/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /
Para qué caminan los que caminan, para qué han caminado siempre quienes dejan sus casas y sus comodidades, si las tienen, y se cargan las espaldas y amuelan sus pies un día y otro día… ¿Es para llegar a algún sitio? ¿Para hacerse perdonar algo? ¿Son pecadores, ociosos, rebeldes? ¿Escapistas, ilusos, simplísimos idiotas? Nos gusta la pregunta: matizarla, mejorarla. No nos interesa nada la respuesta.
El mundo moderno, posmoderno o como se llame el mundo ahora ofrece pocas oportunidades para la rebelión, parece, ninguna para la revolución que tanta falta hace… Se nos presenta como una losa granítica y sin fisuras, un magma que avanza incontenible, engullendo todo a su paso. Pero acaso las revoluciones estallen justo en condiciones como estas, y al mismo tiempo nos parece que todo a nuestro alrededor, lo de cerca y lo de lejos, lo de arriba y lo de abajo, es un cúmulo de estímulos y razones evidentes, más que suficientes, para decir hasta aquí, señores, y desempolvar las horcas y las guadañas, y salir a la calle y… ¿Sí, verdad? Nombres que se nos revelan tan viejos e inservibles, a la par que insoportables, como los de Donald T., Ursula von der L., Mark R. o Isabel Díaz A., entre otros, ¿no les dan ganas de plantarse y armar una bien gorda? Instituciones y palabras tan gastadas y repulsivas como OTAN, Premio Nobel de la Paz o Eurovisión, por ejemplo, ¿no lo están poniendo todo en evidencia, no están dejando claro como el agua clara de qué va el asunto y en qué servidumbre idiota nos hemos convertido?
El hombre, la mujer que un día se desvían, el hombre y la mujer «desviados» son también, claro que sí, idiotas. Son ilusos, inadaptados, enfermos; son arandelas sueltas, tuercas pasadas de una maquinaria que vuelve a apretarlas una y otra vez y que acabará desechándolas y poniendo en su lugar otras que ajusten mejor.
Para el peregrino, que es el que anda «por el agro», el que por unos días, todos los que puede, muy pocos, se escapa de la jaula de cemento y cristal para mojarse y embarrarse y subir y bajar por los caminos, resulta verdaderamente deliciosa esta sensación, esta ilusión —bien lo sabe— de rebeldía: colgar el mono de faena, coger una muda y un bastón y largarse murmurando adiós muchachos, ahí os quedáis con vuestros rodillos y manivelas, yo me piro, yo me bajo de esta trituradora productivista del demonio, este tinglado absurdo que nos usa y nos exprime, nos maltrata, nos insulta y nos deprime. Por supuesto, el peregrino sabe que no es la ilusión la que le dará de comer y donde dormir en los próximos ocho días, o menos, sino el vil cacho de plástico que lleva en el bolsillo, el puto microchip que ha de mostrar para disponer de sus cuatro perras, previa mordida del usurero de turno. Sabe eso y también que su ilusión es posible gracias a todos los hombres y mujeres que, mientras él se aleja contento y dolorido por el agro, se mantienen bien sujetos al rodillo y a la manivela, dándole de comer y de dormir y lo que precise. Siempre fue así, hoy igual que en los tiempos de María Castaña, que también fue una rebelde, esto es, una íntegra ilusa, una idiota perfecta, y bien que lo pagó.
Esta minusculísima rebeldía, esta revolución incruenta que practica el peregrino es, huelga decirlo, perfectamente inútil, no sirve para absolutamente nada y acaso hasta sea contraproducente: mejor todavía, ese sería su mérito y su valor máximo e inalcanzable: nada, menos que nada. Una nada que para el andarín está llena hasta rebosar de cosas que no se pueden ni contar porque a quien se las cuentes le dará la risa, una risa condescendiente y superior, insufrible. Por ejemplo, que en el lugar de Villalibre (dónde si no), una mujer que se llama, por supuesto, Eva, pone en la ventana de su casa una cesta con manzanas, para que el peregrino coja una o las que quiera y siga su camino un poco más alegre y luminoso, y no hay hucha al lado, nada, solo manzanas rubias como la gloria, manzanas para tomar y seguir, y se va uno mirando la manzana, radiante y tonto de alegría, llenándose la boca de luz, de gozo, de conocimiento: comprendiendo, por fin, que el cuento no es como machacan los catequistas y que lo que compartió Eva con el bobo Adán, porque lo amaba tiernamente, era la luz, era el saber, era el gozo de descubrir y compartir lo aprendido, sin esperar nada a cambio. Millas y días más tarde, en los montes por los que discurre el Lor, otra cesta, ahora llena de madalenas y también sin hucha al lado, solo doradas madalenas porque sí, se ofrecen de nuevo en una ventana en la que no hay nadie o quizá haya un ángel que de algún modo nos echa el alto y nos hace reparar, y sin palabras nos dice: olvida tus cuitas y tus pies molidos, toma una madalena y que nada te turbe, nada que espante, llénate la boca y el alma toda, la mirada, el pensamiento entero, de este dorado fruto del sudor ajeno. La buena amiga Eva, el ángel piadoso Lor, nos tienden sus cestos colmados de placeres y saberes, y lo hacen a cambio de nada, de menos incluso que nada, y quizá se pregunta uno entonces si la revolución que tanta falta nos hace, la callada revolución constante que impide que todo estalle o se hunda de una vez, no pasará, no pasó siempre, por hacer cosas sin cobrarlas. Sí, solo preguntas, por favor. Y gracias. Gracias, Eva; gracias, Lor. Benditos seáis, no os muráis nunca. Que se mueran los codiciosos, ellos sí cuanto antes, los que solo saben poner bombas y aranceles.
