Creación

Regalos

Un relato de José Manuel Ferrández Verdú sobre un matrimonio que recibe un regalo extraño y desconcertante.

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

Escuchó el ruido de un vehículo que frenaba. Al momento llamaron a la puerta y al abrir vio a tres negros de espaldas como imperios, portando la alfombra que había pedido para el salón grande que constituía casi toda la superficie de la casa. En el mismo salón estaba la cocina, en un lateral, y aún habia mucho espacio. El tresillo estaba arrinconado en espera de colocar la alfombra.

—¿Dónde hay que ponerla?

—Aquí.

La desenrollaron y apareció una mujer delgada en el interior.

—¿Quién es usted y qué hace aquí?

—Soy el regalo de la tienda. Ha tenido suerte, porque a otros les envían lagartos o serpientes.

—Pero ¿cómo va a ser un regalo, si es una mujer de carne y hueso?

—De eso que no le quepa duda.

—Me está tomando el pelo.

—En absoluto.

En aquel momento apareció en la puerta de la casa su mujer, que regresaba de su paseo matinal.

—Ah, qué bien, la alfombra, qué feliz soy, por fin podremos pisar en blando.

—Sí, cariño…

—Hola —dijo dirigiéndose a la recién llegada y a los porteadores.

—¿Cómo está usted? —dijo Circe.

—Yo muy bien, y más ahora que tenemos por fin la casa cómoda. Supongo que querrá cobrar.

—Nada de eso. Está pagada —dijo Pedro.

—En tal caso, ya podemos colocar el sofá y los sillones encima. Ya que están ustedes aquí, podrían ayudarnos.

Entre todos colocaron los muebles y una vez en su sitio, Claudia, su mujer, se sentó en el sofá para ver el efecto que tenía ahora.

—Es maravilloso. Qué confort.

—Sí, es magnífico ahora —dijo él con cara de preocupación.

—Bueno, nosotros nos vamos —dijo uno de los negros, Juan Vicente, y salieron los tres por la puerta cerrándola tras ellos.

—¿Usted no se va con ellos? —dijo la esposa dirigiéndose a la mujer.

—Yo me quedo.

—¿Aquí?

—Sí.

—Y ¿cómo es eso? —dijo ella, y miró a Pedro con una interrogación en el rostro tan grande como la alfombra.

—Así de sencillo. La tienda me ha enviado en calidad de regalo para ustedes por comprar una alfombra tan cara.

—¿Como regalo?

—Sí, no podrán quejarse de la poca generosidad del comercio.

—¿Quejarnos? —dijo ella—. ¡Pero esto es inaudito! ¿Qué tipo de regalo es este?

—Uno muy raro —dijo Pedro.

—Esto es una broma tontísima.

—Se equivoca: todo es legal según un decreto que se emitió hace ya tiempo y puedo quedarme a vivir con vosotros todo el tiempo que quiera. No podéis rechazarme, porque seríais declarados comercialmente ingratos y esto os costaría la cárcel y la deshonra.

La mujer de Pedro palideció. Estaba atónita, y miraba a Circe con cara de no saber cómo tomarse aquello. Pero enseguida reaccionó y, cogiendo el móvil, llamó a la tienda para que le confirmaran que, en efecto, aquella mujer formaba parte de la alfombra. Al saber que era cierto, llamó a su abogado, quien le confirmó la autenticidad del decreto esgrimido por la mujer para asumir su papel en aquella casa.

Estaba desolada. Intentaba comprender, pero no hallaba nada con que compararlo.

—¿Y qué es lo que pretendes hacer aquí?

—Nada del otro mundo. Lo mismo que todo bicho viviente: comer, dormir, etcétera.

—En ese etcétera caben demasiadas cosas.

—Todas las que se le puedan ocurrir a cualquiera, querida.

—A mí no me llames querida, querida.

—Pues tú a mí tampoco, queridísima.

