La verdad del cuentista

Mil pieles

Antonio Monterrubio escribe sobre el mal y el horror que pueden habitar en una casa, en el seno de una familia, y el error que es suponer que lo cometen monstruos y no malvados banales.

/ La verdad del cuentista / Antonio Monterrubio /

Imagen: El rapto de las sabinas, de Picasso

El mal es insidioso; se infiltra en los lugares más insospechados. Creer que solo un monstruo es capaz de monstruosidades es un acto de fe carente de base que nubla la comprensión de realidades cotidianas.

«No son todos hombres sin moral y sin honor. Se reafirman en ello hablando de su «honestidad», de su «trabajo sostenido», de su «medalla de Donante de sangre» […] varios [son] veteranos resistentes auténticos […] están orgullosos de su fidelidad a su mujer». Estas frases se refieren a padres imputados por estupro sobre sus hijas (Scherrer: El incesto en las familias). En algunos de los hogares, no solo el patriarca está en entredicho. «Cuando se interroga a las hijas, se sabe que la madre «no iba nunca a ver lo que sucedía en el sótano»». A menudo esas parejas eran valoradas como bellísimas personas por parientes, vecinos y allegados. Nos encontramos en presencia de serias patologías psicosexuales y sociales, de temperamentos inmaduros e infantilizados. Pero lo esencial es el grave desorden moral que estos hechos revelan. No olvidemos que son mucho más abundantes de lo que nos gustaría pensar.

Estos estudios muestran que las relaciones incestuosas tienen una considerable frecuencia y predominan sobre las demás formas de abusos sexuales relativos a menores (Strauss: «Datos epidemiológicos sobre el incesto», NRE n.º 3).

No se trata de una incapacidad de detectar el mal en uno mismo y en los otros, sino de una inmunodeficiencia ética, una impotencia de la voluntad para enfrentarse a su triunfo y señorío. Lo escalofriante es la falta de discernimiento respecto al significado y los efectos actuales y futuros de las propias acciones. Eso es la banalidad del mal.

La hegemonía de la burguesía convirtió a cualquier agrupación de padres e hijos en la Sagrada Familia. En ningún otro periodo el núcleo paternofilial ha sido elevado a tales alturas de alabanza y adoración. Nada malo podía ocurrir en su seno; todo era paz, bienestar, felicidad y buen rollito. Para seguir alimentando el mito, se silencian las tragedias que bullen en su interior, se anula cualquier protesta, se ahogan los gritos de dolor.

Una evidencia aparentemente marginal, pero representativa de esta dinámica, es la manipulación a la que fueron sometidos los cuentos populares al ponerse por escrito. Progenitoras poco dotadas para el cacareado instinto maternal fueron transformadas en madrastras merced a la varita mágica de alguna benévola hada madrina. Todo el mundo ha oído hablar de cómo fueron suavizados o eliminados los aspectos más crueles y violentos en las sucesivas ediciones de Cuentos de la infancia y del hogar de los hermanos Grimm, sin mencionar mutilaciones en las múltiples versiones, adaptaciones y traducciones. Son menos los que saben que la esposa que convence al padre de abandonar en el bosque a Hansel y Gretel o la malévola reina de Blancanieves era, en las ediciones originales, su diabólica madre biológica, y no su madrastra.

Peor aún es el destino de historias cuyo trasfondo es la inclinación incestuosa de un padre desnaturalizado. Siguiendo con los Grimm, Mil pieles narra la accidentada evasión de una jovencísima princesa que se sustrae a un matrimonio forzado con su propio progenitor. Ausente de la mayoría de recopilaciones, responde sin embargo a uno de los grupos clásicos definidos en la tipología de Aarne-Thompson, el 501B, la heroína perseguida. La especialista Maria Tatar dice que, en comparación con las fugas debidas a maltratos y persecuciones de la madrastra, «Cenicienta y sus hermanas del folclore tenían casi tantas oportunidades de huir del hogar para escapar a la fijación erótica de un padre» (The hard facts of the Grimms’ fairy tales). El esfuerzo y la energía puestos en acción para hacer olvidar estos datos revelan que si los cuentos se ocupan de tales asuntos, es porque son reales y tangibles. Una de las funciones fundamentales de la imaginación es denunciar y exorcizar el mal que nos acecha, venga de donde venga.

