Mirar al retrovisor

Los nuevos gerifaltes de la cultura

Joan Santacana escribe sobre los problemas de dejar la gestión cultural en manos de gente de pocas luces o iluminados.

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A menudo ocurre que el tema de la cultura se encomiende a dos tipos de personajes: unas aquellos a los que en los partidos políticos se considera poco eficaces o iluminados. En todo caso, hace ya mucho tiempo que la cultura no es un tema relevante para nadie que quiera moverse en las salas enmoquetadas de los ministerios, consejerías y concejalías.

Los que dirigen la cultura y pertenecen al primer grupo, los tontorrones, son inofensivos la mayoría de las veces; simplemente lucen planta si la tienen, reparten algunas migajas a amigos y parientes, se dejan fotografiar junto a artistas, cineastas o intelectuales y nada más. La parcela cultural que se les encarga vive sin pena ni gloria bajo su mandato y, si en algo destacan, nunca es por sus méritos.

Los realmente peligrosos son los iluminados, los que se creen expertos; estos siempre quieren dejar su huella. Normalmente se creen superiores a todos cuantos trabajan en el sector. No forman parte de ningún sector cultural y proceden de campos tan diversos como la economía o el marketing. Se les ocurren frases tomadas de cualquier articulista de moda; en realidad tienen aversión a la cultura, especialmente si se trata de museos, literatura e incluso artes visuales o plásticas. Yo los conozco y a veces pienso que podría escribir una tesis doctoral sobre ellos y ellas —que también las hay—, que probablemente alcanzaría algunos volúmenes.

Los museos son su objeto de atención. ¡No, no me malinterpreten! No es que les dediquen dinero. Si hay que hacer un museo, piensan en una obra faraónica de cemento, que sirva para que se les recuerde a ellos. Es la misma filosofía de los faraones: pasar a la eternidad. Pero cuando no pueden construirse su pirámide de cemento, se dedican a cambiar todo aquello que no entienden; y claro, de museos no saben mucho, porque raras veces entraron en alguno de ellos. Se enfrentan a los museólogos —especialmente si son sus subordinados—, a los artistas —si dependen de sus subvenciones—, a los intelectuales que no les son adictos e incluso pueden enfrentarse a la opinión pública. A mí me recuerdan a aquel personaje de la obra filonazi de Hanns Johst que exclama en una discusión: «Cuando escucho la palabra cultura, quito el seguro de mi Browning». Naturalmente, no es necesario ser nazi para estar de acuerdo con esta frase. La mayoría de los personajes a los que me refiero la podrían suscribir si tuvieran una pistola.

Se preguntarán qué es lo que me conduce a estas lúgubres reflexiones. Hay varias noticias que me turban en los últimos meses. Una de ellas se refiere al futuro de un equipamiento de mi ciudad denominado Museu del Disseny. Por su peculiar arquitectura se le suele llamar La Grapadora.  Se inauguró en 2014. Para llenarlo se eliminaron diversos museos de la ciudad; la idea era concentrar elementos en un solo equipamiento bajo la etiqueta del diseño. Se fundieron colecciones procedentes del antiguo museo de artes decorativas, del gabinete de artes gráficas, del museo de cerámica, del museo textil y de la famosa colección Rocamora de indumentaria. Para que el lector comprenda la importancia de estas colecciones, construidas a lo largo de dos siglos de cultura, hay que recordar que Barcelona fue pionera en la revolución industrial española con las primeras fábricas de tejidos, destacó en diseño industrial, su burguesía conservó las colecciones más importantes de España en indumentaria y una parte importante de la rica colección de cerámica de la Corona de Aragón se guardaba en el barcelonés palacio de Pedralbes. Todo esto se fundió en un único centro de exposiciones alegando crear colecciones flexibles que confluían en el diseño. La idea suscitaba muchos recelos y muchos museólogos y agentes culturales no creían en este argumento, sino que pensaban que se trataba de una operación destinada a liberar espacios nobles de la ciudad para dedicarlos a otras funciones, como así realmente ocurrió con algunos de ellos.

La ciudad tenía en la década de los setenta más equipamientos museísticos, pero estos eran auténticos buques insignia. Como a veces suele ocurrir, desde los años noventa del siglo pasado estos museos sufrieron una auténtica ofensiva que yo calificaría de guerra, con presupuestos irrisorios, sin cambios en los sistemas expositivos y con el mantenimiento de unos expositores anticuados. Igual ocurría con otros museos como el Arqueológico de la Diputación o el Museo Etnológico, por poner algunos ejemplos. He ahí la mejor fórmula para acabar con los equipamientos culturales: los dejas sin dinero, dejas de hacer publicidad, los abandonas a la buena fe de funcionarios carentes de estímulos y de dinero y a los veinte años puedes decir: «Señores, esto no sirve para nada; no va nadie. Habrá que pensar otra solución». La solución vino en 2014. Costó, dicen, cerca de 27.000.000 de euros. A los ediles municipales les gusta hacer obras faraónicas como esta. Las grandes obras públicas generan trabajo, mueven dinero, permiten operaciones inmobiliarias y, en este caso, además dejaban libre el Palacio de Pedralbes.

Ahora han pasado veinte años desde 2014. En la mayoría de grandes equipamientos museísticos de muchas ciudades europeas en estos años se ha renovado a fondo la exposición permanente, pero en el Museu del Disseny no ha sido así. Y ahora, en el ayuntamiento de la ciudad hay nuevos ediles. Seguramente no necesitan todas esas cosas que la ciudad ha atesorado durante siglos; quizás menosprecien lo que no pueden comprender. Para ellos, estos tesoros no tienen el valor de la contemporaneidad, y por tanto, no creen que sirvan para nada. El nuevo concejal de «Cultura e Industrias Creativas» procede del gremio de los economistas; ha sido vicepresidente de una empresa de gestión cultural, pero su conocimiento de los museos debe de ser muy limitado. Al parecer se dispone a vaciar La Grapadora y mandarlo todo a los almacenes para posteriormente llenarlo con ideas originales suyas. Y yo me pregunto, ¿no habría alguna puerta giratoria para él y que el tema quede en manos de otro menos brillante?


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “Los nuevos gerifaltes de la cultura

  1. guillermoquintsalonso

    Es verdaderamente escandalosa la tendencia la tendencia a «premiar» a personas de confianza con cargos que requieren otras cualidades, como bien apunta en su escrito. A esto se une algo que es fundamental: hasta los 17 años es muy escasa la atención prestada a la propia cultura y la que se presta puede estar matizada por la patina nacionalista que acaba otorgando otro contorno a cualquier elemento. Conforme. Guillermo Quintás.

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