campamentos de verano grita con la ferocidad del hombre que un día vivió en la cueva y aún no ha salido de ella; se abalanza sobre el otro chaval ciego de ira, y todo termina con celeridad. Una ceja ensangrentada, un par de desgarros en la camiseta y el desagradable vacío que queda después de cometer un acto violento. El resto de la clase, enmudecida, asiste decepcionada al final abrupto de esa nota discordante en la monotonía escolar; pero J levanta la mirada y percibe un silencio mucho más hondo que el de sus compañeros. Se gira para ver la mirada acusadora de Ana, pero solo ve unos ojos tiernos, que lo abrazan y mecen desde la distancia. J piensa entonces que nuestro orgullo no nos pertenece a nosotros, sino a quien de verdad nos quiere. Abandona rápidamente la clase, antes de que un llanto desconsolado, nada varonil, lo deje en evidencia.

Ana tiene quince años y ha comprendido forzosamente que el tiempo no transcurre de igual forma para quien sufre que para quien goza; y esta idea, como todas las ideas que nos atormentan, se filtra en sus sueños. Esto no quiere decir que sus sueños sean de naturaleza tormentosa, antes bien, exhiben trazos de siniestra melancolía. En estas ensoñaciones vislumbra un paraje desértico, atravesado por un camino seco de tierra roja; al andar levanta una nube de polvo que le irrita la garganta y los ojos. Paralelo a este camino discurre un río de aguas verdes y encabritadas; intuye que es la vida de J. Ambos senderos, el acuático y el terrestre, conducen a un mismo lugar —la meta es difusa y es lejana—; el espacio que abarcan, por tanto, es idéntico, pero es consciente de que el tiempo que J tardará en recorrerlo es infinitamente menor. Ana avanza penosamente por el inhóspito camino, y al echar la mirada atrás, todo cuanto ha vivido le parece dolorosamente lejano, pero al mismo tiempo duele con la proximidad de lo inmediato. Cuando la fatiga alcanza unos niveles insoportables, abandona el sendero de tierra roja y se encamina hacia la corriente pletórica del río. Mas cuando ya percibe en su piel el tacto amable y refrescante de algunas gotas de agua, la vigilia la llama y le impide bañarse, y se despierta con el regusto del polvo abandonado sobre su lengua reseca.

J tiene diecisiete años y es virgen, aunque sabe que pronto dejará de serlo. Desconoce las razones exactas que le llevan a esa conclusión, pero también sabe que no necesita atenerse a ellas cuando se trata de su relación con Ana, donde todo fluye de la forma más natural y sincera. Como ya habíamos advertido antes, si J anotase en un calendario todas las fechas reseñables de su vida, no tardaría en percatarse del papel tan importante que los acontecimientos imprevisibles juegan en ella —y, por ende, en la de todos—; no obstante, nada parece indicar que esto le pudiese afectar profundamente, ya que J no está habituado a elaborar minuciosos planes de cara a garantizarse un futuro más cómodo y seguro. Antes bien, parece aceptar de forma involuntaria los designios del destino como parte connatural de la vida en general, y de su vida con Ana en particular. Este hecho alejado de la rutina y la norma se produce en el mes de abril, cuando sus padres avisan a los dos hermanos de que, por primera vez, realizarán el viaje de Semana Santa sin ellos, habida cuenta de que sus hijos ya son los suficientemente mayores como para subsistir una semana de forma autónoma y responsable.

Ana tiene dieciséis años y aunque quien la contemplase desde fuera pudiese deducir y creer firmemente que su comportamiento estaba falto de voluntad y energía (consumida por la tristeza, tal vez, a causa de la temprana pérdida de su madre), esos ojos extraños que la contemplaran no podrían estar más equivocados; su actitud dista enormemente de la abulia, y, ciertamente, la mayoría de los planes que acometen J y Ana en pareja son sutilmente evocados, fantaseados por ella; para que finalmente sea J el que, con su indomable cabezonería, se empeñe en ponerlos en práctica. A Ana le divierte profundamente este aspecto de su relación, donde el placer que siente es doble: por un lado, guía en silencio las actividades en las que gastan su tiempo; y por otro, disfruta al ver cuán ufanamente se revuelve J para llevar a cabo los preparativos de todas las distracciones que cree haber pergeñado libremente.