El camino, que es la cosa más simple y más hermosa, la más franca y elemental, es también a nuestros ojos un misterio grande, un pozo sin fondo y una revelación purísima e incomprensible. El camino le habla a uno y uno no entiende nada, por supuesto, no aprende nada y si aprende algo lo olvida al instante. El camino lo hace uno cargado con sus bártulos pero sobre todo con sus demonios y sus preocupaciones imbéciles, a menudo perdiéndose todo lo que el camino le muestra y le regala, le enseña y le confía. Esta vez, por ejemplo, el camino surcaba tierras y más tierras quemadas, montes calcinados que, bajo la lluvia, aún desprendían como un lamento el olor acre del hollín; montes habitados por los esqueletos negros de castaños centenarios, de madroños y encinas abrasados, y ahí, en esos tristes kilómetros, el camino era maestro callado y paciente, elocuente: a un lado y a otro, el monte quemado dejaba a la vista… ¿sabéis qué? Yo os lo digo: latas, botellas, loza y ladrillos rotos, lavadoras, cemento, somieres, inodoros, plásticos derretidos e innumerables, todo lo que se pueda imaginar que tira el hombre en su no parar, y que tira junto a los caminos. Toda nuestra inmundicia, nuestros detritos, revelados ahí a la vera, a la que nos asomamos como al espejo de nuestra alma, y solo nos consuela pensar que antes o después la naturaleza lo compostará todo, igual que compostará más pronto que tarde nuestra especie entera, incluidas nuestras maravillosas catedrales, nuestras sublimes óperas y novelas, de las que nada quedará. Amén.
Siempre demasiado pronto, desde luego, el peregrino regresa y ese, el de vuelta, es el camino que más cuesta, el repecho más empinado, por más que se haga en cómodos y veloces alvias y autobuses: desde la ventanilla que nos separa del agro por el que hemos andado y andado como esforzados y alegres hobbits, la máquina desanda rápido lo andado muy despacio, y el brusco movimiento nos cuesta un poco la vida mientras vemos desfilar la senda roja y el monte negro, el puente aquel, el río y el árbol rebrotado, la ermita a cuyo lado pasamos sin sospechar cuánto iba a faltarnos ahora. El regreso es parte del camino, dice al verme mustio mi compañera, que es también una Eva sabia y generosa, para suerte del bobo Adán abajofirmante, que a menudo solo le corresponde con gruñidos y negra bilis. Regresar, sí, y subirse otra vez al rodillo, tomar de nuevo la manivela y ponerse a dar vueltas como antes, como siempre. Y que el ritmo no pare, que nada ni nadie detenga nuestra desquiciada marcha hacia el desastre: más alto, más lejos, más fuerte, y eso que yo, menos mal, me dedico a hacer libros, objetos que a pesar de todo sigo amando… Qué escribiría, qué saldría de mi oscura cabeza si en lugar de libros tuviera que hacer, qué se yo, recubrimientos de poliuretano o planchas de porexpán. Así que volvemos, estamos ya en casa, pero me resisto a meterme en la ducha y en la cama si no es para seguir alejándome por la mañana, me resisto incluso a quitarme las prendas de estos días, mi hábito de peregrino, estos «farrapos» que quizá más que lavar habría que quemar, como se quemaban antaño frente a la ermita donde paramos a comer medio plátano y un cacho de pan, felices.
Y mañana, sí, mejor mañana, nos pondremos de nuevo frente a la pantalla y en nuestra mirada sumisa y obrera, obrera y revolucionaria, seguirán callados el puente y el castro, la ermita y el árbol quemado. Seguirá la rubia manzana de Eva llenando nuestra boca de jugo y de luz; y seguirá la madalena dorada del ángel Lor en nuestra memoria toda, el esponjoso fruto que mordíamos camino adelante casi llorando, su callada enseñanza inexpresable, que también quisiéramos ofrecer a quien por aquí pase a cambio de nada, de menos que nada.

Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.
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