Éticas del medioambiente

Contra el especismo: la liberación animal de Peter Singer

Vicent Yusá prosigue su serie sobre éticas del medio ambiente con un artículo sobre el gran intelectual del animalismo, autor australiano de 'Liberación animal' (1971).

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Peter Singer (Melbourne, 1946) es el filósofo de cabecera del movimiento animalista, su figura más señera, aunque no la más radical. Filósofo de adscripción utilitarista, es una autoridad mundial en filosofía práctica, es decir, aquella parte de la filosofía que trata de poner en conexión el pensamiento con la acción. O como él mismo la define, «la aplicación de la ética o la moral a cuestiones prácticas».

Consecuentemente, gran parte de sus libros abordan temas y problemas sobre los que se requiere un criterio moral que nos impulse a la acción, sobre asuntos que nos interpelan y sobre los que no podemos permanecer ajenos o indiferentes, tales como el racismo, la inmigración, los problemas ecológicos o el sufrimiento animal. Su libro más popular, Liberación animal (1971), considerado el libro de referencia del movimiento animalista, combina la relevancia política de sus planteamientos con una indudable profundidad e interés filosófico.

El elemento nuclear de los planteamientos morales de Singer respecto a los animales estriba en la necesidad de concederles un estatus moral; de ampliar el círculo de la consideración moral hasta ahora circunscrito a los seres humanos y, por tanto, poder entenderlos como seres con relevancia moral (moral standing).  Pero ¿cómo es posible reclamar igual consideración moral dada la evidente desigualdad entre los humanos y los animales no humanos? ¿No resulta absurdo pretender extender la relevancia moral que poseen los seres racionales con autoconciencia, con lenguaje, con recuerdos y expectativas, que son autónomos, a seres que carecen de esas capacidades? ¿Igual consideración moral entre seres que son desiguales?

Dos mil años de pensamiento filosófico occidental han avalado el derecho de los humanos a dominar a los animales no humanos. Tanto en la tradición del judaísmo como en la filosofía griega antigua, y más tarde en el pensamiento cristiano, los animales solo existen para el bienestar y el beneficio del hombre. Ni siquiera la Ilustración fue capaz de modificar esas arraigadas convicciones. Descartes consideró a los animales simples maquinas, autómatas que no experimentan dolor ni placer, y Kant insistía en que no tenemos deberes directos para con los animales, que están ahí «meramente como un medio para un fin. Este fin es el hombre».

Singer atribuye el rechazo a incluir a los animales en el círculo de la moralidad a lo que denomina especismo, es decir, la discriminación en base a la especie; el prejuicio favorable a los intereses de los miembros de nuestra especie y en contra de los otros animales no humanos. Constata que los argumentos esgrimidos son similares a los utilizados para justificar históricamente la esclavitud, el racismo o la discriminación por sexo: la desigualdad entre los seres humanos. Obviamente, no existe una igualdad real entre los seres humanos; la inteligencia, la fuerza física, el color de la piel u otros factores similares son distintos entre los individuos. Pero el derecho a la igualdad no depende de esos factores, no está condicionada por esos hechos, se trata de una idea moral. «El principio de igualdad de los seres humanos no es una descripción de una supuesta igualdad real entre ellos: es una norma relativa a cómo deberíamos tratar a los seres humanos». En ese sentido, Singer afirma que el principio básico de igualdad exige una misma consideración a sus intereses y necesidades, aunque no un tratamiento igual o idéntico. La buena disposición a considerar los intereses de los demás no puede depender de sus aptitudes o capacidades: debe comprender a todos los seres, sea cual sea su raza, sexo o especie.

La convicción de Singer de que la ampliación de la consideración moral a otras especies animales diferentes de la nuestra corre paralela a la extensión del círculo moral que ha supuesto la lucha contra el racismo o la discriminación por sexo, no ha sido frecuente en la historia de la filosofía. Sin embargo, Singer es heredero de la aplicación a otras especies de la consideración igualitaria de los intereses propugnada por los utilitaristas ingleses, y especialmente por Jeremy Bentham (1748-1832), quien refiriéndose a la relevancia moral de los animales señaló que: «No deberíamos preguntarnos ¿pueden razonar?, ni tampoco ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir?», apuntando de este modo a la capacidad de sufrimiento, de experimentar dolor (o gozo), como el aspecto central sobre el que debiera pivotar el derecho a una consideración moral. Sobre estos razonamientos, Singer aclara que «la capacidad para sufrir y disfrutar es un requisito para tener cualquier otro interés, una condición que tiene que satisfacerse antes de que podamos hablar con sentido de intereses […] Una piedra no tiene intereses porque no puede sufrir, y nada que pudiéramos hacerle afectaría a su bienestar».

La sensibilidad (la capacidad de sufrir o gozar) se constituye así en el elemento central para refutar y combatir el especismo. Si un ser sufre, negarse a considerar esta circunstancia no tiene justificación moral, es inmoral. Y dado que la ciencia ya ha mostrado suficientes evidencias de que los animales de muchas especies pueden sentir dolor, «no puede haber justificación moral para considerar que el dolor (o el placer) que sienten los animales es menos importante que el sentido por los humanos con la misma intensidad».

Para Singer, el sufrimiento y la muerte de los animales requieren un tratamiento filosófico diferenciado. Especismo no es idéntico a considerar equiparable el matar a una persona que a otro animal sintiente. Tener deseos, ser autoconsciente, pensar de modo abstracto, formular planes y expectativas o mantener fuertes vínculos familiares son características irrelevantes para la cuestión de infringir dolor. Pero el valor de la vida de un ser con estas capacidades es más valioso que la de un ser que no las posea, y por lo tanto matarlo es mucho más grave. Singer no duda en asegurar de que en caso de tener que elegir, hay que salvar la vida de un ser humano antes que la de otro animal.  

En cambio, sí es ser especista, añade Singer, «situar el límite del derecho a la vida exactamente donde está el límite de nuestra propia especie […] Lo que tenemos que hacer es ampliar nuestra esfera de inquietud moral hasta incluir a los animales no humanos, y dejar de tratar sus vidas como si fuesen algo utilizable para cualquier finalidad trivial que se nos pueda ocurrir».

El filósofo australiano constata lo ampliamente asumido que está el especismo entre los humanos, capaces de ignorar el sufrimiento de seres sintientes como las aves de corral, los cerdos, las vacas o las ovejas que están en la base de nuestra alimentación a través de la ganadería industrial, que trata a los animales como «máquinas que convierten el forraje de bajo precio en carne de alto valor». El hacinamiento en las granjas avícolas, las jaulas diminutas de las ponedoras en batería y privadas de la posibilidad de anidar; la imposibilidad para los cerdos de seguir sus modelos instintivos de comportamiento así como sus mutilaciones rutinarias y el desarrollo de deformidades por los suelos inadecuados y el estrecho confinamiento en los que se los mantiene; o la separación traumática de los jóvenes terneros de sus madres, son una minúscula porción de un extenso catálogo de maltratos y sufrimientos que generan las explotaciones agropecuarias de tipo industrial. Se trata de un sufrimiento provocado para el beneficio del hombre y que en los últimos tiempos se ha agravado por la aplicación de tecnologías que solo apuntan a la productividad en detrimento del bienestar de los animales.

Frente a esta situación, Singer se pregunta: ¿qué podemos hacer? Su respuesta no puede ser más directa: dejar de comer animales y luchar por la liberación animal. El principio moral de minimizar el sufrimiento lo exige: «Si nos tomamos en serio los problemas de la moral, debemos eliminar las prácticas especistas de nuestras vidas y oponernos a ellas dondequiera que nos las encontremos».


Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Actualmente realiza estudios de filosofía.


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