Durante el primer tercio del siglo XX, pocos personajes disfrutaron del éxito y la popularidad de Luis de Oteyza (1883-1961). Reconocido escritor de viajes, novelista de aventuras, poeta, diputado y diplomático, el punto álgido de su fama lo debió a su particular manera de ejercer el periodismo. Así, contradiciendo el maniqueísmo informativo propio de las guerras, en agosto de 1922 se desplazó hasta Marruecos para entrevistar al principal enemigo de España: Abd el-Krim, el líder de la revuelta rifeña cuyas tropas habían humillado al ejército español en el conocido como Desastre de Annual.
Gracias a una exhaustiva labor de recopilación documental y de reconstrucción histórica, el periodista Guillermo Soler nos acerca en El ingenioso e inquieto Oteyza a los entresijos de aquella exclusiva mundial ―el cénit de su carrera― y, sobre todo, nos permite recorrer los principales hechos de nuestra historia contemporánea a través de la trayectoria personal y profesional de este ingenioso e inquieto literato y viajero. Un periodista en campo enemigo revive a uno de los referentes del periodismo español cuyo mayor atrevimiento, acierto y legado fue algo tan simple y al tiempo tan complejo como dar la palabra al enemigo para intentar parar una guerra absurda. Lo que sigue es el preludio de la obra.
Si alguna vez han visto una fotografía de Luis de Oteyza, es probable que fuera esta. En su momento apareció publicada en numerosos periódicos y revistas tanto en España como en el extranjero, y aún hoy en día sigue siendo el recurso más utilizado para ilustrar alguna referencia al periodista y escritor. Sin embargo, Oteyza no es el personaje verdaderamente importante de la instantánea, sino aquel que le acompaña: Abd el-Krim, líder de la revuelta rifeña de hace un siglo. En realidad, la misma fotografía también se usa frecuentemente para hablar de Abd el-Krim, del que no existen muchos retratos, y menos de su época de esplendor.

En la imagen ambos están sentados, con Oteyza curiosamente algo adelantado y girado hacia su interlocutor, de manera que en la fotografía aparece de perfil. ¿Quizás Oteyza pretendía conseguir un aire de naturalidad, de diálogo, ya que al cabo se trataba de documentar un encuentro, una conversación? Abd el-Krim, en cambio, tiene los ojos fijos en la cámara, y en buena medida consigue que el espectador también fije su atención en esta misma mirada.
Lo cierto es que, inicialmente, el rifeño se había mostrado reacio a dejarse fotografiar: «No puedo, no; de veras que no puedo. No es por prejuicio político ni religioso. Es que… ¡Es otra cosa! Imposible, imposible». Son los argumentos de Oteyza, según su propio relato, los que acaban convenciéndole: «Insisto porque es cosa que a ti y a mí nos conviene. Yo tengo enemigos que, acaso no sabiendo cómo combatirme, negarán esta entrevista; y respecto a ti, ya sabes que nuestros gobernantes propalan que estás herido […]. ¡Que te vea el pueblo español a mi lado, bueno y sano, para que sepa cómo se le engaña!».
Años más tarde, Alfonso Sánchez Portela, Alfonsito, autor de la foto, se atribuiría para sí mismo el mérito de haber convencido a Abd el-Krim:
«Ninguno de los argumentos que Oteyza le expuso para que autorizara mi fotografía fue escuchado. Yo veía que la información gráfica iba a quedar coja, y me lancé audazmente a tratar de convencerle: si nos había permitido retratar a los prisioneros y al Ignarem (Consejo) presidido por su hermano, y si se publicaba todo esto en la península y en el extranjero, faltando su figura junto a Oteyza podría pensarse que nuestra visita a su cuartel general era una ficción, y el futuro trato para el rescate de los prisioneros, al que Abd el-Krim iba a sacarle un formidable beneficio pecuniario, se perdería. No sé si por mi juventud, por mi ingenuidad o por la pasión que puse en mis palabras, teniendo en cuenta la agudeza del guerrillero, logré convencerle, y ahí está la fotografía que recorrió el mundo entero y que tan profunda impresión causó en España».
