/ una reseña de Luis López Suárez /
Algunos de los poemas de La ballena loca, la última entrega de Miguel Floriano, están construidos mediante un sistema que pudiera parecer de adición o yuxtaposición de elementos, pero que en realidad corresponde en la escritura a los meandros del pensamiento del autor, que congrega en un equilibrio tenso y a menudo difícil, pero siempre logrado; como si, por pudor, nos quisiera hacer sólo espectadores, no partícipes, de lo que se dice, o mejor se vela, en los versos. Poemas, además, minados de referencias, de citas, de alusiones y traducciones que están pidiendo a gritos unas notas para guiar o confundir, según el caso, un poco a la manera de las que Eliot escribió para La tierra baldía. Pero no se me malinterprete: es natural que esos poemas muestren un cierto grado de dificultad, pues su tema es —precisamente— la duda en la capacidad del lenguaje, no sólo para comunicar, sino —lo que es más importante en poesía— para evocar con palabra eficiente, para regresar el pasado, para conjurar la muerte y el olvido, para otorgar un modo de absolución.
III. (Interpretación de las bellas artes)
Por el arte y su bienaventuranza
intuimos el padecimiento
del padre y de la madre, semejante
a algo así como una vibración
sonámbula o vigilia del lenguaje.
No solo ellos soportan el anhelo
que no podría tener fin:
el apetito interminable
del más joven titán,
una voracidad de conocer
acerca del supuesto
dolor leído, de lo que parece
enfermedad o pena, dónde sus charcas germinales,
ya que les pertenece, como a la piel el hueso,
y quién el responsable, para gloria del poema,
de tanta palabra heroica
que se vence en el perdón o el ruego.
Pero la historia es muda
cuando le damos expresión,
cuando la historia no existe.
Siempre, al final del día,
él los quiere lejos del sentido
que se propaga igual que un humo viejo,
les desea felices en un vergel silencioso
donde solo se pidiese el pan
o se diera las gracias, para luego callar
sobre lo que jamás se hubiera escrito.
Hay otros cuya lectura es más fácil, y son aquellos que el poeta dedica a la infancia, adolescencia y primera juventud, el recuerdo de su abuelo, los veraneos en Tapia de Casariego, las primeras lecturas, en los que el poema surge de una vena más transparente.
Usábamos pinceles y rotuladores
para colorear las piedras más redondas que encontrábamos.
Más tarde, cuando oscurecía,
y nuestros conocidos se dejaban ver
por el paseo del muelle, con las luces desleídas
como en las avenidas de Comala,
las poníamos a la venta sobre cajas de fruta.
Un buen día sacamos mil pesetas
que invertimos en ropa y chucherías.
Llenábamos el mundo, y eso es todo.
En la casa de quién, revestida por qué tenue
música, interpretada por qué manos
confusas estará alguna de ellas ahora.
Esta belleza natural deja en mi cuerpo
una certeza de obediencia inexcusable,
y escondiendo esta fragilidad en la costumbre
de regresar aquí,
atiendo sin remedio el gran discurso humano:
también yo me odiaría por tener que envejecer y que morir.
Sin embargo, ser anfitrión del odio
defraudaría mis amigos, siempre audaces,
que buscaban conmigo en la pedrera
los ejemplares más perfectos y que hoy
traen consigo licores, dados y palabras,
ceñidas sus pesadas cabezas con sombreros
y boinas de otro tiempo,
a los que por supuesto va tirándoles
la muerte de la oreja, murmurando:
«vivíos sin reparo, vivid: vengo».
El tono en ambos casos oscila entre lo confesional y lo meditativo; suenan ecos de la tradición poética inglesa. Suenan también ecos de los poetas del 50 en la manera de hacer autobiografía del poema, de hablarse a sí mismo en segunda o incluso tercera persona.
Y hay en todos, para finalizar, una reflexión sobre la materia misma de la poesía. Ésta es una constante de la obra de Miguel Floriano. Pero no se busque por ello un tratamiento metapoético, que este libro elude con la sabiduría de la madurez. Lo poético se aborda desde el poema mismo, a la altura de un legado de reflexión crítica y de modernidad que el autor conoce y asume, y que nos traslada en sus versos.
María
Aunque lo que conduce a ella
no suele serlo, sí acostumbra a ser sencilla
toda verdad, hermosa y simple
igual que un niño, un pájaro, un estanque,
el presentimiento de un hábito agradable.
Siempre traerá silencio, peno nos seduce
como seduce al rayo el árbol inclinado.
Invítame otra vez a un último momento
feliz, donde secretamente
sonrías, en mitad del absurdo carnaval,
y hagas caer sus máscaras
de piel disimulada
y deshagas la cal del alma
y justifiques la torpeza de todas las palabras,
ya que jamás se encenderán, estoy seguro,
los cirios del ocaso sobre tus cinco letras
si en la historia te tiendes, y en la luz, y en los libros.
La ballena loca está precedida por un esclarecedor prólogo del poeta Lorenzo Oliván, y ha sido publicada en Isla Elefante, el sello editorial que con tanto tino dirige Ben Clark.

Miguel Floriano
Isla Elefante, 2024
75 páginas
13 €
Luis López Suárez nació en Oviedo (1966). Entre sus intereses preferentes están la historia del arte, la música y el cine. Es autor de los poemarios No todo fue mentira (Madrid, 2008), Con paso incierto (2017) y Oficio de difuntos (2024) y la plaquette Ocho sonetos fúnebres (2020).
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