La película de Thomas Vinterberg Festen es conocida en ambientes cinéfilos por ser la primera estrenada bajo los presupuestos del movimiento Dogma 95. Sus características formales (rodaje cámara en mano, sonido directo, ausencia de efectos especiales y de música) llamaron poderosamente la atención. Pero a las osadías estilísticas se unía la audacia de tratar un tema que la sociedad prefiere esconder bajo la alfombra.

Va a celebrarse una gran fiesta para homenajear, en su sexagésimo cumpleaños, al patriarca de una familia burguesa. Helge se halla en la cumbre de su éxito, rodeado de admiración y respeto. A la cita acuden descendientes y allegados, y todo parece encaminado a buen fin, cuando de repente estalla la tormenta. El hijo mayor, espoleado por el suicidio de su hermana gemela, suelta la bomba en medio de la calma y el lujo. Su padre abusó sexualmente de ambos, de forma repetida y duradera. La actitud generalizada es de incredulidad y vuelan los reproches, en particular por parte del hermano menor. Las múltiples tentativas del primogénito por arrojar luz sobre los oscuros secretos de familia se saldan con otros tantos rechazos, pero la aparición de la carta de despedida de la suicida no deja resquicio a la duda. Los presentes se ven obligados a pechar con la verdad, sin edulcorantes ni componendas, y a actuar en consecuencia. Lo que prometía ser un alegre jolgorio termina como el rosario de la Aurora. La reacción más fuerte es la del benjamín, que hasta el último minuto se agarró a la convicción de la inocencia del padre. El aprendizaje de la decepción es duro.

Uno de los momentos clave de La celebración es el discurso de la madre, que intenta exculpar a su marido. Acusa a su propio hijo de inventárselo todo, atribuyéndolo a la desbocada fantasía de su niñez e ironizando sobre su amigo invisible. Luego nos enteramos, sin embargo, de que ella fue testigo de una escena en la que el socorrido «esto no es lo que parece» no tenía cabida. En otras palabras, no es que sospechara lo que sucedía: lo sabía, y no contenta con no hacer nada para evitarlo, calló durante años. La obra pone así de manifiesto la responsabilidad del cómplice. Al mismo tiempo, resalta un aspecto que raramente se aborda: la persistencia del daño ocasionado, el dolor imperecedero que provoca la experiencia de continuadas agresiones, ofensas y humillaciones por un lado, abandono y traición por otro, de quienes deberían amarte y respetarte.

Una sociedad hipócrita y egoísta, encabezada por sus fuerzas vivas, se ha esforzado en ocultar la frecuencia de estos desmanes en nombre de la paz de las familias y el buen orden social. Apenas se empieza a levantar levemente lo que no son tupidos velos, sino pesados cortinones destinados a tapar el horror. El único homenaje y desagravio digno del sufrimiento de las víctimas es dejar entrar el sol para que ilumine la realidad, por cruda y terrible que sea. Refugiarse en la idea de que los verdugos son enfermos mentales, creer que tales actos están ligados al consumo de alcohol y drogas o son patrimonio de gentes de baja extracción y escasa educación, es pura fantasía. Esto ocurre tanto en ambientes rurales retardatarios como en el cogollito de exquisitas zonas residenciales. Al igual que el Don Juan Tenorio de Zorrilla, el abuso sexual infantil puede recitar:

Yo a los palacios subí,
yo a las cabañas bajé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.

Los crímenes cometidos al amparo de las sacrosantas paredes del hogar evidencian el mal vulgar, cotidiano, y lo fácilmente que se adueña de corazones y mentes. Un buen antídoto sería seguir el consejo de Kant: «Actúa de modo que la máxima de tu acción pueda convertirse en una ley general para todos los seres inteligentes» (Crítica de la razón práctica).


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Recientemente se ha publicado en un volumen la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) en la editorial Semuret.


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