Crónica

Extractos socialistas

Juan José de la Fuente publica en Ediciones Trea 'Orígenes del socialismo, 1800-1848', una antología de textos de los primeros pensadores socialistas, con un ensayo introductorio y un prólogo de Pablo Batalla. Ofrecemos una pequeña selección de fragmentos.

El historiador riojano Juan José de la Fuente publica en Ediciones Trea Orígenes del socialismo, 1800-1848, una antología de textos de los primeros pensadores socialistas, con un ensayo introductorio y un prólogo de Pablo Batalla. Ofrecemos una pequeña selección de fragmentos.


En las revoluciones comunes que ocasionalmente tienen lugar en las naciones hay mucha injusticia infligida, y mucha sangre y riqueza sacrificada, tanto por los opresores como por los oprimidos. (Bray 1968 [1839], p. 191).


Las revoluciones solo tienen eficacia para derogar los principios más modernos, mientras confirman los más antiguos. (Proudhon 1873 [1840], p. 21).


Y ahora el Gobierno, infectado con todas las teorías inexpertas de los economistas políticos modernos, ha dispuesto las más severas medidas al promulgar leyes contra los derechos naturales de las clases pobres y trabajadoras, y a favor de los ricos y los poderosos. Leyes que seguramente incrementarán la pobreza, el crimen, el descontento y la miseria y, en última instancia, harán inevitable un cambio tanto en la práctica como en los principios. Ese cambio está ahora ante nosotros, al alcance de la mano, y supondrá una revolución de revoluciones, y asegurará el bien y la felicidad permanentes de la raza humana. (Owen 1920 [1857-1858], p. 176).


Todos sabrán que se puede lograr mucha más felicidad a través de la unión que por la desunión; cesará [con el socialismo] toda oposición y contienda entre hombre y hombre, entre nación y nación, por ventajas individuales o nacionales de cualquier tipo. (Owen 1842-1844 [1836-1844],  I, p. xxi).


[Socialismo significa] justicia distribuida por igual a todos los hombres según la condición de cada uno. (Weitling 1847 [1845], p. 137).


El socialismo se puede definir como una revolución moral que debe ser propiciada y expresada por una revolución material. Al mismo tiempo será una gran revolución religiosa. (Jean Jaurès 1959 [1891], p. 31).


Todo miembro improductivo de la sociedad es una CARGA DIRECTA para las clases productivas. Todo miembro improductivo de la sociedad es también un miembro INÚTIL de la sociedad, a menos que dé un EQUIVALENTE por lo que consume. (Gray 1825, p. 15).


La ganancia del capitalista es siempre la pérdida del trabajador (Bray 1968 [1839], p. 61).


Ha sido, y sigue siendo, opinión común entre los teóricos de la economía política que el hombre puede producir mejor y más ventajosamente para sí mismo y también para el bien público cuando se le deja actuar libremente en provecho propio, en oposición y en competencia con sus semejantes, que cuando actúa bajo cualquier convenio social que procure conciliar sus intereses individuales con los de la sociedad en su conjunto. Este principio del interés individual, opuesto perpetuamente al bien público, es considerado por los economistas políticos más célebres como la piedra angular del sistema social, y sin el cual la sociedad no podría subsistir… [Pero este] principio, en el que todos estos economistas se basan, en lugar de aumentar la riqueza de las naciones o de los individuos, es en sí mismo la única causa de la pobreza (Owen 1821 [1820], pp. 28 y 29).


Hoy el presente está preñado de futuro (Fourier 1966-1968 [1808], p. 100).


Pitágoras y Jesús enseñaban un mismo principio…, el comunismo (Weitling 1845, p. 24).


La última época del cristianismo debe ser la realización de esta igualdad de la que las primeras épocas proclamaron y dogmatizaron el principio: igualdad, fraternidad; tales fueron las primeras palabras del cristianismo, tales serán todavía las últimas (Buchez, cit. en Duroselle 1951, p. 83).


Las leyes humanas están todas ellas pensadas a fin de adiestrar a los hombres para que se vuelvan antisociales en su carácter, para crear intereses separados y opuestos, y para excitar la competencia y la lucha entre la humanidad (Owen 1842-1844 [1836-1844], II, p. 6).


Los miembros más fuertes de cada sociedad han tiranizado a los más débiles y, por medio de la fuerza bruta o por el engaño, los han convertido en sus esclavos: tal es actualmente la situación de la sociedad en el mundo. […] Esta división en tiranos y esclavos ha producido una clasificación de la sociedad que, aunque necesaria en sus primeras etapas, ahora está creando toda clase de males sobre la Tierra, e impide la posibilidad de que cualquiera alcance ese alto grado de excelencia y felicidad que, de otro modo, podría asegurarse tan fácilmente para toda la humanidad; una clasificación que debe ser destruida antes de que puedan eliminarse la injusticia y la opresión, el vicio y la miseria. Porque mientras los hombres se dividan en castas de patronos y obreros, amos y sirvientes, soberanos y súbditos, tiranos y esclavos, la ignorancia, la pobreza y la desunión tienen que esparcirse por el mundo, y tienen que alternarse avances y retrocesos en todas las naciones (Owen 1842-1844 [1836-1844], I, pp. 66).


Cuando al fin se alcance el Milenio, […] toda distinción de ricos y pobres tendrá su fin […], así como la existencia de grandes riquezas y extrema pobreza, dentro de una misma comunidad (Owen 1841a, pp. 7 y 8).


Instituciones y prácticas a eliminar en la transición de la vieja sociedad al nuevo sistema socialista (Owen 1842-1844 [1836-1844], IV, pp. 42 y 43):

1.º – Las así llamadas religiones del mundo.

2.º – Todos los gobiernos del mundo, bajo cualquier forma y nombre.

3.º – Las profesiones, civiles y militares, de todos los países.

4.º – Los sistemas monetarios de todas las naciones.

5.º – La práctica de comprar y vender para obtener beneficio económico.

6.º – Toda práctica que produzca luchas, civiles o militares, individuales o nacionales.

7.º – La forma actual de producir y distribuir la riqueza.

8.º – El modo en que hoy se forma el carácter de los hombres.

9.º – La fuerza y ​​el fraude, según se da hoy en todos los ámbitos de la vida y en todos los países

10.º – La práctica de intereses separados y la consiguiente desunión universal.

11.º – El aislamiento de cada familia y sus intereses particulares respecto al conjunto de la comunidad.

12.º – La educación de las mujeres para convertirse en esclavas del hombre en lugar de compañeras ideales.

13.º – La práctica de matrimonios artificiales e indisolubles impuestos por el clero.

14.º – La práctica de la falsedad y el engaño, ahora predominante en todo el mundo.

15.º – La existencia de una educación, empleo y condición desiguales.

16.º – La costumbre de que el poderoso oprima al débil.

17.º – La práctica de recaudar impuestos de forma regresiva para después gastarlos en medidas ineficientes, cuando podrían aplicarse, más efectivamente, en la producción de riqueza, conocimiento y prosperidad permanente para toda la población.

18.º – La práctica de producir todo tipo de artículos de calidad inferior, cuando la producción de artículos de calidad superior sería más económica y mucho más deseable.


El progreso de la civilización y de la Ilustración, y de las numerosas revoluciones, sin duda corrigieron muchos vicios primitivos; pero aún quedan una innumerable cantidad de injusticias, abusos, prejuicios, errores y miserias. […] El primer vicio y fundamental, generador de todos los demás, fue la desigualdad de fortuna y de goce [de los bienes materiales]. […] Otro vicio fundamental era el derecho de Propiedad, que una ley romana definía como el derecho al uso y ABUSO de los bienes creados por la Naturaleza.

Al principio, los Conquistadores o la Aristocracia habían conquistado, es decir,  usurpado y robado toda la tierra y hasta todos los bienes muebles, y los había repartido desigualmente, de modo que todos ellos eran sumamente ricos y muchos extremadamente opulentos.

Desde entonces, estos Conquistadores, queriendo hacer inviolables y sagradas sus Propiedades o sus conquistas, habían dictado leyes para declarar que cualquier infracción por parte de sus esclavos o del Pueblo sería un robo, un crimen, y el más infame de todos los crímenes, digno de infamia, de galeras o de la pena de muerte.

Veremos, en efecto, que el Dinero, la Desigualdad de Fortuna y la Propiedad fueron LA CAUSA de todos los vicios, de todos los crímenes y de todas las desgracias, tanto para los ricos como para los pobres.

Poseer y retener lo superfluo cuando miles y millones carecían de lo necesario era claramente un acto de INJUSTICIA.

Porque ¿no es cierto que la Naturaleza ha dado a todos los hombres, en el momento de su nacimiento, a todos los niños en la cuna, el mismo derecho a la existencia y a la felicidad? ¿Es posible negar que también para todos ellos y para satisfacer sus necesidades, que son las mismas, ha creado [la Naturaleza] todo lo que cubre la Tierra?

¿No es indiscutible que ella no ha hecho ni a pobres ni a ricos, sino que quiso la abundancia y la igualdad para cada uno de los miembros del género humano? Y cuando lo superfluo de algunos solo puede existir a causa de la pobreza de los demás, ¿no es esto una continua usurpación a los ojos de la Naturaleza, de la Razón, de la Justicia y de la Humanidad?

Aún es más, esta primera y capital injusticia ¿no contiene en sí misma esencialmente todas las injusticias y todos los vicios, el Egoísmo, la Vanidad, el Orgullo, la Inhumanidad y hasta la Crueldad? […] Y, en consecuencia, ¿no debemos ver todos estos vicios necesariamente en el conjunto de las acciones de los que poseían las riquezas?

También en vano se jactaban [los ricos] de su moralidad y de su caridad: la posesión de estas riquezas y la miseria a que necesariamente reducían a los pobres refutaban continuamente sus pretendidas virtudes.

Ni siquiera tenían derecho a declararse religiosos y cristianos; porque Cristo ha proclamado que todos los hombres son hermanos, y que entre ellos no debe haber ni ricos ni pobres (Cabet 1840, II, pp. 120, 122 y 123).


La anarquía civil y política es, pues, la ley de nuestro tiempo. La anarquía moral viene a unirse a ella. […] ¿Por qué fatalidad puede ser que la sociedad se sostenga únicamente en la lucha y el egoísmo, que haga una ley para que cada uno piense solo en sí mismo, que la desgracia de uno sea ávidamente explotada por el otro, que los ricos vivan allí suntuosamente del hambre de los desdichados, que los malvados dominen a los buenos, que los más generosos solo puedan sentir la mayor parte del tiempo enriquecer y hacer avanzar a la Humanidad a costa de sus sufrimientos, que los sabios sean gobernados por los necios, que todo un sexo [el femenino] se encuentre aún sometido a la humillación, y que todavía haya bajo una apariencia de libertad una multitud innumerable de esclavos? (Leroux 1850 [1844], pp. 27 y 28).


La primera causa de miseria y malestar en las clases del pueblo la encontramos en las circunstancias que en el día acompañan a la desigualdad de condiciones sociales, desigualdad que, por otra parte, hemos considerado como necesaria, como inevitable, como dependiente del principio social. Pero no hallamos en cada condición los elementos o caracteres que deberían acompañarla, y de esta falta resulta la lucha permanente y peligrosa entre los propietarios y los proletarios, engendrando los odios, las venganzas, el acrecentamiento de orgullo y de poder en los unos, de miseria y degradación en los otros. Hemos reconocido, señores, una misión sagrada en las clases ricas, que por lo común no desempeñan; misión de caridad y beneficencia hacia las clases pobres, misión dependiente de un alto principio de justicia social, que reúne el poder material con el poder moral, la fortuna con los talentos y estos con la virtud (Sagra 1840, p. 308).


La propiedad, así formada, se ha convertido en la base de lo que ha quedado de la sociedad entre los hombres. Cada uno, retirado a su pedacito de tierra, se ha convertido en soberano absoluto e independiente; y toda acción social se ha reducido a hacer que cada uno siga siendo dueño de ese pedazo de tierra que la herencia, el trabajo, el azar o el crimen le habían procurado: «Esto es mío, cada uno en su casa y Dios en la de todos». Desgraciadamente, el resultado de tal abandono de toda providencia social es que cada uno no tiene su pedacito de tierra, y que la parte de unos tiende siempre a aumentar, y la de otros a disminuir; la bien demostrada consecuencia de esto es la esclavitud absurda y vergonzosa de veinticinco millones de hombres de cada treinta (Leroux 1850 [1834], p. 375).


Preguntad a los partidarios del individualismo qué opinan de la igualdad de los hombres: ciertamente se abstendrán de negarla, pero para ellos es una quimera sin importancia; y no tienen forma de ser conscientes de ello. Su sistema, por el contrario, solo engendra la desigualdad más infame. De ahí que su libertad sea una mentira, pues únicamente unos pocos la disfrutan; y la sociedad se convierte, como resultado de la desigualdad, en una guarida de pícaros e incautos, un sumidero de vicio, sufrimiento, inmoralidad y crimen (Leroux 1850 [1834], p. 376).


La Filosofía hizo bien en alabar la libertad, es el primer deseo de todos los seres, pero olvidó que en las sociedades civilizadas la libertad es ilusoria sin la riqueza individual de la población; faltando esta [riqueza], la independencia de las clases trabajadoras se parece a una casa sin cimientos, que no tarda en desmoronarse. El hombre libre sin fortuna pronto vuelve a caer bajo el yugo de los ricos; el esclavo apenas liberado se asusta ante la necesidad de subsistencia y corre a revenderse para escapar de esta nueva angustia, que es para él como la espada de Damocles. Al darle desconsideradamente esta libertad desprovista de fortuna, se le hace pasar del suplicio físico al suplicio del alma. En este nuevo estado únicamente encuentra una existencia onerosa. […]

La igualdad de derechos es todavía hoy una quimera, loable cuando se considera en abstracto, y ridícula si tenemos en cuenta los medios empleados para introducirla en nuestra civilización actual. El primer derecho humano es el derecho al trabajo y a disponer de un mínimum social. Esto es precisamente lo que se ha pasado por alto en todas las constituciones (Charles Fourier: ‘De la méthode mixte’, La Phalange, VII (1848), p. 117).


Sí, todos los hombres creen y repiten que la igualdad de condiciones es idéntica a la igualdad de derechos; que propiedad [privada] y robo son términos sinónimos; que toda preeminencia social concedida o, mejor dicho, usurpada bajo pretexto de superioridad de talento y servicio, es iniquidad y robo: todos los hombres, digo, pueden comprobar estas verdades en el fondo de sus almas; es solo cuestión de hacérselo ver (Proudhon 1873 [1840], p. 17).


La abolición de los abusos de la propiedad privada, esa [es] la herramienta indispensable para la realización de la doctrina de Jesús…

La propaganda revolucionaria de Cristo. Jesús no tenía respeto por la propiedad [privada]. Esto es fácil de entender. Un hombre que se ocupa de la felicidad de los pobres, que solo ve esta felicidad en la comunidad de bienes o, lo que es lo mismo, en la abolición de la propiedad privada, las herencias, las leyes y los castigos; quien expresamente dijo que vino a anunciar el evangelio a los pobres, tal persona, naturalmente, no podía tener respeto por la propiedad, porque era precisamente a esta concepción de la propiedad a la que se oponía (Weitling 1845, p. 74).


El comercio, vagamente definido como libre intercambio, es solo un método, entre otros, de libre intercambio, y no [precisamente] el mejor. Para definir el Comercio más exactamente, es un modo de intercambio en el que el vendedor tiene derecho a defraudar impunemente y a determinar por sí mismo y sin arbitraje de un tercero la ganancia que debe asignársele, de modo que este vendedor se erige en juez y parte de su propia causa, y el comprador queda absolutamente privado de garantía alguna contra la rapacidad y el engaño de aquel. Sería ir contra el sentido común decir: «La buena fe debería reinar en el Comercio». Hay que decir, por el contrario: «Debería reinar la buena fe con el fin de abolir el Comercio» (Charles Fourier: ‘Du Commerce et des commerçants’ (1803), en Fourier 1966-1968 [1842-1846], Oeuvres complètes, XI, vol. 2, p. 17).


Los distribuidores, pequeños, medianos y grandes, tienen que ser sostenidos todos por los productores, y cuanto mayor sea el número de los primeros en comparación con los segundos, mayor será la carga que el productor ha de soportar; porque a medida que aumenta el número de distribuidores la acumulación de riqueza debe disminuir, y se debe exigir más al productor. Los distribuidores, bajo el sistema actual, son un peso muerto para los productores, y son los más activos desmoralizadores de la sociedad. […]

Los distribuidores no añaden nada al valor de los bienes producidos, pero añaden al coste de estos todo el gasto necesario para mantener sus vidas y la de las personas que emplean. Los distribuidores no crean una partícula de riqueza para la sociedad. Por lo tanto, son una carga para los productores, en proporción a lo que consumen y malgastan en el transporte de los productos de los almacenes a sus tiendas. Con una organización sensata y científica de la sociedad, se evitaría la pérdida y el despilfarro de gran parte del mantenimiento de los distribuidores y del transporte de productos de los almacenes a las tiendas (Owen 1842-1844 [1836-1844], II, pp. 22 y 24).


¡Qué impotentes son nuestros pactos sociales para proporcionar a los pobres una subsistencia digna y acorde con su educación, para garantizarles el primero de los derechos naturales, el DERECHO AL TRABAJO! Con estas palabras, derechos naturales, no me refiero a las quimeras conocidas con el nombre de libertad e igualdad. Los pobres no aspiran a tanto, no quieren ser iguales a los ricos, se contentarían con vivir en la mesa de sus criados. ¡Las personas sencillas son más razonables de lo que podría parecer! Consienten en la sumisión, en la desigualdad, en la servidumbre, con tal de que se piense en los medios de ayudarlas cuando las vicisitudes políticas las han privado de su trabajo, las han reducido al hambre, al oprobio y a la desesperación. Y es precisamente en esta situación cuando se ven abandonadas por la Política. ¿Qué ha hecho la Política para proporcionarles no ayuda, sino simplemente la oportunidad de seguir manteniendo su trabajo habitual, del que depende su subsistencia? En todas partes, entre las clases bajas e incluso entre las educadas hay un sinfín de desdichados que en vano buscan trabajo, mientras sus semejantes viven despreocupados en la ociosidad y la abundancia. ¿Por qué la Política se burla de estos desdichados dándoles derechos de soberanía, cuando solo piden derechos de servidumbre, solo el derecho a trabajar para satisfacer los placeres de los ociosos? (Fourier 1966-1968 [1842-1846], XII, p. 624).


El estándar natural del valor [de cualquier cosa] es, en principio, el trabajo humano, o la combinación de los poderes mentales y manuales de los hombres puestos en acción (Owen 1821 [1820], p. 4).


De esta nueva riqueza así creada, el trabajador que la produce tiene justo derecho a su debida y proporcional recompensa; y es interés para lograr el bien general de cada comunidad que el productor [o sea, el trabajador, que es, según Owen, el verdadero productor de la riqueza] tenga una proporción justa y fija de toda la riqueza que crea (Owen 1821 [1820], p. 20).


Había surgido bajo la Restauración [borbónica en Francia] una especie de ciencia vacía y hosca, que se había atrevido a tomar el nombre de la más bella de las ciencias, y que sin corazón, sin ojos y sin oídos, pretendía sin embargo ser la rectora de la sociedad: se llamaba Economía Política. […] Su principio universal, su único axioma era la libertad y la competencia. Cada uno para sí, y en definitiva todo para los ricos, nada para los pobres: aquí está resumido; liberal en apariencia, letal en realidad. Así, el bello nombre de la libertad se había convertido en la consigna de la opresión material de las clases bajas, de los ilustrados y de los artistas. Esta supuesta ciencia era la negación misma de toda ciencia social. […] En relación con el pueblo, todo su valor [el de la nueva ciencia política] residía precisamente en no tener ninguno; su papel era no hacer nada, ‘dejar hacer’ (laisser faire). Egoísmo de cada cual, guerra entre todos, privilegio de los ricos, eterna miseria de los pobres; esto es lo que la economía política proclamó como el estado normal de la sociedad. La competencia, que se celebraba como la ley misma de la justicia, no era en realidad más que una mesa de juego donde de un lado estaban ciertos privilegiados ociosos, del otro la inmensa mayoría del pueblo, los trabajadores, y donde se cargaban los dados en favor de los primeros (Leroux 1850 [1844], p. 184).


Para construir esta simple pero superior organización de la sociedad [es decir, la del socialismo], debemos abolir inmediatamente todas las divisiones, instituciones y disposiciones ahora vigentes (Owen 1842-1844 [1836-1844], II, p. 17).


[Los avances en] la maquinaria y la química reemplazarán la necesidad de una continuación más prolongada de la división del trabajo manual, mediante la cual, ahora, el inestimable valor del trabajo humano es sacrificado a la aguja y al hilo, o a algún otro objeto menos útil y más insignificante. […]

¡No!, la maquinaria, la química y otras artes y ciencias han destruido la posibilidad de mantener por mucho más tiempo el sistema individualista y repulsivo actualmente vigente en el mundo. Afortunadamente para la humanidad, la maquinaria y la química, que hasta ahora, bajo la influencia del individualismo, han aumentado la pobreza de los trabajadores y la inmoralidad y la miseria de todos en gran medida, están destinadas en última instancia a destruir la pobreza, el miedo a ella, la inmoralidad y la miseria. La maquinaria y la química se destinarán a hacer todo el trabajo insalubre y desagradable de la sociedad, dejando solo ocupaciones y empleos sanos y agradables para que los realicen hombres, mujeres y niños (Owen 1842-1844 [1836-1844], II, pp. 20 y 27).


Ahora, en este nuevo estado de la sociedad [o sea, en el sistema socialista], la condición de los dos sexos cambiará absolutamente. [Ambos] serán adiestrados y educados […] para convertirse a lo largo de la vida en perfectos compañeros. Las mujeres ya no serán esclavas o dependerán de los hombres más de lo que los hombres serán esclavos y dependerán de las mujeres (Owen 1842-1844 [1836-1844], V, p. 71).


Para que toda la humanidad se beneficie [de este cambio hacia el socialismo], la reorganización de la sociedad debe ser completa en todas sus partes integrantes; tanto es así que, en esta reorganización, «lo viejo debe morir para volver a renacer como algo nuevo».

Las religiones, las leyes, los gobiernos, todo tipo de clasificaciones, las instituciones y todas las disposiciones comerciales del viejo mundo deben ser abandonadas tan pronto como la nueva organización pueda ser llevada a la práctica, para eliminar los males que causan la miseria humana desde hace tanto tiempo. Pero [estas medidas deben ser] introducidas sin violencia ni desorden de ningún tipo (Owen 1842-1844 [1836-1844], V, p. 56).


La propiedad privada ha sido, y es hasta hoy, la causa de un sinfín de crímenes y miserias para el hombre. […] La propiedad privada hace a su poseedor un egoísta ignorante; y egoísta, generalmente, en proporción a la extensión de la propiedad que tenga en su poder. […]

[Pero] la propiedad privada también deteriora el carácter de su poseedor de diferentes modos; está calculada para producir en él orgullo, vanidad, injusticia y opresión, con total desprecio de los derechos naturales e inalienables de sus semejantes. […] [Además], la propiedad privada aliena la mente humana, es la causa perpetua de una acción repulsiva en toda la sociedad, una fuente constante de engaño y fraude entre los hombres, y un fuerte estímulo para la prostitución entre las mujeres. Ha provocado guerras a lo largo de toda las épocas pasadas en la historia conocida de la humanidad y ha sido un estímulo para innumerables asesinatos particulares. […] Ahora, [la propiedad privada] es la única causa de la pobreza en el mundo, así como de sus interminables crímenes y miserias; y es, en principio, tan injusta como imprudente en la práctica. […]

Tan pronto como la sociedad haya sabido establecer las más óptimas condiciones, [en el mismo momento en que] estas hayan sido creadas, la propiedad privada dejará de existir natural y gradualmente. Porque la propiedad privada y la verdad, la caridad, el amor, la justicia, la bondad, la sabiduría, la concordia y la felicidad [entre los hombres] nunca pueden coexistir. […] Se supone que el sistema de propiedad privada permite a la sociedad crear más riqueza de la que se obtendría mediante un sistema apropiado de propiedad pública. Sin embargo, ninguna suposición podría ser más errónea. La propiedad privada es uno de los mayores obstáculos para la creación de riqueza, así como una de las mayores causas inmediatas del crimen y de los sentimientos de repulsión entre la humanidad. […] [Es necesario, pues, establecer] un sistema racionalmente organizado de propiedad pública (Owen 1842-1844 [1836-1844], VI, pp. 40-43; y Owen 1854 [1853], pp. 6 y 7).


Ese cambio está ahora ante nosotros y supondrá una revolución de revoluciones, y asegurará el bien y la felicidad permanentes de toda la humanidad. […] Este cambio será, de hecho, un cambio radical en los principios y prácticas de la sociedad en todo el mundo (Owen 1920 [1857-1858], pp. 179 y 180; y Owen 1841a, p. 19).


Las clases media y baja unidas podrían fácilmente efectuar el cambio tan pronto como adquirieran el conocimiento de cómo iniciarlo y cómo proceder en consecuencia; porque entre las dos poseen todas las cualidades útiles y esenciales para formar un estado racional de sociedad: la clase media para dirigir, la clase baja para seguir sus direcciones en una unidad de destino (Owen 1842-1844 [1836-1844], VII, p. 49).


Orígenes del socialismo, 1800-1848
Juan José de la Fuente Ruiz
Trea, 2024
368 páginas
25 €

Juan José de la Fuente Ruiz es doctor en Historia por la Universidad de Salamanca. Mención especial en el Premio Nacional de Fin de Carrera y beca de Formación del Profesorado Universitario que otorga el Ministerio de Educación, ha realizado estancias en la Universidad Nacional de Educación a distancia de Madrid y en el Institute for European, Russian and Eurasian Studies de la George Washington University. Organizó un congreso en la Universidad de Salamanca sobre Salamanca y la Fundación Piadosa Rodríguez Fabrés en el primer tercio del siglo xx. Especializado en historia social y política contemporánea, es autor de Una ciudad dentro de la ciudad de Salamanca. Los orígenes de la Vicente Fundación Rodríguez Fabrés (1904–1918), Historia de la Fundación Rodríguez Fabrés (1914–2014) y La «invención» del socialismo. Radicalismo y renovación en el PSOE durante la dictadura y la transición a la democracia (1953–1982), publicado en 2017. En la actualidad, trabaja en una historia general del socialismo (y el comunismo), La mentalidad socialista: el primer volumen llevará por título Owen y su tiempo (1800–1858).


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Extractos socialistas

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo