textos de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Desnudos)
Se viene encima el aire de la noche. Y aún dan en la cara los ramos del frío, sus cristales furiosos. Tú te agarras a vértices de los últimos sueños del invierno, pones aceite y lumbre para quemar los himnos del pasado. Y sigues andando. Desde una terraza lluviosa alguien deja caer —y no es para ti— una expresión vagabunda, como fugada de una conversación que va más allá de sí misma. «Yo solo entiendo la vida óptima», dijo la voz de hombre. Seguí alejándome sin poner más cuidado en el oído.
Después de treinta años cierra el bar del barrio, nuestra más segura oficina. Habrá que buscarse otra sede para las citas. ¿Y tú qué harás ahora?, pregunto a quien pasa allí la mayor parte del día, el hombre que nunca se sienta y solo toma largos cafés flojos que deja abandonados en el mostrador mientras sale cada poco a fumar. Me buscaré otro bar, me dice, pero lejos de aquí. Yo lo interpreto como quien necesita huir del todo para no traficar con los recuerdos de tantos años. El Olvido se llama el bar, que también ha sido el mío. Ese hombre caviloso, imperturbable, ha acabado por dar sentido pleno a ese nombre (a fin de cuentas, nadie sabe para quién bautiza sus pertenencias). «El Olvido».

«Asombrado y disperso es el corazón del poeta», dijo María Zambrano. Aunque él aspire a una totalidad, su obra es parcial y abierta. Ama lo informal de la vida, la insostenible presencia de las cosas que de pronto pueden desaparecer por su cuenta. No, no habita en el corazón del poeta la arrogancia del pensamiento, sino la inseguridad balbuceante de quien no acaba de descubrir del todo la sustancia de su entrega y no sabe explicarse. Es ajeno incluso a sí mismo; por eso se queda en las afueras de todo. No pertenece, por gloriosa incapacidad suya, a ninguno de los organismos de la suficiencia social. Solo en la exclusión es capaz de reconocerse completamente.
Día agachadizo, de poca solvencia. Eso parece. Pero un resplandor imprudente salta a los ojos y perturba de momento el sitio de cada cosa. Contra el furor de lo blanco, grandes moles quietas entrevistas desde el amanecer. Siluetas amodorradas. Vacas arrodilladas en la nieve.
Esa obsesión general por obligar a todos a ir al contorsionismo de los gimnasios para mitigar la baja autoestima física o la intimidad desconcertada. El culto al cuerpo y la atención al equilibrio espiritual se buscan con denuedo en estos tiempos. Pero hay algo más en estas invitaciones obsesivas para mejorar la fachada o la despensa interior. Se trata de necesitar ir en pos de los otros, no quedarse atrás, obedecer las nuevas propuestas sociales y afirmar el espíritu gregario para ser uno más; no soportamos sentirnos fuera de la cáscara del grupo. Y claro que es bueno cuidar del cuerpo y de lo otro. Pero como decía Saramago con ánimo zumbón en aquella entrevista: «A los escritores nos fuerzan a hacer deporte, pero a los deportistas nadie les pide que lean». Pues eso.

Grima de limones sucios (la sierra vertical que corta las tajadas del bacalao seco en la sección de la charcutería). Espasmos esponjosos (el motor intermitente de las cámaras de los congelados). Siseo de reptiles ocultos (la mano enguantada de esa mujer que escarba entre la fronda de la fruta). Estallidos de campanas sordas (entrechocar del almenado de botellas que alguien repone en la sección de vinos). Mapa de sonidos. Apenas clientes. Las trabajadoras solo se entienden con las existencias (¡oh, las existencias!). Abecedario bruto. Supermercado a primera hora.
Hacía tiempo que no sabíamos de nuestra amiga dañada y hoy nos hemos enterado de que se encuentra en una residencia de la provincia de Valladolid. Ya no conoce el mundo, nos aseguran. Me da miedo la causa por la que la próxima vez alguien diga su nombre entero delante de mí.
Durante el paseo, el amigo me detiene en seco. En el seto del jardín un petirrojo nos mira de cerca y a las bravas, con dulce obstinación. No tiene intención de volar a pesar de estar ahí, peligrosamente cerca del mundo humano. Detenidos ante él, parecía que fuésemos a iniciar los tres una conversación de finales de invierno y despedir así las últimas llagas del frío.
¿Y quién atiende ese diálogo, sordo y secreto, que los ancianos van sosteniendo inclinados sobre su andador mientras lo arrastran por las calles de la ciudad?
Encajada entre un canalón y un escaparate, la gran pintada azul: «Nos regalan miedo para vendernos seguridad». En esta escritura de la calle, chorreante y clandestina, suele decirse lo que nunca va a aparecer en la sintaxis cautelosa de los medios de comunicación.

