/ por Fernando Pachón Cárdeno /
En estos últimos días de octubre y primeros de noviembre vivimos en España una catastrófica tragedia que parece no será en adelante ni puntual ni excepcional en nuestro país, al igual que no lo es ya en muchas otras partes del globo, sobre todo en el sur global, aunque aún no seamos capaces, o no queramos, asimilarlo. Cientos de muertos, miles de damnificados, millones de afectados y provincias enteras prácticamente destrozadas por las intensísimas tormentas han despertado la solidaridad y el afán de ayuda de todos los españoles, ciudadanos o residentes formales o no, vecinos todos, al fin y al cabo, así como de extranjeros y nacionales más allá de las arbitrarias fronteras del Estado: vecinos todos, también. Entre tanta desgracia parece alumbrar la mejor estrella del espíritu humano: la solidaridad, el apoyo mutuo. Allá donde las instituciones no son capaces de llegar, por el momento, ante la catástrofe, es el común el que se organiza de manera espontánea, es el común el que se ofrece a ayudar desinteresadamente a quienes más lo necesitan, muchas veces colaborando con las instituciones, otras enfrentándolas. Entre el barro y la muerte se puede vislumbrar un mundo posible. Hay que quedarse con eso.
Sin embargo, no hay que olvidar que la solidaridad, el apoyo mutuo, es una actitud común en todos los grupos y actividades. Por mucho que discursivamente estos conceptos traten de asociarse a un campo u otro, los encontramos en todos los lugares que miremos. Son conceptos que hay que sustantivizar porque ¿dentro de qué grupos se dan? ¿A quiénes se extienden las prácticas específicas? ¿Qué papel cumplen o creemos que deben cumplir en nuestras comunidades? ¿Quiénes quedan fuera? ¿Y qué hacemos con ellos? En el campo de juego, la solidaridad, sus concepciones y prácticas, son parte de un capital social, cultural y económico (¡un hecho social total!) en los que distintos grupos compiten o cooperan para su apropiación y capitalización. Es esto lo que hoy se conoce como batalla cultural. Aunque mucha gente los observa con cierto horror desamparado, los debates, conversaciones y proclamas de estos días sobre la politización de la solidaridad son algo que hay que afrontar desde posiciones francamente progresistas porque, como materialistas, tenemos claro que nunca la acción social se da en el vacío de las formas y los contenidos, y que los actos más valerosos, entendidos fuera de la historia, son carne para horrores aún más violentos que los de la politización.
Estas preguntas se responden con política. Hay que nutrir estas prácticas con valores y sentidos cara a la emancipación, hay que desplegarlas hacia un horizonte de libertad, igualdad y fraternidad. Y por supuesto hay que educarse en que sean el patrón por el que medir y cortar nuestras relaciones.
Esta clase de desgracias tienen la capacidad de movilizarnos y desatar el apoyo mutuo. Podemos ver lo mejor de nuestras fuerzas sociales. Debemos aspirar a que estas demostraciones de solidaridad no sean algo extraordinario, sino el pan nuestro de cada día. Del mismo modo, debemos tratar de que no solo se expresen en los malos momentos sino que tenemos que procurar que la solidaridad y el apoyo mutuo estén presentes también en los momentos dulces de nuestras vidas en común. Es evidente porqué una tragedia así ha dado paso a una activación amplia de mecanismos de solidaridad. Una vez hemos visto esto no debemos quedarnos en el «ah, ya ha ocurrido» o la simple descripción del porqué: debemos ir más allá y preguntarnos porqué no en otros casos, qué deberíamos hacer para que en esos otros casos también ocurriera, y sobre todo aprender para estar preparados y practicar para construir.
La dura realidad de estas tragedias tiene un poder de movilización nada desdeñable, una movilización que puede estar organizada funcionalmente, pero que en general, y este parece ser el caso de la presente tragedia, no lo están políticamente. Una tragedia así se percibe como «nacional» en tanto que parece afectar (o así lo entendemos y sentimos, y actuamos en consecuencia) a todos y cualquiera, indiscriminadamente. Y si bien podemos decir que afecta a todos porque efectivamente hay afectados pertenecientes a prácticamente todos los grupos sociales que habitan el territorio, tenemos que admitir que no ha afectado, y no afectará, a todos esos grupos por igual. Como siempre, serán los «nadies» de Eduardo Galeano los que más sufran las consecuencias a corto, medio y largo plazo, en todos los planos de la vida. Esta diversidad de la tragedia y a la vez esta jerarquización de la tragedia tiene que ser comprendida para que lo ocurra estos días no sea simplemente un parche en una rotura del estado de las cosas. Tenemos el deber de comprender y trabajar sobre estas dimensiones para avanzar. No fue solamente la consciencia de clase la que dio pie al estallido de la Comuna de París, fueron también los hechos traumáticos de las sucesivas debacles militares en la guerra contra Prusia las que hicieron visibles las costuras podridas del Segundo Imperio y las que canalizaron una tragedia nacional que se agarró y se entendió, un paso más allá, como una consecuencia de políticas concretas que en última instancia buscaban la expansión imperial y el dominio capitalista.
Ni la solidaridad ni el apoyo mutuo son patrimonio exclusivo de una ideología, unos grupos, clases o modos de vida particulares: las concepciones racistas de la humanidad subrayan el apoyo mutuo y la solidaridad dentro de unos grupos raciales frente a otros, excluyendo a los que se considera no pertenecientes al propio. Los grupos criminales organizados también integran prácticas de solidaridad y apoyo mutuo dentro de sus propia estructura y sobre los territorios en los que operan. Los estado-nación los extienden a demarcaciones territoriales y a determinados grupos étnicos-cívicos, solo extendiéndose afuera a través de acuerdos y burocracias. A nivel local se extienden a otras comunidades vecinas con las que se siente vinculación, pero fallan en extenderse a otras que se vean lejanas y ajenas, y a veces directamente se niega su extensión si, aún cercana geográficamente y culturalmente, se consideran hostiles, enemigas. Un nivel local que crece y crece hasta extenderse a grupos, reales o imaginados, extensos y complejos. Como hechos humanos elementales y universales, son sustantivos, y se integran y operan de distintos modos, siendo una de las mayores diferencias los aspectos intergrupales frente a los intragrupales. De hecho no es ni ha sido raro que los grupos se identifiquen tanto con las formas y contenidos de sus prácticas que finalmente lleven a la confrontación frente a grupos hostiles con sus propias formas y contenidos. La solidaridad y el apoyo mutuo no son buenos per se:habría que distinguir entre ellos como hechos sociales y como hechos políticos. En cuanto a hechos sociales ocurren sin más, de manera orgánica dentro de una sociedad según ciertos criterios, sucesos, defectos… y se dirigen a aquellos con quienes los que los ejercen y movilizan se identifican; en cuando a hechos políticos, forman parte de un proyecto de vida y de mundo, construido mediante valores, imágenes y relatos específicos. El carácter de hecho social y hecho político no es excluyente, al contrario, suelen presentarse siempre de manera simultánea e inseparable, del mismo modo que la solidaridad autodirigida no es incompatible con la movilización de planes de ayuda y emergencia ajenos a la sociedad civil como agente ejecutivo. Como siempre en estas ocasiones, lo realmente importante más allá del análisis aislado de los hechos sociales es cómo estos se integran y articulan, qué agentes los movilizan y qué buscan y esperan de este uso.
Porque yo no quiero una solidaridad que deje a fuera a los que sufren (a los que a menudo sufren más) por el color de su piel, o por no tener este u otro documento relativo a ficciones legales. No quiero una solidaridad que sirva para dividir a los oprimidos de la tierra, esas clases que históricamente se integran como subordinados a través de la relación capital-trabajo-salario. No quiero una solidaridad que lleve a la reafirmación de estructuras de dominación-exclusión cerradas y violentas. No quiero una solidaridad apuntalada en diversas jerarquías que realmente solo es caridad y paternalismo, en la que el apoyo mutuo poco o nada tiene que decir.
Quiero, en cambio, una solidaridad diversa y abierta, indiscriminada, local y global, universal y cosmopolita, una solidaridad que apunte hacia la liberación total de todas las clases subalternas, de ayudar a quien lo necesite, donde lo necesite y cuando lo necesite. Una solidaridad de «a cada cual según sus necesidades, de cada quien según sus capacidades». Una solidaridad donde el apoyo mutuo sea el marco teórico y práctico de toda acción transformadora. Una acción social horizontal, universal, común, libre, igual y fraterna. Una acción social que entienda que las formas, sin contenidos, son una nada que arrojamos con el peligro de que otros las usen como armas de guerra para normalizar el deseo de ese «fascismo eterno» que tan elegantemente identificó Umberto Eco.
Piotr Kropotkin, probablemente el primer teórico de la izquierda en tratar este tema desde una perspectiva científica, ya mencionaba cómo las prácticas de apoyo mutuo eran fundamentales, no solo para el proletariado urbano y el campesinado rural, sino también para la burguesía europea, remarcando su aspecto de hecho social. Del mismo modo, desde su peculiar óptica evolucionista, hacía mención a cómo el futuro de la humanidad debería ser la de la instauración del apoyo mutuo global, tras superar los niveles del grupo y la clase, no perdiendo nunca el punto de vista de la solidaridad y el apoyo mutuo como hechos políticos existentes y necesarios.

Fernando Pachón Cárdeno (Badajoz, 1998) es estudiante de Antropología Social y Cultural en Sevilla, hortelano a tiempo parcial, amante de las cosas que no valen mucho y libertario porque no queda otra. Su blog es https://dererumpachoris.blogspot.com
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Comparto totalmente contigo el canto a la solidaridad como hecho social surgido del apoyo a quien sufre, aunque disiento en lo tocante a la versión política; puesto que la dana ha demostrado que la sociedad civil puede pasar por delante de la mezquindad política de una clase, se autodenomine progresista o conservadora, y darse sin distinción de fronteras artificiales, raza o religión. No creo que haya que darle un sentido político a la solidaridad. Lo bueno es que este sentimiento puede proceder de la idea de progreso social y solidaridad de clase, del humanismo cristiano o musulmán, sin distinciones partidistas y esa lección deberían aprenderla un presidente del gobierno valenciano, que puso por delante del servicio a su comunidad sus problemas personales o un gobierno de la nación, que no quiso ni supo poner a todo el ejército al servicio de la recuperación de las zonas dañadas y antepuso la soberbia de su presidente y el análisis político a su obligación de velar por los ciudadanos. Todavía es pronto para analizar con imparcialidad la conducta de la clase política ante esta catástrofe pero, desde mi perspectiva, tengo claro que viene a demostrar lo dañino de los análisis políticos excluyentes y la necesidad de poner a las personas en el centro de todas las cuestiones.
Un fuerte abrazo y gracias por compartir tu análisis con los lectores.