Sea como fuere, la fotografía se acabó tomando aquel 2 de agosto de 1922 en Axdir, en el corazón del Rif, y suponía la culminación de una aventura que para Oteyza y Alfonsito había empezado un mes antes. Habían intentado entrar en territorio dominado por las harkas rebeldes primero desde Argelia, lo que les supuso ser detenidos por la gendarmería francesa, y luego desde Melilla, por mar, convirtiéndose en blanco tanto de los cañones de un torpedero español como de los fusiles de los guardias rifeños de la playa del Suani, en la bahía de Alhucemas. Finalmente habían logrado desembarcar en ésta, acompañados de un segundo fotógrafo, Pepe Díaz, que se había sumado a la expedición en el último momento. A lo largo de tres jornadas en Axdir habían podido hablar con otros destacados dirigentes rifeños, como el hermano pequeño de Abd el-Krim, o su cuñado, Mohamed Azerkan, Pajarito. Igualmente, habían podido visitar a los militares españoles que los rifeños tenían prisioneros, encabezados por el general Navarro, cuyo rescate, reclamado por la sociedad española, era motivo de una intensa polémica política. Pero la expedición no hubiera podido considerarse un verdadero éxito sin la entrevista al mismo Abd el-Krim y la foto que la atestiguara.
Luis de Oteyza García era entonces el director de La Libertad, periódico de ideología de izquierdas y, por tanto, bastante crítico ante la aventura africana en la que España se había visto envuelta en los últimos años. Vale la pena remarcar que, pese a haber asumido personalmente la empresa de entrevistar a Abd el-Krim, Oteyza no era corresponsal de guerra ni experto en Marruecos. Con los años consolidaría una imagen de periodista intrépido y viajero, pero lo cierto es que había arrancado en el mundo de las letras como poeta y, una vez enrolado en la prensa, hasta el momento más bien había destacado, además de por la facilidad con que se aprestaba a resolver disputas mediante el duelo a espada o pistola, por sus populares series de artículos en los que repasaba acontecimientos históricos u obras maestras de la literatura en tono irónico y burlón. En las reseñas de sus libros de aquellos años se le define frecuentemente como «humorista»: «El ingenioso Oteyza». Que esta caracterización se quedaba corta se empezó a ver claro cuando, a finales de 1919, se erigió en líder de los redactores descontentos de El Liberal que fundaron La Libertad, y por la manera en que, bajo su dirección, el nuevo rotativo se había convertido en uno de los más vendidos e influyentes de Madrid en un tiempo récord.
En cuanto a Mohammed Ibn Abd el-Krim el Jatabi, no es exagerado decir que en aquel momento probablemente fuera la persona más odiada en España. Como líder de la revuelta rifeña había sido, un año antes de que Alfonsito lo fotografiara, el máximo responsable de la severísima y humillante derrota del ejército español que rápidamente sería conocida como desastre de Annual, y que causó unos diez mil muertos. En muchos casos, ejecutados después de haberse rendido, ya desarmados, torturados en vida y ultrajados como cadáveres. Todo ello no favorecía precisamente la consideración que de Abd el-Krim se tenía en España. La imagen casi demoníaca del líder rifeño se completaba con la acusación de traidor, ya que tanto él como su familia habían sido durante años lo que se conocía como «moros amigos». Pero, al mismo tiempo, muchos pensaban que Abd el-Krim había desnudado la realidad de España: un país menor que no acababa de asumir su propia decadencia, incapaz de cumplir con sus compromisos internacionales, con un sistema político agotado y un ejército ineficiente y corrupto, empeñado en una guerra sin sentido.
El encuentro sin duda resultó exitoso para ambos. Para Abd el-Krim resultaba fundamental presentarse ante la opinión pública española e internacional como un líder serio y responsable y demostrar que la República del Rif era, de alguna manera, un proyecto viable. La entrevista de Oteyza le daba la oportunidad de dirigirse por primera vez de forma más o menos directa a estos auditorios y no la desaprovechó: «Nosotros no queremos la guerra, pero estamos dispuestos a defender nuestro honor, es decir, nuestra independencia, porque yo juzgo, y todos los míos lo creen así, que la independencia es el honor de los pueblos, mientras sea preciso», explicó. No sólo aseguraba querer la paz sino también estar dispuesto a, una vez conseguida la independencia, otorgar a España un trato preferente: «El Rif no odia al pueblo español, y no le hubiese odiado nunca si no fuera por la invasión militar». En cuanto a los prisioneros, su posición también era clara: no había ningún interés en retenerlos, siempre y cuando se pagara el rescate solicitado.
