Estudios literarios

La batalla de Segovia

Mariano Martín Isabel hace un análisis literario de la novela 'Grafiti Segovia 2028', de Mariano Fuente Blanco,

/ por Mariano Martín Isabel /

El título

Mariano Fuente Blanco ha construido una novela futurista que se desarrolla en el año 2028. La acción transcurre en la ciudad de Segovia. En la primera página se transcriben unos grafitis que aparecieron escritos en las ruinas del teatro Cervantes (viene a decir que cada guerra es “una prolongación […] de la única y misma guerra original que inauguró Caín”: p. 8). El título es, por consiguiente, Grafiti Segovia 2028. “Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”: con estas palabras del Bhagavad-gita, que dicen que pronunció Oppenheimer, se dispone a empezar el relato; el autor nos recuerda, de paso, que los efectos de los accidentes nucleares “durarán al menos hasta el año 22.000” (p. 10).

¿Y si cayera una bomba atómica sobre Madrid? ¿Y si la sierra y el viento aislaran a Segovia de la radiactividad? ¿Y si, muertos los políticos de la capital y destruidos los edificios institucionales, todas las comunidades autónomas se declararan independientes? Aparecería la república de Castilla, tal vez la de León, incluso la del Bierzo… Algo parecido sucedió hace un milenio: cuando se desintegró el califato y aparecieron los reinos de Taifas.

Estructura

Ése es el argumento que nos propone Mariano Fuente en su última novela. Emulando a Orwell, sitúa la acción en un futuro próximo y sus casi 350 páginas empiezan con dos citas, unos grafitis, una llamada al lector, un prólogo y un mapa de la batalla de Segovia; terminan con un final de doce páginas a modo de epílogo. El cuerpo del relato está dividido en siete partes (el propio final viene a ser la octava).

En la primera (“La bomba”) arranca la acción. En la segunda (“Los días y las noches”) se narra lo que pasó en los seis primeros días después de la caída de la bomba. En la tercera, de doce días de duración (“El nuevo Estado”), se cuenta el nacimiento de la República Castellana. En la cuarta (“La invasión”) se produce la llegada de los mercenarios rusos (los “sibir”, abreviatura de “siberianos”), que empiezan arrasando Soria y ponen sitio a Segovia; los segovianos preparan la defensa y cavan una red de túneles que recorre la ciudad de parte a parte, dividiéndola en Ciudad Alta y Ciudad Baja; y es que tras el asesinato de Putin ha tomado el poder el comandante K. K. Kománov (KKK, como si fuera el Ku Klux Klan), cuyas ideas ultranacionalistas hacen parecer a Putin poco menos que “una palomita” (p. 150). De su mano “los nuevos invasores, los bárbaros del 2028, venían del Norte y del Este” (las similitudes con la historia antigua son más que evidentes); es “una poderosa multitud de hombres armados” de una compañía (la “Empresa Privada de Servicios de Defensa”, EPSD) que “se dedicaba al alquiler de la fuerza bruta” y a la “producción de crímenes en cantidades industriales”; tomando a Ucrania como modelo, aseguran venir “a liberar Europa del fascismo” (p. 152).

Polifonía

La quinta parte refiere el asedio a la Ciudad Baja. La sexta, a la Ciudad Alta (ésta es la parte más larga, la que ocupa más páginas, desde la 223 a la 318, 95 páginas que son, además, las más densas). El narrador es un periodista que escribe su crónica sin saber si se va a publicar, como una manera de dejar testimonio de lo que sucede; tampoco sabe, porque no lo sabe nadie, si va a sobrevivir. Pero no es el único narrador que importa: también están los muros del teatro (con las anónimas palabras de los grafitis), los personajes que hablan con voz propia (el comandante Malla, que coordina la línea sur, Publio Muga, encargado de la línea norte, o Pablo Plaza, el carpintero). Por todos ellos conocemos la visión de los sitiados.

Pero también conocemos la de los asaltantes: ¿cómo se las arregla Mariano Fuente para conseguirlo? El procedimiento no puede ser más sencillo: mediante una gran cantidad de documentos jaqueados, conversaciones interceptadas que nos muestran la evolución del estado de ánimo y la moral de los agresores; éstos se mueven entre la euforia inicial y el desaliento a medida que avanza la batalla. El resultado es una polifonía de voces que huye de la narración omnisciente y nos lo cuenta todo desde un perspectivismo cercano al que teorizaba Ortega y Gasset: si cada uno tiene su propia perspectiva (decía el filósofo), la realidad se obtiene de la suma de todas las perspectivas posibles, y una realidad completa sólo la podría conocer Dios.

