/ una reseña de Joaquín Fernández Angulo /
Frena, velocidad, que no lo entiendo
Leño
Cuando los productos se fabrican y consumen en el menor tiempo posible para producir el mayor número de unidades concebible; cuando las imágenes se suceden a un ritmo que impide su comprensión; cuando las palabras son meros significantes, salvo para cebar una frase publicitaria, y cuando los colores no son sino la dispersión de la luz para simular un arcoíris de jarabe de glucosa, dos creadores revolucionarios, que viven según su propias reglas, decidieron pensar en silencio, sobre la luz (el blanco) y su ausencia (el negro) dilatando, como un fenómeno gravitacional, el tempo de cada paso en la producción de un traje para abrigarnos en este siglo XXI que va camino de ser solo virtual.
La imperfección y la paciencia es una metáfora volcada en forma de caudal por el proyector. Habla de procesos lentos, de materiales de calidad, de la dignidad de los trabajadores, cuya labor agrega un valor añadido a los objetos, ennobleciendo su dedicación, hasta convertirla en amor. Amor, sí: el de quien busca una unión a través de la entrega para sentirse más completo.

La moral y la trascendencia no son patrimonio de las élites, solo atentas a la rentabilidad. Son resultado de nuestra manera de comportarnos con los demás y con nosotros mismos, pero también conforman y elevan nuestro modo de trabajar y esforzarnos, con independencia del objeto o la actividad.
Se abre la verja de tijera de Pañerías Aramo a modo de telón; comienza el juicio de una unidad de medida. Los maestros sastres no están envueltos, sino acompañados desde otro plano temporal por la música de cámara de Forma Antiqva. Los personajes mudos vocalizan y, mientras tratamos de adivinar el contenido de sus diálogos, se vuelven familiares.
En el taller, la expresividad de los hermanos Campal agudiza la sensación de estar ante un juego de espejos. El gesto, seguro, es un ritual de actos reflejos nacido de la repetición, pero a la vez único: esa repetición no es solo la del artesano, es también la de sus antepasados; así, juntos, en un espíritu que recorre el recinto, los brazos y los dedos obtienen las medidas necesarias para perfilar una geometría.

No asistimos a una actuación; somos simples observadores, como si la pantalla fuera una gran mirilla a través de la cual contemplamos lo que sucede en el taller en tiempo real. La película nos permite tocar visualmente las telas, escuchar los resoplidos del esfuerzo para abrir un ojal, sentir el silencio neumático de la paciencia y admirar la extraña belleza de la imperfección.
La apertura metálica del primer acto termina en un cuadro de Vermeer. Un maestro bañado en luz oficia sus conocimientos hasta en el más pequeño detalle. Que el resultado de todo el proceso sea un producto de lujo es ajeno a este magnífico relato. Cuando la pieza acabada recupere su color y tenga un precio, pertenecerá ya a otro mundo, como las obras de los artistas en las salas de subasta. Para estimar y disfrutar esa pieza es necesario saber apreciar las virtudes artesanas.

La película, como la sastrería, requiere esfuerzo y paciencia, pero el resultado merece la pena, porque las imágenes de la familia Campal entran por el ojo del alma y permanecen en el espíritu.
Joaquín Fernández Angulo es poeta, abogado y gestor cultural.
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