Mirar al retrovisor

¿Un acto infamante o una acción piadosa en la crucifixión de Cristo?

Joan Santacana escribe sobre un error de traducción que, en los cuatro Evangelios cristianos, convirtió un acto de piedad de un legionario para con el crucificado Jesús en uno de escarnio y burla.

Mirar al retrovisor

¿Un acto infamante o una acción piadosa en la crucifixión de Cristo?

/por Joan Santacana/

Cada año durante la Semana Santa, en todas las iglesias del mundo se lee la historia de la Pasión de Cristo. Narrada infinidad de veces allí donde predomina alguna de las confesiones cristianas, el relato de la crucifixión es objeto de comentarios sobre la crueldad de los tormentos que se aplicaban en la antigua Roma. Una de estas historias es la que hace referencia a los últimos minutos del Maestro, cuando estando en la cruz, en plena agonía y con el sufrimiento que conllevaba la propia crucifixión, unos soldados le ofrecieron vinagre como bebida. La escena es narrada por los cuatro relatos que han llegado hasta nosotros sobre la escena de la crucifixión; es decir, las fuentes son coincidentes por más que guarden ligeras variantes entre sí. Veamos cómo lo cuentan los diferentes relatos.

Empezaremos por el relato del llamado Evangelio de Mateo, que lo narra con las siguientes palabras, en nuestro caso tomadas de la versión latina (la Vulgata): «Algunos pues de los que allí estaban, cuando esto oyeron, decían: A Elías llama este. Y luego, corriendo uno de ellos tomó una esponja, la empapó en vinagre y la puso sobre una caña, y le daba a beber». El texto latino dice textualmente: «spongiam implevit aceto». Es decir, claramente hace referencia a vinagre (Mt, XVII, 47-48).

El siguiente texto en el que se cita este hecho es el Evangelio de Marcos, que reza así: «Y corriendo uno, y empapando una esponja en vinagre y atándola en una caña le daba a beber […]». El texto latino también dice aquí «et implens spongiam aceto», o sea, también se habla de vinagre (Mc., XVI, 36).

El tercero de los textos que narra la crucifixión es el Evangelio de Lucas, que cuenta cómo a Jesús «le escarnecían también los soldados, acercándole a él y presentándole vinagre». Tampoco aquí el texto latino ofrece dudas: «et acetun offerentes ei» (Lucas, XXIII, 36).

Finalmente, el cuarto texto es el de Juan, que en el capítulo XIX, 29-30 dice que «había allí un vaso lleno de vinagre y ellos poniendo alrededor de un hisopo una esponja empapada en vinagre, se la aplicaron a la boca». Y luego, que Jesús tomó el vinagre y dijo: «consumado es», e inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Como puede verse y ya se ha dicho, los cuatro relatos coinciden: los soldados ofrecieron vinagre a Jesús. En la traducción latina de uno de los textos, el del evangelista Lucas, incluso se insinúa que los militares romanos le daban la bebida en un tono burlesco. Sin embargo, puede que la realidad fuera muy distinta. En la antigua Roma, era bebida popular la posca, que se trataba de una mezcla de vinos malos, avinagrados y mezclados con agua. En realidad, el agua de las ciudades en el mundo antiguo, sin desinfectantes ni tratamiento, no siempre era saludable (seguramente estaba llena de bacterias), con lo cual no se solía beber sola. La mezcla con el vinagre era una fórmula de potabilizarla, y por otra parte, si esta mezcla contenía más vino que agua, se le añadían yerbas aromáticas. Ni que decir tiene que los soldados solían llevar una cantimplora llena de posca para soportar las horas de guardia y desplazamientos. Seguramente la centuria que estaba al mando de las ejecuciones en el Gólgota estaba formada por legionarios con sus cantimploras, dado que la agonía de los crucificados era larga. Por lo tanto, lo que hicieron los soldados de ofrecer vinagre al crucificado no era un acto de burla o de infamia, sino uno de piedad con el cual un miembro de la guarnición intentó apagar la sed del condenado ante sus gritos agónicos. Es posible pues, que durante siglos, cada viernes santo, algún cura haya tronado improperios contra el pobre legionario que, más allá del deber, se apiadó del  crucificado ofreciendo de beber su misma bebida de ración.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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