La sexta parte se divide en tres secciones: una descripción de las líneas norte y sur, cada una con las visiones de los asaltantes y de los sitiados (páginas 223 a 230), las vísperas de tensa espera (páginas 231 a 234) y el relato de los siete días que dura la batalla, siempre con el mismo esquema: lo que sucede en el sur, lo que sucede en el norte y el balance del día. La batalla empieza por el sur en la puerta de San Martín y por el norte en la puerta de San Juan; por el sur los sitiadores avanzan, desde la plaza de Medina del Campo y por la plaza del Corpus Christi hasta desembocar en la Plaza Mayor; y por el norte se va desplazando hacia las ruinas del hospital, el edificio de correos, la plaza de la Rubia y la calle del cronista Lecea hasta la última barricada, que es también la de la Plaza Mayor, retratando el avance de los sitiadores.

La invasión empieza por Miranda de Ebro el 8 de noviembre de 2028; la batalla de Segovia, el jueves 7 de diciembre, terminando todos los combates el día 13 del mismo mes; entre esos días la hora del amanecer ha avanzado desde las 08.28 del día 7 hasta las 08.33 del día 13, como si el invierno penetrara con mayor lentitud que el avance aparente de la batalla. La República Castellana, mientras tanto, se está desmoronando. Y en medio de esa Galia conquistada la Segovia que resiste, a pesar de los implacables avances del enemigo, parece una aldea de galos irreductibles en la que no pueden penetrar las legiones de Roma.

Intertexto

Es imposible detenerse aquí en las incontables ideas que atraviesan estas páginas. También hay un diálogo cruzado donde aparecen otros autores. Está Dostoievsky (p. 181), está Machado (“nunca quise dinero ni poder”, que recuerda al “nunca perseguí la gloria”: p. 323), asoma césar Vallejo, no sé si con el permiso del autor (“adiviné el vuelo de la bala que tenía destinado mi cuerpo desde que nací”, por aquello de “me moriré en París un día del que ya tengo el recuerdo”: p. 327), y asoman también otros autores quizá de manera inconsciente: Manuel Vázquez Montalbán (los mensajes escritos en los envases de yogures nos recuerdan en la p. 79 su idea del “novellage”), Georges Orwell (las expresiones abreviadas “inam”, “inocol” o “UBuTu” parecen un remedo de la neolengua: pp. 118, 163), Clausewicz (“ser más fuerte en el punto decisivo”, p. 191), además de la cita sobre el efecto sorpresa que aparece en la página 7 y que le debemos a Sun Tzu; el propio autor se cita imperceptiblemente a sí mismo, porque en la página 190 habla de Segovia como una “ciudad menguante” y éste era precisamente el título que tenía su anterior novela sobre Adonay); cuando habla de que “las muchachas están llorando” porque “el amado se fue” (p. 331), ¿cómo no pensar en la poesía galaico-portuguesa? Muchas referencias salpican la novela y no tienen por qué ser intencionadas todas ellas; los escritores nadan en un inconsciente cultural que provoca la aparición de palabras y frases de las que el propio autor no se da cuenta.

¿Aristóteles o Brecht?

Pareciera que el principio y el final fueran de corte aristotélico, propiciando la identificación del lector con sus personajes y sufriendo con ellos. Pero el cuerpo de la novela nos recuerda a Brecht con su particular teoría de la distanciación: para analizar lo que sucede hay que poner el sentimiento entre paréntesis, o de lo contrario se nublaría la razón: la página 45 así lo sugiere (“yo que no había sufrido pérdidas de familiares […] echaba de menos un análisis […] serio sobre el origen de la Bomba”. La distanciación, sin embargo, tiene algo aristotélico porque el decoro que Aristóteles promueve (la “bienséance”, que dicen los franceses) también tiende a evitar la violencia en escena (en la tragedia no la vemos, sino que nos la cuentan). Distanciación y decoro son dos recursos que justifican lo que el autor hace en buena parte de su libro: exponer sus ideas sobre el buen gobierno a partir del análisis del gobierno malo; para eso es preciso liberar la razón, evacuar los sentimientos.

