Long aisle of a historic library with wooden bookshelves, tables, and warm lamps
La escritura encubierta

Geografía del borrado

En estas breves narraciones de Ricardo Labra se despliega un territorio donde lo imaginario y lo real se confunden, donde la originalidad y el plagio se cruzan, y donde los autores y sus obras a veces se borran a sí mismos.

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Prólogo

En estas breves narraciones se despliega un territorio donde lo imaginario y lo real se confunden, donde la originalidad y el plagio se cruzan, y donde los autores y sus obras a veces se borran a sí mismos.

Cada cuento que sigue puede leerse como un mapa parcial de universos particulares: casas que ya no reconocen a sus moradores, libros que sobreviven más allá de sus autores, poetas acusados de plagio que resultan ser los más originales de su tiempo.

La intención no es otra que ofrecer un paseo breve por estas geografías del borrado, invitando al lector a descubrir, en cada fragmento, la paradoja de lo que permanece y lo que se pierde, de lo que se copia y lo que, a pesar de todo, nace como único.

Destiempos

Viajó toda la noche bajo la lluvia para darle una sorpresa al amanecer.

Llegó a tiempo de verla abrazada a otro hombre.

Al destino también le gustan las sorpresas.

El otro

Lo despertó un extraño que paseaba por su habitación; el sueño lo había dejado tan inquieto que no podía volver a dormir.

Esta noche, su mujer lo siente como un fantasma: el hombre con quien convive desde hace meses se desliza por la habitación.

Piensa entonces en su difunto marido y en aquel sueño premonitorio.

Memoria urbana

Nunca has visitado la ciudad que amas. Escuchaste su nombre por primera vez y quedó para siempre grabado en tu memoria.

Algunos aseguran haberte visto caminando por sus calles, sentado en sus plazas, bebiendo de sus fuentes.

Las ciudades también sueñan, y en sus sueños crean sus fantasmas.

Las páginas de oro

Algunos autores han buscado el lugar donde estuvo el Paraíso. Su infructuosa búsqueda los ha llevado por diferentes geografías, en su mayoría orientales y ahora desérticas, aunque en otros tiempos fueron un vergel. Otros autores, tal vez no menos fantasiosos, pero sí más introspectivos, desde Homero a Néstor Gilbraiz, pasando por John Milton, James Joyce y Jorge Luis Borges —la lista de estos merodeadores del Paraíso se pierde por los meandros de la literatura y del tiempo—, aseguran haberlo encontrado en un palimpsesto donde se ocultan las páginas de oro dispersas en los libros de todas las geografías. Algunas obras de estos autores parecen copias atropelladas de ese gran texto apócrifo.

Dios, siempre atento a su mandato y a que se cumplan sus preceptos, no dejó de expulsarlos de su Paraíso: los dejó ciegos.

Las páginas baldías

Hubo una época en la que la mayoría de los libros eran imaginarios: vivían y morían en la mente de sus autores. Materializarlos resultaba difícil y costoso, y había una serie de filtros que a veces resultaban infranqueables.

Ahora, que la mayoría de los libros son «reales» —entendiendo por reales su inmediata materialización, incluso antes de haber sido imaginados— Enrique Gómez se sabe en peligro por su condición de escritor.

Hace mucho que no publica, aunque tampoco lamenta que su nombre esté tan borrado como la incesante lista de autores que diariamente tritura la maquinaria editorial. En este universo de letra insumisa, la proliferación de libros, como plagas bíblicas, amenaza la cosecha de los futuros lectores. El horizonte se muestra ágrafo, un yermo paisaje de páginas tan reales como su abstrusa realidad.

Enrique Gómez lo sabe y, por eso, como irredento resistente, se opone con sus libros imaginarios, en diálogo permanente con la eternidad.

