Creación

17 céntimos

Un cuento de José Manuel Ferrández Verdú.

/ por José Manuel Ferrández Verdú /

Estaban sentados en el bar, uno frente a otro.

—Toma —dijo Elsa—, y le deslizó sobre la mesa un sobre con un gesto de misterio.

—No necesito que me prestes más dinero.

—Toma – volvió a repetir con voz imperiosa.

—¿Qué hay?

—Veinte, lo sabes de sobra.

—Tengo una cuenta con más de cien millones. Sabes que gano mucho matando a asesinos en serio.

—En serie.

—En serio. No gasto bromas. Cuando un asesino sale del trullo, al poco tiempo siempre hay alguien interesado en liquidarlo. Algunas vidas valen mucho dinero. Soy rico. Me he hecho rico matando personas humanas.

—Querrás decir hijos de puta.

—Guárdate esos veinte.

—Tómalos, por favor. Me hace ilusión. Prestar dinero a alguien que tiene tanto no se lo puede permitir cualquiera. ¿Cómo es posible que ganes tanto con el plomo?

—Tengo también una fábrica de alforjas.

—¿Alforjas? ¡Pero si eso es del siglo de don Quijote y Sancho!

—No creas. Se venden.

—¿A quién?

—A los rusos, por ejemplo. Las alforjas llevan microchips de menos de dos nanómetros.

—¿Y qué falta les hacen?

—Ninguna, pero tengo un departamento de marketing que lo hace todo muy bien.

—¿Para qué sirven los microchips?

—Los llevan dentro las alforjas en una bolsita atada con un lazo. Cada alforja lleva seis microchips por un valor de medio millón.

—Caramba, eso sí que es negocio. Te dejaré más el mes que viene.

—Ya quedamos otro día. Hoy me voy a Seúl y de ahí a Copacabana. Me llevo los veinte por si me falla la tarjeta —Fran se levantó de la mesa y se marchó dejando que ella pagara.

Esto sucedió en Toledo el día 13 de abril. El caso es que ella había sido despedida de una fábrica de chorizos donde había trabajado durante tres semanas. Ahora estaba en el paro, pero su generosidad no le permitía permitir que Fran se moviera por el globo terráqueo de un lado para otro sin un poco de cash para emergencias. Siempre le estaba dando la lata con el billetito de veinte y la verdad es que Fran estaba ya hasta las narices de tener que gastarse ese estúpido billete en cualquier sitio. Normalmente se compraba una botella de oporto y lo engullía emborrachándose. En el fondo no sabía si agradecérselo a ella o mandarla a hacer puñetas. Era un hombre inseguro al que le gustaba leer a los clásicos y pintar. Lo de los asesinatos lo había aprendido por correspondencia, es decir, para corresponder a un ofrecimiento de la mafia con la que había trabajado un tiempo y donde aprendió el oficio. Ahora se desempeñaba con elegancia y pulcritud acabando con la mierda de vida de algunos desesperados de la vida que no sabían qué hacer fuera de la cárcel después de un montón de años encerrados por cualquier idiotez de asesinato en primer y último grado, y que no tenían la mayoría de ellos ni la ESO.

Al regresar a su finca de Toledo, allí estaba ella con otro billete de veinte, dispuesta a hacerle la vida un poco más agradable. Tomaron un jerez dulce y luego se fueron directamente a la cama, donde ella extrajo el billete y se lo dio. A él le volvía loco esta maniobra. Luego salieron a tomar el fresco de las afueras, donde tenía un terreno plantado de tabaco y olivos. Entre el aroma dulce de los árboles y los melones.

—Esta noche vendrá Mariam. Te lo digo por si quieres dejarle a ella algo de pasta.

—No he traído más, pero puedo quedar para otro día. Podemos vernos mañana en Zocodover.

—No hace falta.

—¿A qué viene?

—Quiere que acepte diecinueve euros suyos.

—¿Sólo diecinueve?

—Ya sabes cómo es. Creo que está a dos velas y el yate de su padre no funciona.

—¿Qué tiene que ver el yate de su padre con el dinero?

—Se lo pide a él. Normalmente tiene que ir hasta Benicarló, donde su padre tiene aparcado el barco. Este le da los diecinueve y luego ella se viene en un deportivo que su padre le regaló hace un año.

—Eso ya lo sé

—Pues bien. El barco tiene dos velas

—¡Ah! Es eso.

—Sí.

Fran y Mariam se fueron de viaje al extranjero con los veinte euros de Elsa y los diecinueve de Mariam más tres millones de Fran. Estuvieron en Andorra, en Suiza, en las Bermudas, en Liechtenstein, en Irlanda, en Jersey, en Mann, en las Aleutianas y en varios otros puntos de coordenadas infames. Fueron después a la casa que Mariam tenía en Almería, donde disfrutaron de las ondas marinas y la pesca de bajura. Elsa les llamó por teléfono.

—¿Qué haces con esa?

—¿Cómo que qué hago con esa? Es Mariam, nuestra amiga.

—Pero te he buscado por todo Toledo y quería darte veinte euros.

—Ya estamos otra vez con lo del billete. Al menos Mariam me trae algo suelto y eso le da más alegría al regalo. Por mucho que hagas con el billete.

—Será que no te gusta, maricón.

—Sí, me gusta y no me quejo. Es un auténtico placer y te estoy enormemente agradecido.

—Entonces por qué tengo que correr detrás de ti para darte otros veinte. Eres un hijo de la gran.

—Tienes razón. Ahora mismo nos vamos a por ti en el bólido de Mariam.

Salieron echando chispas en el Aston Martin y a las dos horas recogieron a Elsa y la llevaron con ellos hasta la casa que habían alquilado cerca de Rodalquilar. A doscientos metros de la casa de Mariam.

—Toma los veinte —Elsa le alargó a Fran el billete nuevo y reluciente—. Cógelo.

Él se quedó mirándola y luego miró a la otra. Ambas tenían una ligera sonrisa en los labios, pues sabían que hacían una obra de caridad con aquél imbécil de calidad a prueba de billetes.

—Deberíamos ir a ver al padre de Mariam para darle veinte euros.

—No hace falta —dijo Mariam—. Está arruinado. Debe cuatrocientos millones a los bancos y ha pensado en largarse con el barco a Madagascar.

—¿Y qué va a hacer en Madagascar él sólo? —preguntó Fran.

—No va solo. Lo acompaña una rusa que un día por la noche se subió al yate y no hubo manera de echarla de allí. Tiene unos puños de hierro y trabaja como un animal. Hace varias comidas al día y a los tripulantes los lleva a raya con dieta. Además puede con ellos aunque la ataquen todos a la vez. Se mueve como una tigra.

—Será como una tigresa.

—Tigra, como una tigra. No me gusta la palabra tigresa. Tampoco me gusta poetisa.

—Menuda intelectual estás hecha —dijo Elsa.

—No soy intelectual. Solo soy ayudante de Fran. Esa es toda mi vida. Disfruto con eso y nadie me va a impedir seguir entregándole diecinueve euros cuando me salga de las narices. Es mi hombre.

—Bueno, bueno —dijo Elsa—, no exageres. Yo decía lo de tu padre porque me ha dicho Fran que estás a dos velas, que son las del yate de tu progenitor

—Olvídate.

—¿Y cómo piensas seguir prestándole esa pasta al hombre de tu vida si tu padre se larga y ya no vuelves a verlo? ¿Te va a mandar la rusa el dinero desde Madagascar?

—No sería la primera rusa que transfiere desde la gran isla del sur. La historia de ese lugar está lleno de casos de rusas incansables transfiriendo fondos a personalidades desde allí.

—No me interesa la historia de aquel terreno, por muy al sur que esté. De todas formas insisto en ir a Benicarló y tomar unas copas con tu padre.

Cuando llegaron, aparcaron el Aston cerca del puerto y buscaron el yate de veinte metros de eslora y dos velas como dos catedrales. Allí estaban la rusa y Roberto Jaime sentados en cubierta y hablando. Sobre la mesa había varios libros de poetas de varias épocas. Al llegar ellos se volvieron locos de alegría y el padre los invitó a todos a probar un vodka de 80 grados que había traído Martina desde Berlín. Martina Praskovia Prochenka Liuva Gorominovskka era la tercera hija por la izquierda de un pope de Nizhni Nóvgorod y había navegado por los siete mares antes de buscar el Mediterráneo y encontrar a Roberto en su yate de dos velas. Cuando llegó a él, él ya estaba a dos velas y sin embargo se quedó en su compañía poniendo orden en la tripulación y encargándose personalmente de los emisarios de los bancos. En varias ocasiones despachó a varios balcánicos que habían llegado con intenciones de cobrar. Y cobraron, pero no en papel moneda, sino en tortazos, que fueron transferidos a los bancos en su momento.

—Papá, te presento a Elsa. Ha venido a prestarte veinte euros.

El hombre, un tío grandote pero más bueno que el pan duro, la abrazó y le quitó el billete antes de que le diera tiempo a decir esta boca es mía. Le hacía mucha falta. El abrazo casi la deja plana de por vida. Luego le preguntó qué poeta ruso era su preferido.

—No tengo ninguno. ¿Es eso un problema?

—En absoluto.

—¿Qué vas a hacer con ese dinero? —le preguntó su hija

—Tonterías, hija, como siempre. Queremos hacer un crucero Martina y yo. Vamos a pescar truchas a Madagascar.

Sentáronse a platicar y estando en ello vieron aproximarse por la popa, a través de la larga pasarela de madera, a seis o siete sujetos harapientos y llenos de pelos y miseria. Fueron recibidos con parabienes por el viejo.

—Somos un pequeño grupo de piojosos que hemos oído hablar de usted y venimos en orden para entregarle entre todos la indecente cantidad de diecisiete céntimos de euro.

—Habéis hecho bien —dijo Roberto Jaime—, pero tomad asiento, que os invito a este vodka —y les sirvió en vasos que repartió entre todos. Mientras los pordioseros hablaban de sus cosas, Jaime estaba venga a besar a la rusa, mientras los otros se pusieron a bailar tangos y boleros en un lado. La tripulación no salía de su asombro.

Fueron sacando y bebiendo de aquel vodka hasta caer todos borrachos y quedar dormidos sobre la cubierta. La tripulación desató amarras y el barco comenzó a navegar a todo trapo por el Mediterráneo.

Durante la travesía los mendigos querían aprender los oficios de los tripulantes y se ponían alrededor de ellos atosigándolos. Rodearon al cocinero para preguntarle qué eran aquellas carnes y pescados.

—Aparta de ahí tú, miserable, y no me toques los huevos.

—Es para ver si están en su punto.

—Deja esa lechuga y esas zanahorias en paz o te suelto un mamporro que te cambio el nombre.

Y siguieron así hasta Antononarivo o como se diga. Allí ya eran todos expertos y se buscaron buenamente la vida y ya no tuvieron que mendigar y todo por diecisiete cochinos céntimos que le dieron al amo del barco.

Despidieron a la tripulación, que se tuvo que poner a mendigar. Elsa estaba escondida detrás de la botavara y no quería desembarcar.

—Ha sido un viaje estupendo.

—Te entendemos pero si nos quedamos aquí corremos el riesgo de regresar a Benicarló.

—¿De dónde voy a sacar ahora billetes de veinte para prestártelos?

—Eso es problema tuyo, querida.

Elsa sacó del bolso un revólver y mató a Fran. Fue encarcelada y Mariam con su padre y Martina se apuntaron a una oenegé literaria que prestaba servicio poético a domicilio mediante el reparto y recitado rapsódico de versos.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


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