Pensamiento lógico

El enclaustramiento inicial para evitar la radiación no puede dejar de recordarnos la pandemia, y estoy seguro de que el autor, a la hora de describirla, no ha dejado de pensar en ella. Muchas cosas habría que decir: contentémonos con sobrevolar algunas de las ideas que salpican la novela. Hay problemas lógicos, como los que plantean la democracia (“¿quién controla al controlador?”: p. 120), la revitalización paradójica (fortificar la ciudad con sus propias ruinas: p. 209), el optimismo paradójico (los drones “hacen muy poco daño porque todo está destruido”: p. 281) y la paradoja de la muerte porque los muertos no pueden volver atrás ni seguir adelante (p. 335) y, teniendo todo el tiempo, “carecen de interlocutor, lo cual hace inútil su buena disposición para contar verdades” (p. 336).

Pensamiento político

Pero preocupan al autor los problemas de la sociedad. Entre los axiomas de la vida comunitaria (“ahorrar […], hablar poco, discutir menos y evitar los conflictos”: p. 65) y la “ley de oro de la buena vecindad” (que “la mejor forma de ayudarse a sí mismos es ayudar a los buenos vecinos”: p. 171) está la inevitable paradoja del nacionalismo (“la dignidad ajena merece el mismo respeto que la propia” y “el dolor de las madres ajenas es tan sagrado como el de” nuestra “propia madre”: p. 304). Hay una visión unilateral propia de las guerras (“cada hombre de los nuestros que cae constituye una tragedia cósmica”, mientras que los enemigos “simplemente desapareen del campo de batalla”: p. 276); pero cuando todo ha pasado, la misericordia nos hace sentir desde la piel del enemigo porque “todos los muertos y todos los desangrados (ésta es la palabra que hoy busco para ser preciso) lo habían sido por una causa equivocada e injusta” (p. 308). Sentimiento de pertenecer a la humanidad antes que a nuestra tribu, que es lo que Mariano Fuente, en la estela de MacLuhan, expresa como una “aldeana globalidad”: una oxímoron que retrata la realidad contradictoria en la que vivimos (p. 45).

La patria

¿Qué queda, entonces, de la patria? “No echo de menos […] las historias de patriotismo sentimentalista que nos contaron en la escuela […] Lo que aprecio de verdad son las vidas de la gente sencilla que defiende sus principios y trabaja por la Libertad, por la Igualdad y por la Justicia sin hacer ruido […] Los límites de los estados siempre me han importado un comino pues a fin de cuentas las fronteras no borran la geografía” (p. 340). Es como si tuviéramos dos patrias, la patria de nacimiento (en este caso es Castilla) y la patria común de todos, mucho más valiosa que ésta, que es la humanidad; de la misma manera el autor enuncia la teoría de las dos madres: “la Madre Tierra de todos y su madre de carne y sangre que los parió” (p. 337). ¿No existe, pues, la patria? Sí. El autor lo dice claramente en la solapa de su libro, donde “defiende la Tierra desde la Tierra de Castilla” y la tierra sólo tiene valor como común patria de toda la humanidad porque cada país habla en una lengua y (volvamos a la solapa) “todas” las lenguas “son una”. Nos nutrimos por las raíces y respiramos por el aire, y si las raíces son la tierra a la que estamos atados, el aire nos abre a la libertad.

La tierra: la “Ancha Castilla”, que es “el espíritu ancestral de nuestra tierra” (p. 348). Las poblaciones no debieran estar separadas por más de 20 kilómetros. De la proximidad viene la nostalgia de España (“creo […] que nuestros hijos o nuestros nietos volverán a unirse en una sola nación que llegue hasta el mar por el Norte, por el Sur, por el Este y por el Oeste, como fue durante mil años”. Ahora bien, España se siente hermana de Portugal (“¿quién sabe si el movimiento de las ondas no llegará más adelante -¡Ojalá!- y la unificación será de carácter ibérico como ya lo fue hasta hace sólo 800 años?” (p. 349). Y no termina todo ahí. “Ojalá Europa, la Doncella secuestrada por un Dios fingidor disfrazado de toro capitalista y postsoviético, sea algún día la única Comunidad a la que nos dirijamos todos como la casa de nuestro Padre y nuestra madre”. Parece que Castilla no tuviera sentido sin España, ni España sin Iberia, ni Iberia sin Europa. Pero Europa, en Segovia, es el acueducto y la profesora Marian, al principio de la novela, era taxativa: “¡al acueducto ni tocarlo!”, había dejado dicho.  Pues bien, eso es precisamente lo que ocurre: “volaron el Instituto Quintanilla […] pero no tocaron el Acueducto” (p. 313), tal y como pedía Marian; el final del libro es casi matemático porque acaba demostrando, como hipótesis, el deseo que habíamos empezado queriendo realizar.

