/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
Antes que nada confesaré al lector que, entre los dones que recibí al nacer, ni está ni se espera al don de la danza, lo que no implica que no valore esta actividad. Confieso que, como espectador, me encanta la danza, tanto clásica como moderna, y no niego que en una ocasión traté de aprender a bailar ,y testimonio de ello son las clases que tomé en su día junto a Esther González, con quien en aquel momento estaba perdidamente ilusionado. Pues ni aun así.
De cualquier manera quiero que esta columna sirva para reivindicar el baile como práctica desinhibitoria, incluso para los malos danzantes, y como forma de acercamiento personal. Como ya he indicado, siempre admiré ese don natural que tienen los latinos y las mujeres para la danza y entre el modelo de los amigos que practicaban la barra libre en las discotecas y los que abrazaban a sus parejas, me decanté sin dudas por los últimos desde mi más tierna juventud.
Bailar en pareja es compartir el abrazo y la música, sentir el perfume de alguien y las formas de su cuerpo, respirar un mismo aire. También es una forma de desinhibición, de olvidar el rigor de la urbanidad y renunciar al sentido del ridículo.
Los que bailamos francamente mal, como los desafinados de quienes se habla en la canción de bossa nova, también tenemos corazón y, lo más importante, tenemos el derecho a reírnos de nosotros mismos, a disfrutar de nuestras parejas y a escuchar la música aunque nuestro cuerpo se mueva a otro ritmo que nadie más oye.
Confieso que me encantaría saber bailar y en eso hay un reconocimiento de que puede valorarse lo que está fuera de nosotros y nuestras habilidades. En el fondo hacer mal algo que alguien hace bien con una facilidad pasmosa nos enfrenta a nuestras limitaciones y corrobora que no hay nadie ni mejor ni peor que otro.
Estudié la enseñanza primaria, secundaria y pre-universitaria en una institución rigurosa con una enorme calidad y a ello debo que mi francés sea excelente y que me haya podido desenvolver con facilidad en muchas materias y situaciones. La única razón por la que no envié a mi antiguo colegio a ninguno de mis cinco hijos es porque en su sistema de formación primaba la idea de triunfo sobre la de felicidad y yo no quiero que mis hijos se sientan ni triunfadores ni fracasados: aspiro a que sean seres humanos felices y respetuosos con los demás, alegres y generosos sin miedo al fracaso que, dicho de paso, es una buena escuela de la vida. Por mi parte reconozco que doce años de aquella excelente formación me han dejado la secuela de un tremendo desapego por las actividades en las que no pueda ganar. Por eso el baile es tan especial para mí, puesto que es una de las pocas actividades que me gusta aunque deba reconocer mi fracaso para hacerlo ni tan siquiera medianamente bien.

Miguel de la Guardia es catedrático de Química Analítica de la Universitat de València desde 1991. Tiene un índice H de 88 según Google Scholar y ha publicado más de 900 trabajos en revistas del Science Citation Index con más de 34.600 citas,5 patentes españolas, 4 libros sobre Green Analytical Chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre Calidad del Aire (Elsevier), 2 libros sobre Análisis de Alimentos (Elsevier and Wiley) y un libro en dos volúmenes sobre Smart materials en Química Analítica (Wiley). En la actualidad está preparando un libro sobre Nuevas sustancias sicoactivas con un contrato con Elsevier. Además ha publicado 12 capítulos de libros. Ha dirigido 35 tesis doctorales y es Editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de varias revistas y fue condecorado como Chevallier dans l’Ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia y Premio de la RSEQ (España). Entre 2008 y 2018 publicó más de 300 columnas de opinión en el diario Levante EMV y colabora con El Cuaderno desde mayo de 2021.
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