/ una reseña de Lorenzo Luengo /
Un evento musical llamado Quantum Genesys, de Anyma, tuvo lugar el 10 de octubre frente a las pirámides de Guiza. Mientras Anyma interpretaba un remix de Travis Scott —que durante su espectáculo Astroworld, un 5 de noviembre, cosechó unos cuantos muertos por una inexplicable estampida—, un robot de diez metros de altura rompía con el puño una de las pantallas de alta definición y asomaba sobre un público que, dándole la espalda a las pirámides, levantaba hacia aquella especie de divinidad futura un pequeño cristal mágico. Anyma ha tocado en directo en la Esfera de Las Vegas y bajo el Cubo de Savaya Bali, de modo que faltaba un cuerpo concreto para completar el ciclo de las geometrías sagradas. El espectáculo de Giza, que no tuvo nada de inocente, me sorprendió leyendo un libro en el que también los robots planean sobre una arquitectura mítica: El Kremlin de azúcar, de Vladímir Sorokin . Era como si esos humanoides rusos arrancados de las pesadillas de Sorokin hubieran aparecido sobre las arenas del desierto, tan blancas a la luz de los efectos láser como un azucarillo pisoteado.
En El Kremlin de azúcar, Sorokin inventa un 2028 distópico —es decir, una de las posibles ramificaciones de nuestra distopía en curso— en el que robots, hologramas, tecnología de vanguardia y personajes que parecen venir de un mundo en el que reina la fantasía de Fellini y Moebius constituyen el grueso ciudadano de un Estado ruso feudal. Es el mismo año en que se desarrolla otra de sus novelas, El día del opríchnik, aunque la única relación visible entre ambas se encuentra en el uso ilimitado de una amplia paleta de colores: en ese sentido, Sorokin parece divertirse como pocos a la hora de construir sus extraños y barrocos jardines de las delicias, y, siguiendo una vieja tradición rusa, es también un maestro sutil de la alegoría. Quizá sea inevitable encontrar elementos alegóricos en toda novela que se asienta sobre los postulados estéticos de la distopía, pues cualquier reflejo distorsionado arrastra la imagen evocadora de su original, que adquiere una dimensión mítica ante lo que el tiempo ha terminado por definir como su evolución catastrófica. Ante ese destino en el que la condición humana ha perdido toda humanidad, una suerte de punzada nostálgica se convierte en la baliza señalizadora que determina el núcleo de sensaciones que irradian del escenario distópico. Así, y más allá de las descripciones paródicas, crudas e inevitablemente deshumanizadoras con que Sorokin reviste los pasajes de El Kremlin de azúcar —que, más que una novela, es una sucesión de relatos con sus cuentas hilvanadas por un curioso hilo de bramante: la pequeña pieza tallada en azúcar del palacio del Kremlin—, lo que parece destinado a perdurar tras su lectura es ese malestar que supone reconocer el centro geométrico que habitamos entre un futuro de rasgos cada vez más siniestros y un pasado ideal que, como los azucarillos tallados que el Soberano de Rusia deja caer sobre los adoquines de la Plaza Roja, se disuelve en una nube de gracia y estupor.
«Fue una noche de fiesta en el hogar de los Savarzin: colocaron el Kremlin de azúcar en la mesa, encendieron velas, lo observaron desde todos los ángulos, charlaron animadamente. Y después papaíto sacó un martillito y rompió el Kremlin en pedazos: cada torre por su lado. Entonces Marfúshenka repartió las torres entre los miembros de la familia: al padre, la Torre del Pinar; a mamá, la de Nicolás; la Kutafia, al abuelo; la de la Trinidad le tocó a la abuela. La Torre del Arsenal decidieron, tras deliberar, que no se la comerían: la guardarían hasta que naciera el hermanito de Marfusha. ¡Que se la comiera él y se pusiera fuerte como un bogatyr! En cambio, los muros del Kremlin, las catedrales y el campanario de Iván el Grande se los comieron y los acompañaron con té chino…
Ya cerrando los párpados, Marfusha agarra el águila bicéfala, se la lleva a la boca, la coloca sobre la lengua, la chupa suavemente.
Y se va dejando ganar por un dulce sueño.
Y sueña con que el Soberano es de azúcar y cabalga un blanco corcel».
Que el azucarillo con la forma del Kremlin, sus catedrales y sus torres haga pensar en el modo en que se administra una tabletita de LSD abre su sentido alegórico a (por lo menos) una fundada sospecha: que, situado al nivel de las masas, el poder político es un estado psicológico autoinducido. En realidad no hay diferencia alguna entre disolver en la boca un azucarillo tallado con la forma de una conocida arquitectura de poder y pasar la lengua por la goma de un sobre en el que se ha introducido un voto. El efecto es el mismo, y el hechizo terminaría cuando el cuerpo y la droga abandonaran su ritual.
En comparación con El día del opríchnik, sin duda El Kremlin de azúcar resulta mucho menos violento —los opríchnik también aparecen aquí, aunque de un modo más bien testimonial—, pero, desde luego, no menos amenazador. El color fantástico de la prosa, el encantamiento de la imaginación escénica, más o menos encubre que el tono general tiende a la sátira, y aquí eso supone una carga de vitriolo (advertencia para los lectores desorientados por su apariencia de novela convencional, y se obstinen en leer del tirón) que se hace aconsejable dosificar.

Vladímir Sorokin
Acantilado, 2025
240 páginas
20 €

Lorenzo Luengo (1974) ha publicado las novelas La reina del mediodía (Fundación José Luis Cano, 2002), El quinto peregrino (Pre-textos, 2009), Amerika (Algaida, 2009), Abaddon (Algaida, 2013) y El dios de nuestro siglo (Seix Barral, 2017), la colección de relatos El satanismo contado a los niños (Tropo, 2014), y dos estudios críticos (traducción, edición y notas): Diarios de Lord Byron (Alamut, 2002; Galaxia Gutenberg, 2018) y Diarios en la vieja rectoría (Siruela, 2022). Es colaborador habitual en la revista literaria Zenda y el suplemento Abril de El Periódico de España, donde escribe reseñas y artículos.
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