Creación

Cuaderno de bitácora

Recuperamos un antiguo dietario de Jónatham F. Moriche, a medio camino entre la autonarrativa de aprendizaje y la crónica de algunos de los paisajes históricos, culturales y sentimentales característicos de los años finales del siglo XX.

/ por Jónatham F. Moriche /

[La primera parte de este texto se publicó en el nº 2 de la revista No Somos Nada (Salamanca, 1995). La versión íntegra apareció primero en el nº 10 de la revista El Cuadernillo (Hervás, 1996) y luego en el nº 15 de la revista Abril (Luxemburgo, 1998). Esta reedición va dedicada, veinticinco años después, a Alicia, Sonia, Arnaldo, Amós, Nuria, Paula, Lucía, Carmen, Lita, Santiago, Manuel, Fran, Xacobo y, en general, a cuantos fueron parte de aquellos días y noches extraordinarios.]

(I, hacia una posible primavera)

1.

Ansío que llegue el buen tiempo para reencontrarme con mi humanidad paseando por cementerios en domingo por la tarde. El primer ser humano se separó radicalmente de su inmediato antecesor animal cuando enterró ritualmente a su ser querido muerto, por cuanto con ello se desligaba, no de hecho, pero sí de voluntad, de la más básica ley natural. El animal lamenta la pérdida de su ser amado, pero no intenta hacer trascender su presencia o su existencia más allá del momento fatal. El ser humano es tal porque reniega de su encadenamiento a las fatalidades (la muerte, la ignorancia del origen y el destino) que rigen la Naturaleza. El hombre supone el paso de la vida de finitudes definidas (tiempo y conocimiento) al continuo desafío por la Eternidad. El Prometeo griego o el Víctor Frankenstein de Mary Shelley representan la angustiada batalla del hombre en este empeño racional, rebelde, desmesurado.

2.

Me mudo a las afueras estos días, mis mochilas rebosan de discos compactos (Gavin Bryars, Arvo Pärt, Pascal Gaigne, Alberto Iglesias, aún son músicas de otoño) y permutaciones irreverentes de conocimientos, arca de Noé con bigotes de tigre acariciando cuellos de gacela, pasta contra pasta Jünger y Habermas, Pascal y Marx, ¿qué se habrán contado entre ellos en el trayecto? Quizás la nueva distancia espacie ahora mis visitas a la Residencia. Allí, bajo la mirada circunspecta de las monjas, me espera casi cada día tras la cena mi privada Ana Ozores. Nos hicimos amigos estudiando tiranos y tiranuelos de América Latina, después creamos una ciudad secreta solo para nosotros, un pequeño continente propio. Hay un piano desafinado en la salita de espera, allí divagamos sobre el curso de las cosas y habitamos un tiempo simbólico, irrestricto, absolutamente metafórico. Hace poco, en la mirada de Lady Asten, sentados todos (ella, Alejandro, Isabel, mi Ana Ozores, yo mismo) en las escaleras del vestíbulo, dos espejos enfrentados y cabizbajos, el mármol antiguo oscurecido, pude leer que vivimos con el tiempo suspendido, que no envejeceremos hasta que no nos demos cuenta, hasta que seamos conscientes de que la vida no es solo el tema de unos versos. Mientras tanto, nuestra amistad está a salvo de todo mal.

3.

Conversación infinita con Amós. Infinita, turbadora, atroz en sus últimas consecuencias. Con el Lehninger en la mano, me demostró la fragilidad de la vida, la relatividad absoluta de las ciencias sociales, siempre en lucha por emerger de la necesidad que rige las leyes biológicas. Las abejas, las hormigas, no hacen ciencias sociales, hace sociedad, y punto. Sociedad fuerte, que tenga posibilidades óptimas de sobrevivir. Nosotros hacemos política y sociología y filosofía porque hemos relativizado nuestra necesidad de sobrevivir, y por eso hay héroes y mártires: necesitamos una justicia para vivir más que mismamente vivir. Esparta sobrevive, Atenas sucumbe, pero los espartanos no ejercen como seres humanos con la misma plenitud que los atenienses. Estos buscan y por eso viven, aunque mueran por ello. El espartano ve partir el buque hacia el futuro desde el muelle, estancado en la seguridad del propio instinto de supervivencia, cobarde ante el desafío de la Razón. El paso del Mito al Logos supone el paso del hombre como rendición (resignado a lo que ha de ser) al hombre como atrevimiento (creador de lo que será consigo mismo).

4.

La ingenuidad presocrática puede hoy llamarnos a la sonrisa en muchos aspectos. Pero la filosofía (todo es filosofía, todo saber que se pretenda ajena a ella es una atroz aberración) sigue tratando de responder a Parménides. La cobardía de determinados seudopensadores (antipensadores, depensadores) consiste en creer que veinticinco siglos de búsqueda no hayan sido suficientes significa que la Razón no puede dar respuesta a la resonante voz interrogadora de los griegos antiguos, quizás los más plenamente humanos de entre los hombres.

Sarajevo, fotografiada por Jordi Pujol Puente tras el asedio serbio

(II, que cuando lleguen los bárbaros…)

5.

(Día 1.083 del asedio de Sarajevo) Una paradoja. Ahí están: Savater, Lévy, Grass, Semprún… Continúa la excepcional estirpe de pensadores que desde una u otra perspectiva han puesto sus armas bajo el pabellón de las ideas, la Razón y la tolerancia. Y Fini, Haider, Le Pen, el mismo Karadžić, amenazadores, desde la sombra del totalitarismo, el fascismo de uno u otro signo (indistinto, indiferenciable). ¿Qué extraña paradoja se hace eterna en este continente? Europa es una metáfora del hombre luchando por escapar de la sombra de su condición bestial y abrazando la Razón, alzándose fuera de la ciénaga de los instintos. «Europa no es un lugar, sino una idea, no una categoría del Ser, sino del Espíritu» (Bernard-Henri Lévy).

6.

Auschwitz, Sarajevo. ¿Que capacidad tiene la historia, la presencia y permanencia del pasado en el presente y su proyección hacia el futuro, para transmitir con toda su intensidad el horror absoluto que supuso el Holocausto? ¿Es el olvido consecuencia necesaria de la insuficiencia de las palabras hasta de las imágenes para hacer sentir al hombre un mal tan inexpresable, tan inaudito? ¿Es soportable la condición humana tras Auschwitz, sintiendo dentro de cada uno de nosotros el obsceno estigma de los campos de exterminio?

7.

La fe y la utopía. Las peores pesadillas del siglo XX nacieron como hijos deformes y monstruosos de utopías que antes muchos habían soñado sinceramente hermosas. ¿Qué salva a una utopía del autoritarismo, de la masacre, del horror? ¿En qué punto el sueño se convierte en pesadilla, el jardín en abismo? En el momento en que se cae en la Verdad Absoluta, en el dogma de fe. Todo aquel que manteniendo sinceramente su esperanza de ayudar al género humano en su travesía a través de los siglos, de acuerdo con su fe o creencia, sea consciente sin embargo de que se puede estar en error, de que su opción puede no ser la correcta, no derramará sangre humana en su camino. La consciencia de la falibilidad, heredera e hija predilecta de la Razón, nos salvará del horror. 

8.

Sólo la metafísica está en disposición de dar una explicación al horror de Auschwitz, de Sarajevo, en lógica consecuencia de la metafísica como pretensión de conocimiento de lo absoluto. La Historia podrá narrar lo sucedido en los campos o en la ciudad martirizada, pero ni por asomo podrá hacerlo comprensible. Para quienes dicen de la filosofía una disciplina sin objeto, he aquí uno: explicar y prevenir el exterminio. Parece no bastar nunca. Vuelvo de nuevo la mirada ante la vergüenza argelina. De nuevo el horror, de nuevo la Razón ahogada en el marasmo de la ignorancia, la ciénaga de la muerte por mandato divino. Una guerra de religión, una cruzada purificadora, para clausurar el siglo XX. ¿Acaso no se dan cuenta de que la sangre sólo puede envilecer, deshonrar, la legítima, libre e íntima experiencia de dios?

«…y que cuando lleguen los bárbaros nos encuentren soñando dulces sueños de opio entre las columnas de nuestros palacios…».

Cadáveres en las calles de Sarajevo, por Jordi Pujol Puente

(III , el poder, la sospecha, la Historia…)

9.

Anotado en los márgenes de un periódico, sentado ante el lento, serenísimo Duero, a finales de abril: «la inocencia y la experiencia en el poder parecen ser incompatibles. Permítaseme, pues, no envidiar la trágica gravedad de los césares». Ante la mirada deslumbrada del viajero ocasional, se desvela uno de los mayores misterios. Fue la vanidad la que hizo erguirse los palacios, fue la soberbia del poder la que levantó murallas, trazó ciudades. La historia arrasó con un soplo desganado toda vanidad, toda soberbia, dejando sólo el mudo testimonio de la piedra, que nada sabe de nombres, ni de efímeras glorias humanas hoy reducidas a cenizas. No más que estas aguas del Duero, o los cipreses que custodian su paso ante mi vista.

10.

A Coruña, abril: «Cada levísimo signo pugna por hacerse con un significado a través de las horas que en la noche dedicamos al juego de la sospecha. El quejido del cemento, un gruñido, acaso el roce de dos tactos. Como alimañas ansiosas, picoteamos entre la vigilia y el sueño la carroña legada por los días». Descubriré luego un sentimiento similar, puesto en boca de un condenado a muerte: «Después de media noche esperaba y acechaba. Mis oídos nunca habían percibido tantos ruidos, ni distinguidos sonidos tan tenues» (Albert Camus, El extranjero). Esperar, desesperar. La llegada del día, de la misma muerte. El tiempo pierde su escaso sentido y es sólo una losa, una pregunta insoportablemente prolongada. Impotente ante la sentencia, ante la morosidad de las respuestas.

11.

Nermin Divovic cumplió siete años el 18 de octubre pasado. Escudriñando su foto (de Gervasio Sánchez, en El País) no descubro nada que lo haga distinto de cualquier otro niño de su edad. No conocerá otra. El dieciocho de noviembre un francotirador serbio lo mato en la calle Marindvor de Sarajevo, ante la vista de su madre, de periodistas de varias naciones, de cascos azules de la ONU. Su cuerpecillo inerte, su cabeza destrozada tendida sobre un obsceno, desproporcionado charco de sangre… ¿Tesis? ¿Antítesis? ¿Estructura? ¿Condiciones objetivas? ¿Subjetivas? Quien crea saber qué es la Historia, que me conteste. Que conteste a Nermin y a las preguntas que ya nunca podrá formular, muertas con él sobre el asfalto de Sarajevo. ¿O acaso habremos de renunciar a que nuestra historia sea algo más que la historia de nuestra barbarie?

12.

Meditaciones de Marco Aurelio. Al fin un hombre al que el poder absoluto no ha corrompido, no ha cegado. Casi un dios en vida que se sabe ya olvidado, irrelevante, vencido por un Ser que le supera y absorbe. Todo un emperador de Roma (¡qué ejemplo para tantos reyezuelos de taifas!) que sabe que su vida no vale un sestercio más de lo que valga su dignidad. Me vienen al recuerdo, vaguísimamente, de mi infancia más profunda, irrecuperable, las estatuas decapitadas entre las ruinas romanas de la playa de Bolonia. Imagino al emperador estoico, ausente de su propio poder, construyendo serenamente este monumento de palabras, no para gloria suya, sino de los hombres, que ni el viento, ni las tormentas, ni la cruel arenisca de la Historia harán jamás vacilar.

Una morgue de Sarajevo, capturada por Jordi Pujol Puente

(IV, el tiempo, los libros)

13.

La memoria de los libros supone, discreta y presente, un inevitable subrayado a la memoria de mis días. Así, sin razón aparente, tras una noche de trabajo febril, surge el recuerdo de La insoportable levedad del ser de Milán Kundera: «Tomás no se daba cuenta en aquella ocasión de que las metáforas son peligrosas. Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora». «Libro bandera para una generación», me lo describió un buen amigo al que respeto por su serena edad y su ilimitado sentido común. Una generación que por desgracia no es la mía, que en su escaso apego por la letra impresa jamás podrá tener un libro bandera, ni se alzará nunca en protesta callejera por recuperar la voz de un poeta silenciado. Nadie parece nacer en la generación correcta, dudo ya incluso de que haya generaciones en las que cobijarse, y por ello nos refugiamos en el artificio falseado de la memoria de los tiempos heroicos de nuestros mayores. Hace casi tres años que hice mi primera lectura de Kundera. Uno antes de conocer a una mujer a la que amé. Cada frase de su novela fue una pista para hallarnos en medio del laberinto. Ella me entregó día a día las claves del lenguaje de los poetas y ellos, en generoso intercambio, me ayudaron a corresponderla y amarla. Los dioses la protejan siempre de todo dolor.

(V, el camino del mar)

14.

La vida como travesía, el mito del mar, eterno devorador de vidas. Recuerdo, en un día arisco y frío, caminando con Santiago bajo la llovizna, un enorme pedazo del petrolero Mar Egeo, en un esforzado y último estertor, lleno a la vez de ruina y de orgullo, erguido ante las rocas imponentes costas de A Coruña, la luz blanca sobre el rojo cansado del óxido, y las olas, devastadoras, crueles, azotándolo sin pausa. Y veo cada día los estragos del tiempo sobre los cuerpos, sobre las mismas almas. «Embarcaste, navegaste, arribaste: desembarca», se dice así mismo Marco Aurelio (Meditaciones, III, 3), ausente de toda rabia, lleno de estoica serenidad. ¿Para qué la ira? Es de necios oponerse al paso del tiempo; el tiempo es estático, fino y transparente, no se mueve más que las playas en calma de los recuerdos infantiles, en una paz sólo alterada por nuestra apresurada marcha sobre él.

15.

«…habiendo visto luego en los viajes, que no todos los que piensan de modo contrario al nuestro son por eso bárbaros ni salvajes, sino que muchos hacen tanto o más uso que nosotros de la razón…» (René Descartes, Discurso del método).

(Fermoselle, abril) La comunión bajo nuevas especies puede no dar la fe, pero sí la tolerancia. Nuevos sonidos, nuevos colores… Los griegos surcaron el Mediterráneo para hallar un tesoro inconmensurable: la contingencia de todo lo humano, la locura que son los dogmas cuando se habla de hombres. Sólo desde la tolerancia se pueden marcar con libertad los propios perfiles, la propia identidad. Confiados a la bonanza de las mareas, inmersos en los ritos y los ritmos ajenos, descubriendo que la propia libertad está dispersa en los demás, en sus palabras y sus miradas. Hinchadas las velas de vientos dulces, continúa el camino.


Jónatham F. Moriche (Plasencia, 1976), activista y escritor extremeño. Ha publicado textos de análisis político y crítica cultural en medios como El Salto, La Marea, Eldiario, Rebelión o Diario Hoy.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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