Mirar al retrovisor

La última lección sobre la ciencia de la COVID-19

Joan Santacana reflexiona sobre el valor del amor puro al conocimiento a partir de la constatación de que las vacunas en marcha para atajar la pandemia de coronavirus se deben a estudios e investigaciones sobre proteínas que se habían llevado a cabo durante las décadas anteriores, pero que no se realizaron pensando en ninguna posible aplicación.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

Hay ocasiones en que la vida nos ofrece lecciones difíciles de olvidar. Cuando yo ejercía de profesor, había oído infinidad de veces que era necesario enseñar a los jóvenes conocimientos útiles y no hacerles perder el tiempo en estudiar cosas que jamás iban a servirles para nada. Naturalmente, estos comentarios malévolos por parte de colegas, padres, e incluso a veces alguna autoridad, se referían a la historia, al arte o la literatura, pero también a la física fundamental o a las cuestiones matemáticas más abstractas, en especial —en aquel entonces— al cálculo con bases distintas de la decimal. Recuerdo una discusión en la sala de profesores de un centro educativo en la cual algunos de los miembros del claustro discutían la utilidad de enseñar a los jóvenes a calcular mediante el sistema binario en matemáticas, cuando siempre operamos con el sistema de base decimal. ¡Quién les iba a decir a aquellos colegas que aquel sistema binario que en aquel entonces consideraban inútil es hoy la base de toda la informática! Sin embargo, aquellas críticas vertidas contra la ciencia básica hoy dominan ya nuestros sistemas educativos. Se insiste en la ciencia aplicada y ya no siempre se enseña física o química, sino disciplinas etiquetadas como tecnología y otros sucedáneos, al tiempo que se disminuyen las disciplinas consideradas inútiles. La barbarie parece estar ganando terreno.

En medio de este panorama, he descubierto —mediante un amigo bien conectado con la investigación sobre las vacunas de la COVID-19— que una de las genialidades de la vacuna es que el código genético que se inyecta es muy parecido al nuestro, porque las células se dedican a fabricar la proteína que queremos, y lo suficientemente diferente como para que el cuerpo no la rechace. Es decir, que debemos la vacuna que seguramente se nos inyectará a la mayoría a estudios e investigaciones sobre proteínas que se habían llevado a cabo durante las dos décadas anteriores y que en realidad no se realizaron pensando en ninguna posible aplicación, sino por el simple afán de aumentar el conocimiento. Se repite lo del cálculo con base binaria de las matemáticas, pero ahora en las vacunas. Es decir, podremos utilizar nuestras vacunas para combatir el virus —por cierto, en un tiempo récord— gracias a la investigación básica o fundamental llevada a cabo por equipos de investigación que no buscaban otra cosa que aumentar el conocimiento. Es lo que denominamos ciencia pura: la que se lleva a cabo sin pensar en fines prácticos inmediatos. Se trata normalmente de investigaciones realizadas gracias a financiación pública, en universidades y centros de investigación: ellos son los únicos que pueden apostar por este tipo de investigación que no proporciona beneficios inmediatos. Por el contrario, la investigación aplicada es la que financian las empresas, en este caso farmacéuticas, que necesariamente han de utilizar los resultados obtenidos previamente de la investigación pura, pero cuyo objetivo no es el conocimiento, sino generar beneficios para sus accionistas. No digo que esto que hacen sea malo en sí mismo; tan solo quiero resaltar que el mérito científico suele ser de otros.

Naturalmente, la investigación básica es la que se realiza en los países cuyo sistema científico universitario aborda la ciencia con se afán puro de aumentar el conocimiento existente y crear conocimiento nuevo.  Nosotros, en estos lares, no parece que vayamos por este camino. La política científica en España quiere obtener resultados inmediatos, aplicables inmediatamente a la industria, sin previo desarrollo de la ciencia básica, desconociendo que, en la educación, lo único importante es desarrollar la curiosidad, el afán de conocer. Lo demás viene despues.  Me dice mi amigo que mucha gente cree que son los países ricos los que pueden hacer este tipo de investigación, pero en realidad se trata de lo contrario: son países ricos precisamente porque se dedican a hacer este tipo de investigación. En cierta ocasión, pregunté qué exportaban a una amiga museóloga de uno de estos países cuyo sistema científico está muy avanzado. Se quedó pensativa un momento y me contestó: exportamos conocimiento. Por lo tanto, yo seguiré pensando que no sé para qué sirve estudiar la genética del hombre de Neandertal, pero estoy convencido que la única forma de que el ser humano se convierta en un verdadero Homo sapiens pasa por aquí. Esta es una de las lecciones que me ha proporcionado esta maldita pandemia, de la cual ya empezamos a ver el final gracias a la investigación fundamental.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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2 comments on “La última lección sobre la ciencia de la COVID-19

  1. NÚRIA

    Moltes gràcies Joan !!! sóc una gran «fan» teva i sempre SEMPRE m’ensenyes i aprenc !!!.Contiuaré seguint els teus passos !!! … i cuida’t !!

  2. Muy cierta reflexión. El conocimiento es la razón de ser distintiva del humano.

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