> La escritura encubierta

Clarín, 125 años después

Siglo y cuarto después, Oviedo sigue sin una sola inscripción que recuerde 'La Regenta'. Ricardo Labra recorre las conmemoraciones de 1951, 2001 y hoy para contar cómo Clarín, postergado por sus contemporáneos, acabó ganando la única batalla que importaba: la del tiempo.

/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /

Hay una calle en el Barrio de las Letras de Madrid donde se alza la casa de Lope de Vega y que, sin embargo, lleva el nombre de Miguel de Cervantes. En esa calle, donde murieron ambos ingenios, se cruzan dos eternidades, bajo las que subyacen dos rivalidades literarias, pero también una victoria póstuma, no exenta de justicia poética, del autor del Quijote sobre el Fénix de los Ingenios. Cervantes, tan postergado en su época, nos legó una lección digna de formar parte de cualquier propedéutica literaria: que el tiempo es el lector más insobornable y que la tinta del olvido puede ser también la más perdurable. Una calle que probablemente transitó en numerosas ocasiones un joven y letraherido Leopoldo Alas, sin sospechar que en ella se hallaba cifrado su destino.

La vida de los escritores, contemplada al trasluz de sus obras, nos permite a veces discernir los arcanos, los enigmas y las paradojas que su escritura no cesa de plantearnos. Puede asegurarse, sin caer en la exageración, que Leopoldo Alas, Clarín, no contó, como escritor, con el favor de sus coetáneos; y que los grandes novelistas de su tiempo buscaron en el preclaro hacedor de Guimarán, con frecuencia, su propio beneficio. Clarín era reconocido como crítico literario, pero no como escritor, a pesar de haber compuesto, como él mismo confesaba a su amigo José Quevedo, «una obra de arte». Su renombrada fama periodística acabó por ocultar al escritor.

Resulta, por tanto, paradójico que, después del largo periodo en que su obra estuvo, como diría Shakespeare, sumergida en las aguas del olvido (en el Leteo), haya sido precisamente su producción literaria —y, en particular, La Regenta— la que sacara a la luz su faceta de periodista político y crítico literario, también olvidada durante demasiado tiempo y todavía insuficientemente estudiada. Una tarea ingente que, como Jean-François Botrel se ha encargado de calibrar, equivale a quince Regentas, lo que da idea no solo de su extraordinaria capacidad de trabajo, sino también de su inagotable fecundidad creadora. En vida, el periodista y el crítico literario eclipsaron al escritor; pero es el escritor el que finalmente ha rescatado su ingente producción periódica.

Estos ciento veinticinco años de la muerte de Clarín —a los que el próximo año se sumarán los ciento setenta y cinco de su nacimiento— evocan, por iluminador contraste y también por develadora simetría, las conmemoraciones de 1951 —tras el largo periodo de damnatio memoriae padecido por el autor de La Regenta— y de 2001, cuando Clarín comenzaba ya a ser reconocido como un clásico contemporáneo.

En 1951, durante la conmemoración del cincuentenario de su muerte, «no era fácil recordar en Oviedo, en la plenitud del franquismo, a Leopoldo Alas Clarín. El nombre del escritor, asociado al anticlericalismo y el republicanismo, enfrentaba a la ciudad levítica con sus fantasmas, además de reavivar en los ovetenses sus luctuosas complicidades, todavía muy recientes, con el fusilamiento de su hijo, el rector García-Alas Argüelles».

Como recoge la bibliografía de Martínez Cachero, Clarín fue recordado públicamente, además de por el propio Martínez Cachero, por su biógrafo Juan Antonio Cabezas y por el joven periodista Marino Gómez-Santos. También deben citarse los cinco artículos publicados en el diario Región, bajo la firma de Tararí, en los que «se abordaba la amistosa relación literaria de Leopoldo Alas Clarín y Armando Palacio Valdés». Ciertamente, no fueron muchas las voces que en 1951 reivindicaron la figura del autor de La Regenta en Oviedo, pero «se muestran sustanciosas si se comparan con el olvido absoluto que mereció esta efeméride por parte de la prensa y de las instituciones culturales del ámbito nacional». El cincuentenario de su muerte habría pasado «con más olvido que gloria si no fuera por la oportuna publicación, en la University of Missouri, en Columbia, del estudio de Albert Brent sobre La Regenta». Conviene tener en cuenta que los hispanistas han desempeñado un papel decisivo en la recuperación de la obra clariniana, y que este aldabonazo contribuyó a que dos profesores entusiastas, Emilio Alarcos y José María Martínez Cachero, promovieran al año siguiente, a través de la revista Archivum, el rescate académico de Clarín en Oviedo.

Cincuenta años más tarde, en el centenario de su muerte, las cosas habían cambiado sustancialmente, como reseña el gran hispanista, estudioso y biógrafo del hacedor de Guimarán, Yvan Lissorgues:

«El primer centenario de la muerte de Leopoldo Alas, en 2001 se celebró en toda España con el apoyo entusiasta de toda la prensa nacional y regional, la participación de las notabilidades políticas, ufanas ya de poder enarbolar una obra maestra, La Regenta, capaz de competir ventajosamente con las consagradas en otras naciones europeas.

En casi todas las capitales de provincias se abrieron congresos universitarios. Como parecía natural, el congreso de mayor alcance, impulsado por Álvaro Ruiz de la Peña, José María Martínez Cachero, el rector y todo el claustro unánime, asistido por un Comité científico compuesto de destacados profesores españoles y de hispanistas de Europa y de América, se verificó en Oviedo en noviembre.

La corporación municipal, por su parte, propició notables ayudas y calurosas recepciones. Paralelamente, la Comisión nacional para la conmemoración del centenario de la muerte de Clarín, presidida por el ministro de Fomento, el asturiano D. Francisco Álvarez Cascos, editó un lujoso catálogo ilustrado, Clarín y su tiempo. Exposición conmemorativa del centenario (Oviedo, 2001). Poco tiempo antes, en el verano de 2001, el Instituto Cervantes de Madrid había dado a luz otro rico catálogo, Clarín, 100 años después. Un clásico contemporáneo. Las actas del congreso de Oviedo, Leopoldo Alas, un clásico contemporáneo (1901-2001) se presentaron en La Residencia de Estudiantes de Madrid en enero de 2003. “Dos grandes tomos recogen las ponencias que se leyeron y escucharon en Oviedo en noviembre de 2001. Las actas muestran un Clarín atractivo y múltiple: el escritor dotado, moderno, comprometido, muy vinculado a lo que se escribe y se lee en Europa, y el columnista, crítico y periodista sagaz, atento a las ideas filosóficas, políticas y estéticas del momento: un intelectual europeo” (El País, 23 de enero de 2003). Durante los años siguientes, y hasta 2009, la editorial Nobel de Oviedo publicó los doce volúmenes de las Obras completas».

Vemos así la importancia de estas efemérides, que permiten calibrar la lenta recepción de la obra clariniana y la no menos lenta revocación de su damnatio memoriae. Han transcurrido otros veinticinco años, pero aquella epifanía anunciada por Yvan Lissorgues todavía no ha conseguido disipar por completo las funestas sombras que esa damnatio memoriae ha proyectado sobre Oviedo y sobre uno de sus más egregios habitantes. Resulta significativo que la ciudad siga sin ofrecer al visitante ningún texto, ninguna inscripción, ninguna leyenda que recuerde alguno de los muchos pasajes de La Regenta con los que Clarín universalizó Oviedo. Buena prueba de ello es que hace ya dos años fue presentada en el Ayuntamiento una propuesta, promovida por el arquitecto Jorge Hevia y el geólogo José Galán, acompañada de un texto seleccionado por Jean-François Botrel y por quien hoy les habla, cuya tramitación la corporación municipal continúa, injustificadamente, demorando.

Pero esta efeméride también será recordada por las valiosas contribuciones que, en torno a la insondable obra de Clarín, han propiciado los libros de Yvan Lissorgues, Leopoldo Alas Clarín, un clásico contemporáneo; de Jean-François Botrel, Escribir y crear: Clarín adentro; y el de Rafael Jiménez Asensio, Clarín, republicano de las letras; así como por el renovado reencuentro de una ciudad con su escritor más universal.

Clarín, eclipsado —como ya se ha señalado— por su nombradía como periodista y crítico literario, así como por la aviesa postergación de sus contemporáneos, tardó más de ochenta años en ser incorporado al canon del realismo-naturalismo español. Esta postergación, que tanto influyó en la evolución de su obra tras la sinuosa recepción de La Regenta, llevó a Clarín a desarrollar toda una poética de la escritura que vuelve a emparentarlo con su admirado Cervantes.

Clarín sabía que escribía con la tinta del olvido. Por ello expuso, como tantas otras cuestiones personales que permanecen encubiertas en su obra —especialmente en sus cuentos y narraciones breves—, sus planteamientos creativos. En «Vario», uno de los Cuentos morales, recrea la figura de Lucius Varius Rufus, escritor latino contemporáneo de Horacio y Virgilio, cuya obra se ha perdido y no ha llegado hasta nosotros. Lucio Vario se muestra en este relato, más que como un personaje histórico o literario, como un verdadero alter ego de Clarín.

El poeta latino, plenamente consciente del destino de su obra —que no es otro que el olvido y la ausencia de lectores—, desoye los cantos de las sirenas que escuchó Ulises, atado al mástil de su nave, durante su regreso a Ítaca. Las sirenas le dicen a Vario, con toda crueldad, que no merece la pena que siga escribiendo, porque «tú no serás grande para la posteridad, porque se perderán tus obras; los ratones, la humedad, la barbarie de los siglos y otros cien elementos semejantes serán tus críticos, tus Zoilos; acabarán contigo, y la pereza del mundo tendrá un gran pretexto para no admirarte, para no reconocerte».

Pero Clarín —es decir, Lucio Vario— se opone al dictado de las musas, que no cesan de conminarle a que renuncie a su tarea como escritor, como develador del universo: «Muere, muere —le dicen—, no escribas más». Frente a esa tentación del silencio, Clarín recurre a un poderoso principio genésico y estético, inspirado por su admirado John Ruskin, cuya influencia también alcanzaría la obra de Marcel Proust: la cadena humana como transmisión insobornable de los fulgores del arte. A ese trascendente ideario se aferra Clarín; y también al convencimiento de que, mientras Lucio Vario escribía contra todos los augurios que anunciaban la aniquilación de su obra, «vivía, era poeta».

Y es, precisamente, esa cadena de lectores, escritores e investigadores —los Pérez de Ayala, las Dolores Medio, los Cabezas, los Alarcos, los Martínez Cachero, los Baquero Goyanes, los Lissorgues, los Botrel, los Sobejano, los Oleza, las Carolyn Richmond y tantos otros— la que ha mantenido viva la obra y la memoria literaria de Clarín hasta llegar a nosotros.

La vigencia actual de su obra, y no solo de La Regenta, no deja de ser una victoria póstuma sobre quienes trataron de postergarlo, no exenta de justicia poética. Su obra se alza por encima de la de cualquiera de sus contemporáneos, también de los europeos, acaso porque buena parte de ella fue escrita con esa tinta del olvido que, a veces, también es la más perdurable. El tiempo, como ya nos enseñó Cervantes, siempre es el lector más insobornable.


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Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.


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2 comments on “Clarín, 125 años después

  1. jmferrandezverdu@hotmail.com

    Cualquiera que lea La Regenta debe ser capaz de entender que es la mejor novela española después del Quijote y una de las tres grandes novelas europeas que tratan de uno de los principales asuntos de nuestra época: el estatus de la mujer en la sociedad y su consecuencia en el alma de muchas de ellas.
    Junto a Madame Bovary y Ana Karenina, son tres obras maestras de una perfección insólita
    A pesar de sus ochocientas páginas, es una novela que se lee con placer e interés debido a la maestría de su autor
    Lástima que muriera relativamente joven.

  2. Ricardo Labra vuelve a darnos un texto cargado de sabiduría sobre el gran escritor que puso Oviedo en lo más alto del canon literario.

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