Creación

Caperucita in love

Josemanuel Ferrández Verdú escribe su propia versión del cuento de Caperucita.

/ por Josemanuel Ferrández Verdú /

—Hija, deberías llevarle esta merienda a tu abuela, que lleva ya más de treinta años sin merendar.

—Pero madre, ya soy mayor, me he licenciado en física de partículas y tengo un máster en cocina malgache, ¿con qué cara me presento otra vez en el bosque para que el insolvente del lobo venga a pedirme de nuevo que le firme para comprarse un loft?

—Venga, no seas egoísta: toma la cesta y lárgate antes de que te arrime un sopapo.

Cuando llegó al bosque, apareció de nuevo el tontaina del lobo haciéndose el mártir.

—No veas la noche que he pasado. La Guardia Civil en la puerta de la madriguera, con los recibos impagados del préstamo toda la noche, con la cantumanza de que me iban a llevar al calabozo.

—¿Y porqué no pagas ya de una vez?

—No percibo un céntimo por derechos de autor; todo va a tu familia, que se quedó con todo, y encima tengo que seguir viniendo al bosque todos los días a ver si pasas con la dichosa merienda, que cualquiera sabe la mierda de comida que contiene.

—Un Kinder Bueno y una hamburguesa de Pizza Hut.

—¿No te digo? Auténtica basura. ¿Es que no sabes que la dieta mediterránea es más sana que esa bomba de grasas saturadas y azúcares no añadidos?

—Si le discuto lo más mínimo a mi madre, es capaz de arrimarme un tortazo que me salte la caperuza hasta Afganistán. Además, a mi abuela le gusta esta porquería.

—¿Y por qué has tardado tanto desde la última vez? He tenido tiempo de leer el dinosaurio de Monterroso dos veces.

—He estado en el extranjero, concretamente en Friburgo, donde me doctoré en teología y en mecánica estadística. Luego he hecho varios Erasmus en Alaska y después estuve liada con un pintor y músico callejero con quien adopté trece perros y dos lagartos malasios. Luego estuvimos vendiendo colchones viejos en un mercadillo de Siberia y ahora tengo que retomar la faena del bosque por unos meses hasta que se publiquen las estadísticas de personas solteras

—Bueno, y hablando de otra cosa: ¿no podrías firmarme un aval para alquilar un autobús vacío que han dejado en medio del bosque?

—Sabía que ibas a salir por ahí. Mira que se lo dije a mi madre, que en los últimos años no hacías más que quejarte de tu soledad de lobo solitario, pero si eres un lobo solitario, ¿para qué cojones quieres un autobús que seguro que ya está lleno de hippies embalsamados?

—Y para comprarme una mamparra y hacerme un lobo de mar? He leído Moby Dick y algunos cuentos de Konrad, Stevenson, Defoe y London y, la verdad, todo eso del mar me está gustando la mar.

—Mira, no quieras ser lo que no eres: tú eres lobo de secano, y no te me enrolles, porque lo tuyo es el bosque y no sabrías ni sonarte los mocos en otra parte, así que acomódate, que las cosas son como son.

—En tal caso, vamos a empezar la faena. ¿Tú por dónde piensas ir?

—Por donde siempre, lo sabes de sobra.

—Hace tanto que no venías que el atajo que yo tomaba se ha llenado de helechos y cardos y ya no sabría seguirlo. ¿Puedo ir contigo?

—Si vienes conmigo y llegamos juntos, la abuela se va a sentir incómoda y se hará preguntas.

—Tú esperas en una esquina de la casa mientras yo entro y me la como, luego apareces tú y te como, como siempre.

—Por mí te puedes comer a la abuela las veces que quieras, pero ya estoy un poco aburrida de lo de comerme a mí también, y más con ese disfraz ridículo, con el que hace mucho que no engañas a nadie y menos a mí, así que lo mejor será que le lleve de una vez la merienda a la abuela, que ya estará mosca por tu tardanza, y si me ve llegar antes que tú, va a desconfiar de toda la trama argumental y es capaz de ponerse a darle de comer a los pollos, que es lo que realmente le gusta, de manera que ve delante de mí, y cómetela rápido, y luego, si quieres, aquí tienes la merienda de postre, que yo me vuelvo enseguida.

—Desde luego, estás desconocida después de pasar por la Universidad y de vender colchones meados.

—Hijo, la vida te va enseñando cosas, y una no es tonta del todo.

—Al menos cuéntame algo de lo que has aprendido, mientras vamos caminando.

—Tendría que empezar por muy atrás, ya que tú seguro que no tienes ni la ESO. ¿Sabes algo de teoría de catástrofes?

—Demasiado.

—Ya lo imaginaba, pero si estás dispuesto a pagarme, te podría dar clases particulares al menos durante unos meses y ponerte un poco al día.

—Eso parece una gran idea. Mañana mismo voy a tu casa y empezamos.

—No, prefiero que lo hagamos en el bosque, y así, si nos aburrimos, podríamos darnos un revolcón.

—Lo que tú digas, guapa, que has mejorado mucho estos años.

—No me gusta perder el tiempo.

—Y yo que lo vea.

IMAGEN DE PORTADA: Caperucita Roja, de Carl Larsson (1881)

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2 comments on “Caperucita in love

  1. Muy sorprendido. ¡¡!!

    • gatitoide

      Me alegra saberlo, señor Francisco Mas-Magro
      Creo que la capacidad de sorprenderse es una actitud vitalmente positiva y el origen de nuestro deseo de saber y analizar

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