Estilo

Si echáramos un vistazo al resto de su obra, parecería que el autor utiliza un estilo diferente en cada novela: no es así; lo que intenta es retratar a sus personajes a través del lenguaje en el que se expresan. En Últimos días de Adonay en la ciudad menguante quiere reconstruir el lenguaje del Renacimiento, y lo mismo hace en Habla la reina verdadera; en Grafiti Segovia 2028 lo que reconstruye es el lenguaje periodístico, entreverándolo con la forma de hablar propia de la calle. Entiéndase bien: no es que la novela la haga un periodista, sino que detrás del periodista está el novelista vigilando y ponderando; no es lenguaje periodístico, no, sino recreación del lenguaje periodístico; y no es lo mismo; en el periodismo puede haber pretensiones literarias pero lo que prevalece es la noticia, y en la novela acaso importe la noticia, pero lo que de verdad importa es el lenguaje; el creador, al contarnos cosas, lo hace como un artesano de la palabra; no es un mensajero preocupado por lo que dice: le interesa sobre todo cómo lo dice.

La novela está dividida en partes, las partes en parágrafos y los parágrafos en párrafos. Pero si tuviéramos que dividirla en fragmentos descubriríamos que en el primero, como en el último, la expresión es estremecedora; en el fragmento central, sin embargo (el más extenso), el sentimiento se expresa más por lógica y concepto que por imágenes, mientras que en el tercero regresa nuevamente el patetismo: es una alternancia de tono entre Aristóteles y Brecht (identificación, distanciación, identificación; empatía, objetividad, empatía, como si fueran tres movimientos de una sonata); novela que empieza y termina en el corazón y se desarrolla principalmente en la cabeza. Lejos de identificarse con cualquiera de sus personajes, el autor muestra la misma simpatía por todos porque todos tienen sus razones; ya hemos visto que en esta perspectiva múltiple el narrador no conoce más que lo que los personajes cuentan y desconoce lo que no se muestra: a diferencia de como lo conocería si fuera un narrador omnisciente.

Esto es así porque el segundo fragmento es el lugar donde el autor piensa más que narra, y nos dice sus pensamientos al hilo de una narración sin clímax, desprovista de patetismo. Entre la tercera parte y poco antes del final de la sexta todo son indicaciones sobre cómo es la nueva república tras el desmoronamiento del estado; y cómo se prepara la defensa, cómo es la espera (una espera tensa), y el autor tiene tiempo para explayarse sobre la condición humana, el destino, la libertad, la lealtad, la traición, la piedad, el heroísmo, la contradicción y la paradoja, el apocalipsis: y la visión trágica de la vida; afloran los problemas de la sociedad y la política, preparándose poco a poco, como ya hemos visto, la forma que tiene el autor de enfocar el nacionalismo castellano. Vayamos por partes.

Primer bloque

Todo empieza con la caída de la bomba. Al principio se describen sus estragos y el dolor es insufrible. Los familiares de los jóvenes que van a Madrid a estudiar saben, intuyen, que ese día no volverán sus hijos. Muchos intentaban hablar con los móviles y no respondía nadie, y los que respondían, “desde la lejana periferia de Madrid estaban tan fuera de sí que sus respuestas helaban el corazón […]: no pronunciaban palabras, gritaban, jadeaban, parecían sumidos en una batalla íntima de tomar y expulsar el aire, tosían, vomitaban, escupían, emitían carraspeos parecidos a lamentos, susurros de sufrimiento” o intentaban “despedidas aterradoras […] Algunos acertaron a balbucir palabras confusas, a resollar, a chillar, a emitir sonidos incomprensibles que transmitían dolor insoportable, heridas monstruosas palpitando, espasmos de desesperación, quemaduras incontenibles, temblores crecientes, sufrimiento” (p. 18) Con un asíndeton desfilando en largas e interminables cadenas se expresa aquí, a trompicones, la desesperación en busca de palabras; y las palabras no vienen, por eso la precisión del término buscado es sustituida por una acumulación de términos que expresan, cada uno, un aspecto de lo que se quiere decir, y es un impulso atropellado por decir lo que no se puede, lo que es tan terrible y tan abominable que está más allá de las palabras.

