/ por Ricardo Rodríguez Martín /
La guerra no empieza cuando estalla, sino cuando alguien decide que es necesaria. Antes del estruendo, necesita un clima: una pedagogía del miedo, una economía del odio, una gramática que simplifique el mundo hasta volverlo manejable. La guerra se prepara en silencio, en los pasillos donde se negocia la destrucción como si fuera un trámite.
A un soldado se le enseña a matar, no a morir. Se le entrega un arma que no crea nada: solo ruido, humo y una forma primitiva de poder que se adhiere a la piel como un residuo que no se desprende. La guerra no busca héroes, sino operadores de una maquinaria que necesita fracturar para justificar su propia existencia. Su lógica es la expansión: avanza como una criatura ciega que solo reconoce aquello que puede romper.
La guerra cambia de nombre y de geografía, pero no de fondo. Se desplaza de un territorio a otro como si buscara nuevas máscaras para repetir la misma herida. Algunas guerras llenan titulares para acompañar la cena; otras, demasiado evidentes en su codicia, se esconden en los márgenes del mapa. Pero todas comparten la misma raíz: la disputa por recursos que nunca se confiesa, la excusa de la libertad convertida en coartada, el saqueo disfrazado de destino inevitable.
Pero la devastación no es solo material. La guerra erosiona la memoria, la disciplina del pensamiento, la capacidad de matizar. Su triunfo más profundo consiste en anestesiar la conciencia, en instaurar un régimen de percepción donde lo intolerable se vuelve rutina. Por eso, cuando pasa, no basta con reconstruir lo derruido: es necesario reconstruir la mirada.
La memoria es el único territorio que la guerra no puede ocupar del todo. Desde ahí se comprende su genealogía, su economía interna, su modo de infiltrarse en lo cotidiano hasta convertirlo en un paisaje de normalidad alterada. La memoria no es un archivo: es una forma de resistencia. Es el lugar donde se decide qué puede repetirse y qué debe quedar definitivamente excluido del horizonte de lo posible.
Hablan de daños colaterales, laterales, frontales. Pero todos esos nombres son variaciones de un mismo gesto: el daño sin adjetivos, sin coartadas, sin retórica. Un daño que continúa incluso cuando el silencio pretende clausurar lo sucedido. Porque la guerra no termina cuando callan los disparos, sino cuando ya no queda nada que pueda romperse. Y aun entonces, sigue buscando un lugar roto, con la tierra suelta y los cimientos endebles, donde volver a florecer.
Y por eso, al final, solo queda una certeza: la memoria es la mejor arma que tenemos para que la guerra no vuelva.
Ricardo Rodríguez Martín (Madrid, 1983) es ingeniero agrónomo y ha trabajado en España y en la Patagonia argentina en proyectos vinculados al territorio, la sostenibilidad y los procesos de transformación. Cultiva la poesía y el ensayo, con una escritura centrada en la memoria, la percepción y las formas contemporáneas del desarraigo. En ocasiones firma textos literarios bajo el seudónimo Anaxcrundo.
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