—Bueno, tengamos la fiesta en paz. Las cosas es mejor asumirlas con la mayor naturalidad posible y si de verdad es un regalo, mejor reconocerlo que mostrarse ingrato —dijo Pedro.

—Pero ¿cómo quieres asumirlo y que tengamos la fiesta en paz? ¡Ni naturalidad ni tonterías! ¡Esto es un atropello! ¡Tener que convivir con alguien a quien no conoces y que te obliguen encima como si te hicieran un favor! Vamos, ¿a quién se le habrá ocurrido una idea tan descabellada?

—No te lo tomes tan a pecho, porque al fin y al cabo a todo el mundo le sucede lo mismo —dijo Circe.

—Ah, ¿sí? No me digas.

—Al nacer no conocemos a nadie y no tenemos más remedio que convivir con un montón de gente, queramos o no.

—Ah claro, al nacer, pero da la casualidad de que yo ya nací hace mucho y pasé por todo eso. No tengo por qué tragarme otra vez lo mismo.

—Son medidas adoptadas para que las personas no nos aislemos, cada uno amurallado en su domicilio fiscal, sin querer saber nada con el prójimo, y adonde solo tiene acceso la omnisciente y misericordiosa administración pública, que alcanza con sus palpos a cada milímetro de nuestra vida. De manera que tendremos que aceptar que existe más gente y no es posible desentenderse así como así del género humano ni del Estado, que es su representante en la tierra. Pero por mí no os preocupéis, sé cuál es mi sitio.

Hubo un silencio después de estas terribles palabras.

—Ah, magnífico. ¿Y dónde vas a dormir y a comer? Solo hay un dormitorio y una mesa. Y no me llames amiga. Mi nombre es Claudia.

—Muy bien, Claudia, pero, si solo hay un dormitorio, no tendré más remedio que dormir con vosotros, ya que sería muy deprimente quedarme en el sofá como si fuera un pariente lejano, y si llegaran a enterarse os costaría una generosa multa. Soy un regalo. Comeremos juntos, aunque no hablemos y yo viviré mi propia vida.

—Pero bueno, cariño, no seas tan cruel con esta pobre mujer, que quizá no tenga donde caerse muerta —dijo Pedro.

—¡Nada de eso! Poseo una fortuna de varios cientos de millones. Pero toda la ilusión de mi vida ha sido llegar a ser un regalo para alguien. De manera que, si no me aceptáis, me veré obligada a demandaros por ingratitud legal con la tienda y conmigo. Además, rechazar los regalos no es de buena educación.

Al oír que poseía una gran fortuna, el rostro de Claudia adoptó una expresión diferente, más relajada.

—Y ¿se puede saber de dónde eres?

—Soy de un pueblo de Siberia llamado Tordusk. Mis padres eran sevillanos y emigraron allí, donde se hicieron ricos comerciando con tierras raras.

—Así has salido tú.

—El caso es que estudié ciencias del espíritu y ciencias de la carne. Luego me hice huérfana al morir mis padres y regresé. Leí las obras completas de Macario Ciurlionis, en donde aprendí que el mejor destino de un ser humano es convertirse en regalo, a ser posible con envoltorio natural. Y aquí me tenéis.

—Bueno, siendo así, intentaré sacrificarme, por el bien de todos.

—Ah, ¡qué alegría me das! —y Circe abrazó a Claudia con ternura e incluso con algo más. Después de un rato abrazadas, Pedro dijo:

—Bueno, ahora que ya os queréis, podemos comenzar una nueva vida más regalada que hasta ahora.

Ellas se separaron.

—Oh claro que sí, cariño, ponle algo de beber a…

—Circe.

—A Circe ,porque estará la pobre muerta de sed, y de paso tomaremos también algo nosotros.

Luego los tres se sentaron y estuvieron hablando un rato en el tresillo y sobre la alfombra mientras tomaban unos vasos de oporto.