Cuando se pone la radio sólo se oyen “ruidos extraños surfeando en las ondas” (p. 21) ya que “los teléfonos no funcionaban, tan muertos como la propia ciudad” (p. 28). Pero llegan a Segovia cinco supervivientes y el suyo es el primer testimonio que tenemos: cuentan que cuando escucharon “que sobre la Península Ibérica estaban volando 2 misiles con destino desconocido” supieron (“adivinamos”) que su objetivo era Madrid; y vino el caos de “miles de personas huyendo a pie desparramadas por dentro y por fuera de la Autopista A-6 […] En ese momento nos golpeó el resplandor, todo se iluminó […] como si hubieran estallado mil soles y hubiéramos quedado flotando en la luz” (p. 53). La convergencia de fotografía y metáfora les da a estos pasajes un patetismo apocalíptico. “Si el día primero había tardado tanto en anochecer, el día segundo se tomó su tiempo en amanecer, como si la luz no quisiese mostrarnos el espanto” (p. 43).  

Es estremecedora la descripción de los heridos que llegan de Madrid (“pertenecían a una misma familia.  Todos adultos entre los cuarenta y los cincuenta”); llegaron “con la piel de la cara y del cuello quemados, casi rojos, en la forma espeluznante de manchas circulares de distinto diámetro. Sus cráneos de huesos marcados bajo la piel tensa mostraban calvas recientes y mechones de pelo que se iban cayendo como si una mano caprichosa los fuera arrancando a tirones. Sus ojos desorbitados no alumbraban más allá de sus rostros, sus dientes amarillos eran como de calavera, sus labios y sus narices agrietados manaban sangre por llagas y costras que no cicatrizaban. El aspecto de su cuerpo visible causaba repugnancia si no anteponías un pensamiento misericordioso” (p. 52). La visión del terror sólo puede expresarla una paradoja lógica (“me impresionó el silencio que fue anulando a los demás ruidos”: p. 41), y esa paradoja es la portadora inexorable de un destino trágico: “la aceptación definitiva de lo inaceptable” (p. 48).  

Segundo bloque

En el segundo bloque el tono apocalíptico es sustituido por otro donde la razón se ha aposentado en el sentimiento; la desesperación se resigna y la lógica de los hechos, imponiéndose al oxímoron, se alía con adjetivos fotográficos que ponen la sensación al servicio del sentimiento. Ya más calmado, el ánimo se ha revestido de la fuerza necesaria para el combate y en lo más débil puede aflorar lo más fuerte; el autor ve entre los adolescentes y jubilados a muchas “personas frágiles a las que les brillaban los ojos con determinación” (p. 127).

Ya no es un universo aterrador sino crítico, beligerante. “Ahora a la guerra de guerrillas la nombran con el eufemismo ridículo de ‘guerra asimétrica’, como si alguna vez la guerra hubiera sido simétrica, estética, equidistante, equilibrada, así así. Las guerras siempre las empiezan los que se creen más fuertes, los que se creen que van a ganar” (p. 289). El autor denuncia las “palabras desalmadas” (destinadas a los políticos que habían promulgado una despiadada “Ley de Deportación”: p. 110) cuando “el presidente era una máquina de pronunciar mentiras”. La radiación obliga a usar “máscaras de oxígeno que les hacían parecer monstruos de otra galaxia” (p. 55) y la guerra también nos pone, como si fuera una máscara, unas gafas invisibles que nos hacen ver al enemigo no ya como personas, sino como objetivos sin alma; nosotros mismos combatimos sin piedad. Uno de los personajes ya no ve a los “sibir” como seres humanos, sino como enemigos deshumanizados: “seguí su despliegue, sus movimientos predecibles, sus cambios lentos y constantes como los de una gigantesca ameba verde” (p. 239); viene la metáfora en ayuda de la denuncia y es ahora una metáfora intelectualizada (los proyectiles se lanzan “con todo tipo de lanzafuegos, lanzamuertes, lanzadesgracias”: p. 257). Y en el combate no se recrea uno en sus propias penas, sino en cantar enardecidamente los sentimientos colectivos: “toda Castilla estaba desabastecida. Y sobrecogida. Y desesperada” (p. 68). Un mismo estribillo recorre, incansable, varias páginas y es una arenga que parece destinada al lector, más que a los personajes: “¡Hasta el final! ¡Hasta el final! ¡Hasta el final!” (pp. 166, 167, 170, 171).  