Para Oteyza, la entrevista supuso un enorme éxito periodístico. Incluso antes de haber escrito una sola línea, las declaraciones que realizó a su paso por Melilla y Málaga y finalmente al llegar a Madrid coparon el interés de la prensa: todo el mundo quería saber qué había visto, qué había escuchado. Sus crónicas de la expedición, que se empezaron a publicar a partir del 6 de agosto, impulsaron las ventas de La Libertad por encima de los doscientos mil ejemplares. Pero no sólo eso: cada nueva crónica era reproducida, comentada o, incluso, refutada en buena parte de los diarios del país. Las informaciones suscitaron encendidos elogios pero también críticas ácidas de quienes consideraban que, conscientemente o no, Oteyza seguía el juego al enemigo. Lo que nadie discutía era el interés de las revelaciones conseguidas por el director de La Libertad, hasta el extremo de que antes de que acabara el mes ya se habían recopilado las crónicas, junto con algunas de las fotografías de Alfonsito, en formato libro, con el título de Abd el-Krim y los prisioneros. La entrevista a Abd el-Krim quedaría fijada como un hito (probablemente el más importante) en la carrera de su autor. A partir de aquel momento, en el imaginario popular Oteyza sería el periodista que desafió el peligro adentrándose en el campo enemigo para conseguir una exclusiva. Así, empezaba una redefinición del personaje que se consolidaría en los años siguientes y que bebería tanto de sus textos como de las fotografías que lo presentaban con un casco de piloto a bordo de un avión, montando a camello o frente a los rascacielos de Nueva York.
En este sentido, resulta revelador que en 1921 Oteyza ya tuviese claro que era obligatorio ir a Axdir con un reportero gráfico. Con un objetivo claro: «que, acompañándome, hiciese las fotografías que dieran prueba a los incrédulos de que había estado donde me proponía ir». Y resulta revelador teniendo en cuenta especialmente que La Libertad, su periódico, no reproducía en aquella época fotografías y, por lo tanto, las preciadas imágenes exclusivas que se obtuvieran en la expedición irían a la competencia. Un precio menor, debía de valorar Oteyza. Pese a ser hombre de letras, era perfectamente consciente de la potencia de la imagen gráfica. Quizás lo había aprendido a raíz de una anécdota sucedida en 1917 que él mismo refirió a su amigo escritor Eduardo Zamacois y que éste explicaría años más tarde:
«Por obra de no sé qué tiquismiquis literarios, Ramón Pérez de Ayala había enviado a Nuevo Mundo unas cuartillas «metiéndose» furiosamente con Oteyza. El artículo era corto, y para «llenar la página» y hacerla «agradable a la vista», Paco Verdugo, director de la revista, publicó el retrato de Oteyza. ¿Y qué sucedió?… Pues sucedió que el público «vio» el retrato de Oteyza y no leyó el artículo de Pérez de Ayala, merced a lo cual «la agresión», maravillosamente, se trocó en reclamo y elogio. En los cafés, en el Casino, en todas partes, Oteyza recibía parabienes cordiales:
—¡Ya le hemos visto a usted en Nuevo Mundo! — le decían sus amigos—. ¡Que sea enhorabuena!»
Aprendida la lección, durante los días en Axdir Oteyza se dejará retratar en una variedad de situaciones y contextos: sentado en cuclillas charlando con un grupo de líderes rifeños, a solas con el hermano pequeño de Abd el-Krim o acompañado de algunos de los oficiales españoles prisioneros, especialmente con el general Navarro, que parece más bien incómodo. En las fotografías, Oteyza aparece elegantemente vestido, con chaqueta negra y corbata, al tiempo que las botas altas y el sombrero de ala ancha aportan el toque necesario de exotismo y aventura. Es este Oteyza el que se colará en las portadas y páginas de periódicos como La Voz o El Imparcial y revistas como Mundo Gráfico, Blanco y Negro, La Esfera o Nuevo Mundo. Oteyza utiliza las fotos realizadas por los reporteros gráficos que le acompañan como el stand up de un corresponsal televisivo: dan fe de su presencia en el lugar de los hechos y convierten al periodista en parte de la noticia. ¿Qué ha sucedido? Oteyza ha estado en el campo enemigo y trae fotografías que así lo demuestran.
Otro detalle nos revela cómo la expedición a Axdir le sirve a Oteyza para configurar su propio personaje. Si volvemos al retrato de Oteyza y Abd el-Krim con el que hemos empezado este preludio, vemos que además de ellos hay un tercer personaje, en segundo plano, casi desenfocado, que parece recostado en la pared del fondo de la habitación. Se trata de Amogar Ben-Hadu, jefe de la guardia personal del caudillo rifeño. Al final de su crónica del encuentro, publicada originalmente en La Libertad del 8 de agosto, Oteyza explica: «Los fotógrafos dicen que mientras nos retrataron yo tuve apoyada en la nuca la pistola de Amogar. No lo noté. Pero aunque lo hubiese notado no me habría movido… ¡No era cosa de estropear un cliché tan valioso por semejante pequeñez!».
