Escuchar y no callar

Mi perro se está muriendo

Miguel de la Guardia escribe sobre Nicky, que apareció un día en la calle desorientado y perdido, y hoy tiene diecisiete años y muchos achaques, pero una lección que enseñar.

/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /

No piense el lector que el contenido de esta columna pueda ser triste o pesimista. Morir es, lamentablemente, el fin de cualquier vida, por feliz que haya sido, y debemos aceptarlo como tal. Además, antes de que siga leyendo debo deshacer el malentendido, pues, aunque formalmente Nicky es mi perro y está asignado a mi custodia desde 2013, en realidad es el perro de mis hijas Irene y Sofía.

Un domingo de febrero, mis hijas pequeñas lo encontraron en la calle desorientado y perdido, le llamaron Nicky y él, contento, les siguió hasta nuestra casa y lo escondieron en el garaje. Al preguntarles por sus bicicletas confesaron que las habían dejado en el campo de deportes porque eran viejas, y al mirar en el garaje pensando que en todo eso había gato encerrado, descubrí que sucio y cojo, pero con una enorme dulzura en la mirada, había un perro mestizo parecido a un zorro. Nunca he querido tener perro y no pueden imaginar el enfado de quien entonces era mi esposa cuando, frente a su pretensión de echarlo de casa, apoyé a mis hijas y propuse que lo mantendríamos alimentado en el jardín hasta el siguiente sábado y que, si aún seguía en casa, lo llevaría al veterinario para vacunarlo y curarlo. Evidentemente, no había tenido nunca mascotas, ni sabía nada de chips. El perro resultó ser inglés y, al carecer de una dirección de sus dueños, me tocó solicitar su custodia ante la policía local para poder vacunarlo.

Nicky es un perro dócil y bien educado, pero con tendencias escapistas. En una ocasión desapareció con una chapa de identificación con el teléfono y su nombre. La sorpresa fue mayúscula al recibir la llamada de un señor que se extrañaba de que su perro apareciera con un nombre de mujer y ese teléfono. En realidad el perro se llamaba Nico y dio la casualidad de que mis hijas lo nombraran como la chica inglesa que lo tenía en Londres y que, tristemente, murió de cáncer de mama. La mujer del señor que llamaba, amiga de la antigua dueña, lo trajo por Iberia Cargo y aquí vivía a unos tres kilómetros de nuestra casa cuando se perdió. Ellos eran una pareja joven con tres perros y nosotros un matrimonio mayor con tres hijos y, al no actualizar el chip, su custodia nos correspondía. Pero lo decisivo fue la oposición de mis hijos pequeños a que Nicky se fuera. La veterinaria fechó su nacimiento en 2007; y desde entonces vive con nosotros.

Diecisiete años son muchos para un perro y a su cojera de nacimiento se le han unido nuevos achaques. Ya no se escapa y cada vez le cuesta más caminar. Tuvo un ictus del que se recuperó y sigue una medicación para facilitar el riego sanguíneo y el vigor de las articulaciones, pero su veterinaria dice que tiene unas enormes ganas de vivir. Come con apetito, aunque va perdiendo peso, y duerme gran parte del día, aunque disfruta sus paseos, que son cada día más cortos. Yo le cocino carne que mezclo con el pienso y esta combinación mantiene su equilibrio, aunque sea muy inestable.

A pesar de que Nicky tiene una buena vida, de la que lo mejor son los abrazos de mi hija Irene, que se tumba en el sofá con él en brazos, a lo que responde con una mirada beatífica de satisfacción. Es indudable que no le queda demasiado tiempo de vida  yeso es lo que trato de trasmitir a mis hijos, para que se vayan preparando para lo que tiene que venir, y aprovechen este tiempo que les quede. Es más, con un encabezamiento que reza: «Si Nicky decide morirse cuando esté de viaje…», he dejado instrucciones de lo que hacer en ese caso y, no lo duden, no habrá otro perro en mi vida, puesto que encuentro que es una obligación excesiva echarse sobre la espalda el cuidado y la atención de una mascota; por mucho que te devuelva con cariño mucho más de lo que inviertes en él.

En cualquier caso, el asistir a lo que probablemente sean los últimos meses de vida de mi perro me sirve de guía de lo que me habrá de ocurrirme a mí. De él aprendo lo que es envejecer, y ver cómo tu salud se deteriora y también que la vejez es menos dura si nos adaptamos a lo que nos traiga cada día y somos capaces de apreciar todas y cada una de las pequeñas cosas que nos ofrece el momento. También que la ternura es el mejor bálsamo para cualquier enfermedad, incluido el envejecimiento. Ya ven, cualquier motivo es bueno para aprender cosas sobre la vida.


Miguel de la Guardia es catedrático de Química Analítica de la Universitat de València desde 1991. Tiene un índice H de 88 según Google Scholar y ha publicado más de 900 trabajos en revistas del Science Citation Index con más de 34.600 citas,5 patentes españolas, 4 libros sobre Green Analytical Chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre Calidad del Aire (Elsevier), 2 libros sobre Análisis de Alimentos (Elsevier and Wiley) y un libro en dos volúmenes sobre Smart materials en Química Analítica (Wiley). En la actualidad está preparando un libro sobre Nuevas sustancias sicoactivas con un contrato con Elsevier. Además ha publicado 12 capítulos de libros. Ha dirigido 35 tesis doctorales y es Editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de varias revistas y fue condecorado como Chevallier dans l’Ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia y Premio de la RSEQ (España). Entre 2008 y 2018 publicó más de 300 columnas de opinión en el diario Levante EMV y colabora con El Cuaderno desde mayo de 2021. 


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