No se aleja esta descripción de lo que acontece el día en que ella, de forma inocente y despreocupada, le sugiere ir a su casa a pasar la tarde, en lugar de coger la moto y conducir hasta el roquerío donde suelen ir a disfrutar de una soledad tranquila, la brisa primaveral y el olor de la espuma rompiendo a escasos metros de sus pies descalzos. Él se resiste a complacerla en un comienzo, víctima de los nervios, aunque termina por acceder, y se dirigen en silencio —posiblemente el silencio más tenso al que nunca se hayan enfrentado— a la casa de J, que vista desde la calle ya no parece a sus ojos tan inocente, una mole gris e imponente.

La hermana de J no está en casa, posiblemente no vuelva hasta bien entrada la noche. Se dirigen a la habitación, y J coloca en el tocadiscos un disco al azar, con la única intención de tener las manos ocupadas y que la música apacigüe los nervios que lo atenazan. Su habitual carácter dicharachero se ha apagado, y es Ana la que parece aceptar con más soltura llevar las riendas de la situación. Lo besa de forma dulce y mantiene los labios posados esperando una reacción que no llega. Observa de cerca cómo se dilatan las pupilas de J, y sonríe con ternura. Esta sonrisa tiene un efecto sedante en J, y se desvanece así todo el miedo que sentía. Coge a Ana por la cintura y la conduce suavemente hasta la cama, donde, tendida, cierra los ojos y deja que J avance al ritmo que su inexperiencia considere apropiado. A pesar de que los nervios se han volatilizado, la ingenuidad de los movimientos de J es manifiesta; se ayudan mutuamente a quitarse las prendas, y se miran detenidamente a los ojos sabiendo que algo importante, de naturaleza casi cósmica, piensa J, está a punto de suceder. Completamente desnudos, se coloca encima de ella y la penetra. En el tiempo que dura el acto, el rostro de Ana se acalora, y las caricias y besos de uno y otro se multiplican, sin saber muy bien hacia dónde los dirigen. Al terminar, J contempla el rostro arrobado de ella, y cómo la cadenita dorada que le cuelga del cuello se ha adherido totalmente a su pecho. Se miran preguntándose por qué habrían de estar nerviosos hace un rato, y se funden en un abrazo cálido y pegajoso. La bisoñez de sus gestos es conmovedora, y permanecen ahí tumbados, arropados apenas con una manta, hasta que perciben el tintineo de unas llaves en la puerta; alzan los cuerpos y, apoyados sobre los codos, se miran con preocupación; pero entonces escuchan unas risas sordas, que se responden y tratan de apagarse mutuamente; una voz masculina intenta por todos los medios que no se le oiga, pero su tono grave y ronco se lo impide, y esto causa en la hermana de J un ataque de risa irrefrenable, un frenesí al que el joven ya está acostumbrado. La pareja sube las escaleras y entra en la habitación de la hermana. Aliviados, Ana y J se tumban de nuevo, los cuerpos entrelazados, y un sueño sosegado los envuelve. La música sigue sonando.

Los días pasan y todo lo que antes eran miedo y nervios ahora solo son nuevas formas de placer; un placer que se sobredimensiona cuando es secreto y prohibido. Aunque cabría preguntarse quién lo prohíbe, pues todos saben lo que ocurre bajo el techo de J. Ana, claro, es consciente de esto, pero le divierte comprobar la satisfacción de J cuando este cree vencer las barreras que desde fuera les imponen, como si fueran seres en perpetua clandestinidad.

