Narrativa

Imperio Negro

Publicamos un adelanto de 'Imperio Negro', una novela de Sergio Pérez Pariente sobre imperiofilia, historia negra (leyenda negra, para tantos), españolismo, extranjería, Archivo de la Cruzada, «camisas verdes», y en todo momento los libros como fuente de amenaza y resistencia.

/ por Sergio Pérez Pariente /

Publicamos un adelanto de Imperio Negro, novela de Sergio Pérez Pariente, publicada en 2024 por Rasmia Ediciones. Esta es su sinopsis: «La muerte en extrañas circunstancias de un académico de historia nos pondrá sobre la pista de un misterio conocido como Imperio Negro. El país vive una erupción patriótica y reaccionaria promovida por el partido que ostenta el poder y que afecta a la vida de Miguel y Salima, nuestros protagonistas. Casi cien años atrás, Mauricio y Avelina vivieron un escenario similar bajo un régimen dictatorial. Ambas historias convergerán, planteando una interesante reflexión sobre el actual repunte del nativismo, su hambre de chivos expiatorios y el creciente fenómeno de revisionismo histórico. Y frente a ello, la importancia de los libros como vehículos de transmisión y resistencia».

—El diario da cuenta de los horrores que perpetró España en los últimos años de su control sobre Cuba, poco antes de perder esa colonia y todas las demás. Es un documento de gran valor, por venir de un testigo directo que también fue uno de los perpetradores.

—¿Qué horrores fueron esos? —inquirió Sali.

—Los que causó la política conocida como Reconcentración, que puso en marcha el general Valeriano Weyler a principios de 1896, cuando tomó el mando de las operaciones. El ejército español trataba de sofocar la insurrección armada de los independentistas cubanos. Para octubre del año siguiente, cuando Weyler fue relevado, la revuelta seguía con vida, pero habían perdido la suya decenas de miles de campesinos, cientos de miles para algunas fuentes. 

—¿Y cómo ocurrió ese desastre? —se interesó Miguel, que tenía aún el rostro legañoso y los ojos entornados—. Nunca había oído nada acerca de esa Reconcentración.

—Te creo. Ni tú ni la mayoría, como es lógico en una metrópoli que intenta ocultar sus crímenes, por muy lejanos que estén. Lo que ocurrió fue que se obligó a los habitantes de las zonas rurales a recluirse en enclaves y plazas fuertes defendidas por guarniciones españolas. Los que no obedecían eran considerados rebeldes y tratados como tales. Esta medida se combinó con la matanza de ganado y la quema de cosechas. El objetivo era cortar la ayuda que los insurgentes recibían de sus paisanos, bloquear sus líneas de suministro. No pasó mucho tiempo hasta que el hacinamiento en condiciones insalubres, las enfermedades, los abusos y la falta de agua potable y de comida comenzaron a diezmar no solo a los insurgentes, sino sobre todo a la población confinada. 

—¿Y ese tal Weyler? Me suenan otros generales españoles, pero Weyler…

—Era un carnicero profesional. Un militar de tipo prusiano, metódico e implacable, a pesar de su metro y medio de estatura.

—General, carnicero, enano… ¿A quién te recuerda, Miguel? —apuntó Sali con ojos cómplices, pero su esposo no recogió el guante.

—En Cataluña, por ejemplo —continuó Pilar Albilla con la ensimismada pasión que solía poner en sus clases—, Weyler había reprimido con mano de hierro el activo movimiento obrero. De hecho, se convirtió en un símbolo de la violencia reaccionaria contra la clase trabajadora. Hasta la Enciclopedia Británica de 1911 lo describe como el «terror de anarquistas y socialistas». También había acumulado experiencia en las colonias de ultramar. En Filipinas, por ejemplo, donde había desplazado a poblaciones autóctonas y repoblado sus tierras con españoles peninsulares, ensayando a pequeña escala las reconcentraciones masivas que después aplicaría en Cuba. Y en las Antillas, combatiendo contra los independentistas dominicanos, pero también en la propia Cuba, donde Weyler ya había masacrado y decapitado mucho antes de la Reconcentración.

—¿Decapitado…? —repitió Sali frunciendo el ceño.

—Durante la llamada Guerra de los Diez Años, que duró hasta 1878. Fue la primera de las guerras cubanas de liberación contra las fuerzas coloniales españolas, y allí estaba Weyler, que resultó ascendido a coronel y nombrado jefe del Estado Mayor. Será entonces cuando organice una columna de voluntarios conocida como los Cazadores de Valmaseda, unos fulanos brutales en sus operaciones de contrainsurgencia, ajenas a toda regla de combate y doctrina militar, y que incluían asesinatos a sangre fría y sí, decapitaciones. Un día le preguntaron a Weyler si era cierto que sus hombres volvían con las cabezas que habían cortado agarradas por los pelos. «¿Y qué piensa usted que es la guerra?», contestó Weyler. «En la guerra los hombres no tienen más que una consigna: matar».

—Todo un filósofo, Valeriano —apuntó Miguel con tono sombrío—. ¿Alguien quiere una cerveza? Y con alguien me refiero a usted, Pilar. Sali no prueba el alcohol. Se lo impide su religión, figúrese. A mí la mía me impide dejarlo.

—Miguel, acabas de desayunar… —musitó Sali con cierto embarazo.

—Declino la cerveza —dijo la profesora con ojos chispeantes—, pero te acompañaré con un chupito de mi licor de castañas. Para empezar bien el día, ya sabéis.

Mientras la extraña pareja preparaba sus bebidas, Sali continuó revisando el diario del soldado español, que había escrito con letra clara, casi de imprenta, como si hubiera previsto el escrutinio de la posteridad.

—¡Qué espanto! —exclamó al fin cerrando el cuaderno.

—Pues hay relatos aún peores, Sali. Historias de maldades inconcebibles que Imperio Negro ha logrado preservar.

—Es admirable su coraje, profesora —confesó la joven con melancolía—. Ya me gustaría a mí tener una pequeña fracción. Dedicar mi vida a proteger lo que otros buscan destruir.

—Te rondaría siempre el peligro de acabar como Acteón, muchacha —repuso enigmática la académica.

Salima sonrió sin entender mientras ponía sus ojos en Miguel, que se encogió de hombros sin mudar el semblante.

—¿Como quién…? —replicó Sali con timidez.

—Acteón. Un famoso cazador de la mitología griega. Tuvo el privilegio y la desgracia de sorprender a la diosa Artemisa cuando se bañaba desnuda, y ella lo transformó en ciervo y lo condenó a morir devorado por sus propios perros.

—Oh…

—El cazador vio lo que nadie debía ver, y pagó por ello el último precio. Por cierto, ¿sabéis que en verdad hubo miles de Acteones indígenas?

—¿Qué quiere decir?

—El aperreamiento, eso quiero decir. La condena a morir destrozado por los mastines que los conquistadores llevaron a América. Miles corrieron la suerte del desdichado cazador griego. Solo que esta vez las víctimas eran reales, de carne y hueso.

—¿Eso no es Leyenda Negra, profesora? —objetó Miguel cargado de extrañeza. Sus ojos habían capturado muchas de las crueldades de este mundo en sus años de ejercicio, pero aquello parecía confundirlo como a un hombre que contemplara el mal por primera vez.

—Oh no, en absoluto. Son hechos atestiguados en diferentes crónicas y documentos, a lo largo de muchos años, con distintos protagonistas y en muy diversos lugares, desde las Antillas hasta Tierra de Fuego. Jamás se ejecutó por aperreamiento a un español. El castigo se dedicaba en exclusiva a la población nativa.

—¿Cómo… cómo es posible? —se estremeció Sali.

—Fue uno de los muchos instrumentos de terror con que se trató de extender el pánico entre los nativos. Se trataba de doblegar su resistencia y hacerlos colaborar sumisamente en la conquista. Y funcionó, por supuesto. ¿Por qué pensabas que es Leyenda Negra, Miguel? Te parece una maldad excesiva, ¿verdad? Una caricatura grotesca e imposible pergeñada en la pérfida mente del inglés para llevar el descrédito a la gloriosa gesta del imperio español.

—Me resulta… difícil de concebir, supongo.

—Entonces, ¿eso sí te parece una crueldad? —se creció Sali con un acerado tono de cuentas pendientes—. ¿No eras tú quien defendía que no debemos juzgar otras épocas con los baremos de la nuestra?

—Ay Miguel, ¿tú también has sucumbido a la falacia del «presentismo»? —preguntó con sorna la profesora—. «Eran otros tiempos, no hay que juzgarlos a partir del nuestro, eso es presentismo». Cuántas veces se ha repetido esta falacia, ¿verdad? Normalmente de manera irreflexiva, más por ignorancia que por mala intención o por agenda ideológica. Muchos repiten como loros lo que cumple sus expectativas, sin pararse siquiera a sopesarlo.

—¿De qué falacia me habla, profesora?

—En primer lugar, Miguel, todo pensamiento es presentista por definición. No puede ser de otra forma ya que solo habitamos el presente. No puede haber pensamiento futurista o preterista. Todo juicio, idea o pensamiento es forzosamente presentista. Por supuesto, esto también se aplica a quienes condenan el presentismo desde postulados antipresentistas. ¿O acaso no es la propia idea de que no debemos juzgar desde el presente acontecimientos del pasado un mayúsculo acto de presentismo?

—No me líe con verborrea, profesora.

—No es verborrea, señor ex, sino pura lógica. Pero dejemos a un lado el componente lógico y acudamos a los hechos, que en este caso ocurrieron hace siglos. Vamos a preguntarnos, entonces, cómo evaluaban sus propios hechos aquellos que les dieron forma. ¿Entendían ellos como crueldades los actos que cometían y que nosotros, inevitables presentistas del siglo XXI, calificamos como tales para escándalo de quienes yo llamo relativistas de lo atroz? Pues hay sobradas evidencias de que así era, Miguel. De hecho, los términos cruel y crueldad menudean en los textos de los colonizadores para referirse a sus propios actos.

—¿En qué textos?

—En muchos y de diferente tipo. A veces son relatos de cronistas que acompañaban a las expediciones militares, testigos directos de los episodios. Otras veces son los ejecutores quienes se sinceran y escudan en el mandato de conquista, que no solo parece disculpar sus desafueros, sino hacerlos deseables con el objetivo de rendir o escarmentar al enemigo. Y también contamos con las observaciones vertidas bajo juramento ante las audiencias, las instituciones con que la Corona administraba la justicia en el Nuevo Mundo. Cuando algún conquistador caía en desgracia y debía comparecer ante una de ellas, era frecuente que salieran a la luz las tropelías que hubiera perpetrado contra la población nativa, tropelías que eran estimadas como tales por la parte acusadora, que creía reforzar su caso general contra el acusado al revelar esas crueles conductas ante los jueces.

—Vale, Pilar. Admito que el argumento es poderoso. También Sali me tiró a la lona con alguno de los suyos —confesó él mientras miraba a su esposa con mal disimulado orgullo.

—Solo le dije que tampoco se podría juzgar Auschwitz dentro de unos años, si el argumento de la época tuviera validez.

—Y lo de las víctimas —añadió Miguel—. El punto de vista de las víctimas, que nunca se tiene en cuenta.

—¿Qué argumento es ese, Sali? Me gustaría escucharlo.

—Solo dije que… bueno, que siempre que se relativizan las crueldades con el argumento de que «eran otros tiempos» se piensa solo en los ejecutores, pero jamás en las víctimas. Y es lo único que pueden hacer los defensores de ese argumento, porque recrear la perspectiva de las víctimas lo enterraría de inmediato.

—¿Y cómo es eso?

—Porque las víctimas se han opuesto siempre a ser torturadas y masacradas. Ahora y siempre. Ahora y hace mil años. El que es quemado vivo prefiere no ser quemado. Ahora y hace mil años. La mujer que es violada se resiste a serlo. Ahora y hace mil años. Quienes son conquistados, desplazados, encarcelados o pasados a cuchillo se han opuesto siempre a ello y desearían haber corrido otra suerte. Ahora y hace mil años. Y esto hiere de muerte el argumento del relativismo porque muestra que, al menos, había dos opiniones antagónicas cuando se cometieron esos crímenes, la del victimario y la de su víctima, y que una de ellas, la de la víctima, presenta la constante universal de resistirse al crimen, al margen de la época y la geografía. Al margen de cualquier relativismo.

La profesora asentía con beatitud al torrente de palabras de aquella joven de moral firme e ideas precisas que había cruzado el mar huyendo del fascismo para caer en las fauces de otro de sus avatares. Se preguntó por qué nunca se saciaban. Por qué mudaban su piel, sus colores, sus banderas solo para permanecer idénticos, inmutables como rocas sobre las que hombres diferentes, de una generación y las siguientes, levantaban una y otra vez los edificios de la infamia cuyas piedras saludaban siempre multitudes.


Imperio Negro
Sergio Pérez Pariente
Rasmia, 2024
308 páginas
18 €

Sergio Pérez Pariente (Madrid, 1975) es licenciado en Historia del Arte y DEA en Historia y Teoría del Cine por la Universidad Autónoma de Madrid. Profesor de español e inglés durante once años y ocasional traductor y corrector, en la actualidad trabaja como funcionario en la biblioteca del Museo Arqueológico Nacional. Imperio Negro es su segunda novela. Con la primera, El precio del aire (Cosecha Negra, 2023), fue finalista del XIX Premio Carolina Coronado de Novela.


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