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Los nuevos desnortes

Eduardo García comenta dos noticias leídas juntas, la una sobre ciertas fortalezas psicológicas de la generación «boomer», la segunda sobre la cantante Rosalía.

/ por Eduardo García Fernández /

La coincidencia de dos noticias, de las que me enteré por los mensajes de unos amigos, me hizo pensar en lo relacionadas que estaban si uno leía un poco entre líneas.

La primera venía a decir que la generación nacida entre los años sesenta y setenta del pasado siglo presentaba unas fortalezas mentales que hoy en día son raras en psicología. Una generación que creció con calma, con menos recursos y con una vida que te obligaba a apañarte sin atajos. Se desarrollaba la paciencia ante la incertidumbre, pues nada era instantáneo: el correo tardaba, los trámites eran lentos y las metas importantes necesitaban meses o años de constancia. Ese ritmo fortaleció la paciencia y la capacidad de seguir adelante incluso cuando el resultado no era inmediato. Las emociones estaban bajo control. La vida exigía decisiones basadas en la lógica: pagar facturas, mantener el hogar, cumplir obligaciones. Las emociones estaban ahí, pero no gobiernan cada movimiento.

La noticia continúa enumerando también la satisfacción con lo esencial, es decir, disfrutar con lo que se tenía. La gratitud y el desapego eran casi naturales. La tolerancia al malestar formaba parte de vivir, aceptar que las incomodidades forman parte de la vida; esperar, lidiar con personas difíciles, reparar objetos rotos, hacer tareas sin protestar; en definitiva, desarrollar cierta tolerancia a la frustración. La resiliencia práctica implicaba resolver problemas, probar, equivocarse y aprender. Había una experiencia directa con las dificultades. Se teníuan habilidades para enfrentar los conflictos directamente. No había la posibilidad de desaparecer detrás de un mensaje o bloquear a alguien. Los desacuerdos se resolvían conversando, con el cuerpo presente, con el cual se desarrollaban habilidades sociales profundas; lectura del lenguaje corporal, escucha activa, asertividad.

La segunda noticia es: la soledad elegida del celibato voluntario femenino. Crecen los celibatos voluntarios femeninos tras las decepciones y desfases emocionales de mujeres que priorizan el bienestar, los límites y la autoestima mientras desplazan el amor del centro de sus vidas. Rosalía confirma que está «soltera» y practica el «celibato voluntario». «Mi prioridad soy yo misma».

La pregunta es: ¿cómo es posible que justo cuando las hormonas están más disparadas en la adolescencia y primera juventud muchas mujeres, pero también hombres, opten por el celibato? Pues la respuesta está en el contexto actual en el que vivimos, donde prima el yoísmo, es decir, primero yo, a continuación yo, y claro: la sexualidad y las relaciones afectivas, sobre todo al principio ,implican probar, equivocarse, sufrir (que forma parte de la vida y es inherente a la condición de estar vivo) y aprender de las mismas; pero como además existe una escasa tolerancia a la frustración, lo mejor es huir, y optar por el celibato. Además, muchas veces tampoco se tienen las habilidades sociales necesarias ni la asertividad para tener una relación sexual y afectiva sana, pues cuando hay un pequeño problema o conflicto, con bloquearlo o enviar un mensaje ya está. Si además añadimos la influencia perniciosa de personajes públicos como Rosalía, que optó por el celibato, pues ya está sobradamente justificado que lo mejor es escapar/huir de aquello que no puedo controlar y no me encaja o no es mi prototipo de relación. Vamos que, en vez de una relación afectiva, la chica debería preguntar a Fernando Alonso si el prototipo que está probando se ajusta a su conducción y a alguien de Ikea por si le encaja el mueble.

Si viajásemos en el tiempo, otra vez a los años setenta y ochenta del pasado siglo y oyésemos que algún adolescente o joven opta por el celibato voluntario, probablemente consideraríamos que está fatal o muy mal, y veríamos que detrás de esa decisión hay un problema. Sin embargo, hoy se ha convertido en una moda, una tendencia fomentada y promovida por cantantes, influencers y demás gentuza, y lo que están provocando es algo aún peor: que una parte verdaderamente importante del desarrollo del individuo sea anulada por una moda absurda, trayendo las consecuencias de más casos de episodios de ansiedad, depresión, insatisfacción vital, inmadurez, infantilismo; en definitiva, todo un incremento de problemas psicológicos en adolescentes y jóvenes. Mientras, Rosalía sigue facturando y dando opiniones que son seguidas por legiones de admiradores y aquí no pasa nada.


Eduardo García Fernández (Oviedo, 1968) es licenciado en psicología clínica y máster en modificación de conducta. En 1999 abrió una consulta de psicología clínica en la que aborda todo tipo de patologías y adicciones. Entre sus aficiones se encuentran la literatura y el cine. Y acostumbra a vincular éstas con su profesión dando lugar a artículos con un enfoque diferente. Ha realizado y participado en programas de radio en Radio Vetusta, ha colaborado con la revista digital literaturas.com y en la actualidad colabora esporádicamente con artículos y reseñas en el periódico La Nueva España.


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