En su prólogo a la reedición de Abd el-Krim y los prisioneros, la historiadora Rosa María de Madariaga, máxima experta en el presidente de la República del Rif, cuestiona este episodio y lo atribuye, quizás, a los nervios de los fotógrafos:
«En la foto que Oteyza reproduce en su libro, en la que aparece sentado junto a Abd el-Krim, con Amogar de pie al fondo, no parece que éste tuviese apoyada su pistola sobre la nuca de Oteyza. ¿Qué peligro podía correr Abd el-Krim frente a tres hombres sin armas? Lo más probable es que Pepe Díaz y Alfonsito se imaginaran la escena, dando así a la aventura que habían vivido una nota más emocionante».
La historiadora tiene razón en que la posición de Amogar y su distancia respecto de Oteyza hacen prácticamente imposible que pueda apoyar una pistola en la nuca del periodista. En cambio, Madariaga no tiene en cuenta que tanto Alfonsito — pese a su juventud— como Díaz habían asistido a situaciones de combate real en los meses anteriores y no parece que debieran ser tan impresionables como para imaginar pistolas donde no las hubiera. Tampoco valora la posibilidad de que el innecesario exceso de celo de Amogar se explicara por una desconfianza instintiva ante las cámaras de fotos o por las reticencias previas expresadas por su líder. Además, la historiadora seguramente sólo conoce el incidente por el escueto comentario de Oteyza, pero este ha sido referido en numerosas ocasiones con una riqueza de detalles que parece difícil que puedan ser puramente fruto de la imaginación. Así, en su propia crónica de la expedición, Alfonsito explicará:
«Rápido monto mi cámara en el trípode y coloco una butaca a su lado. Siento a Oteyza frente a él. Y cuando voy a preparar la mecha que ha de prender el magnesio, Amogar, que permanece siempre detrás, desenfunda su pistola y apunta a la nuca de mi compañero. Luis no lo advierte. Y yo no puedo avisarle. ¿Se prepara para actuar esta fiera por su cuenta? ¿Interpretará el fogonazo del magnesio como algo que pueda tener fatales consecuencias para nosotros? Desisto de la luz relámpago para evitar su explosión, y avanzo el grupo para afianzarlos bien en sus asientos a fin de que estén inmóviles, ya que la exposición que tendré que dar será un poco larga, dada la poca luz de que dispongo. Amogar sigue con la vista todos mis movimientos, y yo, fijo en Luis, hago esfuerzos para sugestionarle, para que evite todo movimiento que pudiera parecerle sospechoso a aquel bárbaro.
«¡Quietos ahora!», grito con todas mis fuerzas. Tiro una placa y repito, una, dos y tres veces. Después levanto a Oteyza y le obtengo a Abd el-Krim varios retratos solo y en su mesa de trabajo».
Entre otros detalles, el texto de Alfonsito deja claro que no hizo una única fotografía del encuentro. De hecho, en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, donde se custodia el Fondo Alfonso, encontramos una serie de tres fotografías bajo el título «Abd el-Krim y el periodista Oteyza y detrás Amogar Ben-Hadu, jefe de la Guardia personal del caudillo rifeño». La última, la clasificada como 013389, es la que ya conocemos, muy difundida, con Oteyza ligeramente girado hacia Abd el-Krim. La anterior, la 013388, es parecida en cuanto a la composición, pero la imagen resultó algo quemada y es lógico que no se utilizara. En la primera de la serie, la 013387, Abd el-Krim continúa mirando directamente a la cámara mientras que Oteyza ya no le mira a él pero tampoco al objetivo, sino hacia la izquierda de éste. ¿A qué o a quién mira Oteyza? La respuesta es sencilla: al fin y al cabo, recordemos que había un segundo fotógrafo presente, Pepe Díaz. Resulta lógico pensar que ninguno de los dos fotógrafos desaprovecharía la oportunidad de inmortalizar la situación. Y también es razonable que, dadas las circunstancias — la negativa inicial de Abd el-Krim, la presencia de hombres armados—, las instantáneas se tomaran de forma simultánea y con cierta precipitación, sin ocasión de coordinar a los retratados para que miraran a la misma cámara.
