/ por José Manuel Ferrández /
El papel de los pobres en las sociedades avanzadas
El pobre actual se ha adaptado a los conceptos de las sociedades posmodernas; en algunos ámbitos, con más que dudosa eficacia. Y no se trata tanto de que las clásicas referencias a dios o la caridad hayan quedado superadas por una cosmovisión en la que el paradigma científico ha suplantado los arquetipos culturales de la tradición humanista. Se pide, se solicita, se exige ayuda en nombre de las cláusulas constitucionales o de la solidaridad, de la que toda la sociedad próspera se jacta. Es más, todo el mundo es solidario hoy día menos el pobre, que en tal sentido, no ha sabido o no ha querido sumarse a las nuevas tendencias de la ética de la comunicación.
El político, como ser espiritual, necesita el privilegio como el ave pájara necesita el horizonte.
El político corrupto moderno es, básicamente, un incomprendido y su horizonte le está siendo arrebatado por los hombres pobres que prefieren comer antes que interpretar desde una hermenéutica solidaria las necesidades y corruptelas del atribulado homo putrefactus.
El pobre posmoderno es insensible ante tales pútridas necesidades, cuya obviedad es abrumadora. ¿Cómo va a prescindir de las espléndidas comodidades que le ofrece la tecnología ultraliberal quien no piensa más que en solidarizarse con quien nada tiene?
El aparato ideológico es aquí utilizado para malentender y tergiversar las cosas. Se nos está haciendo creer que el desheredado trata de asumir sus obligaciones como tal en un contexto de carencias absolutas cuando en realidad lo que pasa es que se limita a prescindir de los esfuerzos que lo motiven hacia una plenitud de precariedades en su más amplio sentido. Una Weltanschauung como se ve distópicamente insuficiente en el imaginario colectivo de toda una estirpe parásita. No en vano algunos críticos se preguntan con razón ¿cómo es posible que quien nada posee se limite a interpretar su estatus como una relación unidireccional de sinsentidos epistémicos?
Seamos serios. No hay más pobre que el que no se deja enriquecer. La obstinación manifiesta por algunos detritus antisociales, en su atascamiento global, sobre la base de unas conductas irresponsables, con las que nos quieren hacer creer que los flujos de capitales pasan de un edificio a otro sin atravesar la calle donde deambulan, para representar su comedia tardobarroca de ropa vieja y andrajos decimonónicos, no es sino un signo más de la recalcitrante obstinación de la que hacen gala para insistir en su condición de rémoras de un pasado subterráneo y premoderno.
La obscena verdad es que el pobre no se ha adaptado a las exigencias reales de las nuevas estructuras psicosociales. Se han quedado anclados a los ideales confusos de un paternalismo antihigiénico. No es ése el pobre que la sociedad actual demanda como agua de mayo. Necesitamos pobres que asuman un colectivismo interactivo que, a su vez, les permita emplear el utillaje ideológico desde un antropocentrismo dialéctico y cultural cuyas raíces deberíamos ir a buscarlas, no en las obviedades de los filósofos de la revolución, sino en las alcantarillas de los grandes sistemas metafísicos prerrafaelistas y fabianos, cuyos cálculos sobre el horizonte de la grandeza humana han proyectado imágenes que a todos nos son desconocidas.
No hay mejor pobre que el pobre por vocación. Por eso, si queremos pobres que estén a la altura de los tiempos, no habrá más remedio que fabricarlos con arreglo a sistemas no aleatorios, dándoles todo el tiempo que necesiten para asimilar las audaces convergencias de una nueva epistemología social, y otorgándoles la oportunidad de retroalimentarse con las ideas y los paradigmas que ya empiezan a aparecer en el paisaje emocional de las conexiones interdigitales, al que sin duda tendrán mucho que aportar desde su condición de personas poco pudientes pero con pocos dientes.
Deberíamos tener en cuenta el ejemplo de países como Noruega donde para ser pobre hace falta superar unas duras pruebas y ejercicios únicamente después de los cuales el sujeto pasivo puede acreditar su suficiencia en las modernas técnicas harapológicas, y tras haber cursado una serie de disciplinas y asignaturas que ponen a prueba las capacidades y aptitudes de los aspirantes.
Yoga andrajoso, miseriología hindostánica, modelización harapognósica, lógica de la cochambre, epidemiología de la sordidez, y un largo etcétera. No es tan sencillo como aquí, en España, donde cualquier imbécil, con solo su cuerpo serrano, se puede lanzar a la mendicidad sin más aprendizaje que el que dios le da a entender.