No obstante, antes de que la primavera toque a su fin y el verano ofrezca sus primeros rayos —que, por lo general, suelen tardar en aparecer—, unas fiebres altas obligan a J a permanecer en cama. Su madre no está excesivamente preocupada, pero Ana acude todos los días a ver al enfermo postrado. Algunos días J delira, pero estos delirios son para su familia una fuente de jovialidad antes que de angustia. Ana también participa de esta alegría, agradece el ambiente distendido que se respira en la casa (aunque luego piensa en la soledad de su padre y se recrimina, furiosa, por qué tu corazón no está siempre abatido). A pesar de este alborozo, Ana prefiere sentarse junto a la cama donde reposa el joven y contemplar su rostro acalorado, acariciar el pelo húmedo de sudor. J sabe que alguien lo mira, y atisba, entre puntos negros que tintinean, el centro del universo; alza los dedos hasta los pozos violetas en los que al caer la noche unos ojos marrones se ahogan, y ahora es él quien cree jugar con unos peces dorados en un lago, rodeado por un crepúsculo tranquilo. Ana prende los dedos enfebrecidos de J y con delicadeza los guía por su piel. Una luz clara entra por la ventana, y, así, les alcanza el verano.

J tiene dieciocho años y ha leído un tratado filosófico que aborda temas tales como el paso del tiempo, o la función que la memoria cumple en este siempre triste proceso. Como siempre ocurre después de leer estas obras, J se plantea un sinfín de preguntas, y, por supuesto, hace a Ana partícipe de ellas. Las más de las veces, J se presenta excitado, presa de una agitación extrema, como si hubiera descubierto un secreto particularmente novedoso que cambiará para siempre su existencia y la de todos. Ana tiene diecisiete años y lo escucha con cariño, pensando que, afortunadamente, ese chico tan bondadoso e impetuoso no entiende la mitad de las cosas que lee.

Sin embargo, esta vez se trata de algo distinto; su conversación no fluye por los cauces transparentes a los que sus vidas les han acostumbrado, pues pesa sobre ellos el anuncio de una separación. Podríamos convenir en que este es uno de esos designios vitales que J abraza sin pararse a pensar en su ulterior significado: el joven que ama la física y la literatura a partes iguales se marcha a una universidad extranjera para realizar allí sus estudios de grado. Acorralado por estas circunstancias, J lee aquel tratado como si hubiese sido escrito exclusivamente para él (aunque quién nos asegura que no fue así); y las cuestiones ineludibles que se plantea parten todas de las más negras premisas. Así, mientras comparte una cena con Ana en un acogedor restaurante italiano, le dice que la memoria necesita de referentes, de objetos tangibles para retener ciertas vivencias, y que una vez se han vaciado, no queda nada. Ana asiente, pero él insiste: no es que no nos acordemos de esta comida, Ana, de qué plato pedimos de primero o de cómo estaba el postre. Lo que trato de decir, Ana, es que, sencillamente, no habremos comido.

Tras la cena que tal vez un día no exista, pasean en silencio por el muro que da a la playa; no se cruzan con ningún viandante y se sientan en un banco de madera blanca. Ola tras ola, el mar baña la arena. A la luz de la luna, la playa parece un animal herido que al fin puede descansar.

La madre de J ha accedido a despedirse de él en casa (y, por extensión, el resto de la familia) y que sea Ana quien lo acompañe hasta el aeropuerto. Una vez allí, llega el momento de la despedida (las aborrecibles y esterilizadas despedidas de aeropuerto; dónde quedaron el vapor del tren y el pañuelo de los barcos, en las películas que ya no se ven y así nos dejan, tirados en los aeropuertos sin saber qué decir). J es incapaz de recordar ningún momento en que le haya dicho a Ana que la quería, y tampoco recuerda los labios de Ana pronunciando esas palabras, y esto le hace enormemente feliz. Ella adivina su pensamiento y le sonríe, se abrazan, aspira el aroma juvenil de su pelo. Las ojeras de Ana, en su naturaleza cambiante, hoy han amanecido con una palidez azulada; parecen las dos mitades de una luna llena; J besa primero una, luego la otra, y después posa el beso en sus labios durante unos segundos; él los siente como un vertiginoso descenso por el río; para Ana son eternos como una caminata por el desierto.

