textos de Tomás Sánchez Santiago · fotografías de Luis Marigómez (serie Heridas)
Ni siquiera es un patio. Más bien un desahogo irregular apañado entre dos viviendas inmediatas. Pero alguien ha acotado en él un espacio con piedras en semicírculo para poner dentro tres grandes macetas con plantas indefinidas para mí. Nada más. Y ese espacio al resguardo, un perímetro reservado «desde aquí» y «hasta aquí», basta para avisar de algo importante: lo que debe cesar ya como era y lo que ha de empezar a significar otra cosa. Es lo que se ha conseguido en este lugar, quizás sin ninguna intención consciente. Pero bastó esa media luna de piedras blancas para hacer saber que lo que ocurre tras ellas no es exactamente lo que se puede ver. Y a la curiosidad sucede, pues, un respeto inmediato.
Una de las más eficaces clasificaciones de los escritores es la que los asemeja a las gabardinas. Ambos necesitan solapas. A menudo, abrir un libro para leer los datos curriculares del autor en la solapa ya define a este: los hay de sastrería propia, que se confeccionan a medida su vida para estrenarla en cada libro; los hay de solapa larga e innecesaria (se les conoce también como autores solapados), de solapa alzada y vuelta hacia ellos mismos, de solapa discreta y justa, de solapa ancha desde donde poder contraatacar al modo de trinchera [sic] los méritos de otros escritores y los hay también de solapa encomiástica, preferentemente de pasto académico; esta, que funciona como las panoplias de mucho teatro en las casas de los aristócratas, es la que comporta más riesgo: cuanto más ensalza a la persona con créditos y alharacas más se espera de la obra que viene detrás, que así puede terminar por ser pura filfa.

Encuentro en el mercadillo del sábado Desire, aquel disco de Dylan que oí sin parar en un periodo de mi juventud. Era entrar en aquel piso compartido de Salamanca y ya se escuchaba Hurricane, Oh, sister, Romance in Durango… Ahora me lo he traído a casa, dispuesto a oír de nuevo aquellas canciones que contaban historias malsabidas por nosotros pero que entonces escuchábamos hipnotizados, como si intuyésemos que alguien nos estaba revelando algo más allá de lo que la vida nos había puesto en las manos de nuestros diecinueve años de 1976.
La propaganda de un papel higiénico pone de relieve así su textura resistente: «Papel La Llama, cero por ciento de drama». Vaya. Se le fue la mano [sic] al asesor publicitario en esa rima orgánica.
Ya basta, ya basta. Israel, so pretexto de tener derecho legítimo a responder al salvaje atentado criminal de Hamas, sigue bombardeando cada día sin misericordia y con venganza ciega zonas civiles de Gaza a fin de terminar como sea con el núcleo terrorista palestino. Tras cada ataque, los comunicados se jactan de haber dado con cabecillas de Hamas pero no dicen nada de los hombres, mujeres y niños asesinados en hospitales, convoyes de ambulancias y hasta en escuelas. Lo más vergonzante son las tibias recriminaciones de Europa y de Estados Unidos, que no pasan de expresiones tópicas para no molestar al señorito que controla en buena medida el orden del capital mundial. Ayer mismo, un alto cargo norteamericano se limitaba a decir a Israel que «haga algo más para proteger a los civiles», como quien da una palmadita en la cara del niño díscolo para que deje de molestar. Repugnante.

En las conversaciones de autobús, los vecinos del barrio de Pinilla se pueden dar noticias de la vida diaria sin filtro ni comedimiento. La espontaneidad popular no entiende ese concepto burgués de la discreción, no cuenta con él. Sí, aquella sentencia tan castellana («Que se queme tu casa pero que no salga el humo») no se cumple aquí. Seguramente ellos son conscientes de que en el barrio todo se sabe, todo es pasto de la vida pública. La gente aún se sienta allí a pie de calle a charlar al atardecer con las puertas abiertas, y en las barras de los bares yo he sorprendido a veces relatos de épica de vecindario de una intimidad irreproductible. Como ese que vine oyendo en el autobús sobre una muchacha a la que, al parecer, le ha ido mal la vida por culpa de un novio que no le convenía. Lo cuenta sin miramientos la madre de ella, que parece dirigirse a todos. Así, la falta de cautela pone todo del lado de la inocencia. Un silencio general fluye en el aire del autobús por encima de las palabras de la mujer, que termina su historia justo cuando llega a la parada. Se baja y sigue hablando sola.