Tercer bloque

El Instituto de la Mente se encarga de registrar los últimos pensamientos de los que se mueren. No es eso precisamente lo que pide el autor cuando habla de escuchar a los muertos, aquí se trata de otra cosa: hasta la muerte utilizan los científicos al servicio del ejército. El caso es que los “últimos pensamientos” son detectados por las “Electrocorticoigrafías (ECoG) de Alta Densidad provenientes de los últimos 3 minutos de la ¿existencia? de los sibir muertos: los 3 minutos de diferencia que van […] entre la muerte clínica y la muerte cerebral de una persona. Para transformar en palabras estas últimas manifestaciones de la actividad mental no verbalizada utilizaban sofisticados sistemas electrónicos” (p. 319).

Los pensamientos recogidos nos llegan al corazón muchas veces. Resultan de un patetismo sosegado, ya no es el sufrimiento desgarrador de las primeras páginas; un dolor melancólico, nostalgia del soldado reconciliado con la humanidad cuando ha llegado la hora de morir. “Cuando salí cantando de mi barrio solo pensaba en las aventuras […] en las mujeres […] y en la fortuna […] Harto de las barbaridades que cometíamos me dio por pensar pensé mucho y ahora […] sigo dando vueltas al molinillo averiado de mi cabeza” (p. 324). “El teatro de la vida fue mucho más divertido e interesante que lo va a ser la muerte según voy viendo a medida que entro en ella” (p. 326). “Ojalá no me hubiera creído ni una sola palabra con las que me calentaron la cabeza hasta incendiarla esas ideas de la gloria del heroísmo de la grandeza de servir de morir por Nuestra Patria” (este testimonio prosigue con una anáfora preciosa: pp. 326-327); otro testimonio le da la réplica: “nos recordarán sin pena, nadie escribirá nuestros nombres con letras de oro” (p. 334). “Hemos acabado con tanta pobre gente que sus hijos y sus hijas sus viudos sus viudas nos habrán maldecido habrán rezado para que no tengamos nunca ni paz ni felicidad alguien ha cumplido sus deseos ya no tendré los hijos que no merezco que confíen en mí ni nadie que me abrace aparte de mi madre” (p. 331). “Un francotirador no sé desde dónde una luz deslumbrante me absorbió y sentí derramarse la oscuridad inacabable sobre mi cuerpo” (p. 334). “Vine a esta tierra lejana dispuesto a matar y a morir eso firmé pero no se me pasó por la cabeza que uno de los que caería podía ser yo” (p. 334), pero “hay otros que se van definitivamente con las miradas de sus madres, de sus hijos, de sus esposas, de sus amantes, dentro de sus propios ojos” (p. 336). “He matado a tantos sin ninguna razón que no es injusto que ahora me toque a mí” (p. 335). “Estoy seguro de estar muerto […] me deslizo cuesta abajo en el tobogán imparable” (p. 327) y ¿qué es la muerte? “ni lluvia ni nieve ni viento ni fuego ni frío ni calor ni luz ni sombra” (p. 335).

¿Cómo se ven las cosas del otro lado? Con lógica. Y sufrimiento. La lógica, al ayudarnos a entender las cosas, disminuye nuestro sufrimiento y así, “la orden que les han dado a los sibir es que disparen todas sus balas sobre nuestros cuerpos hasta que se les gasten las balas o se acaben los cuerpos” y “a los vivos les han dado la orden de protegerse con los cuerpos de los muertos (p. 305). El sufrimiento, tanto el propio como el ajeno, emana de las imágenes con las que se expresa: “la Plaza Mayor estaba […] cubierta por las oscuras manchas metálicas de la sangre congelada hasta las mismas bocas de las alcantarillas” (p. 308); y “tu leve uniforme cae sobre ti aplastando tu cuerpo muerto” (una contradicción tan insoluble como expresiva sólo puede aumentar la fuerza de las palabras: ¿cómo puede aplastar lo que es leve, lo que no pesa? (p. 330).

