Mirar al retrovisor

La rueda de la historia es implacable

Una década después, ¿qué queda de las 'primaveras árabes'? Un artículo de Joan Santacana, comparando las revueltas en el mundo islámico con la 'primavera de los pueblos' europea de 1848.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

Han transcurrido más de diez años desde que los titulares de la prensa occidental empezaran a acuñar el término de primavera árabe. El primer indicio se produjo en Túnez y se extendió rápidamente. Las noticias nos llegaron fundamentalmente a través de las redes sociales y mucha gente, viendo cómo eran derribados varios gobiernos, creyeron estar ante una auténtica revolución. Sin embargo, cuando hoy se contempla el panorama, no resulta tan claro que se tratara de una primavera. Libia sigue siendo un eEtado fallido, en guerra permanente, y para muchos libios, la caída de Gadafi, aplaudida por Occidente, ha resultado una tragedia. También Egipto tuvo una sacudida fuerte que derribó a Mubarak, y en su lugar fue elegido un presidente popular, Mohamed Morsi, pero su elección fue respondida por un golpe militar a la vieja usanza, que ha incrementado la represión de tal forma que la relatora especial de Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos sigue instando a las autoridades egipcias a que frenen la criminalización y las detenciones de activistas y periodistas en el país del Nilo. Allí, hoy, no se permiten discrepancias e incluso blogueros como Mohamed Ibrahim Radwan están en la cárcel, al igual que algunos destacados defensores de los derechos humanos como Patrick Zaki. Nadie puede afirmar que este milenario país sea una democracia sin sonrojarse. Por lo que respecta a Argelia, los pilares del régimen siguen siendo los mismos que tomaron el poder en 1962, de tal modo que, a la caída de Abdelaziz Bouteflika, a los argelinos les ha sido impuesto un presidente que no goza precisamente del apoyo popular. Las últimas votaciones en Argelia fueron las de menor participación desde la independencia del país.  Siria, en donde la dictadura de Bashar el-Ásad parecía que se tambaleaba, al final se ha impuesto después de una dura guerra civil, cuyas secuelas tardarán décadas en cicatrizar. Otro país del que ya casi nadie en Occidente se acuerda, Yemen, también tuvo su conato de primavera, pero sólo fue el comienzo de una dura guerra civil que continúa. Y luego están las corruptas monarquías del petróleo, que al poder comprar voluntades y acallar protestas se mantienen incólumes. Y no hablemos de Irak, porque la problemática es mucho mas compleja que en el resto del mundo árabe. Por lo demás, el movimiento, aun cuando no triunfó, tuvo repercusiones en Marruecos, Jordania, Mauritania, Sudán, Omán, Arabia Saudí, Baréin y otros. Finalmente, el dinero saudí compró suficientes voluntades como para sepultar la primavera, asesinar a periodistas díscolos, como Yamal Jashogyi, e imponer el terror.

¿Qué ocurrió en realidad? La gente se levantó contra la corrupción, contra la mala gestión de los propios recursos, contra las desigualdades, contra el deterioro de las condiciones de vida, y en muchos casos la revuelta parecía triunfar, pero no fue así. En realidad hubo un brutal retroceso en libertad, en derechos y en la distribución de la riqueza.  En algún momento hubo la sensación de que los servicios secretos de algunos países occidentales estaban detrás de estos levantamientos populares y puede que fuera cierto. Quizás vieron una oportunidad de frenar la creciente islamización de esta parte del mundo, pero si ello fue así, resultó muy al contrario, e incluso vimos cómo el proceso fue el detonante para que se desarrollara el siniestro Estado Islámico, que aún colea.

Lo cierto es que los imperialismos occidentales siempre fueron incapaces de comprender lo que pasa en el mundo musulmán. La etiqueta de que estos países forman parte del Tercer Mundo les ha impedido ver que en estos territorios se esconde a veces una civilización milenaria, culturalmente muy rica, tanto o más que la de Occidente, y que ha sido capaz de enderezar sus respectivos países cuantas veces cayeron. Ignorante como es nuestra clase política sobre las realidades que se esconden detrás de la historia del mundo árabe, creen que el problema está solucionado y que ahora sólo es cuestión de habilitar patrulleras en el Mediterráneo y blindar las fronteras orientales de Europa, para impedir la fuga desesperada de ciudadanos del Próximo Oriente, subsaharianos y magrebíes que huyen de la represión y de las duras condiciones de vida que les aguardan. Pero esta historia no ha terminado.

En estas circunstancias es muy recomendable mirar hacia atrás en la propia Europa. También nosotros tuvimos la primavera de los pueblos. Fue en el lejano 1848. En aquel entonces, en un continente dominado por el absolutismo más brutal, con Viena y el Imperio austríaco como árbitro de los destinos continentales desde el llamado Congreso de Viena (1814-1815), después de diversas intentonas revolucionarias, estalló la chispa de la revuelta en Francia, en la mayor parte de pequeños estados de la Confederación Germánica, en Polonia, sometida a los zares rusos, en las regiones italianas controladas por los Habsburgo (Reino Lombardo-Véneto, Módena y Toscana), en el reino de las Dos Sicilias e incluso en los Estados Pontificios. Finalmente, el movimiento revolucionario afectó a los Estados de los Habsburgo y la misma ciudad de Viena quedó envuelta en barricadas. Obreros, estudiantes y soldados amotinados  simpatizantes de la revolución se hicieron dueños de las calles e incluso el todopoderoso ministro de la guerra, Theodor Baillet, fue linchado y el ministerio asaltado. Al igual que lo ocurrido en el mundo árabe, en aquel entonces una oleada de libertad parecía invadir Europa; por esto la llamaron la primavera de los pueblos; y de forma similar, cayeron gobiernos y la gente arrastró por las calles las efigies de los tiranos. Parecía que ya nunca jamás serian pisados los derechos nacionales de los pueblos, porque debajo de estos movimientos revolucionarios subyacían las ideas nacionalistas y democráticas. Pero al igual que ha ocurrido ahora en una gran parte del mundo árabe, entonces una buena parte de la burguesía que inicialmente apoyó la revuelta tuvo miedo de la revolución social. Muchos países introdujeron algunas reformas formales en sus sistemas de gobierno y ello fue suficiente para desmovilizar a las masas populares. En otros lugares, la revolución fue traicionada por los mismos que en medio del caos se pusieron al frente de los revolucionarios, como en el caso de Francia, que tuvo a Marx como cronista con su ensayo El 18 de brumario de Luis Bonaparte. Y de esta forma, poco a poco, a veces con ayuda de los ejércitos, como en el caso de los militares austriacos que tuvieron que bombardear Viena para recuperar el poder, y otras veces  con el dominio de la prensa, al cabo de una década casi no quedaba más que el recuerdo de aquella primavera. Todos los frutos de la revolución alemana y de la primavera de los pueblos se perdieron y se entró en una fase de neoabsolutismo.

Y, sin embargo, los movimientos nacionales resultaron imparables. Una generación después de aquella primavera, los pueblos alemanes, tan vilmente traicionados, abrazaron un nacionalismo tan fervoroso que ha llegado hasta nuestros días y los pueblos de la Península Itálica expulsaron a sangre y fuego a los austríacos y a las guarniciones francesas y ocuparon incluso los Estados Pontificios, unificando Italia. Y es que la rueda de la historia suele dar tres pasos hacia delante y, a veces, dos hacia atrás. La realidad es que la historia es implacable y su desconocimiento no nos libra de sus efectos.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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