Luigi Capellani, el plagiarista original

Luigi Capellani siempre fue considerado un plagiario. Se decía que tenía un libro del que copiaba y variaba sus poemas: el de un genial iluminado que, tras editar de su bolsillo una tirada de trescientos ejemplares, los quemó en un arrebato de arrepentimiento, como en su día hizo Gógol con la segunda parte de Almas muertas. El libro, salvado por un tipógrafo, recaló —según se contaba— en las manos poco escrupulosas de Luigi Capellani.

Esa ominosa sospecha le impidió alcanzar el éxito, incluso reunir en volumen sus poemas, dispersos por humildes revistas y porfolios. Tampoco ayudó el silencio casi hermético con que Luigi respondía a aquellas acusaciones. Se limitaba a señalar, con ironía, que copiaba del mismo libro que los demás poetas, al tiempo que miraba con cierta compasión a sus maliciosos interlocutores: la originalidad, decía, procedía siempre del origen.

Pasado el tiempo, apagado el oprobioso prestigio que había gozado entre sus coetáneos, algunos de sus poemas cayeron en manos de un doctorando de la Universidad de Oviedo, cuyo propósito era analizar el plagio en la poesía occidental. Capellani surgía entonces como un socorrido ejemplo —entre tantos— de poeta menor con ínfulas remedadoras.

Pero el doctorando se llevó una sorpresa: algunos versos de Capellani lo conducían a Juan Ramón Jiménez; y al seguir sus variaciones, la poesía de Juan Ramón remitía a Jorge Manrique, y de este a Garcilaso de la Vega, hasta recalar en los tetrástrofos berceanos. Otros poemas parecían remedar a Rubén Darío, aunque las influencias se multiplicaban: se extendían a Mallarmé, a Baudelaire, hasta llegar a Dante; sin olvidar versos emparentados con Catulo, Marcial u Horacio.

Estos renglones entrecruzados no solo incrementaron el interés del doctorando por la poesía de Capellani, sino que desarmaron su hipótesis inicial, al descubrir en sus versos las reconocibles huellas de sus supuestos predecesores, pero también, y esto era lo más sorprendente, de sus sucesores, con quienes nunca había mantenido una relación lectora.

Todo lo cual lo llevó a reconocer la originalidad de Luigi Capellani: su fidelidad al origen de todos los poemas.

Pacto en las tablas

Tras la violenta muerte de Christopher Marlowe, circuló una historia denigrante sobre Shakespeare.

Al dramaturgo le fascinaba la obra que se representa al tiempo que se escribe, y no quería abandonar las tablas del Teatro Universal sin conocer el final de su argumento.

Un deseo vedado a mortal alguno, incluso al Diablo, empeñado en vengarse por La trágica historia del Doctor Fausto.

Entonces el Diablo le hizo una propuesta: obtener el talento de Marlowe para cumplir su deseo de otra manera, dejando tras de sí una sombra de violencia y misterio.

A partir de esa noche crucial, Shakespeare escribió obras capaces de permanecer en escena hasta el final de todos los argumentos. La única manera de no abandonar las tablas.

La fiebre de la luna

Las calles de Nueva York borran los nombres y los recuerdos a cada paso. Es la ciudad del presente perpetuo; por eso resulta desconcertante y misteriosa.

Los orígenes de dos de sus ciudadanos se perdían en el desierto, entre las arenas innumerables de dos tradiciones distintas y enfrentadas. Ambos hablaban inglés, eran seguidores del mismo equipo de béisbol y se emocionaban al escuchar el himno de su patria, Estados Unidos.

Coincidieron por primera vez en sus vidas en el vestíbulo de un cine, como la sombra cruzada de dos palmeras. Sin mediar palabra, uno de ellos mató al otro. La causa de su irreversible acción la desconoce, pero una extraña sensación de paz lo reconforta.

Nada dice ante el tribunal que lo juzga; solo unas palabras quiebran su enigmático silencio:

—He cumplido con mi destino.

Acaso sea esta la última traición —o la última venganza— de una historia que se pierde, bajo la luna amarilla del desierto, por los meandros del tiempo.


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Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.


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