/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /
Causa honda tristeza y casi pavor el hábito de jóvenes y otros que lo son menos de entender por ir de fiesta la participación en borracheras colectivas sin ton ni son, amenizadas con algún estimulante añadido. La decadencia histórica del concepto alcanza su nadir en esos pseudojolgorios alcohólico-narcóticos. Cuanto pasa hoy por festivo, está contaminado por la banalidad y falta de gusto que imprime a todos sus actos una civilización cuyo único placer es el consumo. Tanto las fechas reservadas en el calendario para solaz obligatorio de masas como los eventos movibles, celebraciones, conciertos festivaleros o euforias deportivas solo pueden denominarse fiesta traicionando el término e insultando a la inteligencia. Nada subsiste, en la sociedad del espectáculo tardocapitalista, del carácter lúdico y sagrado que la acompañaba en sus orígenes.
Sabida es la maña que se dio el cristianismo para bautizar un sinfín de elementos paganos con el objetivo, declarado o no, de anular su potencial subversivo. La propia Navidad es buena prueba de ello. El 25 de diciembre se conmemoraba en Roma el Dies Natalis Solis Invicti, ligado al nacimiento de Apolo. Era una mera institucionalización de la antiquísima fiesta del solsticio de invierno, que se consideraba caía en esa fecha hasta que la reforma del calendario, en época de Julio César, la situó entre el 21 y el 22. Por si la tradición pagana mediterránea era poco, en la mitología germano-escandinava la llegada de Frey, dios de la fertilidad, acontecía el 26. Tal día, conocido como Yule, se adornaba un árbol de hoja perenne que representaba a Yggdrasil, el árbol del Universo. El 25 estaba incluido en las Saturnalia, celebración de una semana que se observaba en todos los territorios del Imperio. En ese intervalo, se daba por hecho que no se llevaban a cabo negocios, se interrumpían las guerras y había una liberación temporal de esclavos. Era habitual el intercambio de regalos.
Parece que fue el papa Liberio quien, en 354, impuso esa fecha como la del nacimiento de Jesús. En algunos lugares importantes del cristianismo primitivo, se organizaban banquetes comunitarios a partir del último tercio del siglo IV. En Roma se festejaba el Año Nuevo comiendo con familiares y amigos. Enero, en latín Januarius, era el mes de Jano, el dios bifronte que mira a la vez hacia delante y hacia atrás. Una costumbre destacable era el ofrecimiento de higos y dátiles con miel, con la intención de que el año fuera dulce y comenzara con el mejor pie. Esto recuerda los trozos de manzana recubiertos de miel en el día de Rosh Hashaná, primero del calendario religioso judío.
La de San Juan vino a tapar las incontables fiestas paganas del culto al sol que se llevaban celebrando al menos desde el Neolítico. El motivo de encender hogueras en la noche del solsticio de verano está claro. Se trata de revigorizar a un astro que comienza a perder fuerza de modo que los días se hacen más cortos. La idea es proteger el fuego y la luz, guardianes de la vida. La razón aducida por el cristianismo para honrar así a san Juan Bautista es que Zacarías, su padre, anunció su nacimiento con una gran fogata. Coartada bastante endeble, como se puede apreciar, pero el que manda, manda.
Las Lupercalia eran una festividad romana que, junto con las Saturnalia, se hallarían en el origen del Carnaval. Los lupercos recorrían la ciudad desnudos, azotando con tiras de piel de cabra a todo el que pillaban, en especial mujeres, en un ritual de purificación y fertilidad. La procesión se enmarcaba en un desmedido bullicio amenizado por gritos histéricos, cantos y bailes de diversa índole, con frecuencia obscenos. Estos fenómenos eran, por descontado, mucho más antiguos que la propia ciudad de Rómulo y Remo, y aunque el cristianismo hizo cuanto estaba en su mano por borrarlos, no lo consiguió totalmente. Doquiera se celebra, el Carnaval conserva un punto de ese aroma dionisiaco, a pesar de su evidente envejecimiento. Aún se observa la persistencia de una cierta liturgia de la fecundidad, a veces apenas disimulada.
El cristianismo, sin embargo, parecía haber apagado los fuegos más urgentes, manteniendo un precario equilibrio con impulsos difíciles de desarraigar. «La fiesta arcaica era el modelo por excelencia de la inserción del hombre tradicional, gracias al juego y al símbolo, en una continuidad espacio-temporal sagrada. Su guion testimoniaba de su aptitud para satisfacer las exigencias contradictorias de un orden cotidiano represivo y de una subversión dionisiaca inscrita en las potencias del cuerpo y lo imaginario» (Wunenburger: La fiesta, el juego y lo sagrado).
Y entonces llegó un dios inflexible ante el que todos se inclinaban: Mammón. Su emblema era el billete de Banco y la Bolsa su profeta. El moderno credo se adueñó de festividades y jolgorios, los sacó definitivamente de su órbita y los encarriló en la dirección que le interesaba: el Beneficio. La Navidad dejó de conmemorar el nacimiento de un singular predicador judío erigido a posteriori en fundador de una religión nueva. Eso quedó como un recuerdo reservado a declaraciones retóricas de obispos bien alimentados, políticos retrógrados u oportunistas y algún pensador nostálgico. Muchos de ellos, dicho sea de paso, habitados por el espíritu del Gran Inquisidor de Dostoyevski.
Las fechas entrañables empezaron a exprimirse para repetir banquetes que se quieren de Trimalción con familia, amigos o colegas. Añádase la obligación de practicar eso que una publicidad añeja denominaba la «elegancia social del regalo». Quizás una escapadita a la playa o unas horas de esquí, pero en todo caso gasto, mucho gasto. Como por encanto se multiplican las ocasiones de consumir a lo grande, uniendo tradiciones de aquí y allá. Por si no bastaba el día de Reyes para atiborrar a los niños de bibelots mientras se les escatima el tiempo compartido, se invita a Papá Noel a colaborar en el despilfarro. Axioma del capitalismo: la vida es buena si la bolsa suena. El único resumen válido de las hogareñas y felices jornadas navideñas es el que recuenta los cientos de euros de media que cada habitante del país ha dilapidado. Lo demás, ya tal, una anécdota.
El trasiego de uvas con las campanadas de Nochevieja se presenta cual si fuera una atávica usanza de raíces celtibéricas. Pero esta venerable herencia data de 1909, cuando el excedente de cosecha de uva fue amortizado aprovechando una costumbre reciente de cierta burguesía. En efecto, gentes de alto copete gustaban de celebrar el cambio de año a base de uvas y champán francés. El resto tuvo que conformarse con las primeras, hasta que decenios más tarde, el cava se hizo accesible. A lo máximo que podían aspirar era a la sidra achampanada, que aunque el anuncio asegurara lo contrario, estaba lejos de ser famosa en el mundo entero.
El capitalismo y sus urgencias fueron despojando de la solemnidad que les quedaba a las fiestas que el cristianismo había conquistado. Se crearon días y más días destinados a disparar el gasto de individuos y familias. Halloween se extendió por todo el planeta, desprendida de su origen pagano, de su relación con el mundo de los muertos y el recuerdo, convertida en nueva fuente de ingresos. Se hicieron de rigor los disfraces para los pequeños, fueran de grandes almacenes o de Todo a cien. De confeccionarlos uno mismo ni se hace mención.
Proliferaron los Días. Al de la Madre en España se le reservaba el 8 de diciembre, fiesta religiosa de la Inmaculada Concepción. Esto concuerda con el carácter sacro de la figura materna en las culturas mediterráneas. Luego se trasladó a mayo, el mes de las flores, pues se imponía ofrecer algo más allá de la tarjeta o el trabajo manual escolar. Rosas, joyas, perfumes, vestidos, la selección es inacabable en el gran bazar del mundo. Cuando el poder adquisitivo de niños, adolescentes y jóvenes flaquea, se induce en el cónyuge el compromiso (¡qué dirán si no!) de aflojar la mosca y portarse. Elogio de los entrañables lazos espirituales. Por si El Corte Inglés no tenía suficiente carnaza con el sentimiento de culpabilidad de hijos y maridos, se ideó un nuevo ente. Se dedicaría al Día del Padre el 19 de marzo, festividad de San José. Buena elección, vive Dios, a tenor de la historia que narran las Sagradas Escrituras. Pero lo importante es que corbatas y gemelos vuelen de las estanterías. Añádase alguna fruslería electrónica o un frasco de carísima colonia condenada a enranciarse sobre la mesilla. Lo que cuenta es lo que se cuenta, lo cuantificable, en efectivo o tarjeta, sin discriminación, como debe ser. El fantasma de lo que en vida fue la Fiesta ha alcanzado el fondo de la fosa de las Marianas moral. Ya no puede descender más. ¿O sí?
El récord de la hipocresía en lo referente a efemérides se lo lleva el Día de los Enamorados, ese 14 de febrero en el cual se honra(ba) a San Valentín. Este personaje ha cargado con diversas leyendas. Era un sacerdote que se afanaba en consolar y dar fuerza a los cristianos aprisionados durante una persecución. O bien oficiaba matrimonios clandestinos, católicos por supuesto, para los soldados, que tenían prohibido contraer nupcias mientras estaban en servicio. Por esos hechos habría sido martirizado y ejecutado. Una versión más lo presenta prendado de la hija de su carcelero, a la que enviaba misivas firmadas «de tu Valentín». Ya desde los primeros siglos del cristianismo, su historial y hasta su existencia misma despertaron fundadas sospechas. El propio papa Gelasio I, que formalizó su culto, afirmó que era uno de esos santos «cuyos nombres son venerados por los hombres, pero cuyos actos solo Dios conoce». El manifiesto escepticismo del pontífice no fue óbice para elevarlo a los altares y darle una fecha en el santoral, casualmente coincidente con la celebración de las Lupercales, a mediados del mes de febrero. El interés político pesó más en la decisión de la jerarquía que los escrúpulos. Aquello de «la verdad os hará libres» quedó aplazado para mejor ocasión.
En el siglo XIX empezó a abrirse paso, en los países anglosajones, la costumbre de intercambiar en tal día postales entre los enamorados. Por el boquete abierto se fueron colando progresivamente los bombones, las rosas rojas o las orquídeas, las perlas, la plata y el oro. Aunque el cariño verdadero ni se compra ni se vende, el Capital opina que un empujoncito nunca viene mal. En cuanto un número suficiente de mujeres disfrutó de autonomía e independencia económica, fueron conminadas igualmente a pasar por caja para tasar la calidad de su compromiso.
La Iglesia católica borró de la agenda a San Valentín en 1969 y eliminó su festividad, junto con otras dedicadas a figuras con orígenes legendarios y ficticios. Algunas confesiones protestantes, los anglicanos y los ortodoxos lo siguen honrando. Y permanece en el corazón y en la billetera de los mercaderes de emociones de aliño y de bulos que redimen culpas mayores o menores. Multitud de parejas compran esto o aquello en nombre de un santo que jamás existió y de unos sentimientos que probablemente tampoco. Incluso en tiempos duros de pandemia, hubo aerolíneas que ofrecían una rebaja del 50% al segundo pasajero por San Valentín. Y menos mal, porque no hace mucho las bonificaciones eran para «la persona acompañante». Tuvimos también a esa indescriptible institución que responde al rótulo «Comunidad de Madrid» publicitando, en su web oficial, los increíbles descuentos hoteleros de las escapadas románticas en tan señalado día.
La fiesta ha vivido una larga decadencia hasta convertirse en un pálido espectro de lo que en otro tiempo fue. Hoy es un ectoplasma difuminado, a punto de desvanecerse. La poesía del Homo ludens ha sido devorada por la prosa del mundo.

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Recientemente se ha publicado en un volumen la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) en la editorial Semuret.
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