Estudios literarios

El lado oscuro de la literatura de naturaleza

Un artículo de Richard Smyth sobre cómo «el fascismo es un parásito ingenioso. Existen pocos campos de la vida moderna a través de los cuales no pueda abrirse camino», y el ecologismo es uno de ellos con el agravante de que, en lo que respecta a la naturaleza, bajamos la guardia ante estas apropiaciones, como pensando que nadie que ame los bosques puede ser malo.

/ por Richard Smyth /

Artículo publicado originalmente en New Humanist el 20 de junio de 2018, traducido al castellano por Pablo Batalla Cueto

Hay una serpiente en nuestro Edén. O, mejor dicho, nuestro Edén es la serpiente: sutil, tentador, lleno de falsas promesas, invitándonos a la ruina. La tierra que habitamos ya no es verde y deleitosa, pero, buscando a tientas el camino de regreso hacia el paraíso, corremos el riesgo de abrir una puerta a la distopía. El paisaje de la literatura moderna de naturaleza está embrujado de espectros del fascismo.

En su muy influyente libro H de halcón, Helen Macdonald describe una manada de ciervos en una pradería cerca de la casa de su madre. Un hombre de mediana edad que pasa por allí le comenta: «¿No le da esperanzas?».

—¿Esperanzas?

—Sí —dice—. ¿No es un alivio ver que hay cosas que siguen siendo así, que todavía se puede encontrar un pedazo de la antigua vieja Inglaterra, a pesar de todos estos inmigrantes que están viniendo?

La antigua vieja Inglaterra: una tierra verde, pero también, por supuesto, una tierra blanca.

En febrero de este año, una encuesta pública para identificar «el libro de naturaleza favorito del Reino Unido» colocó en segundo lugar Tarka the otter [Tarka la nutria], una novela rural de Henry Williamson, de 1927. No tiene importancia, por ahora, el pánico reaccionario del cofinalista El viento en los sauces, ni las ideas de género del tercero en discordia, Common ground [Terreno común], de Rob Cowen. Williamson era nazi: ruralista, naturalista, ingenuo, solitario, pero nazi, admirador ferviente del «gran hombre al otro lado del Rin» y afiliado a la Unión Británica de Fascistas de Oswald Mosley. Esto no es una primicia: la carrera de Williamson después de Tarka estuvo determinada por las súplicas de sus editores de que abandonara «la cosa política» y regresara a la ribera del Devon. Lo que vale la pena mencionar ahora es el silencio relativo que existe en torno a estas simpatías fascistas en un momento en el que la intensidad del escrutinio público de las artes y el entretenimiento ha alcanzado un pico generacional. Tarka se salva. A la literatura de naturaleza se le presupone la rectitud.

Williamson no era en absoluto el único fascista activo en el movimiento organicista de regreso a la tierra de la posguerra: entre sus figuras más descollantes se encontraban Jorian Jenks («En todos los países en los que la bandera fascista se ha alzado, los hombres del campo han recuperado los derechos que les habían sido arrebatados en una era de degeneración nacional») y el vizconde de Lymington («En toda gran ciudad hay una hez de población subhumana […] Muchos son extranjeros […] Estos inmigrantes han invadido los barrios marginales y también los acomodados»). Podemos desdeñar este ala del ecologismo británico como una aberración, pero, si lo hacemos, estaremos ignorando la persistencia de sus tropos clave entre ciertos elementos del naturalismo moderno.

