/ por Vicent Yusà /
Para perder amigos, lo primero es tenerlos. A lo largo de la vida, muchos se van quedando atrás por lo que podríamos llamar «causas naturales»: el fin de los estudios, los cambios de residencia, la movilidad laboral, el abandono de ciertas actividades, la formación de una pareja estable, la evolución intelectual o ideológica, la pérdida de intereses compartidos, la distancia física o, en último término, la muerte. Otros llegan y ocupan su lugar.
Durante la infancia y la juventud, ese relevo se produce con relativa facilidad; con el paso del tiempo, sin embargo, se vuelve cada vez más difícil. No en vano, Aristóteles atribuía la escasa inclinación de los mayores hacia la amistad a un carácter más desconfiado y menos dado a la generosidad.
Existen también razones más evitables para que se pierda una amistad. Esta suele nacer de creencias, intereses y gustos compartidos; pero sostenerla en el tiempo exige la capacidad de acoger con empatía las preferencias del otro, incluso cuando no son —o no lo fueron en un inicio— propias. Pretender una coincidencia plena en las aficiones y gustos es una de las vías seguras para perder la amistad. Conformarse con tener algunas inquietudes comunes y mantener cierta tolerancia con las discrepancias parece lo más razonable para preservarla, si es que verdaderamente se desea.
Un modo rápido de perder una amistad consiste en exigir al amigo que haga suyas tus enemistades: que odie a quienes tú odias, o lo que viene a ser equivalente, hacerse amigo de sus enemigos. En el mejor de los casos, uno se ve arrastrado al papel de mediador, casi siempre abocado al fracaso, pues ambos bandos reclaman, en nombre de la amistad, lealtad y apoyo. Esta situación se da con especial frecuencia cuando, dentro de un mismo grupo, dos dejan de ser amigos y un tercero intenta conservar la relación con ambos —algo similar a cuando una pareja se separa y el amigo quiere mantener la relación con uno y otro—. Los examigos no necesariamente acaban siendo enemigos, salvo cuando ese fin de la amistad se debe a una disputa. De ahí que, de los tres tipos de amistad que distingue Aristóteles —por placer, por utilidad y por virtud—, las amistades por virtud sean las más convenientes, ya que son las menos propensas a acabar en disputas y son más duraderas.
Otra forma de perder amigos consiste en revelar a terceros la información obtenida en el marco de esa relación. La amistad se sostiene en la confianza y esta comporta, en buena medida, el intercambio de información privada, íntima, lo que vuelve a los amigos especialmente vulnerables al conocimiento que cada uno tiene del otro. Si ese conocimiento se utiliza indebidamente, no tarda en percibirse como una traición que acaba rompiendo el vínculo.
Pero incluso sin mediar deslealtad explícita, ese intercambio de confidencias y vivencias personales puede erosionarse. Ocurre, por ejemplo, cuando uno de los dos deja de mostrar interés por escuchar al otro, por seguir recibiendo secretos personales, se muestra reacio o desinteresado por las revelaciones del otro, o por no realizar ninguna revelación a cambio. Si ese intercambio de información privada es totalmente asimétrico, o una de las partes se muestra poco receptiva o se instala en la indiferencia, la relación entra en una deriva que con frecuencia acaba con el fin de la amistad.
En ocasiones, la amistad muestra una resistencia sorprendente. Existen vínculos que pueden soportar la falta de contacto durante periodos muy prolongados, como esas bacterias que permanecen latentes y encapsuladas en ambientes desfavorables, pero que se activan a poco que el entorno se vuelva más propicio. Un día, tras largos periodos de ausencia, a veces años, esos amigos reaparecen y la compañía se reanuda como si no se hubiese interrumpido.
No faltan las quiebras provocadas por una excesiva cercanía con la pareja de un amigo. Aunque en ocasiones, de manera inesperada, la amistad logra imponerse incluso a la aventura amorosa, lo que demuestra la generosidad de algunos amigos y la tenacidad de determinados lazos. No es, desde luego, lo más frecuente.
Un rasgo comúnmente atribuido a la amistad es el de prestarse ayuda en momentos de necesidad. Sin embargo, para quienes podrían adscribirse a una suerte de «amistad kantiana», considerarían inconveniente recurrir a los amigos en tales circunstancias, pues ello introduce una situación de dependencia, arruina la necesaria igualdad entre ambos y genera un desequilibrio sustentado en una gratitud unilateral. Claro que puede producirse el efecto inverso: la amistad puede quebrarse por «obcecación kantiana» si el amigo al que no se acude interpreta esa negativa como una muestra de desconfianza al excluirlo de la posibilidad de ayuda.