Después de comer y dormir una siesta de cura de pueblo, decidieron salir a dar un paseo por los alrededores para enseñarle a Circe todo lo que había por allí.

Al abrir la puerta, observaron una tienda de campaña levantada a unos cuantos metros de la casa, junto a la furgoneta.

—Pero ¿qué es esto?

Al escuchar voces, salieron de la tienda Juan Vicente y los otros dos compañeros.

—Hola —saludaron.

—Hola, muchachos —dijo Circe—. ¿Es que no vais a regresar al almacén?

—No. Queremos quedarnos con vosotros.

—Os echarán de menos y, si no regresáis, os denunciarán a la policía y perderéis el trabajo.

—Es que queremos que nos regalen también a nosotros.

—Es comprensible —dijo Circe—, pero va a ser difícil, porque no tenéis ni siquiera envoltorio. Creo que seguís siendo operarios.

—Ya no. Ahora somos regalos, como tú.

—Vale, por mí no hay problema. No quiero dejaros fuera de esto —dijo Circe, que era de natural generosa.

—Pero es que ellos… —dijo Pedro.

—Ellos son buena gente, no hay más que verlos —dijo Circe—. Creo que podríamos aceptarlos también. Les buscaremos un envoltorio adecuado a sus necesidades.

—Que así sea —dijo Pedro.

Recibieron una llamada de la tienda preguntando si les había gustado la alfombra y lo demás.

—Oh, muchísimo, son ustedes unos genios vendiendo alfombras —dijo Claudia.

—¿Hace mucho que se volvieron los operarios?

—Pues mire usted, dicen que no desean volver.

—¿Cómo que no quieren volver?

—Han dicho que prefieren seguir aquí.

—Eso es imposible. Ellos no forman parte de nuestro inventario de obsequios. Son obreros especializados y no podemos prescindir de ellos.

—Pero es que están en contra de eso.

—En tal caso, van a perder su empleo y seguramente irán a la cárcel.

Esa noche cenaron todos juntos y Pedro trató de convencer a los tres negros de que deberían volver a la tienda, ya que de lo contrario se verían en la calle y luego en presidio, mas ellos mostraban gran resistencia a volver mientras pudieran llevar una vida regalada allí con ellos tres.

—Hemos repartido ya docenas de regalos. La gente no se da cuenta de lo que cuesta transportar alfombras con sorpresa. Luego vienen los líos y a nosotros nadie nos hace el menor caso. Creo que podríamos hablar de eso.

—Por supuesto —dijo Circe—. De eso no cabe duda. Deberíamos hablar de vosotros tres.

A la mañana siguiente, cuando Circe se disponía a ir a la tienda de alfombras, apareció su marido Karl.

—¿Se puede saber qué haces aquí?

—Vivo aquí.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

—¿Y dónde has estado?

—Por ahí. Hace diez años que te dejé y te das cuenta ahora.

—Ya decía yo que notaba algo raro en nuestra casa. Hace tiempo que venía sintiendo una especie de ausencia física, pero no acertaba a saber de quién. Y mira que le he dado vueltas al asunto.

—Pero ¿no caías en quien podría faltar, viviendo solos tú y yo?

—Tengo que reconocer que soy un despistado. Casi no salgo de mi habitación. He estado escribiendo una novela sobre alguien que no sale de su habitación.

—¿Y está casado?

—¿Quién?

—El protagonista de tu novela.

—Sí, pero su esposa desaparece y él tarda diez años en percatarse.

—Sí, se parece mucho a la biografía de alguien que yo conozco, pero no caigo en quién pueda ser.

—Gracias por aclarármelo. Ahora sé que puedo estar satisfecho. Me voy.

—Lleva cuidado, no vayas a regresar a nuestra casa sin darte cuenta.

El marido desapareció por donde había venido y ella fue a la tienda, donde estuvo hablando con los dueños durante tres días.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes,  admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.

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