Perder el don de escuchar: otra desdichada prueba de haber llegado ya del todo a la edad adulta. Mientras no sabe hablar, el niño (in-fans) escucha. Es, sí, todo oídos. Luego va creando un territorio poblado de voz y palabras propias que va imponiendo sobre los demás. Comienza entonces una supeditación del acto de escucha al acto de hablar. Una pena porque ahí va perdiendo la sabiduría de la inocencia, que no es ignorancia. Como dice Guadalupe Nettel en su novela El huésped: «Si algo caracteriza la edad adulta es la ignorancia, el embotamiento. […] Los niños tienen el don de escuchar el mundo tal y como es, sin la telaraña opaca que la sociedad impone más tarde como el inapelable “sentido común”. La verdadera insensatez consiste en dejarse gobernar por una regla legitimada en apariencia por ese adjetivo irrisorio».
Infección de banderas en mi pudorosa ciudad. Tras ellas, fermentando como un potaje inmundo, el enardecimiento. Mi provincia, la más desatendida de España, la que menos interés suscita en la propia comunidad, no salió jamás así, con este fervor desmedido, a exigir lo suyo. Lo hacen hoy, esta templada mañana de domingo. Quieren asegurar que la casa común sea firme y de todos aunque a los de aquí nos sigan dejando el último trastero para cobijarnos en la desatención, muy cerca ya de la intemperie. Mientras oigo cánticos de orfeón furioso y ofensivo, vuelvo a recordar aquellas palabras de Miguel Torga a propósito del noroeste ibérico: «¡Qué pueblo este! Le hacen de todo, se lo quitan todo, se lo niegan todo, y sigue arrodillándose cuando pasa una procesión». Pues algo así…

Estos ladridos que salen encabritados, sin medida y sin remedio, de las bodegas del cuerpo. Es la tos, artillería sucia que a veces nos visita como un impuesto atosigante. Mientras tosemos, parece que queremos devolver al mundo palabras atascadas, sin resolución vocal. Un terremoto incontrolado de espasmos descompone los gestos y nos lleva hasta los límites de lo insoportable, como si alguien nos arrancase violentamente continuos esparadrapos del pecho. No sé si los animales lo experimentan así. La tos. En los cines y en las iglesias parece la única manera de contrarrestar el espesor inaguantable del silencio. Como un huésped impuro, en casa vuela la tos por unas semanas. A veces parecemos practicar, de pared a pared, conversaciones de latón sordo, duelos que vienen y van tiroteando el aire de las habitaciones.
¡La luz limosnera de ahora, con ese mismo color de una piel mal ensalivada! A mí me vale así esta luz. La voy pelando despacio con los ojos en calma y espero su última hez oscura, que se va imponiendo en el atardecer con el espesor de una miel enferma. Todo se va apagando cada vez más deprisa. Cada día de noviembre es otro empujón hacia una herida que se cierra sin avisar para seguir doliendo a solas mientras el mundo descansa de su vértigo.
¿Así que quiere usted legitimar una mentira? Convierta entonces los hechos en estadísticas.
Me ha reconocido y se para a saludarme a la entrada del puente. Es un amigo de la infancia, de aquellos años de travesía escolar. También yo lo recordaba (no su cara pero sí su nombre completo) tras la nebulosa de tanto tiempo. Le pregunto cómo le ha ido en la vida. Y ya no digo más. Es él quien se apodera del discurso convirtiendo la posible conversación en pura cháchara, en una tirante monografía de sí mismo. Y ahí se acaba todo. Cuando al fin conseguí que nos despidiéramos, me vino a la cabeza aquello que decía Jules Renard en uno de sus diarios: hay personas tan aburridas que en cinco minutos te hacen perder todo el día.

Esos cuadros aparentemente a medio hacer del pintor José María Mezquita… En ellos está la perfección del abandono, la única que existe. Siempre que el abandono suceda en el momento justo.
Me comenta Lucía, de la biblioteca pública, que es increíble cómo los viejos se apresuran a llegar a primera hora al servicio de hemeroteca para leer cuanto antes la prensa local. Le digo que no es interés por la actualidad cercana: en realidad, ellos solo vienen a buscar la sección de esquelas para saber si alguna de ellas es la suya.

Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.
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En el mes de octubre el viento se llevó volando una manta térmica que debía proteger de las heladas los últimos frutos de la cosecha de un huerto cercano, quedando atrapada hecha jirones enredada entre las ramas de un chopo altísimo, a más de quince metros del suelo, irrecuperable para el horticultor. Todas las mañanas camino del trabajo paso con el coche por la misma carretera e iba comprobando como a medida que el otoño avanzaba y perdía las hojas el árbol, se iba manifestando con más claridad esta especie de vela de un absurdo barco pirata fantasma varado en una chopera en mitad de la nada. Sabía que era una visión con fecha de caducidad, pues el algodón del que están hechas estas mantas se iría desintegrando con la lluvia y las heladas, como así ha sido, pero mucho me acordé de estos cuadernos pálidos deseando que el azar trajera por esta carretera cercana a la ciudad de León a Tomás, para disfrutar de su visión de la escena…