/ por Alison Posey /
Son muchas las identidades de Mónica Macías. Es hija del primer presidente ecuatoguineano, que posteriormente se convirtió en el primer dictador, Francisco Macías Nguema; además, es hija adoptiva del dictador norcoreano, Kim Il-Sung, y, a partir de 2023, autora de una autobiografía sumamente inusual. Black girl from Pyongyang, o La chica negra de Pyongyang (aún no se ha publicado una traducción al español), relata su recorrido desde ser la hija del primer líder democráticamente elegido de Guinea Ecuatorial durante la descolonización hasta convertirse en la protegida de uno de los amigos más cercanos de su padre.
Que este amigo sea Kim Il-Sung, el fundador de la dinastía Kim de Corea del Norte y el presidente eterno póstumo del país, así como el abuelo del actual líder supremo, es quizá el elemento menos extraño de las memorias de Macías. Si solo se hubiera enfocado en relatar su vida insólita, ningún lector sería capaz de discrepar con La chica negra de Pyongyang, por más estrafalarios que parezcan algunos episodios. Cuenta Mónica, por ejemplo, cómo disfrutaba de charlas periódicas por teléfono con Kim Il-Sung, en las que él le aconsejaba, entre otros temas, en qué especializarse en su carrera universitaria.
A medida que la juventud privilegiada de la autora en la sociedad altamente controlada de la capital norcoreana, Pyongyang, da paso a la turbulencia de una vida desarraigada en Occidente, escribir una autobiografía parece una respuesta lógica para unificar las muchas identidades dispares con las que las circunstancias de su vida han dotado a Macías. A lo largo de los más de cincuenta años que se relatan en la autobiografía, que abarca desde 1972 hasta aproximadamente 2019, Mónica retrata una crianza de lo más insólita.
Nacida en Guinea Ecuatorial en 1972, Mónica Macías es hija de Francisco Macías Nguema, el primer presidente democráticamente elegido de la nación tras el fin del régimen español en 1968. Después de sobrevivir a un intento de golpe de Estado en 1969, que Macías atribuyó a España, instauró una brutal dictadura y se proclamó Presidente Vitalicio en 1972. Además, se otorgó una serie de títulos, entre ellos el de «Único Milagro de Guinea Ecuatorial», que los ecuatoguineanos estaban obligados a emplear al referirse a él.
Durante su mandato (1968-1979), Francisco Macías Nguema implementó una serie de medidas draconianas en Guinea Ecuatorial. Prohibió el consumo de pan, asociándolo con el imperialismo español, así como el uso de zapatos y la enseñanza de las ciencias. Además, hizo ilegal la práctica de la pesca, la religión, todos los idiomas excepto el fang (su lengua nativa) e incluso las vacunas. Desmanteló los sistemas ferroviarios y de transporte, así como los sistemas de salud y educación nacionales, y descuidó la infraestructura de agua potable y electricidad. La economía colapsó rápidamente y los derechos humanos fueron severamente reprimidos, lo que provocó que alrededor de la mitad de la población huyera. Entre los que no lograron huir, se estima que entre 30.000 y 80.000 personas murieron, una cifra impactante en un país que, en los años setenta, no tenía ni 500.000 ciudadanos.
Pero nada de eso aparece en La chica negra de Pyongyang. Los pocos recuerdos que guarda Mónica de su padre son borrosos, pero sí lo describe a través de las memorias de sus hermanos como un progenitor ideal: si bien Francisco Macías Nguema era adicto al trabajo y algo terco, compensaba estas características siendo un marido solícito que cuidaba de la salud delicada de su mujer, Mónica Dorronsoro, y un padre cariñoso que besaba las frentes de sus cuatro hijos al regresar a casa todos los días. Aun apartada de la brutalidad del régimen, la infancia idílica de Mónica no duraría mucho.