Pero las víctimas que persiguen a los verdugos se vuelven también verdugos como ellas; es como el niño maltratado que se vuelve maltratador cuando crece. “Aquellos sibir”, dice el periodista de nuestro relato, “habían llegado del fin del mundo […] a borrarnos de la faz de la tierra” […] en una hipérbole literaria exorbitada repetíamos que los habían alimentado con carne de perro y con leche de lobas infernales como a Hagen, el asesino de Sigfrido en el Cantar de los Nibelungos” (p. 337). Ésa es la maldición de los pacíficos obligados a volverse guerreros. Ése es el virus que nos inoculan todas las guerras, aunque sean las guerras justas. Cuando “la hueste sibir se replegó […] fueron perseguidos con saña a través de las llanuras inmensas, por las montañas empinadas, por los pantanos infinitos, por las autopistas vertiginosas, por las carreteras tortuosas, por los caminos imposibles, por los puertos enemigos, por los ríos y los lagos peligrosamente vadeables” (p. 346): he aquí unas enumeraciones rítmicas, enérgicas, vigorosas a las que da la réplica esta otra enumeración vibrante: porque “con la derrota humillante de los invasores no llegó la paz. El mundo es ancho, respira por mil heridas y bosteza por millones de bocas rencorosas, mira con docenas de millones de ojos aviesos, vibra con la ira en cientos de millones de fibras, tiembla con la llamada de las cornetas, anhela mejorar su posición en el tablero del azar que es la vida y elevar sus sueños y se deja poseer por los estremecimientos caóticos que dan su naturaleza humana a las personas” (p. 347).  

La intención reapareciendo en la conclusión

En el prólogo enunciaba el autor los tres principios del periodismo: el primero (p. 11) es “formar, informar y entretener”, sin caer en el error que denuncia en la página 46 cuando suplantamos esa intención inicial por “la pura intención propagandística “; el segundo parece contradecirlo: “no dejes que la verdad te estropee un buen titular” (lo que no significa que haya que mentir, sino que la literalidad de las verdades no debe lograrse a costa de la sugestión); ahí es donde viene el tercer principio, que el autor ha dejado suspendido hasta el final del relato: es la objetividad (p. 338). Informar objetivamente, sin interpretaciones sesgadas, es hacer periodismo, no escribir novelas; en las novelas el autor puede permitirse juzgar las cosas mientras las cuenta, y en el periodismo no (véase la página 308, ya citada, recordando lo que el autor nos advertía al principio: “soy un libro. No me confundas con una información”: p. 12).

Informar objetivamente. Entretener enganchando. Y formar el espíritu crítico. Objetividad, garra y criterio, tales serían las funciones del periodismo; si le añadimos la subjetividad, y también el interés por la forma, tendremos una novela. Esto que tenemos entre las manos (Grafiti Segovia 2028) no es periodismo sino novela; el autor quiere verosimilitud antes que veracidad, contarnos lo que tiene que ser más que lo que es; mientras que el novelista es un creador, no un historiador. Cuando García Márquez escribe Relato de un náufrago actúa como un periodista que cuenta lo que sucede o ha sucedido, no el fabulador que crea lo que tiene que contar; pero Mariano Fuente se comporta de otro modo: aquí es un creador que habla por boca de un periodista y la voz del periodista está bajo la vigilancia del creador. 

Y no se contenta con contar, sino que valora y toma partido: algunas veces censura (“los hijos de puta de las minas antipersona […] no las hacen para matar sino para herir gravemente”: p. 308); otras moraliza (“nada que se hace solo por dinero sale bien qué razón tenías madre”: p. 333); lo más estremecedor es cuando escucha la voz de los muertos, que muchas veces es un pre-lenguaje articulado a medias y por eso vienen a faltarnos los signos de puntuación: “ojalá no llegue esta noticia a mi madre y si llegase que la mientan, que nunca sepa el destrozo que causaron al cuerpo de su hijo estas heridas atroces que le abrieron el pecho y le troncharon el brazo derecho con el que tocaba las mañanas del domingo el violín” (p. 332). No renuncia, sin embargo, a los finales felices; y sin embargo la realidad es dura; la novela termina con un juego de palabras construido sobre una silepsis que se abre en tono esperanzador: “Felicidad no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas. Creo que eran de felicidad” (p. 351).


Grafiti Segovia 2028
Mariano Fuente Blanco
Derviche, 2024
350 páginas
20 €

LagunaDeLibros | Biblioteca IES Andrés Laguna

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).


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