Todo esto para no hablar del ritmo de vida que ostentan con descarada desfachatez. Hoy duermen en esa caja de cartón y mañana en aquella otra de la calle de atrás, cambiando de ubicación con una facilidad que tira de espaldas. Mantas a rayas y trapos de todos los colores por doquier, amén de mochilas incombustibles con las que recorren grandes distancias sin tener en cuenta los más elementales principios del sedentarismo creativo. Escenas melodramáticas de botes de conserva y envases de vino tinto que incumplen todas las normas de la buena mesa. Tanto descalabro no es sino la tramoya con la que están representando su lamentable comedia posneodeconstructivista con la miserable intención de infligir un golpe más a las ya demasiado castigadas finanzas internacionales, que se han visto obligadas a refugiarse en lúgubres islas caribeñas y otros lugares igualmente desolados y tristes.
En resumen, y a la vista de esta investigación, creo que el papel que les toca asumir a los pobres, y que la sociedad les está demandando con urgencia no es tanto ese «¡ay de mí!» estéril e insolidario, sino una toma de conciencia enérgica de sus potencialidades como forma de acceso a las mil ventajas que su situación les va a permitir en el juego sinérgico de los posicionamientos estructurales de la sociedad ultracapitalista.

Lolita
Este relato cuenta la historia de la única lectora que ha tenido. De cómo lo encontró en forma de libro, por casualidad, y de cómo al ir leyéndolo fue dando origen consecuente a lo que en él se narraba, sin más emoción que la necesaria para no enturbiar los hechos contundentes y sólidos.
La historia comienza a partir del momento en que su protagonista, Lola, se tropieza con el volumen mientras paseaba distraída por delante de una estantería de libros.
El título, Lolita, le llamó la atención al pensar que se trataba de la célebre novela de Nabokov, y lo compró.
Hacía tiempo que deseaba leerla, pero no se había decidido a comprarla quizá por desatención.
Ya en su casa, sentada en su butaca, con un whisky en una mano y un cigarrillo en la otra, lo abrió por la primera página dispuesta a sumergirse en la compleja historia de oscuros sentimientos.
En cambió, lo que se llevó fue una sorpresa al leer el nombre del autor: Paco Más Madera.
De inmediato avanzó la página hasta el inicio del relato en sí, que no contenía más prólogo ni preámbulo ni preludio.
Y leyó el principio de esta misma relación de hechos:
«Este relato cuenta la historia de la única lectora que ha tenido. De cómo lo descubrió…».
Ya no leyó más. Se detuvo irritada y confusa a pensar en la tomadura de pelo, en el engaño. Se indignó y volvió a mirar la tapa del libro: Lolita, y más abajo, Paco Más Madera.
¿Cómo era posible que no se hubiera fijado en el autor al comprarlo?
La confusión y la indignación la impulsaron a levantarse y arrojar el libro al suelo.
Luego se acabó el whisky y dio varias vueltas por la habitación.
La curiosidad fue más fuerte. Cogió de nuevo el libro y siguió leyendo. A partir de cierta página contaba la historia de su vida desde el principio. Leyó con asombro cómo allí estaba toda ella. Continuó hasta llegar a la palabra misma que describía el momento de su existencia en que la leía…
Se asustó y se volvió a cabrear todavía más.
¿Cómo se atrevía el autor a contarle lo que iba a hacer en adelante, a partir de aquel instante?
Pero en el texto estaba bien detallado lo que estaba haciendo y sintiendo…
Aunque intentaba reaccionar de forma diferente a como estaba escrito en el maldito volumen, milagrosamente el texto era el fiel reflejo de los más recónditos y sutiles movimientos de su alma y su cuerpo.
Volvió a arrojar el libro, esta vez contra la pared, tal y como se relataba en el mismo texto allí contenido.
Le daba miedo seguir leyendo…
La mujer murió esa misma noche a manos de una secta de asesinos de libros malditos, es decir, libros por cuya causa morían las personas que dichos ejecutores se encargaban de liquidar.
Eliminaban primero a la víctima del libro por procedimientos literariamente sospechosos, y luego al libro en cuestión, haciendo desaparecer el volumen.
Entraban subrepticiamente en la casa de la futura víctima y cuando más distraída estaba, era apresada y maniatada en un sillón y a continuación se le leía el texto completo, todo ello detallado también allí, hasta matarla de aburrimiento o intoxicación narrativa
De ahí en adelante, el libro de Paco Más Madera continuaba contando la propia historia del libro, cómo era capturado por aquella secta imposible, etcétera.