«Hay una veta muy inquietante en el movimiento neofolclórico-paisajístico de la Inglaterra de los setenta; aquel magma de El hombre de mimbre, Cuando las brujas arden, la Albión perdida…», escribe el escritor y periodista Owen Booth. «Es muy masculino, muy blanco, muy hetero y algo más que vagamente fascista». Piénsese, por ejemplo, en la cuenta de Twitter @Sherwode_Forest («el auténtico espíritu de Inglaterra»), cuyos más de mil seguidores son manguereados diariamente con un chorro venenoso de neonazismo, antisemitismo y memes ultraderechistas, intercalados con tuits sobre el cambio climático y la pérdida de los setos. Es importante tener en cuenta que la yuxtaposición no es fortuita: la visión emotiva es aquí una Inglaterra verde hormigonada para construir viviendas para los inmigrantes y una raza inglesa amenazada existencialmente por los no blancos (@Sherwode_Forest recibió con extrema preocupación la noticia de que un análisis de ADN del hombre de Cheddar, el esqueleto británico completo más antiguo, había revelado que los primeros britones modernos —que vivieron hace unos diez mil años— tenían piel «oscura a negra»). La mayor parte de los seguidores de la cuenta son cotorras ultraderechistas de una subespecie u otra, pero entre ellos hay también activistas o escritores respetables de tendencia verde. Podemos suponer que ello se deba a la autocomplacencia y la falta de atención: «Nadie que luche por los bosques puede ser malo, ¿no?», piensan tal vez justo antes de clicar el botón de seguir. La presuposición de rectitud, una vez más. El bosque proporciona una hoja de parra para tapar las vergüenzas de los más nauseabundos bulos nazis. Los fascistas aplican el greenwashing no menos que las empresas.

* * *


De muchas de estas cosas puede trazarse una genealogía que las conecte con el ruralismo de derechas de Williamson y compañía, pero está en la naturaleza misma del ecologismo el ser lioso, y hay varias otras rutas que en la historia del ambientalismo conducen al mismo lugar siniestro. Desde la radicalidad misántropa de la ecología profunda de los ochenta, por ejemplo, Edward Abbey escribía, à la Trump, sobre cómo inmigrantes «cultural, moral, genéticamente empobrecidos» obstaculizaban sus esperanzas de una «sociedad espaciosa, con poca gente y hermosa —¡sí, hermosa!—» en Estados Unidos.

En su ensayo Los límites de la utopía, el escritor de fantasía y activista China Miéville escribe: «Se empieza con dicotomías como rural contra urbano, naturaleza contra sociedad, y se acaba uno convirtiendo en cómplice del poder opresivo, y más aún, de la injusticia ecológica, del racismo. La utopía urbofóbica puede hermanar al conservador nostálgico que busca consuelo en un parque nacional con el post-hippy más extropiano promocionando una eco-start-up».

Pudiera parecer que la literatura de naturaleza ha superado o trascendido como género el tipo de urbofobia nostálgica al que ha estado largamente asociada (con buen motivo; he aquí otra vez a Williamson, escribiendo sobre visitar Londres: «La civilización es accesorios de cromo, radio, amor con pesario, fajas de goma, permanentes […] La civilización es pan blanco sepulcral, ginebra y chistes homosexuales en los teatros de la avenida Shaftesbury. La civilización es ciudadanía del mundo y liberarse de la tradición»). Los nuevos literatos de la naturaleza se recrean en las tierras limítrofes y el campo no oficial; en los armatostes de las centrales eléctricas y los zorros muertos en las vías del tren. El género parece ocuparse ahora tanto del espacio rural como del urbano; adueñarse de Babilonia tanto como del Edén. Pero sólo hasta cierto punto. Lo urbano es válido allá donde se adecúa a la estética sublime. Allá donde no —allá donde produce smartphones (los escritores de naturaleza odian el smartphone), aeropuertos («no lugares», dice Tim Dee, decano de la escritura de naturaleza moderna), televisiones o turistas—, el interés se esfuma. Y muchas veces no es fácil distinguir la urbofobia de la misantropía. Las ciudades son, en cualquier caso, definidas por su populosidad: por la gente. Cuando un econihilista como Paul Kingsnorth, escribiendo en el Guardian, puede citar estas líneas de Norman Lewis —«Me interesa la gente que siempre ha estado allí y pertenece a los lugares en los que vive. A los otros no quiero verlos»— sin fruncir ceños, creo que es pertinente preocuparse por cómo y por qué semejante normalización del odio a la gente ha llegado a existir, y hacia dónde puede llevarnos tal posición. Escribiendo sobre el privilegio interiorizado en la obra del difunto padrino de la nueva literatura de naturaleza Roger Deakin, Gary Budden, escritor antifascista y observador certero del fascismo británico moderno, apunta que Deakin «nunca se paró a pensar que tal vez la gente no escoja vivir en entornos urbanos contaminados y desgajarse de la naturaleza […] No hay un trecho muy grande entre eso y pensar mal de las comunidades obreras o inmigrantes por no comprender o apreciar adecuadamente el mundo natural».