J embarca, cruza esa molesta pasarela de plástico recalentada y se acomoda en su plaza, con una ilusión creciente agitando su espíritu inquieto… ¿cuándo había sentido antes algo similar?

Ana observa la sombra afilada que proyecta el avión, y recuerda otra sombra, más cálida e inocente —hoy ya parece un sueño—, la sombra de un árbol viejo. Todas las palabras que anidan en su pecho son aplastadas por un enorme silencio. J solo tenía ojos para ella, y nunca se fijó en las flores blancas.

III

J despierta y la cama está vacía. En este momento no es capaz de juzgar si eso es buena o mala señal. Solo sabe que tiene la cabeza embotada y la boca seca como un estropajo. De camino a la ducha se desviste de forma poco ortodoxa, de modo que cuando el primer chorro de agua caliente le cae sobre la nuca aún no se ha acabado de quitar los calzoncillos.

Con los ojos cerrados, bendecido por el agua que resbala por su cuerpo, comienza a recordar con más claridad los sucesos de la noche pasada; al tiempo que los recuerda, parece querer cerrar con más intensidad los ojos, aumentar con la mente la temperatura del agua y que un vaho lo cubra para siempre y lo transporte lejos, lejos. Se acuerda de haber salido a cenar con Nora, dulcemente pintado el rostro, dicharachera, y terminar discutiendo. Por qué esta vez, Nora, y vuelve a escuchar su voz que se agudiza cuando se pone nerviosa o se asusta, vuelve a escucharla recriminándole su continua ausencia; ausente conmigo, de la vida, del mundo. Vuelve a ver los ojos de Nora que traslucen una tristeza que no se merece.

J sale del baño escoltado por una densa nube de vaho, la toalla atada a la cintura. Se sienta en la cama con la mirada perdida y con algún resto vidrioso incrustado aún en ella. Decide que lo mejor es ser activo, y comienza a vestirse con el fin de salir a dar un paseo, despejar la mente de las ideas más lúgubres; además, piensa mientras contempla el saludable fulgor del cielo a través de la ventana, hace un día maravilloso.

Se está poniendo una camisa de lino blanca cuando observa en la mesilla de noche un papel arrugado que no recuerda haber dejado; ¿una nota de Nora, tal vez? Si bien J no ha retenido todos los detalles de la noche anterior, no cree que Nora haya llegado a entrar con él en el piso; menos aún, que se haya colado para dejarle una estúpida nota. Además, está muy arrugada, y ella adora la pulcritud. Está a punto de desentrañar aquel misterio cuando suena el teléfono, joder, piensa J, tanto cuesta llamarme al móvil.

Es Carlos, su editor. La conversación apenas dura un minuto; quiere comer con él, y se citan para dentro de media hora en un restaurante céntrico, con terraza, donde sirven unas tapas deliciosas con cada consumición. ¿Qué querrá?, se pregunta J. No cree que sea nada relacionado con la última obra que ha publicado, se habría enterado si pasara algo, y es demasiado pronto como para que le atosigue por saber algo de la siguiente… Tal vez se sienta solo y le apetezca charlar, concluye J. El joven escritor no tiene ningún reparo en comer con él, pues lo quiere como a un padre. Mientras piensa esto, reflexiona sobre la falsedad que esta expresión necesariamente encierra: lo queremos como a un padre, pero no como a nuestro padre; la primera expresión alude exclusivamente a la bondad y al amor, pero deja de lado las inevitables malicias y rencores que se infiltran en la segunda. A Carlos, sin duda, lo quiere como a un padre.