Y, efectivamente, en la portadilla de la revista gráfica Nuevo Mundo del 11 de agosto de 1922 encontramos una fotografía que presenta el mismo instante que la 013387 de Alfonsito, pero desde un ángulo diferente, de manera que esta vez es Oteyza el que mira a la cámara mientras que Abd el-Krim lo hace hacia su izquierda. La fotografía, como todas las del reportaje publicadas en este ejemplar de Nuevo Mundo, aparece firmada conjuntamente («Alfonso y Díaz»), pero todo indica que esta sería la versión de José Díaz. En todo caso, el cambio de ángulo deja a Amogar centrado entre Oteyza y Abd el-Krim y, tal y como señala el pie de foto, en este caso sí es evidente que sostiene una pistola en sus manos. De hecho, la impresión parece haber sido retocada ligeramente para resaltar la pistola, que probablemente quedaba demasiado desenfocada. Ni apoyada ni, quizás, apuntando a la nuca de Oteyza, pero la pistola efectivamente existió. Y desenfundada.
En todo caso, la anécdota de la pistola forma parte destacada del repertorio de las declaraciones que los tres expedicionarios ofrecen a su vuelta, y es recogida ampliamente por la prensa. Así, El Diluvio del 6 de agosto incluye una versión paralela a la que hemos leído de Alfonsito, pero desde el punto de vista de Oteyza:
«Entonces advertí que Alfonsito se ponía pálido, muy pálido, que se le caía el objetivo, que rompía, sin querer, una placa y otra, que le temblaba la mano. […] Y me contó que mientras estaba haciendo la fotografía el moro que yo tenía detrás había apoyado una pistola sobre mi nuca, dispuesto a dispararla, sin duda, en cuanto yo iniciara un movimiento sospechoso».
La Correspondencia del día anterior ofrece un relato aún más largo que además incluye una coda — de la que no existe otra referencia— en la que Oteyza le pregunta a Abd el-Krim por el incidente y éste sólo es capaz de presentar «sus excusas, algo balbuciente». Ello permite al diario concluir que visto «el grado de civilidad, de cultura y de trato de gentes que tiene el Presidente de la República del Rif […] habrá muchas personas que piensen, como nosotros, que este Presidente de República es muy digno de llevar taparrabos». Por su parte, La Voz del mismo 5 de agosto eleva la anécdota a categoría, haciéndola extensiva a todo el encuentro: «Oteyza ha tenido que celebrar su interviú con Abd el-Krim teniendo una pistola encañonada a la espalda». Como vemos, en un par de días, el incidente de la pistola de Amogar ha adquirido vida propia y ya es reinterpretado al gusto del consumidor.
Visto el éxito de la anécdota, resulta curioso que cuando le corresponde al propio Oteyza explicarla por escrito la despache con un par de frases, sin otorgarle especial importancia: «Los fotógrafos dicen que mientras nos retrataron yo tuve apoyada en la nuca la pistola de Amogar». Sin embargo, no le falta sentido: cuando se publica su crónica en La Libertad, el asunto de la pistola ya se ha difundido ampliamente en los demás periódicos durante los días previos. De hecho, podemos pensar incluso que Oteyza, hábilmente, ha utilizado la anécdota como lo que hoy en día sería el teaser de una película o el titular digital que induce al clickbait: un cebo para generar interés y atraer lectores a su propia crónica, para la que ha reservado las revelaciones de mayor calado. Y, al mismo tiempo, hay una clara intención en el comentario final: «No lo noté. Pero aunque lo hubiese notado no me habría movido… ¡No era cosa de estropear un cliché tan valioso por semejante pequeñez!». Oteyza se presenta como el repórter imperturbable que quita importancia al riesgo asumido, pero al mismo tiempo remata el texto con una fanfarronada que también puede interpretarse como autoparodia: ¿es tan valiente que se ríe del peligro o en realidad se ríe de sí mismo? Al fin y al cabo su heroicidad ha consistido básicamente en no darse cuenta de que lo encañonaban…
Sigue siendo «el ingenioso Oteyza», sin duda. Pero ya es también «el inquieto Oteyza».

Crítica, 2024
Guillermo Soler García de Oteyza
360 páginas
19,85 €

Guillermo Soler García de Oteyza es licenciado en periodismo y antropología social y cultural. Ha trabajado como redactor y editor en prensa escrita y en televisión, pero durante los últimos quince años se ha dedicado a la gestión cultural, especialmente en el campo del patrimonio cultural inmaterial. Ha publicado diversos libros fruto de investigaciones etnográficas en temas como la juventud, la música pop o los castells.
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