/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
A mí me gustaría cruzar el mar
y dejar esta casa de guerra.
Poncia – La casa de Bernarda Alba
Víspera del odio se publicó en marzo de 1959 y, a pesar de algunos elogios y de un premio importante, pasó prácticamente desapercibida. Fue la última novela que escribió Concha Castroviejo antes de dedicarse en exclusiva a la literatura infantil y al periodismo. La reeditaron unos cuantos años después en una colección llamada Círculo de Amigos de la Historia, de esas que imitaban la encuadernación en piel, con arabescos, puntas y florones en las cubiertas, destinadas a adornar las estanterías de la burguesía del franquismo y en donde lo mismo podían encontrarse clásicos como El conde Lucanor y crónicas sobre los juicios de Nuremberg o la caída del imperio maya que una biografía de Catalina de Médicis. Quizás este fuera otro modo de reincidir en la original clandestinidad literaria que siempre ha acompañado a esta autora gallega. No me pregunten cómo llegó ese librito a casa porque no me acuerdo. Sí que tengo muy viva, en cambio, la turbadora impresión que me dejó Víspera del odio cuando la leí por primera vez. Allá se cuenta la consumación de una venganza que es —como en todos los casos, desde la marquesa de Merteuil en la novela de Choderlos de Laclos al Ahab de Moby Dick, pasando por tantos westerns y films del cine negro— mucho más que una colección de tramas con el odio, la traición, la culpa y el resentimiento como tema.
Tampoco sabía nada de la autora cuando leí aquella novela, rescatada hace no mucho por la editorial Renacimiento. Después me enteré de que Concha Castroviejo había nacido en Compostela en 1910 en una familia acomodada y culta y que, a pesar de que contó con una esmerada educación en colegios franceses, tuvo que esperar a la muerte de su padre, quien consideraba que las mujeres no debían tener estudios superiores, para cursar una carrera universitaria. Integrada en los círculos republicanos gallegos, formó parte de los perdedores de la guerra y se exilió en México junto a su marido, el profesor y militante socialista Joaquín Seijo, dedicándose a la docencia y a lo que pudo encontrar para salir adelante. Todo aquello lo contaría en Los que se fueron, la primera de sus novelas. Cuando regresó a La Coruña en 1949, separada y con una niña de ocho años, trabajó como periodista en La Noche, un periódico compostelano donde se hizo muy popular bajo el seudónimo de Asela. Esa discreta fama le permitió el traslado a Madrid, ocupándose durante unos cuantos años de las crónicas literarias que salían en la Hoja del lunes y el diario Informaciones. Hasta que la relevó Rafael Conte, fue directora de la sección cultural de este último y suyas son las primeras reseñas que recibieron en nuestro país los libros de otros exiliados como Rafael Dieste, Max Aub o Serrano Poncela. Durante esas décadas, dos novelas, algunos premios como narradora infantil y un puñado de cuentos y ensayos. Luego, el silencio. Cuando murió en Madrid en 1995, llevaba mucho tiempo apartada de la literatura y apenas hubo un par de necrológicas que la recordaran.
No es difícil poner la biografía de Concha Castroviejo en relación con la de otras mujeres escritoras de su generación. Luisa Carnés, María Zambrano, Concha Méndez y un largo etcétera comparten con ella los mismos azares y conflictos: la superación de unas barreras para hacer carrera académica, el compromiso republicano, el exilio, las reflexiones sobre la guerra y sus consecuencias o una indagación acerca de la situación y los problemas de la mujer en aquellos años. El largo ostracismo que han padecido es otro rasgo común. Sin embargo, en el caso de la autora gallega hay aspectos que hacen aún más inexplicable su posición de invisible. Pienso, por ejemplo, en esa primera novela de la que les hablaba antes, Los que se fueron, y que es una de las escasas obras publicadas en la España franquista con el éxodo republicano como tema. Estamos en 1957 y solo un relajamiento de la censura, si es que hubo algo así, o un milagro puede explicar la facilidad con que una novela como esta llegó a las librerías. Apenas unos años años antes un libro como Luciérnagas de Ana María Matute, en donde se mostraba el desarrollo de la guerra en Barcelona desde la perspectiva de una adolescente, había sido prohibido de manera tajante. Y ya no hablamos de todos los autores exiliados, cuyas obras no veían la luz en España a no ser que llegaran de contrabando. Lo que les decía: un misterio.
Uno queda estupefacto al observar el modo en que la escritora gallega abordó el conflicto bélico y sus consecuencias, describiendo los bombardeos de la aviación franquista sobre las columnas de refugiados en huida por los Pirineos y las pésimas condiciones de los campos de concentración franceses, dejando caer, incluso, alguna insinuación sobre el colaboracionismo con los nazis a medida que progresaba la guerra en Europa. Toda la novela es un auténtico bullir humano en donde confluyen artistas, intelectuales, buscavidas, bohemios y excombatientes que continúa en México y donde se muestran las mil y una estrategias que aquellos refugiados ensayaron para sobrevivir. Lo dice la autora en algún sitio: la vida en América fue «para algunos un triste recurso. Para otros la suerte. Para muchos, una posibilidad abierta a la fortuna o al fracaso». Me dirán ustedes que la novela no carece de defectos evidentes, que en algunos momentos la narración, donde se entrecruza una historia de amor y el relato de los sufrimientos de los vencidos, se desorienta y pierde pulso hasta convertirse en un prolijo informe de las dolorosas experiencias de los republicanos. Pero esas limitaciones no empañan la extraordinaria personalidad del libro, especialmente en lo que toca a la representación del durísimo exilio que sufrieron las mujeres y sus dificultades para atender a los hijos y buscar a sus maridos entre los refugiados, o la fuerza poética de muchas de sus páginas, justamente conmovedoras, y el modo en que se brinda testimonio sobre una odisea colectiva o se encadenan reflexiones acerca de la situación de todos aquellos miles de trasterrados. Pienso en otras novelas del exilio mucho más reconocidas y aplaudidas y en la necesidad de revisar ese corpus para que una obra tan potente como Los que se fueron sea incluida en él. Una cuestión de justicia, pero, sobre todo, una manera de completar la lectura de una época y reparar las heridas de una memoria rota.
Sin embargo, la novela de la que yo les quería hablar es Víspera del odio. Ya les contaba que hay algo de misterio en cómo se publicó y es que dicen que, a pesar de varios informes desfavorables, logró pasar el corte de la censura gracias a la intercesión del hermano de la escritora, José María Castroviejo, falangista de primera hora, amigo íntimo de Cunqueiro y autor, por cierto, de un extraordinario libro de viajes titulado Los paisajes iluminados. También que debe mucho a los moldes del relato picaresco y al Pascual Duarte de Cela por el tremendismo de varios de sus pasajes o su estructura en forma de larga carta donde la protagonista revisa su vida. En el fondo, los pormenores de su publicación o esas similitudes con la obra de Cela importan muy poco cuando uno se adentra en esta historia donde se narra una venganza implacable que ríanse ustedes de la del Montecristo de Dumas.
Todo comienza cuando Teresa Nava, uno de esos personajes que quedan para siempre en el recuerdo de un lector, es forzada a casarse con un hombre miserable, que la dobla en edad, dedicado a la usura en Madrid y al que acabará odiando. Ya tenemos presentado el caso. Su relato, puesto en forma de confesión que dirige a una amiga, repasa unos orígenes familiares, el ambiente y la parva educación en que se formaban las mujeres de entonces y prosigue hasta la crónica de este matrimonio infame y de las mil penurias sufridas. Unos padecimientos que a la pobre Teresa se le irán haciendo tan intolerables que no le quedará otra que la huida. «No dormir con mi marido. Esa fue mi revolución», dice en un momento. La frase es tremenda. Estamos en los momentos previos al estallido de la guerra, cuando España es una olla a punto de estallar. Teresa abandona su casa, consigue el divorcio y se casa con un miliciano con el que tendrá un hijo, pero la derrota republicana supondrá el fin de esos instantes de felicidad. Su marido será encarcelado, condenado a muerte y ella tendrá que regresar a Madrid, donde su primer esposo la reclama después de que el franquismo haya ilegalizado los matrimonios civiles. Teresa, antes que volver con él, preferirá pasar hambre y sufrir todas las penalidades del mundo hasta que le llega la noticia de que está impedido y necesita cuidados. A partir de ahí, comienza a improvisar una venganza de la que no les voy a revelar ningún detalle.
Este podría ser, a grandes rasgos, el esquema argumental de Víspera del odio, pero ya les puedo asegurar que no he rozado siquiera la infinidad de asuntos que Concha Castroviejo esbozó en su novela. La historia de Teresa es mucho más que un relato de obsesiones, pasiones vengativas y odios entrecruzados; reducirlo a esos temas es una manera de soslayar la riqueza de enfoques y perspectivas que encierra. Para empezar, ofrece una mirada a las interioridades de un matrimonio desgraciado y a la difícil posición de una mujer víctima del maltrato y los abusos de su marido, pero que resulta ser también víctima de unas convenciones y marcos sociales empeñados en cosificarla. El esfuerzo por subvertir y escapar a ese orden injusto e hipócrita será el gran pecado de Teresa, cuya descarnada confesión es clave, además, como testimonio de una época y símbolo y reflejo de una situación de violencia que sucedía de puertas para adentro y que todo el mundo prefería ignorar. «Te voy a contar todo para que comprendas. Y además te voy a pedir que lo que yo cuente se lo repitas a mucha gente», dice la protagonista a su amiga Consuelo al inicio de su confesión. Deseo de justificar un crimen, pero, sobre todo, de hacer público un drama mucho más terrible y aterrador.
Se lo decía al principio. No deja de ser admirable que el libro consiguiera el beneplácito de la censura si tenemos en cuenta la carga crítica que alberga, el tratamiento de tabúes como la pena de muerte, el aborto, el divorcio o su defensa de valores republicanos y su feroz rechazo a un sistema patriarcal que negaba a las mujeres la posibilidad de vivir una vida libre al margen de la voluntad de sus maridos. Ojo a estas frases: «para mi madre, las mujeres, salvo que habían de ser buenas cristianas y honradas, en lo demás, eran como bestias; llegaban a la edad de casarse, se les señalaba un marido y ya no tenían que pensar más». Atención a esta otra sobre la guerra y que dice mucho sobre el clima de odios y crueldad que va a inaugurar la posguerra: «los que combaten se odian menos que los que están en cada parte sin combatir: él preferiría verse con soldados siempre, aunque fuesen enemigos». Víspera del odio, con ese magma de conflictos soterrados, es un libro portentoso, valiente, sostenido por la fuerza estilística y emotiva del estremecedor testimonio de Teresa. Un testimonio que llega acompañado de ataques directos a los roles de género impuestos y la educación que se brindaba a las mujeres, críticas a las trabas cotidianas en el desarrollo y ejercicio de sus facultades, denuncias de la misoginia y el machismo que el franquismo llevó a su extremo y una encendida defensa de los derechos femeninos y la libertad sexual. No lo olvidemos, estamos a finales de los años cincuenta. Alguien debería explicar por qué este libro, publicado en las mismas coordenadas que los de Ferres, López Salinas, Aldecoa, Fernández Santos y demás exponentes del realismo social, ha quedado cubierto por un espeso manto de silencio. No se lo pierdan.

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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Por si es de su interés analicé la obra de esta escritora en el estudio de «El Llanto enterrado y otros relatos». En esta obra se recogen los cuentos no infantiles de la autora y 40 fotos que pueden ser de su interés.