/ por Alison Posey /
¿Cómo se hace una película sobre lo indecible? ¿Sobre un crimen tan atroz que, incluso ante pruebas irrefutables, algunos prefieren insistir en que no ocurrió? Ese parece ser el propósito de la cineasta zambiana-galesa Rungano Nyoni con su más reciente estreno, On becoming a Guinea fowl (Sobre convertirse en gallina de Guinea). En este drama aclamado, que le valió el premio a mejor dirección en Cannes 2024, Nyoni vuelve a inspirarse en el contexto social de su país natal, Zambia, como ya lo hizo en I am not a witch (No soy bruja), de 2017. On becoming a Guinea fowl, con toques de comedia negra y surrealismo, es el segundo largometraje de la joven directora, nacida en Lusaka en 1982. Y es sin duda su obra maestra hasta la fecha.
Coproducida entre el Reino Unido (donde Nyoni reside desde los nueve años), Estados Unidos, Zambia e Irlanda, la película parte de una premisa en apariencia sencilla: ¿qué harías si te toparas con el cadáver de un familiar tirado en plena calle? Pero bajo esa superficie se desata un drama desgarrador y profundamente inquietante con el que Nyoni invita a reflexionar sobre el peso de lo que no se nombra. Como ya hizo la directora en I am not a witch, este filme subvierte las expectativas de un drama familiar tradicional, centrándose en las secuelas de la repentina muerte de un miembro de una familia de clase media africana. Nyoni tiene un talento notable para desafiar al espectador, y eso queda claro desde la primera escena de On becoming a Guinea fowl, que ya se encamina hacia lo surreal.
Su título alude a un ave africana que, ante el peligro, lanza un grito estridente para advertir a la bandada. En ella conocemos a Shula, interpretada por la actriz zambiana-inglesa Susan Chardy.
Curiosamente, Shula también es el nombre de la joven protagonista de I am not a witch, un vínculo lingüístico que subraya el afán compartido de ambas películas por abordar sin rodeos las cuestiones de género en Zambia. En bemba, lengua autóctona que se habla a lo largo del filme, «Shula» significa desenterrar o despejar. Esta Shula es una treintañera retraída que visita su país natal, cuya vida en Londres se siente tan lejana que solo aparece en pantalla a través de una llamada de Zoom.
La vemos conduciendo de noche con la música a todo volumen, luciendo un atuendo que, para muchos, carece de lógica aparente: una máscara futurista de diamantes de imitación y un traje negro, enorme y redondeado, que la hace parecer más semejante a un orbe que a una mujer. Al enterarnos de que había asistido a una fiesta de disfraces, tampoco esclarece el asunto. (Resulta ser un homenaje al atuendo llevado por la rapera estadounidense Missy Elliott en su sencillo «The Rain [Supa Dupa Fly]»). Pero su vestimenta pronto resulta ser lo menos sorprendente.
Cuando Shula no solo ve, sino que reconoce el cadáver desplomado de su propio tío en medio de una oscura carretera, apenas reacciona. Con total frialdad, saca el móvil del bolsillo de su traje esférico y, sin inmutarse, llama con frialdad a su padre. Acto seguido, cierra con llave las puertas del coche, como si temiera que su tío pudiera volver a la vida. Y es que, como iremos descubriendo, la sombra del tío Fred es tan larga como espeluznante: un querido hermano y padre de familia, sí, pero también un criminal despreciable.
Esta terrible yuxtaposición se hace más evidente —y a la vez más surrealista— mientras la familia prepara los ritos funerarios. A Shula se le acompaña en todo su prima Nsansa, vívidamente interpretada por Elizabeth Chisela, cuya volubilidad contrasta con la tranquilidad desconcertante de la protagonista. Nyoni no se anda con rodeos: a través de las interacciones de las primas con sus parientes, la clase media zambiana no sale bien parada. El entorno presiona especialmente a Shula para que cumpla con su papel de sobrina obediente y afligida.
Así, la extrañeza de su actitud distante, en contraste con los sollozos histéricos de sus tías, irá adquiriendo pleno sentido con el desarrollo de la trama. Entre escenas de un luto desmesurado, con las numerosas hermanas de Fred alabando a su santo hermano, percibimos la agonía de Shula por revelar la verdad de que, para sus víctimas, Fred podría no haber muerto lo suficientemente pronto. Y cuando Shula por fin se atreve a hablar, su familia insiste en guardar un silencio que, para algunos, resultará mortal.
La ecuanimidad de Nyoni al tratar temas tan sensibles como el abuso, la violencia de género y su encubrimiento fortalece una trama que fácilmente podría haber caído en el victimismo o el sensacionalismo. La película se sostiene sobre un delicado equilibrio entre lo surreal y lo real, la sátira mordaz y el realismo, y el drama y el humor negro. Este último sirve como hilo conductor que, a la vez, suaviza un desenlace desgarrador que Nyoni sugirió desde esa primera escena tan extraña.
La directora triunfa también con el guion —que escribió— que mezcla con fluidez el inglés, lengua oficial de Zambia desde que empezó la colonización británica en 1890, con el bemba autóctono de la región. A la vez que esta síntesis lingüística hace una referencia patente al pasado no muy lejano de Zambia como Rodesia, también invita a reflexionar sobre cómo ese pasado sigue influyendo en el presente. Así se reafirma la metáfora central del filme, y así lo plantea Nyoni: que lo no dicho pesa más que cualquier lamento, y que romper el silencio es, a veces, el único acto de justicia posible.
Alison Posey es investigadora postdoctoral en filología afrohispánica y peninsular en la Universidad de Duke, Carolina del Norte, Estados Unidos. Recibió su doctorado en la filología hispánica en 2021 de la Universidad de Virginia.
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