A partir de cierta página un tal Carlos acapara el protagonismo y afirma ser el autor de esa página y las siguientes. Luego es contratado como detective por una banda de filólogos que operaban en los alrededores de Toronto para que averigüe lo que está sucediendo en el texto. Pero es obligado a abandonar el relato por dos críticos que se hacen pasar por frases subordinadas de relativo. Uno de ellos es acusado de matar a Lola, y el propio Carlos debe detenerlo para acabar así con tanto descalabro.
Al final todos se reúnen con los asesinos y acuerdan seguir reuniéndose hasta el final de las temporadas de la ópera de Moscú o de Kiev, la patria de Gogol.
Cuarenta días después surgieron numerosas preguntas acerca de la verosimilitud de la novela, lo cual sumió a su autor en una suerte de confusión ideológica hasta el punto de volver a escribirlo en forma de este breve cuento.
Banca salvaje (fantasía en recibo)
Oiga
Dígame
Le llamo del banco X
Y qué quiere
Decirle que no venga a pedir ningún préstamo porque no se lo vamos a dar aunque nos lo pida de rodillas, lo tiene predenegado
No pensaba ir a pedir ningún préstamo a ese banco suyo, ni a ningún otro, de hecho no sabía ni que existían ustedes
Porque hace poco que nos hemos instalado y estamos llevando a cabo una campaña para decirle a los muertos de hambre que no se les ocurra ni aparecer por aquí a pedir nada de nada, y menos dinero
Entonces qué van a hacer ustedes
Buscamos negocio
Pues por mí no se preocupen, es más, pueden irse a freír espárragos
Eso es lo que dicen todos, pero luego se nos llena la oficina de pedigüeños sin un duro y por la noche el cajero es un hotel. Afortunadamente hemos puesto un dispensador automático de cartones que por cincuenta euros suministra cartón y un hueco donde dormir, además de eso hemos colocado un atizador también automático, accionable desde el móvil por Twitter, ahora X, que por cincuenta euros atiza a uno de los acartonados aleatoriamente una suculenta paliza suficiente para satisfacer las necesidades de nuestros clientes vip
Ya le he dicho que no pienso ir a su oficina, ¿es usted idiota?
No veo convicción en sus palabras y me temo que tendremos que cobrarle una comisión por hacernos perder el tiempo hablando con usted
Yo no les he pedido que me llamen
Pero está clasificado como cliente no preferente y eso nos obliga a tener que gastar tiempo y dinero para evitar que nos haga usted perder tiempo y dinero a nosotros, en el desafortunado caso de que se persone en nuestras oficinas solicitando nuestros servicios y promoviendo, por así decirlo, nuestra ruina
Pero yo no tengo cuenta con ustedes
En tal caso le denunciaremos ante la autoridad monetaria y le meteremos en la lista de morosos de manera que todo el mundo sepa que nos debe usted dinero por ser un muerto de hambre
Y cuánto les debo de comisión
Noventa y cuatro euros
Vale, ya pasaré un día de estos a pagarle, y de paso le atizo a alguien
Será recibido como se merece
Gracias

Fiat lux
—Fiat lux.
—Firme aquí, por favor.
—¡Eh, oiga, que yo soy Dios y no firmo nada!
—Eso era antes: ahora firma todo dios.
—¿Incluidos los verdaderos?
—Esos antes que nadie.
—Vale, ya está, ¿cuándo voy a disponer de luz?
—En primer lugar, hay que poner un contador inteligente.
—¿Qué significa eso de «inteligente»?
—Pues que sepa contar al menos hasta mil trillones, que es lo que le vamos a cobrar en la primera factura.
—Cáspita, es que ¿a cómo está el kilovatio de Big Bang?
—A como marca la ley.
—La ley de dios.
—No, la ley general de la engañifa eléctrica universal y el real decreto de la pantomima del término de potencia y peaje subastado.
—Pero ¿esa ley está en las ecuaciones de Maxwell?
—Naturalmente, caballero, ¿con quién se cree que está hablando?
—No tengo ni idea. Pero lo que yo quiero es un Big Bang de calidad.
—¿De qué talla?
—Una normal, XL.