Mientras pasea hasta el punto de encuentro, se permite callejear un poco y así dejar tiempo a que su mente trate de poner en orden el desconcierto al que J la sometió la pasada noche; en deliciosa armonía, nuevas ideas van viendo la luz al tiempo que el sol se despega de unas molestas nubes. Vuelve a pensar en Nora, pero esta vez afanándose en desvelar lo que cree que fueron sus palabras exactas, si bien, como es lógico, no puede estar seguro. «¿A qué se debe tu ausencia? Nunca estás conmigo, siempre estás distante, como soñando, o maquinando el siguiente argumento de tu novela, o recordando sabe dios qué.» Eso es, piensa J, recordando, recordando, a cada paso que doy levanto una nube de polvo que no me deja verte, Nora, un nubarrón de polvo que son los recuerdos que ya no tengo, cada día más lejos, así de triste es el mecanismo de nuestra memoria.

Casi sin quererlo, J llega al restaurante y divisa a Carlos en una pequeña mesa, ligeramente apartada de las demás. Ve su rostro rollizo, siempre enrojecido y cubierto por una barba rala que pugna por ocultar sus canas. Frente a él, un cañón de cerveza a punto de ser liquidado. ¿Llevas mucho esperando?, pregunta J al ver el nivel del vaso. No, acabo de llegar, responde Carlos. Al principio, a J le resultaba bastante cómica la afición que tenía su editor por la bebida, siempre dispuesto a tomar la última; celebraba sus bromas —bastante mordaces— y sus historias de adolescencia —donde el alcohol también tenía un papel protagonista— con gran efusividad. Sin embargo, con el paso de los años, cuando la relación ya no rayaba en la superficialidad, sino que ahondaba en lo confesionario, J comenzó a preocuparse un tanto por su salud; como descubriría más tarde, no fue el primero en intentar llevar a Carlos por otro camino, como tampoco fue el primero en salir apaleado. En fin, piensa J mientras le ve apurar su primera cerveza del día; es demasiado mayor como para seguir bebiendo así, pero también es demasiado mayor como para dejarlo.

—Bueno, y por qué querías verme —pregunta J—, alguna razón habrá.

—Me ha llamado Nora.

J no puede dar crédito a lo que acaba de oír, qué coño, siente incluso cómo se le acalora el rostro. Prorrumpe en disculpas, muchas de ellas inarticuladas e inconexas, que Carlos fulmina rápidamente con un movimiento de su mano.

—No pasa nada, chico.

J se lleva la mano a la frente, sí que pasa, Carlos, es absurdo, a santo de qué te tiene que llamar a ti.

—No pasa nada, de verdad. Pero una vez y no más —Una camarera morena de largo pelo rubio, seguramente teñido, trae dos bebidas más con sus consabidas tapas: una pequeña cazuela negra con albóndigas de bacalao, patatas cocidas y deliciosa salsa. —No quiero saber nada de tus líos de faldas; bastante tengo con los míos.

J no consigue aguantar la risa, y un reguero de espuma le resbala por la barbilla; mientras trata de limpiarse, Carlos se hace el indignado:

—De qué coño te ríes. Si no te los cuento es por respeto a esa pareja que está comiendo.

Efectivamente, en la mesa contigua a la suya hay una pareja que hasta ese momento no ha mostrado el más mínimo interés por esta otra conversación; cuando se sienten mencionados, observan con extrañeza al editor, quien les devuelve una mirada torva que les hace volver la vista a sus respectivos platos.

La comida prosigue en silencio; piden otra cerveza y con ella les traen una nueva tapa, esta vez, una minihamburguesa de ternera con queso de cabra y cebolla caramelizada.

—Se come de lujo aquí —asevera Carlos, y J asiente. —¿Y qué, estás escribiendo algo?

J hace un gesto vago con las manos a la vez que compone una mueca desganada; estoy un poco cansado, la verdad, dice J, pero tengo alguna que otra idea. Me viene a la cabeza la imagen de un hombre que abandona el hogar y se marcha lejos, muy lejos, al Tíbet o por ahí, pero bueno, eso no es lo importante, lo importante es que cuando vuelve nadie es capaz de reconocerlo, ni siquiera su madre le reconoce, y esto le afecta profundamente, y ahí comenzaría la historia. ¿Y dónde está el problema?, pregunta Carlos. En que no es verdad, responde J, ¿el qué no es verdad?, insiste el editor. El que la madre no le reconozca. Mi madre me reconocería aunque me fuera cien años; aunque nunca jamás volviera. Carlos asiente levemente con la cabeza; mastica y traga.

—Entiendo.

J da un último sorbo a su cerveza y la deja; se queda contemplando el desagradable burbujeo del poso.

—No sé si lo entiendes o no, Carlos, pero yo me voy —Dicho y hecho; J se levanta de la silla y palmea fraternalmente el hombro de ese amigo al que quiere como a un padre, y se lanza a la calle. Carlos emite un gruñido y mueve la cabeza; se ha dado cuenta de que tiene que pagar todas las consumiciones.

—Será hijoputa.

J deambula sin un destino prefijado en su cabeza; las mejores ideas siempre se le han ocurrido caminando, al aire libre. El movimiento físico, piensa, estimula el intelectual. Aunque luego considera la oronda barriga de Carlos, y admite que en esa hipótesis debe de haber alguna falla.

Mientras pasea, J reflexiona sobre la última novela que ha publicado; no es algo que acostumbre a hacer, a decir verdad, nunca lo hace. Una vez ha escrito algo lo aparta automáticamente de su mente, como si criara con devoción a un hijo hasta que este fuera mayor de edad, y en el momento en que cumple los dieciocho años lo expulsara del hogar para siempre, ¡a ver mundo!, grita J para sus adentros. Es una situación insólita, pues, la que ahora afronta el joven autor; piensa en las andaduras en las que se vio envuelto su protagonista, y en las penurias que le hizo sufrir; pero, sin duda, lo mejor de todo ese proceso que es la escritura son las consideraciones a las que uno llega cuando se coloca, sin temor (aunque previamente tuvo que haberlo), ante el verdadero espejo; ese que, al enfrentarlo, no te ofrece tus ojos sino tu nuca, tu espalda, una verdadera copia de ti mismo y de todo lo que no te atreves a mirar.

Por estos cauces discurre la mente de J cuando un elemento de la realidad lo despierta, no de forma violenta, sino suave y graduadamente. J está parado ante una floristería que de alguna forma ha hechizado sus sentidos; tal vez sea la pintura verde de sus tablas… Hipnotizado, la contempla como si no se tratase de algo real, pero desconoce a qué se debe esta extraña sensación. Como es lógico, decide entrar, y un húmedo olor a tierra lo golpea. No hay nadie en el mostrador, y esto le extraña profundamente; en un lateral, ve a una señora que, sentada en una vieja silla, lee una novela que también parece antigua a juzgar por el tono amarillento de sus hojas. Acabo esta página y estoy con usted; sus labios apenas se mueven, pero la voz resuena firme y amable. Le recuerda a la de su madre, y la simpatía que siente por esa mujer es inmediata. Entretanto, contempla las flores que decoran la tienda, sin saber qué está haciendo allí exactamente.

La señora se acerca, debe de rondar los sesenta años, y luce un rostro bondadoso y poblado de arrugas felices. Bueno, ¿qué desea? J la mira con gesto dubitativo; pues la verdad es que no lo sé muy bien… Una flor querrá, eso está claro, responde la señora con desenfado. ¿Está claro?, piensa J sin saber muy bien por qué lo piensa. La intranquilidad debe reflejarse en su rostro, pues la encargada le mira con ojos preocupados. ¿Se encuentra bien? J trata de sonreír, sí, sí, perfectamente… aunque algunos no creo que opinen lo mismo. Tampoco sabe por qué ha dicho eso. Bueno, dice la señora, pues a veces hay que escuchar más lo que nos dice la gente, sobre todo si esa gente nos quiere. De pronto, J siente la profunda necesidad de sincerarse y de abrirse; tal vez sea la imagen de todas esas flores la que le está causando esta absurda melancolía que de repente padece, o tal vez sea que es alérgico a alguna sustancia que esa señora guarda en su tienda. Es solo…, comienza J, que me gustaría recordar ciertas cosas, hechos que se borran, que se van, y se van para siempre. Qué me vas a contar a mí, responde la señora, si todos los días tengo que revisar dónde está cada semilla; espera a llegar a mi edad. J trata de corresponder a esa natural jovialidad con una sonrisa; no, no es eso a lo que me refiero exactamente… Ya, ya sé a lo que se refiere, ¿sabe qué? Me recuerda al personaje de la novela que estaba leyendo ahora mismo. J alza las cejas, sorprendido. Todos los días, prosigue la encargada, al despertarse, apunta en una libretita negra las cosas que ha soñado. Es que los sueños son hermosos, asevera J. La señora asiente, complaciente —y por un momento parece terriblemente cansada de escuchar esas palabras—, pero es un sinsentido lo que ese hombre hace. ¿Por qué?, pregunta J. Porque si los sueños son hermosos, como usted bien dice, es justamente porque los olvidamos.

A esta conversación sigue un silencio que la florista aprovecha para dirigirse a la trastienda, y al salir, como si nada hubiera ocurrido, le pregunta a nuestro joven aturdido:

—¿Qué flor entonces?

Y J le responde que la que ella considere estará bien. Con una calma que denota pericia y pasión a partes iguales, la señora extrae, de un enorme ramo, una flor blanca de rectísimo tallo verde.

—Esta servirá —proclama triunfante la encargada.

J contempla la flor y deja el dinero encima del mostrador; abandona la tienda pensando dónde podía haber visto antes a aquella enigmática señora.

Prosigue su paseo con la flor bajo el brazo, y, si antes la meta era difusa, ahora es ya inexistente. J siente en su cabeza un torbellino de emociones que no es capaz de controlar; comienza a estar un poco mareado y decide ir al parque, donde podrá refugiarse en algún banco, cobijado por la sombra solidaria de los árboles. El camino que atraviesa aquel verdor desvaído —el parque ha vivido mejores épocas— es de arena y gravilla. Finalmente, se arroja contra un viejo banco y resopla; siente un cansancio animal. Mira la flor y se pregunta qué va a hacer con ella; regalársela a Nora parece la opción más lógica. ¿La aceptará? La acepte o no, piensa J, las miradas tristes no se irán, los gritos desembocarán en una afonía prolongada; ¿y todo para qué, Nora? 

Deja la flor a un lado, y al hacer ese movimiento escucha un crujido, como el del envoltorio de un caramelo al abrirse. Extrañado, se lleva la mano al bolsillo del pantalón y rescata el papel que tal vez sea una nota —aunque ahora ya entiende que no puede ser tal cosa—; lo despliega e intenta aplanarlo contra su muslo. Al abrirlo, vislumbra algo escrito en una caligrafía, deslavazada y picuda, que reconoce como propia; J lee: Si algún día encuentro esa flor blanca, por favor, Dios, no me la quites; si algún día recuerdo y soy feliz, por favor, ¡dejadme vivir ahí!

Aparta la mirada del papel y contempla a los transeúntes que pasean bajo el sol de la tarde; apenas puede reconocer los cuerpos a través de la polvareda que levantan sus pasos.

Un universo de polvo, y J está en su centro.

[EN PORTADA: White roses, de Rytis Garalevičius]


Javier Pérez Álvarez (Gijón, 1997), graduado en lengua española y sus literaturas por la Universidad de Oviedo, cursa en la misma institución el máster en español como lengua extranjera, con el firme propósito de hacer vida lejos de estas fronteras. Apasionado de la literatura y el cine, escribe relatos que ven la luz por vez primera en EL CUADERNO.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

0 comments on “Flores blancas

A %d blogueros les gusta esto: