/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
La popularización de los sistemas fotográficos ligados a la telefonía móvil y el uso constante de las fotos en las redes sociales han supuesto una cierta desvalorización de la fotografía. En nuestra vida diaria disparamos muchas veces y, lamentablemente la mayor parte se quedan sin visionar y acabna perdiéndose en el olvido.
Quedan lejos los álbumes de familia con cientos de imágenes que recorrían los momentos felices y se convertían en la memoria de las personas y, sin embargo, sigo pensando en la necesidad de guardar esos momentos que congelaron las fotos para reforzar el recuerdo de quienes fuimos y de lo que hicimos. Como bálsamo para el alzhéimer e incluso como terapia paliativa al olvido que seremos, siempre he sugerido a los amigos con familiares mayores conservar en una caja las fotografías de su vida y en otra la música que les acompañó a lo largo de ella para que ambas les pudieran devolver lo que el olvido les robó. Es más, la fotografía digital permite recuperar las imágenes y guardarlas en dispositivos conectables a los televisores para, de esta forma, sustituir los programas de vidas ajenas por la historia de los habitantes de la casa contada año a año, reemplazando las antiguas películas en formatos desaparecidos que ellas, también dejaron de verse.
Pero si las imágenes familiares tienen valor como antídoto frente al paso del tiempo también habría que reivindicar la fotografía como arte. La fotografía propiamente artística que practicaran Man Ray, Helmut Newton, Ouka Lele y tantos otros o que practican entre nosotros autores como Pilar Pequeño, así como las fotos de reportaje que retratan lo que ocurre alrededor nuestro, tal y como reivindicara la excelente película El ojo público, que dirigiera en 1992 Howard Franklin y realizaran en su día Robert Frank, Walker Evans, Wily Romis o siguen practicando Bernard Plossu y tantos otros. Son imágenes que guardo en mi retina y busco como también lo hago con los cuadros en museos y colecciones privadas. Hay arte en cada imagen captada con una correcta iluminación y una apropiada exposición. Además hay fotografías que apelan a nuestros recuerdos y sentimientos, que nos sumergen en la belleza de la persona o los lugares fotografiados y que nos transmiten emociones; lo que es común a cualquier manifestación artística, sea figurativa o abstracta. También confieso mi debilidad por las antiguas y las innovadoras técnicas de revelado. Confieso haberme extasiado ante la magia de la aparición de la imagen sobre una película Polaroid y ante la maravillosa forma de positivar sus imágenes que tiene Xavier Mollá.
Confieso, además, mi adicción por las propuestas arriesgadas como la de las fotografías cubistas de David Hockney, la dorada sintaxis fotográfica de Angel Albarrán y Anna Cabrera o esos puzles que sabe crear Marta Fàbregas con su revisión de antiguas fotografías. En todos estos artistas que he citado y en muchos más, la imagen fotográfica deviene obra de arte y nos golpea con la belleza de sus propuestas.
Es una excelente propuesta que los museos incorporen a sus fondos fotografías y que se creen archivos, locales, regionales y nacionales dedicados a la fotografía, e incluso que algunas galerías de arte alternen las exhibiciones de pintura, escultura, gravado y fotografía.
Espero que los lectores hayan disfrutado con solo recordar el trabajo de los autores que cito y me reprochen secretamente, o a voces, no haber incorporado otros nombres a la lista de fotógrafos de mis negritas y, por favor, no olviden la importancia de sus propias imágenes y lo que aportan a su vida familiar y al bagaje cultural de sus viajes.

Miguel de la Guardia es catedrático de química analítica en la Universitat de València desde 1991. Ha publicado más de 700 trabajos en revistas y tiene un índice H de 77 según Google Scholar y libros sobre green analytical chemistry, calidad del aire, análisis de alimentos y smart materials. Ha dirigido 35 tesis doctorales y es editor jefe de Microchemical Journal, miembro del consejo editorial de varias revistas y fue condecorado como Chevallier dans l’Ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia y es Premio de la RSC (España). Entre 2008 y 2018 publicó más de 300 columnas de opinión en el diario Levante EMV.
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