En mayo de 1979, Mónica, su madre y dos de sus tres hermanos mayores aterrizaron en Pyongyang, aprovechando la estrecha relación entre Kim y Macías Nguema para que los hijos pudieran estudiar. Sin embargo, para agosto del mismo año, su padre caía en un brutal golpe de Estado, ejecutado por los partidarios de quien hoy en día ostenta el título único del actual dictador africano de más larga duración: su sobrino, Teodoro Obiang Nguema.
Mónica permaneció en Corea del Norte durante unos quince años, un periodo en el que las élites oriundas de la capital, como ella y sus hermanos, disfrutaron de una alta calidad de vida y ciertos privilegios impensables para la masa, como la capacidad de comprar las últimas tendencias de la moda. En 1994, una vez finalizada su carrera, decidió buscar oportunidades en Occidente, lo que la llevó a vivir entre España, Guinea Ecuatorial, Reino Unido, Estados Unidos y Corea del Sur. Durante sus viajes, la autora se comprometió a investigar el legado de su padre ecuatoguineano, entrevistando, según dice, a más de tres mil personas que habían vivido (o cuyos padres habían vivido) bajo su mandato. También exploró el legado de su padre norcoreano consultando a ciudadanos surcoreanos y desertores norcoreanos en Seúl.
Y de ahí surge el gran dilema de La chica negra de Pyongyang. De las tres mil entrevistas supuestamente realizadas, Mónica solo cita tres, y como es de suponer, estas exculpan rotundamente a su padre como víctima de un complot español. Los desertores también insisten en que todo era mejor en Corea del Norte, mientras que los surcoreanos muestran una profunda antipatía e ignorancia hacia sus excompatriotas. También resulta que los estadounidenses y españoles están igualmente desinformados sobre la alta calidad de vida en Corea del Norte y la difamación sobre Macías Nguema.
Entonces, las promesas que hace la autora en la autobiografía de «resistirse a una narrativa única», de «dar perspectivas alternativas» y de «hacer saber al público el panorama completo de eventos históricos», al final son solo eso: promesas. Al omitir tantos datos históricos altamente comprobables en su narración sobre los mandatos de sus dos padres, queda claro que el objetivo de Mónica no es «resistirse a una narrativa única», sino reemplazarla con otra más amena y favorable.
Parece que cualquier dato que contradijera la perspectiva de la autora, como la existencia continua de los campos de concentración norcoreanos donde miles de ciudadanos mueren cada año a causa del hambre y la tortura, sería descartado. Tanto en el caso de su padre biológico como en el adoptivo, se consideran mentiras coloniales, exageraciones capitalistas y fake news (noticias falsas) las que difaman sus legados.
Para evitar confusiones: no se defiende la colonización española de Guinea Ecuatorial, ni se pretende excusar las atrocidades cometidas en el territorio por los intereses peninsulares. Tampoco se niega que los medios occidentales a menudo recurren al sensacionalismo al hablar de la brutalidad de la dinastía Kim en Corea del Norte o de la familia Obiang Nguema en Guinea Ecuatorial, como afirma Mónica. Incluso vale la pena reconocer el hecho de que, en el período posterior a la guerra civil coreana (1950-1953), los norcoreanos disfrutaron de una rápida industrialización y la expansión de sistemas sociales robustos que les permitieron ayudar con generosidad al sur. Todo eso es verdad, y Macías hace bien en llamar nuestra atención sobre los bulos que siguen circulando sobre la historia poscolonial de Corea del Norte y Guinea Ecuatorial.
Pero también son muchas las otras verdades que La chica negra de Pyongyang omite. En un relato obsesionado con sacar a la luz una supuesta verdad oculta, resulta difícil pasar por alto las numerosas omisiones que exculpan a los dos padres de Mónica. Puede que en Occidente no se conozca la historia completa de Francisco Macías ni de Kim, pero solo se puede conocer a través de un análisis profundo, no a través de las evasivas de una hija.

Mónica Macías
Duckworth, 2023
304 páginas
20,75 €
Alison Posey es investigadora postdoctoral en filología afrohispánica y peninsular en la Universidad de Duke, Carolina del Norte, Estados Unidos. Recibió su doctorado en la filología hispánica en 2021 de la Universidad de Virginia.
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