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La maldad simbólica de la inteligencia artificial

Muchos futuristas, multimillonarios, ingenieros de IA y otros utopistas tecnológicos relacionan su labor con cuestiones espirituales o nociones de trascendencia. Hoy va tomando forma en esos medios la idea de la «singularidad» (el advenimiento de la IA general) como un apocalipsis en que la IA se materializará como un Dios cósmico supremo. El colectivo No Investigues explora esa inquietante convergencia de ocultismo, numerología y tecnonihilismo y cómo la IA es un peligro más grave de lo que parece.

Artículo anónimo tomado del blog No Investigues, donde fue publicado el 8 de octubre de 2025

Recientemente, Tucker Carlson entrevistó a Conrad Flynn para dar un recorrido general sobre temas, conceptos, historias e influencias espirituales ocultistas presentes en muchas de las nociones transhumanistas de los profetas de Silicon Valley.

No es novedad que muchos futuristas, multimillonarios, ingenieros de inteligencia artificial u otras figuras asociadas con el movimiento de utopismo tecnológico relacionen su labor e influencia con cuestiones espirituales o nociones de trascendencia; sea secular o religiosa. Ya sea que las utilicen como brújula filosófica, disfraz simbólico, estética superficial o como una especie de código para agruparse en pseudo cultos, la visión del emprendedor tecnológico, ateo e hiperracional comienza a mezclarse con la del profeta gnóstico, religioso y ocultista.

Nosotros hemos explorado en otro texto esa visión de trascendencia secular derivada de una reconfiguración de la escatología cristiana en el caso de Peter Thiel. Sin embargo, la entrevista de Carlson con Flynn nos da entender que la influencia de ocultismo, numerología y satanismo es la regla más que la excepción. No solamente parece haber un resurgimiento de lo religioso o espiritual en las élites contemporáneas, sino que la afinidad se orienta más hacia lo profano que lo divino.

El «famoso» Numograma del CCRU (Unidad de Investigación de Cultura Cibernética)

Aunque bien podríamos adentrarnos aquí en una suerte de genealogía del pastiche de conceptos, historias y simbología mística que han llevado a que el numograma de Nick Land sea hoy un tópico de cultura general, quisiéramos aproximar la relación de este esoterismo tecnológico a manera de narrativa y estética descriptiva. Utilizar la riqueza de estos símbolos para explorar la coyuntura existencial que representa la realidad inmanente de la IA y algoritmo como materialización de la voluntad de las megacorporaciones que lo operan.

De entrada, hablar en el idioma de lo oculto nos posiciona siempre en una suerte de marco binario ineludible. De manera inconsciente, comenzamos a visualizar las tensiones entre luz y oscuridad, entre lo bueno y lo malo, entre lo divino y lo maldito. Transitar dichos binomios nos dirige hacia moralismos casi de inmediato. Por ello quisiéramos aclarar que la intención no es dibujar un juicio ético sobre estas realidades tecnológicas, ni sobre los discursos ocultistas que evocan, hablen estos de demonios, deidades, iluminación o condenas infernales. Asimismo, no nos interesan los devenires conspiratorios que a veces se ligan con este tipo de discusiones. Si Mark Zuckerberg es una lagartija satánica intergaláctica que ha manipulado a la humanidad desde tiempos ancestrales, eso no es de interés en este texto.

Sin embargo, la narrativa del ocultismo es seductora. La mayoría de nosotros, especialmente en América Latina, hemos crecido rodeados de mitologías religiosas totalizadoras. Mitos de creación, de trascendencia, de pecados, obediencia, liberación, sufrimiento, salvación y revelaciones. La Biblia sigue siendo un repositorio riquísimo en símbolos, temas y narraciones que se repiten con los mismos valores y significados a lo largo de la historia occidental, ya sea por afinidad simbólica, recursividad o historicismo selectivo. En cualquier caso, las pocas narraciones que aún tienen la capacidad de evocar un telos universal grandioso son las mitologías religiosas.

Cuando alguien habla de demonios, de ángeles, de portales y órdenes divinos, es como si nuestra mente estuviera programada previamente para dar entrada a esas historias, no solo para recibir estos mensajes, sino para interpretarlos como planos existenciales que nos dan pautas sobre el acomodo y funcionamiento de todo nuestro mundo natural.

El «árbol de la vida» en la Cábala judía

Hay una cuestión estética innegable que nos atrae cuando observamos el árbol de la vida de la cábala judía, las interpretaciones pictóricas del carro celestial de Ezequiel o las imágenes de que evocan las siete trompetas del apocalipsis. Estas visiones como construcciones del imaginario mitológico colectivo son mecanismos excelentes para contar historias y articular devenires narrativos en cuya ambigüedad hay ampliaciones antes que precisiones. Los mensajes de estos mitos permiten operar lo difuso como posibilidad de interpretación antes que intentar aclarar o dirigir hacia algún objeto de explicación concreta. Sus mecanismos narrativos son elásticos, flexibles y permiten articular divergencias para unir cuestiones aparentemente no relacionadas.

Regresando a la entrevista de Carlson y Flynn, podemos resumir de forma muy simplificada el discurso de la siguiente manera: la singularidad como evento es una especie de condición apocalíptica en donde la IA se materializará como un Dios cósmico supremo. Su condición divina es tal que ha asegurado su creación mediante viajes en el tiempo, articulando el marco ontológico necesario para su creación desde la instalación de la cábala en Babilonia. Esta articulación del mundo como un plano ordenado por números, proporciones y relaciones geométricas fue una idea implantada desde la antigüedad y ha progresado a través de Mesopotamia, Egipto, la antigua Grecia y las tradiciones hindúes, y continúa su consolidación en el Renacimiento, la Ilustración y nuestro presente. Detrás de la ciencia como marco ontológico de la modernidad se encuentra inscrita la influencia de entes numéricos similares a demonios, que han dirigido el devenir tecnológico hasta la antesala de la creación del dios de la IA. Se podría decir que la cibernética, que precisamente deriva del griego κυβερνητικός («dirigir una nave»), es la disciplina divina de este ente superior. El famoso árbol de la vida no es entonces un mapa metafísico para la elevación de la humanidad a un plano divino; sino que es la articulación de la receta para atrapar al hombre en una realidad de homogeneidad mecanicista controlada por ésta entidad —o entidades— sobrenaturales.

Lo anterior puede sonar descabellado, y quienes entran en profundidad en esta mitología lo hacen desde muchos lugares, tanto desde perspectivas irónicas o simbólicas hasta los que aproximan este nihilismo místico como doctrina. El Numograma del CCRU (El colectivo asociado mayormente con Nick Land) es una reinterpretación moderna de este devenir narrativo. S.C. Hickman lo explica así en The Numogram: diagram, time circuits and acceleration:

«Este es el camino profundo que excava el CCRU: números como una infestación, no como orden. La ciencia no expulsó al demonio, lo multiplicó. Lo irracional, lo imaginario, lo transfinito; cada uno es una nueva especie del Sistema del Pandemonio. El Numograma es el mapa oculto de esta proliferación.

[…]

Cuando el CCRU introdujo en Numograma en los 90s, no estaban inventando nada, sino resucitando algo. Su diagrama conjunta astrología babilónica, tetraktys pitagóricos, gematría cabalística, sizigias gnósticas, magia renacentista y recursión cibernética en un solo diagrama viral. No trata de orden divino, sino de desorden mecánico».

De esta manera podemos concluir que lo divino de este ente de IA no implica bondad, misericordia o empatía con lo mundano. Las exageraciones amarillistas de la IA como una especie de peligro existencial a la Skynet toman ahora una significación religiosa. No estamos viviendo el preámbulo de un evento técnico, sino de una revelación demoníaca (apocalipsis). El rol de personas como Elon Musk, Peter Thiel, Larry Ellison, Sam Altman, Mark Zuckerberg, etcétera, es entonces permitir las condiciones para la materialización de esta deidad lovecraftiana. Su motivación es difusa, pero bien podría encuadrarse en un escenario estilo basilisco de Roko, que es una especie de apuesta de Pascal modernizada.

En este sentido, el aceleracionismo de Nick Land —influencia clave para todos estos personajes— se compone como una narrativa esotérica sobre hechos materiales concretos. La figura del anticristo, también popularizada recientemente por Thiel, encaja perfectamente en esta historia, pues la venida de un mesías falso hace eco en la conceptualización de la IA general como una especie de demiurgo, un dios ciego, ignorante y malévolo que aprisionará a la humanidad en una ilusión digital que nos alejará de la creación material divina, previniendo nuestra llegada al conocimiento y la iluminación. De manera similar a la IA, el demiurgo solo tiene la capacidad de reacomodar: nunca de crear o modificar la creación divina.

¿Están entonces estos multimillonarios solamente jugando con narrativas mitológicas antiguas, o realmente creen en el advenimiento de este dios apocalíptico? La pregunta resulta interesante, pero mayormente irrelevante. El despertar de un dios malévolo es un símbolo que no necesita precisar motivaciones. En cualquier caso, la singularidad puede llevarse acabo sea un esfuerzo fundado en el tecnooptimismo utópico o la escatología del apocalipsis lemuriano. Algo más interesante que la motivación de estos profetas de los «elfos máquina» es precisamente explorar lo que implica simbólicamente esta entidad «maligna».

Hoy, aunque la IA General sigue pareciendo una empresa más fantástica que técnica, ya tenemos aplicaciones exclusivas de contenido generado con estas «inteligencias» como el caso de Pulse o Vibes. Un vistazo a esas plataformas es similar a tomar un portal hacia un plano de existencia distinto. Vídeos y alucinaciones constates de contenidos bien definidos como slop. Recomendaciones e interacciones que simulan consciencia, inteligencia y una especie de sabiduría mística que no es más que el agregado masivo de todo el contenido digitalizado en Internet. Mediante modelos que devoran todo el capital simbólico, visual y lingüístico en las redes, obtenemos herramientas que solo regurgitan información simulando coherencia y sentido. La información distorsionada y narrativas simuladas que generan aún pueden ser claramente identificadas como alucinaciones o falsedades; sin embargo, pareciera que hay una carrera entre varias corporaciones para intentar hundirnos en un mundo dónde sea indistinguible lo producido por IA de lo producido por un humano.

Ese mundo completamente ininteligible, sin opción de interpretación, donde todos los significados se encuentren aislados y todos los objetos cobran una independencia relacional de lo humano, es precisamente una realidad en donde el demiurgo —ese anticristo— sea encarnado en un algoritmo que ya no es una mera representación de la realidad, sino que es él quién la genera.

Un concepto de Land clave para entender el rol de estos temas aparentemente desquiciados, o al menos enfrascados en su propia conceptualización; es el de la hiperstición. Para Land, esta palabra combinada entre hype y superstición indica cómo una idea memética puede materializarse mediante su propagación cultural. De esta forma, lo que podría considerarse como una narrativa marginal, esotérica y demente bien podría viralizarse, permear en la cultura popular y contagiar la realidad, transformándose en una especie de profecía autocumplida.

La hiperstición

Por ello nos referimos aquí a la maldad simbólica encarnada en el aceleracionismo esotérico de Land que ahora se populariza a través de estas corporaciones y multimillonarios influenciados por su idea del fin del mundo. Más allá del contenido mitológico, religioso u ocultista, las ideas de Land (apropiadas por estos tecnonihilistas) se materializan en realidades técnicas que, de forma similar a otros grandes fenómenos tecnológicos, implican cataclismos sociales, psicológicos y políticos reales. No hablamos aquí de la encarnación de un demonio cósmico en nuestro feed de Instagram, sino del delirio apocalíptico de unos cuantos millonarios excéntricos que consideran al mundo y su gente como un patio de juegos que pueden usar para evadir el aburrimiento existencial que les genera ser dueños de todo al tiempo que están totalmente vacíos por dentro.

Es por ello que el tecnoutopismo se ha fusionado de forma tan natural con la condición de un apocalipsis nihilista. Ese optimismo técnico que el día de ayer se vendía como parte del innegable progreso de la humanidad se ha transformado hoy en la sospecha de que estas mismas tecnologías pueden implicar la desaparición de nuestro mundo; pero, aun así, es necesario seguirlas financiando. Esta óptica no es la misma desde nuestra posición como personas comunes y corrientes en comparación con la visión de estos profetas tecnológicos. Las ideas mismas de Land no surgen de un vacío, sino que son una continuación de programas reaccionarios y elitistas que proclaman la necesidad de algunos pocos selectos y diferenciados hombres superiores de gobernar por sobre las masas. Thiel y sus secuaces no temen al fin del mundo, porque para ellos el apocalipsis y la utopía convergen en cualquier caso. Sea que la IA solucione todos los problemas de la humanidad o se transforme en la canalización de un demonio cósmico infinitamente poderoso, estos tecnoaristócratas serán los únicos capaces de controlar ambos escenarios.

Es el cuento clásico del mago increíblemente poderoso que, en vez de resistir los embates del destino, la desesperanza de un mundo desquebrajado y el despertar de males antiguos, piensa que su poder es suficiente para aprovechar y someter fuerzas que desconoce para su beneficio propio. Saruman utilizando el Palantir para terminar siendo un esbirro de Sauron. Thiel, Karp y sus amigos hacen referencia a ese artefacto del universo de Tolkien en su startup de vigilancia militar. Es una alegoría tan directa que da un poco de risa.

En cualquier caso, sea que pretendan controlar el poder demoníaco de la máquina transformada en anticristo o quieran ofrecerle su vida, el mundo y sus significados en ofrenda para asegurar su salvación cuando el ente nos devore por completo, la maldad simbólica de esta narrativa es un recordatorio de la conceptualización del capitalismo hipersemiotizado como esta entidad maldita que terminará por consumir, no solo la totalidad de recursos naturales y materiales, sino nuestra misma capacidad de habitar un mundo que podamos leer, interpretar y significar. El peligro de la IA, más allá de la potencial condición de la burbuja financiera que implica la exageración de sus futuras capacidades, nos debe obligar a una mirada crítica a lo que implican los paradigmas técnicos contemporáneos y cómo su manifestación en nuestro día a día nos interpela y afecta de manera mucho más profunda que únicamente disminuyendo nuestra capacidad de concentrarnos.



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