EFECTOS SECUNDARIOS
Como a una puerta que han arrancado de su lugar por unos días, te han sacado de quicio. Te han desquiciado.
Te colocan debajo de los focos para que digas una vez más que hay que estar fuera de ellos. Volver cuanto antes a la penumbra amiga de las palabras. No hay otra llamada.
Los parabienes. ¿Habrá que repetirlo? No son herramientas que te permitan mejorar lo tuyo. Al contrario, son una piedra que te colocan en algún lugar de ti mismo para que notes su gravedad impuesta. Ya pesas más que antes, parece decirte una voz indefinida.
Ponte tú entonces a escribir para comprobar que no hay remedio ninguno que disuelva la incertidumbre sin norma en la relación con las palabras. ¿No eres capaz de ir con soltura detrás de ellas? Arroja lejos las medallas. Así te pesará menos tu identidad para ir más ligero.
Inerme y desconcertado, así es como hallarás cobijo seguro. Cuanto menos lleves contigo, antes encontrarás resguardo. Las palabras no auxilian a los pertrechados.
No falla: siempre hay alguien que no sabe disimularlo y emprende una felicitación como si estuviese dando el pésame.
La urgencia con que buscan a uno los medios no es síntoma de interés verdadero, sino necesidad de cumplir con un trabajo cuanto antes —en los estrictos límites de la actualidad bárbara— y pasar a entrevistar a otro: un ciclista, una monja, un afilador, un hombre centenario… A esa parada de pequeños monstruos has pertenecido un par de días.
Alguien cualquiera se te acerca por la calle. Gente corriente. Te hablan con afecto. De pronto, algo te revela que te conocen más de lo que tú piensas. Y enseguida se alejan, se vuelven a lo suyo. Son lectores de paso. Pocos pero suficientes. Su atención y su alegría sin trampa se me contagian. Gracias.
Y ya.

Las normas acaban haciendo costumbre y eso hace que volvamos a ver con nítida extrañeza lo que antes no advertíamos porque pertenecía a la invisibilidad de lo habitual. Entro en la habitación de este hotel, tan modesto y familiar, y el sobresalto de un cenicero en la mesilla de la habitación es una aparición intempestiva. Cualquier niño de ahora necesitaría que le explicásemos para qué servía ese objeto, por qué estaba ahí en otra época, por qué era obligatoria su presencia en la antigüedad contemporánea. Cenicero y mesilla: retorno brusco a la memoria de lo desechado en nombre de otro orden de vida. Hotel Monclús. Palencia.
Se empiezan a estirar los atardeceres. Y en los esqueletos de los árboles el mirlo ensaya su convocatoria; pronto se alterará la sangre de las criaturas y el invierno ya no sujetará nada entre los dientes, será un gesto fallido donde desaparecerán todos los envejecimientos. Y mientras el mundo sigue día por día soltando su aliento insoportable, las yemas de mis orquídeas ya están listas para estallar en silencio y alumbrar un poco mejor la vida. Y eso me basta.

DE LO QUE AÚN ESTÁ ENTERO
Aún me ilumina
—vientre oscuro: febrero—
lo que termina.
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.
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Magnífico trabajo!!!!! Mi enhorabuena!!!
Magnífico trabajo!!! Mi enhorabuena!!!! Más arriba, me salió un alter ego de nombre galáctico….