Otro principio de inspiración kantiana sobre la amistad sostiene que los verdaderos amigos esperan, cuando procede, una crítica sincera y directa por parte del otro. Pero esa sinceridad, en muchas ocasiones, deriva en «sincericidio», sobre todo si es unilateral o está desequilibrada. Si has escrito un libro y le pides a un amigo que te haga una reseña, no esperas otra cosa que una reseña entusiasta, más de publicidad que crítica. Lo contrario sería poner en riesgo la amistad (otra cosa es una crítica solicitada en privado antes de la publicación).
La aversión a la soledad y la inclinación a la compañía forman parte de la naturaleza humana, como ya advirtieron Aristóteles y David Hume. Una vida entera sin amigos sería, sin duda, pobre; pero si al término de una existencia la pérdida de los amigos obedece a causas naturales como las mencionadas —o incluso por aquellas más contingentes— y, además, no han surgido nuevas amistades, ello no debería ser motivo de condena o considerar esa vida como fallida.
Los buenos recuerdos de la amistad conservan su valor, sobre todo si uno mantiene la serenidad consigo mismo. Y tampoco deben menospreciarse los placeres de la soledad: leer, escribir, escuchar música son placeres solitarios. Y en ocasiones, los lazos menos exclusivos como la vecindad, el humanitarismo y encuentros fugaces o conversaciones con la familia o con personas con las que se encuentra en su vida cotidiana (en una conferencia, un concierto, en el autobús, con el fontanero…) son antídotos eficaces contra el riesgo de aislamiento social.
No todas las vidas terminan rodeadas de amigos, pero no por ello dejan de haber sido vividas con ellos.

Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad y de las novelas Otro fin del amor es posible, Obra abierta y El común desorden del amor.
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El texto destaca por una claridad conceptual poco común y una sobriedad expresiva que evita tanto el sentimentalismo fácil como el cinismo. Su autor, Vicent, demuestra una mirada madura y desapasionada sobre la amistad: no la idealiza, pero tampoco la degrada. La trata como lo que es —un fenómeno humano complejo, frágil y cambiante— y lo hace con una precisión casi quirúrgica.
Uno de los mayores aciertos del texto es su equilibrio entre experiencia y reflexión filosófica. Las referencias a Aristóteles o David Hume no son ornamentales; están integradas con naturalidad, reforzando la idea de que la amistad ha sido siempre una preocupación central del pensamiento humano. Vicent no cita para impresionar, sino para afinar el pensamiento.
También merece elogio la forma en que aborda las causas de la pérdida de la amistad. Lejos de limitarse a lo anecdótico, construye una tipología implícita de la ruptura: desde lo inevitable (el paso del tiempo) hasta lo evitable (la deslealtad, la intolerancia, el desequilibrio afectivo). Este enfoque dota al texto de una dimensión casi analítica, sin perder su tono accesible.
Particularmente notable es su tratamiento de las tensiones internas de la amistad: la sinceridad que puede herir, la ayuda que puede humillar, la lealtad que puede exigir demasiado. Aquí el autor muestra una comprensión fina de las paradojas humanas, cercana a la tradición de Immanuel Kant, pero sin caer en rigideces morales.
Por último, el cierre del texto es elegante y honesto. No hay dramatismo ni consuelo fácil: solo una aceptación serena de que no todas las vidas terminan rodeadas de amigos, y que eso no invalida su valor. Esta conclusión, lejos de ser fría, resulta profundamente liberadora.
En conjunto, Vicent ofrece un texto lúcido, equilibrado y humanamente veraz, que invita no solo a reflexionar sobre la amistad, sino a reconsiderar nuestras expectativas sobre ella.
Muchas gracias, Vicent, por tu texto en el que me siento aludido como amigo que te profesa un cariñoso respeto desde la distancia de nuestros puntos de vista en algunos temas. Creo que la humanidad está por encima de las opiniones y que, en definitiva, una persona que se respete debe tener, al menos, mil amigos y no menos de cien enemigos. Coincido particularmente contigo en no aplicar nunca la propiedad transitiva a las enemistades y si a las amistades. Eso amplía el círculo de amigos y protege de asumir nuevos enemigos; ya que cada uno debe reservarse el derecho de elegir las personas a las que no aprecia por razones propias y no por solidaridad.
Un fuerte abrazo y, por favor, sigue colaborando con El Cuaderno y sembrando nuevos amigos.
Yo creo que basta con un solo enemigo, pero fiel hasta el final, sólido, creíble
Esos que van por ahí diciendo tonterías no le sirven a nadie como enemigo de confianza
Gracias a todos, a los amigos y a los que prefieren un buen enemigo.
Los comentarios superan lo comentado. Es la magia del diálogo.