—Veamos: gastos de instalación, mano de obra, materia oscura y clara, antimateria del 12, sopicaldo de partículas, tres docenas de agujeros negros de calidad virgen extra… En total son siete pesetas con sesenta céntimos.
—¿Cómo sabían ustedes lo de la virgen?
—A nosotros se nos escapan pocas cosas.
—¿No decía que la primera factura iba a ser gigantesca?
—Sí, las siete pesetas con sesenta es solo lo que cuestan las palabras que estoy utilizando.
—¿Y cuándo podría estar listo?
—Dos semanas desde que firme.
—¿Podrían hacerme un favor cuando lo instalen y lo enchufen?
—Si está en nuestras manos…
—Es poca cosa. Un amigo mío que quiere ver por dentro cómo son los agujeros negros esos. Lo único que tienen que hacer es dejarlo entrar y luego cerrar la puerta. Él ya sabe cómo salir.
—Solo se entra, amigo, no se sale.
—Miel sobre hojuelas.
—¿Cómo se llama su amigo?
—Satanás Gutiérrez de la Manteca y Céspedes de los Hocicos.
—No creo que haya ningún problema.
—¿Y no tienen ningún regalo para los que contratan estos precios?
—Sí, le regalamos un Fiat deluxe.
—Un Fiat, lo que siempre he soñado.
—Pues nada, Fiat deluxe y fiat lux, por un solo Fiat.
—¿Me puedo fiar de ustedes?
—Naturalmente que no, ¿o es que es usted idiota?

Un samaritano no tan bueno
Algún tiempo después de que Jesús predicara su parábola del buen samaritano, este último volvió a pasar por el mismo camino y volvió a encontrar de nuevo al mismo hombre que la vez anterior, tendido en el suelo, malherido y hecho polvo. Al reconocerlo, se sorprendió, y después de socorrerlo le dijo:
—¡Válgame Dios, buen hombre, qué mala suerte tiene usted, que cada vez que pasa por este camino lo asaltan los bandidos!
—¡Ay, ay, ay —decía el otro—! No me hable. ¡Qué mal lo he pasado, otra vez!
De nuevo el hombre de Samaria, que tenía fama de no muy santo entre los del pueblo elegido, lo condujo a su casa y lo socorrió y lo vendó y le dio de comer hasta haberse repuesto del todo.
Al cabo de varios días, hablaron, y el samaritano le dijo:
—¿Y no sería mejor que la próxima vez que usted piense viajar me lo diga y vayamos juntos? Así los bandidos se lo pensarán dos veces antes de atacarlo, ya que, por lo visto, le han tomado el gusto a meterse con usted, mi buen hombre.
—¡Ay, cállese! No me diga usted esas cosas, que, con lo que a mí me gusta ir solo a todas partes, no soportaría que nadie me acompañara y me estorbara. Tenga en cuenta que yo soy muy mío y me gusta hacer las cosas my way.
—¡Caramba —dijo el de Samaria—! Me sorprende usted diciéndome esas cosas, después de dos experiencias tan negativas como ha tenido.
—Bueno, le agradezco que me haya ayudado otra vez, pero por mí no se preocupe, que ya sabré yo apañármelas por mí mismo.
—Claro, claro. Si no me cabe la más mínima duda de que usted sabe apañárselas por sí mismo, como he podido comprobar últimamente. Pero tenga en cuenta que mi hacienda es algo limitada y tengo hijos e hijas y nueras y yernos y a todos debo atender. No sé si mi hacienda podría soportar otra vez los cuidados que le vengo dispensando desde hace unos meses. Toda mi familia trabaja duramente de sol a sol para mantenernos entre todos, y es posible que, si vuelvo a encontrarlo una tercera vez, me vea obligado a pasar de largo, pues las cosas no siempre son como nos gustaría a todos.
—Desde luego que con razón tiene usted fama de poco humano y más bien malo que bueno. Sería usted capaz de no socorrer a un pobre hombre malherido en mitad del camino.
—Ya le digo que si usted se aviene a viajar junto conmigo, correremos la misma suerte los dos. Pero si se niega y lo vuelvo a encontrar otra vez atropellado por esa tropa de bandidos que anda buscándole, como resulta que su descalabro podrá atribuirse a su tozudez e independencia, pues quizá me entren ganas de ser yo también individualista y mirar para otro lado, ¿o es que no tengo yo derecho a ser también como me dé la gana?
—Bueno, mejor será que me vaya. Ya sé que no puedo contar con su ayuda.
—Vaya usted con dios y que él le socorra.

José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.
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