* * *


Si bien mantengo —en común con muchos y quizás la mayoría de los escritores de naturaleza— que la reflexión común sobre el ecologismo necesita un enfoque progresista en las ideas políticas propias (hacia la regulación industrial, la reforma agraria o el internacionalismo, por ejemplo), no es menos cierto que hay algunos temas candentes del debate verde —más allá de las simplezas völkisch sobre el propietario rural inglés blanco— a las que pueden adherirse rápidamente ideas reaccionarias. La urbanización puede presentarse como, sobre todo, un problema de inmigración; la presión de la población mundial utilizarse como un palo con el que atizar a las naciones no mayoritariamente blancas; de los problemas locales con especies invasoras trazarse paralelismos con los ilegales (un guardabosques me habló en una ocasión, deliberadamente, de «inmigrantes no deseados» mientras conversábamos sobre las ardillas).

El fascismo es un parásito ingenioso. Existen pocos campos de la vida moderna a través de los cuales no pueda abrirse camino. Puede que la literatura de naturaleza, o en general el ecologismo, no sean singular o siquiera inusualmente vulnerables. Lo preocupante es que, en lo que respecta a la naturaleza, allá donde escribimos y hablamos y pensamos sobre nuestra relación con lo salvaje, nuestra guardia tiende a bajar. Olvidamos estar atentos. «En el debate climático actual —dice Budden—, cosas que pueden parecer inofensivas y difusas pueden terminar prestándose a relatos muy peligrosos sobre la pertenencia y la identidad nacional, algo crucial en la era del Brexit, con la extrema derecha en auge de nuevo y tales relatos tomándose en serio de un modo que habría sido impensable hace veinte años».

Tal vez, ebrios de trino de pájaros, somnolientos entre las flores silvestres, nos imaginemos a medias que la vieja Inglaterra, aquella tierra verde y deleitosa, fue real a pesar de todo, y no, como dice Helen Macdonald, «un lugar imaginario, un paisaje construido con palabras, xilografías, películas, pinturas, grabados pintorescos».

«Nos recreamos en las imágenes —escribe Macdonald— y borramos la historia de las colinas». Nos extraviamos en ensoñaciones del Edén. La serpiente nos susurra. Y escuchamos.

Artículo publicado originalmente en New Humanist el 20 de junio de 2018, traducido del castellano por Pablo Batalla Cueto


Richard Smyth (@RSmythFreelance) | Twitter

Richard Smyth es escritor y periodista, colaborador de medios como The Guardian, The Times Literary Supplement, The New Statesman, The Author, BBC Wildlife, New Humanist, Illustration, New Scientist o Bird Watching. Diseña crucigramas que aparecen regularmente en New Scientist, History Today, New Humanist, BBC Wildlife, History Revealed y The Blizzard; es parte del equipo que redacta las preguntas para el programa de BBC Mastermind y también caricaturista, con trabajos publicados en Private Eye, New Humanist o Claims. Es autor de cinco libros de no ficción (y, entre ellos, una historia del papel higiénico) y también escribe novelas y relatos.

0 comments on “El lado oscuro de la literatura de naturaleza

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: