/ por Pablo Batalla Cueto /
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo.
Salvador Allende
No hay escuelas para el canto, salvo estudiar
monumentos en toda su magnificencia.
Y por eso he navegado los mares y he llegado
a la ciudad sagrada de Bizancio.
W. B. Yeats
¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tú solo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa. […]
T. S. Eliot
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.
Constantino Cavafis
Cronistas de los hechos de 1453, como Nicolò Barbaro o Jorge Esfrantzes, relatarán que, cuando el mayor cañón de todos los tiempos disparó por primera vez contra las murallas de Constantinopla, el estruendo fue tan violento que provocó partos prematuros entre las mujeres embarazadas de la ciudad. La Basílica, aquel cañón diseñado por el húngaro Orbán o Urbano para el sultán otomano Mehmet II, sigue siendo uno de los mayores jamás construidos. Los sesenta bueyes y cuatrocientos hombres que hacían falta para arrastrarlo, la media tonelada que pesaba cada bala, eran un brutal y paradójico homenaje a aquello que querían destruir: los muros venerables de Bizancio, que llevaban más de un milenio resistiendo, estoicos, todas las embestidas. Ya no resistirán esta. «En estas cuatro murallas solo existe un número que no progresa. / Que lentamente querrá la muerte». Pero esto no lo escriben Barbaro o Esfrantzes, sino Víctor Jara, quinientos veinte años después, en el campo de exterminio montado en el Estadio Chile, donde están a punto de matarlo después de una sucesión de torturas inenarrables, y logra escribir un último poema. Ha caído otra ciudad asediada, bajo otras bombas que también han hecho correr la sangre de los niños. Jeannette Fuentealba, de once años, muere en su propia casa, saltando en la cama con su hermano; hecha trizas por una bomba extraviada de los Hawker Hunter que atacan las antenas de las radios allendistas. «La sangre corría por la tierra como si lloviese». Pero esto no lo escribe Víctor Jara, sino Critóbulo de Imbros, relatando el saqueo turco de la Bizancio ya conquistada. Mehmet había dado permiso a sus tropas para tres días de violencia sin límite, que incluyeron cientos de ejecuciones. También allí los cadáveres se tiraron al mar. Pero también allí, en medio del horror más atroz, tuvieron los humildes el mínimo consuelo de un basileus ejemplar; de un hermoso martirio que alzar a la eternidad del mito artúrico. Constantino XI Paleólogo, igual que Salvador Allende, tuvo en su mano escapar, salvar el pellejo, pero eligió no hacerlo y morir luchando como uno más, después de pronunciar un discurso memorable: «Dios no quiera que viva como un emperador sin imperio. Cuando mi ciudad caiga, yo caeré con ella», dice. Y en efecto cae, pero, en este caso, no quedará nadie que pueda relatar dónde. La carnicería otomana no deja vivo a un solo testigo ocular de su muerte y su cuerpo nunca se encuentra, confundido probablemente entre la montonera de aquellos que se arrojan a la fosa común del Bósforo. La incógnita abonará la leyenda del Marmaromenos Vasilias, el Emperador de Mármol, un mito similar al del rey Arturo en Ávalon, el de Federico Barbarroja como «emperador durmiente» o el sebastianismo portugués. Que cuenta que un ángel salvó al undécimo Constantino en el último momento, en mármol lo convirtió y fue a esconderlo en las profundidades del Cuerno de Oro, donde aguarda desde entonces a que Dios lo llame para volver a la vida, reconquistar Constantinopla y volverla otra vez cristiana.
De Allende sí sabemos lo que fue. Sus restos descansan en un mausoleo del Cementerio General de Santiago, y una bella estatua no de mármol, sino de bronce, que lo representa marchando hacia delante con decisión, con un traje volandero que quiere como volverse las alas de un ángel, se yergue desde el año 2000 no en el fondo del mar chileno, sino en la plaza de la Constitución, justo detrás del lugar atestiguado de su muerte: el Palacio de La Moneda. El pedestal lleva grabada, debajo de su nombre completo —Salvador Allende Gossens—, una frase de su célebre último discurso, pero no la más emblemática y conocida. Dice el pedestal: «Tengo fe en Chile y su destino». Debería decir: «Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor». O al menos: «La historia es nuestra, y la hacen los pueblos». Allende, antes que en Chile, tenía fe en la revolución socialista. Él había intentado hacerla, aunque fuera sin armas, «con empanadas y vino tinto». Y su heroico fracaso lo convirtió en un Constantino XI de la izquierda mundial. Porque cuando cayó el Chile allendista, también cayó algo mucho más grande que Chile. 1973 fue nuestro 1453, y Santiago nuestra Bizancio. Nuestros turcos, desde aquel día, no han dejado de vencer. Pero nosotros no hemos dejado de repetir que un día se abrirán las grandes alamedas; que el bronce, un día, se hará carne otra vez.
Bizancio, cuando cayó, tenía un milenio de antigüedad, pero a lo largo del mismo había sido muchos y muy distintos bizancios. Los muros teodosianos habían permanecido, sí, impertérritos, pero solo ellos no cambiaron; aquello que amurallaban sí pasó por mil fases, sí fue siendo una cosa y la contraria. Hubo el Bizancio universalista de Justiniano, que se vio capaz de restaurar la extensión completa de la Roma que podía llamar Mare Nostrum al Mediterráneo; y hubo un Bizancio chiquito, reducido a ciudad-Estado. Hubo un Bizancio centralista: el «Estado-tema» de la dinastía macedonia, dividido en demarcaciones regidas por strategoi nombrados y controlados por el poder central, fiscalidad centralizada, un campesinado libre sujeto directamente al Estado, monopolios estatales sobre bienes estratégicos, etcétera. Y lo contrario: un Bizancio feudal después de Manzikert, repartido entre clanes aristocráticos que se quedaban con los impuestos; una calderilla de apanajes autónomos. Hubo el Bizancio iconófilo y el iconoclasta, el chovinista y el cosmopolita; Bizancio con el centro de gravedad en Asia o en Europa; bizancios férreamente estamentales y bizancios meritocráticos. Aquel en el que todo lo guisaban y lo comían unas pocas familias y aquel en el que podían mandar en la sombra o hasta ser literalmente emperadores un eunuco (Basilio Lecapeno), un caballerizo (Basilio I) o un campesino tracio que había llegado a Constantinopla con lo puesto y sin saber leer, pero ascendió desde la guardia palaciega hasta el trono imperial (Justino I). Hubo incluso un Bizancio «democrático», al que no es presentista llamarlo así, porque así lo calificaron sus contemporáneos, y lo despreciaron sus enemigos: la vil dimokratía de la plebe rebelde, capaz, por ejemplo, de destronar y cegar a Miguel V en 1042 y obligar al Senado a nombrar coemperadoras a las queridas hermanas Zoé y Teodora. O de hacer la revolución en Tesalónica —la «Comuna de los Zelotes», de 1342— y crear allá un gobierno municipal autónomo, funcionando bajo asambleas y principios de justicia social redistributiva, que dure los ocho años que tarde el emperador Juan VI Cantacuceno en aplastarlo a sangre y fuego, como hará Thiers, muchos siglos más tarde, con la Comuna de París. Por haber, hubo hasta un Bizancio sin Constantinopla: aquel que, cuando los cruzados toman la capital, en 1204, y crean el Imperio Latino de Oriente, migra a los «Estados sucesores» de Nicea, Épiro y Trebisonda, donde mantienen la llama de la civilización bizantina hasta el año 1261, en que se recupera Constantinopla.
Hubo, sí, todos esos bizancios, pero todos se cayeron juntos en 1453, fueron conscientes de ello, lo aceptaron y lo condensaron en una imagen. A la última misa cristiana en Santa Sofía acudieron todos; los ortodoxos y los católicos. Venían de cuarenta años debatiendo con ardor si acabar con el Gran Cisma; se habían celebrado unos concilios que llegaron a aprobar la refusión con Roma. La cúpula lo quería en su mayor parte, deseosa de conseguir, con ello, más apoyo de los reinos católicos occidentales en su guerra contra los turcos, pero la plebe, celosa de sus tradiciones, se negaba; prefería que Bizancio pereciera dignamente, conservándolas, a vender la Ortodoxia por un plato de lentejas. Pero aquel lunes de mayo ya daba igual, porque todo estaba perdido, así que todos se juntaron en la gran basílica y, al atardecer, salieron en silente procesión por la ciudad, alzando las imágenes y reliquias más preciadas, listos para librar como un solo hombre, emperador incluido, la batalla final.
El 11 de septiembre chileno y el gesto final de Allende condensan de otro modo, pero igual de intensamente, muchísimas cosas, una historia muy larga, un gran ideal más allá de todas las disputas —a veces sangrientas— sobre cómo llevarlo a la práctica. Cuando Allende dice que un día se abrirán las grandes alamedas o que tiene la certeza de que la semilla entregada a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente, y lo dice sobre la marcha, sin papeles, en un momento de trágica premura e improvisación, tiene detrás de sí, dictándoselo al oído, a una legión de fantasmas; a todos los espectros de dos siglos de izquierdas e izquierdistas, hablándole como un espectro solo, con la voz del inconsciente profundo que todos ellos comparten más allá de sus diferencias. Que es, ante todo, un inconsciente cristiano, porque la izquierda, cualquier izquierda —nacionalista o humanista, parlamentaria o insurreccional, libertaria o autoritaria— ha sido en la edad contemporánea una manera nueva y sibilina de ser cristianos. Como señalara Karl Löwith en El sentido de la historia, las filosofías progresistas de la historia no dejan de ser secularizaciones del esquema escatológico judeocristiano. Eric Voegelin describía el proyecto de la modernidad —y eso ha sido la izquierda— como «inmanentización del eschaton»: trasladar la Salvación del más allá al más acá. Que los nada de hoy todo lo sean, no algún día en el Cielo, sino aquí y ahora, en la Tierra; no en angelicales alamedas entre las nubes, sino en las de Santiago de Chile, en los bulevares de París, en la Plaza Roja de Moscú y el Malecón de La Habana. Por eso, cuando la revolución se va a pique —la que sea—, el cristiano que hay en nosotros nos dice que no desesperemos, que la muerte no es el final; que hay un Más Allá en el Más Acá, si no ahora, en el futuro; que morimos para nacer.
Salvador Allende era ateo, pero era masón, que ha sido una manera de ser ateo sin serlo: un mero cambio de dios; la adoración del dios Progreso. Había ingresado en la masonería en 1935 y llegó a ser Venerable Maestro de la Logia Hiram n.º 65. Y como era masón, también era socialista: «Soy socialista porque soy masón, y soy masón porque soy socialista», decía a sus hermanos de logia. Su último discurso está lleno de trazas de esa militancia que duró casi cuatro décadas; de la gramática automatizada que le proporcionó. El masón «labra la piedra», «levanta el templo», trabaja para que pueda «transitar el hombre libre y perfecto»: eran fórmulas que se repetían en las tenidas (reuniones). La frase de las alamedas, su apertura y el hombre libre que un día las recorrerá es casi literalmente una frase masónica: caminos que se abren, hombres libres que los transitan, una construcción por hacer. Colocado en aquel tránsito histórico, Allende quiso emular a Hiram Abif, el arquitecto mítico del Templo de Salomón que daba nombre a su logia, asesinado por no revelar un secreto: un ejemplo de fidelidad a los principios, cuya «palabra perdida» debía ser recuperada por sus sucesores.
Allende, por otro lado, también era nacionalista; un nacionalista de bien (hay tantos nacionalistas de mal), progresista, que quería el progreso de la patria y que esta fuera de todos y para todos. Y también se había criado en la mitología patriótica chilena y su liturgia cívica, como todos los escolares de su época, a los que se instruía en un catecismo nacional cuyo gran héroe, además de los libertadores, era Arturo Prat, el oficial naval que, en 1879, en la batalla de Iquique de la guerra del Pacífico, abordó en solitario el buque enemigo Huáscar sabiendo que era una misión kamikaze, y murió negándose a rendirse. El historiador Benjamín Vicuña Mackenna definiría a Prat como «la encarnación de todos los amores, de todas las virtudes, de todos los heroísmos de la patria chilena». Un santo secular, como señala el norteamericano William F. Sater en La imagen heroica en Chile: Arturo Prat, santo secular, donde historia el proceso de «canonización cívica» del capitán. En 1915, Chile fijó el 21 de mayo como «celebración de todas las glorias de la Armada de la República», un día festivo en el que es obligatorio el izamiento de la bandera chilena en todos los recintos privados y públicos del país. Y Allende, que había izado esa bandera muchas veces, aquel 11 de septiembre decidió ser un nuevo Prat. Que a su vez, como tantos héroes suicidas similares, había querido ser un nuevo Cristo, muriendo por los demás, redimiéndolos con su sangre. Un paralelismo que hasta la Iglesia chilena subraya explícitamente, como cuando, en 2023, el 21 de mayo cayó en domingo, y el obispo de Punta Arenas redactó una homilía en la que apuntaba, entre mensajes de enaltecimiento a Prat, que era especial la conmemoración de ese año, porque «el domingo […] es el día en que cada cristiano revive el sacrificio de amor de Cristo en la cruz y su triunfante resurrección, para transformar al ser humano en un hombre nuevo».
Allende vivió, Allende vive, Allende vivirá. Su martirio nos conmueve a todos; incluso a aquellos que disintieron de él desde el principio y hoy reprueban con dureza el cándido optimismo de su revolución parlamentaria, porque «un bel morir, tutta la vita onora», que versificara célebremente cierto poeta cristiano, un tal Petrarca, y de ahí venimos todos. ¿Qué izquierdista puede odiar a Allende? ¿Qué cristiano puede detestar a Constantino XI Paleólogo? ¿Quién puede no llorar su final, que fue el de todos, por mucho Emperador de Mármol con el que fantaseemos?
Sí, claro: hubo izquierda después de Allende. La hay. Izquierdas nuevas incluso, como el neozapatismo del subcomandante Marcos o el populismo laclauiano, y no solo izquierdas viejas supervivientes. También hubo un Byzance après Byzance, un Bizancio después de Bizancio, título de un libro clásico de 1934 del historiador rumano Nicolae Iorga. Su tesis era que la caída de Constantinopla en 1453 no fue el final de Bizancio, porque Bizancio era ante todo una idea, y las ideas sobreviven a todos los desastres. En su pasaje más célebre, Iorga dice que Bizancio realizó muchos prodigios, pero sobre todo el de perdurar. Era un complejo de instituciones, un sistema político, una formación religiosa y un tipo de civilización, que fundía la herencia intelectual helénica, el derecho romano y la religión ortodoxa, junto con todas sus consecuencias artísticas. Y que sobrevivió durante siglos mucho después de que el Imperio político hubiera dejado de existir, de cuatro formas principales. Por un lado, los emigrados: griegos que prefirieron el exilio a vivir bajo el dominio otomano y que —al dispersarse por Europa Occidental— contribuyeron a difundir el conocimiento del griego clásico, a alimentar el desarrollo intelectual de Occidente y a desencadenar el Renacimiento. Por otro, la permanencia de las formas bizantinas incluso en la Constantinopla otomana: los sultanes se presentaron como continuadores de los emperadores a los que habían sustituido, conservando en muchas provincias las autonomías locales previas. Por otro, el Patriarcado ecuménico, restaurado poco después de la caída de la ciudad, y al que Iorga concede un papel central como custodio de la «Bizancio de la Iglesia». Y por último, los arcontes: familias griegas que hicieron carreras notables, y a las que Iorga vincula con los principados rumanos de Valaquia y Moldavia, dos Estados tributarios del Imperio otomano que, al conservar gobernantes cristianos, se convirtieron en refugio y prolongación de la cultura bizantina.
La cuestión es que en todos esos bizancios después de Bizancio hay algo muy bizantino, pero también hay algo crucial que se ha perdido para siempre, y sin lo cual Bizancio no es Bizancio. Son cenizas o brasas tenues de un antiguo fuego que ya no arderá jamás. O es, tal vez, una luz lunar prestada por su estrella; un aluzamiento blanquecino del presente por el Sol del pasado. Es algo difícil de concretar; un difuso ideal, un aura inespecífica. Se nota cuando no está, no se nota cuando sí. Tiene algo que ver con la esperanza y con la inventiva. Hubo muchos bizancios mientras Bizancio existió; los bizantinos fueron creándolos, inventándoselos. Pero desde que Bizancio cayó, aquel 1453, la esperanza ya solo fue restaurar alguno de ellos, devolver a la vida al Emperador de Mármol: nadie se inventó, ni levantó, un verdadero Bizancio nuevo, que juntara todos los pedazos y los proyectara hacia un porvenir. La historia, dice Iván de la Nuez, se repite no dos, sino tres veces: tragedia, farsa y estética. Y eso es lo que quedó de Bizancio —una farsa y luego una estética— allá donde se dijo que Bizancio resucitaba, como en los principados rumanos estudiados por Iorga o la Rusia zarista, que empezó a proclamarse la «Tercera Roma» a partir del matrimonio de Sofía Paleóloga, sobrina de Constantino XI, con el gran duque de Moscú Iván III, que podía de tal modo reclamarse heredero del derrumbado imperio. Cosas de mucho ruido y pocas nueces; forme fără fond, «formas sin fondo», como señalan críticos rumanos de Iorga como Daniel Barbu, que argumentan que las formas bizantinas nunca arraigaron realmente en la cultura política rumana.
La estética es relativamente fácil de replicar, pero lo sustancial del Gran Bizancio no era su arte. Había menos Bizancio en el fresco más fastuoso que pudieran pintar los muralistas de Valaquia que en las joyas de pega con las que se enjoyaban los últimos emperadores, después de que la emperatriz viuda Ana les vendiera las buenas a los venecianos para comprar la ayuda de los dogos a su bando de la guerra civil de 1341-1347. En 1347, la boda real de Juan V y Helena Cantacucena tuvo que celebrarse con imitaciones de vidrio, peltre y loza barata del antiguo tesoro real. Era todo muy cutre, era todo muy triste. Pero en esa triste cutrez había más Bizancio que en el fastuoso monasterio de Voroneţ, construido a instancias de Esteban el Grande, príncipe de Moldavia, en 1488, y a cuyo fresco del Juicio Final llaman «la Capilla Sixtina del Este». Es Patrimonio de la Humanidad, es precioso, es increíble. Pero no es Bizancio. En Bizancio, incluso en aquellos siglos XIV y XV de decadencia sin freno y hasta el mismo 1453, todavía funcionaban, por ejemplo, los xenones, el sistema de salud pública institucionalizada más sofisticado del mundo medieval: hospitales estatales sostenidos por la alianza entre el poder imperial y la Iglesia, de los cuales el más célebre era el monasterio del Pantocrátor, fundado por Juan II Comneno en el siglo XII, con salas especializadas por tipo de dolencia. Eso era Bizancio. No había nada parecido en la Moldavia de Esteban el Grande.
Allende fue nuestro Constantino XI porque fue el último basileus de una izquierda racionalista, con una confianza absoluta en el progreso inexorable de la humanidad hacia el edén socialista, que se propuso acelerar esa llegada con una revolución que no racaneara ninguna ambición. Reinó solo sobre Chile, tal como Constantino ya solo reinaba sobre Constantinopla y un puñado de comarcas de la Hélade y no, como Justiniano o Basilio II, sobre vastas porciones de Europa, África y Asia. Pero era un emperador, reinó evanescentemente sobre mucha más gente que vio en él un modelo para el mundo, y fue el último que lo hizo. Hay gente que sigue creyendo en todo eso del progreso inexorable, como hay gente que sigue creyendo en cualquier cosa que en la historia haya sido, pero ya nunca habrá un Allende, sino solo neobizantinismos que le echen muchas ganas a la estética y, como mucho, al proyecto de salvar algún mueble concreto del viejo palacio de la revolución total y mundial, y restaurarlo. Y que a veces lo consigan, pero solo con el permiso de una instancia superior. El permiso retirable del sultán otomano al Patriarcado ecuménico y al voivoda cristiano; el del rey renacentista occidental al humanista. Podemos seguir siendo de izquierdas, y lo somos, en un mundo que no nos permitiría hacer la revolución… sin que nosotros tengamos la menor intención real de hacerla. No tanto por falta de valor, como de esperanza.
A veces afirmamos, ufanos, que hemos vuelto a abrir las grandes alamedas; Gabriel Boric lo dijo en su toma de posesión, cual Iván III diciéndose emperador de la Tercera Roma. No es que no hubiera motivos: Boric entraba en La Moneda subido a una ola de movilizaciones sin precedentes, de la cual salía un gobierno de socialistas y comunistas y la promesa de una nueva Constitución. Pero cuatro años después, la Constitución es la misma y el inquilino de La Moneda ha pasado a ser un pinochetista de apellido alemán, hijo de un nazi. Las grandes alamedas solo se entreabrieron un efímero centímetro, y rápidamente volvieron a cerrarse. El allendismo, con Boric, solo se repitió como estética, y ni siquiera ha dejado tras de sí un monasterio de Voroneţ. El proyecto de conversión de la casa de Allende en Guardia Vieja (Providencia) en un museo de memoria quedó en agua de borrajas, después de que el intento del Gobierno de comprarla cometiera una serie de errores administrativos que derivaron en un escándalo político. Es de una ironía muy fina que este nuevo Allende que no lo fue —que este voivoda con pretensiones— tuviera un apellido balcánico.
Hay que ganar, ganar y ganar; y volver a ganar, ganar y ganar: eso es la historia, igual que el fútbol según la célebre definición de Luis Aragonés. Los turcos —los literales de entonces, los metafóricos nuestros— ganaron, ganaron y volvieron a ganar hasta que un día, como nada es eterno y tampoco la fortuna, empezaron a perder. En 1830 perdieron Grecia: un nuevo país que nació pequeñito, entre la simpatía ardorosa de humanistas de todo el mundo (alguno se fue allá a luchar y a morir, como Lord Byron) y luego fue creciendo, anexionándose —de guerra balcánica en guerra balcánica y de tratado en tratado— más y más porciones del enfermo otomano. Algún nacionalista griego llegó a hacerse la ilusión de acabar recuperando la vieja Constantinopla, y que eso fuera la guinda del resurgir heleno. Era lo que llamaban la Megali Idea, la «Gran Idea»: reunir en un Estado griego a todas las poblaciones y territorios considerados históricamente griegos que seguían dentro del Imperio otomano, lo que incluía, por supuesto, Estambul. En los debates constitucionales de 1844, poco después del golpe que forzó al rey Otón a conceder una Constitución, el primer ministro Ioannis Kolettis pronunció un famoso discurso distinguiendo entre Atenas, capital del pequeño reino existente, y Constantinopla, «la gran capital, la Ciudad, el sueño y esperanza de todos los griegos». La ciudad del Partenón era una excelente capital provisional, pero el objetivo era que Constantinopla volviera a ser la Vassilevousa, la «ciudad reinante», de una Grecia grande. El joven país no debía conformarse con las fronteras de 1830, sino que tenía que aspirar a hacerse con «cualquier tierra asociada con la historia o la raza griega».
El nacimiento y el desarrollo de la Grecia moderna se parecen un poco a los de Israel: la recuperación de una Tierra Santa. El nacionalismo griego fue una suerte de sionismo de los hablantes de griego, desperdigados por un territorio mucho más vasto que un Estado que nunca ha incluido las que eran las dos ciudades griegas por excelencia: Alejandría y Constantinopla. No se ha señalado mucho este parecido, pero hay quien lo ha hecho. Hay similitudes grandes y pequeñas, como que lo mismo la independencia griega que la creación de Israel estuvieran impulsadas por redes de diáspora decisivas radicadas en Odesa: la Filikí Etería en el caso griego, la Hovevei Zion en el caso israelí. Los dos movimientos apelaban a identidades antiguas (Temístocles y Leónidas por un lado, Judá Macabeo y Bar Kojba por otro), los dos vivieron masacres que jugaron un papel movilizador similar (la matanza de Quíos de 1822 para el filohelenismo, los pogromos de Chisináu y Odesa de 1903 y 1905 para el sionismo) y ambos fueron al principio aspiraciones incomprensibles o insensatas para muchos griegos y judíos. El patriarca ortodoxo griego de Constantinopla, Gregorio V, llegó a excomulgar públicamente a los revolucionarios griegos al estallar el levantamiento, buscando proteger a la comunidad griega de Estambul de represalias masivas (a pesar de lo cual los otomanos lo ahogaron y colgaron en la puerta del Patriarcado, como chivo expiatorio); y los prelados y notables del Peloponeso se mostraron inicialmente muy cautelosos, exigiendo garantías de intervención rusa antes de comprometerse. Lo de convertir una diáspora de gente sin nada más que ver entre sí que la lengua parecía tan quimérico como lo será más tarde el sionismo, y una quimera peligrosa además, cuya represión podía hacer que se fuera, no a mejor, sino a peor. Pero a veces se cumplen las quimeras. Grecia nació, creció y, después de la Primera Guerra Mundial, llegó a parecer posible que le arrebatara Constantinopla al Imperio otomano finiquitado y desmembrado. Pero a los Aliados no se les pasó por la cabeza entregársela a Grecia: pasó a formar parte de la nueva República turca de Atatürk. De 1922 para acá, poca gente en Grecia sigue soñando en serio y en voz alta con Constantinopla, aunque alguno hay. En manifestaciones de 2012 para conmemorar la caída de 1453, los miembros del partido neonazi Amanecer Dorado marcharon por distintas ciudades griegas coreando: «Estambul es griega y siempre lo será». En abril de 2026, se detenía a dos griegos en la ciudad turca por ondear una bandera ortodoxa con el lema «ortodoxia o muerte» en Santa Sofía.
Hay un célebre ensayito de Nikos Dimou de 1975 que se titula La desgracia de ser griego: una reflexión mordaz y doliente, en forma de aforismos, sobre el complejo insuperable que comporta vivir en un país cuyo pasado, en términos de épica, siempre será más brillante que su presente, y donde se vive a la sombra de glorias pretéritas imposibles de emular, sin que los griegos dejen de empeñarse en aspirar a emularlas. Esto siempre lo vieron claro algunos griegos muy griegos que nunca simpatizaron demasiado con la nueva Grecia, y se burlaban de pretensiones decimonónicas como el rescate del griego clásico, depurando el griego demótico —el que hablaba la gente— de sus cientos de préstamos del turco, sedimentados durante siglos de dominación otomana. O la repristinación de monumentos clásicos: en la Acrópolis ateniense, por ejemplo, había un torreón medieval, y se demolió. En Grecia, el lenguaje del poder y las instituciones siempre ha estado lleno de ecos grandilocuentes del pasado, de proclamas de herencia homérica y alejandrina que chocaban y chocan con la realidad prosaica de un país más bien pobre y corrupto. Kostas Kariotakis, un poeta de los años veinte que terminó suicidándose, satirizaba esa grandilocuencia chovinista en poemas como «Préveza», donde contraponía la retórica patriótica inflada con la gris cotidianidad; con «las sucias, insignificantes calles / con sus nombres ilustres y ostentosos». Aquella Grecia de enanos disfrazados de Alejandro Magno, uno solo podía soportarla desde el sarcasmo y la risa:
Base y Guardia de Préveza. Pelotón de seis.
El domingo escucharemos la banda.
He abierto en el banco una cartilla:
de treinta dracmas mi primer depósito.
[…]
Llega un barco. Izada la bandera.
Quizás quien viene es el señor Prefecto.
Si al menos entre esta gente
uno muriera de hastío…
Silenciosos y tristes, recatados,
nos divertiríamos todos en el funeral.
Otro de aquellos griegos que no necesitaba en el mapamundi un país llamado Grecia fue Constantino Cavafis. Hoy se le tiene por el gran poeta griego, y lo fue, pero siendo de Alejandría y sin que visitara apenas a lo largo de su vida lo que ahora llamamos Grecia. Estuvo tres veces en Atenas (y en ningún sitio más), en 1901, 1903 y 1932. E. M. Forster escribió de él que «era un griego leal, pero para él, Grecia no era algo territorial […] La pureza racial le aburría, igual que el idealismo político. Y podía mostrarse cáustico con relación a la hermética y diminuta península en el extranjero. La civilización a la que respetaba era una bastardía en la que la cepa griega prevalecía y en la que, época tras época, se introducían los extraños para modificarla y ser modificados a su vez». Una Megali Idea verdadera, no territorial, no necesitada de ciudades reinantes, ni de la melancolía del Emperador de Mármol; ella sí cambiante, viva, siempre renovable y renovada, siempre nueva.
Hay también una desgracia de ser de izquierdas. Nosotros también tenemos nuestras «ciudades reinantes», nuestros sueños melancólicos de reconquistarlas, y gente que las visita y las venera como si nada hubiera pasado, entrecerrando los ojos para sugestionarse; para no ver los minaretes en torno a Santa Sofía, ni la Mezquita Azul. Ocurre señaladamente con Moscú, pero también con Santiago de Chile. «Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada, y en una hermosa plaza liberada me detendré a llorar por los ausentes», cantaba Pablo Milanés. En un sentido estricto, lo cumplió: la dictadura que ensangrentó la ciudad y el país se terminó, y los ausentes son llorados en la Santiago de hoy, donde hay memoriales, conmemoraciones, torturadores encarcelados y un ejemplar Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Que se liberaran sus plazas en el sentido que quería la canción es otro cantar en un país que sigue sujeto a la Constitución de Pinochet, aunque la haya reformado, y que sobre todo mantiene intacto lo más antiallendista que hizo la dictadura, que no fue matar a miles de allendistas, sino instaurar un sistema económico diametralmente opuesto a aquel en el que creían, y por el cual lucharon y murieron.
Las alamedas se abrieron, pero los álamos son privados, y hay un mendigo en cada uno de sus alcorques. El Chile de hoy homenajea a Allende, le levanta una preciosa estatua en la plaza de la Constitución y hasta puede declararse heredero suyo y de sus ideales, cosa que hizo Boric, pero ya antes Ricardo Lagos o Michelle Bachelet. Lagos organizó un acto tremendamente simbólico el 11 de septiembre de 2003, trigésimo aniversario del golpe del setenta y tres: reabrió la puerta de Morandé 80, la salida de La Moneda por la que sacaron el cuerpo de Allende tras el bombardeo y que Pinochet había mandado tapiar con cemento, precisamente para borrar su simbolismo. Y en el trigésimo sexto aniversario del pinochetazo, Bachelet —que decía en entrevistas que «el legado de Allende sigue vigente»; legado consistente en la «justicia social buscada con tenacidad democrática»— cerró el acto conmemorativo en La Moneda citando textualmente otras palabras célebres del último discurso de Allende: «Viva Chile, viva el pueblo y vivan los trabajadores». Pero Lagos, mientras abría la puerta de Morandé 80, firmaba un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, decía que «todo aquello que es concesionable, se debe concesionar» o efectuaba la primera gran flexibilización del Código del Trabajo para instaurar la jornada a tiempo parcial. Y Bachelet, mientras decía que el legado de Allende seguía vivo, mantenía intacta la arquitectura privatizada de pensiones y salud heredada de la dictadura o introducía los llamados Pactos de Adaptabilidad, acuerdos que permiten jornadas excepcionales pactadas en cada empresa. Al mármol del emperador se le da lustre de tanto en tanto, pero sigue estando muy duro y muy frío. En los xenones de Chile, en sus hospitales, hay una fila de cajeros a la salida, para pagarse el catarro, la tendinitis o el cáncer.
Dinamitemos de una vez el Emperador de Mármol. Dejemos de angustiarnos componiéndonos su imagen enmoheciendo en el fondo del Bósforo, esperando desesperado nuestro rescate. Dejemos de disfrazarnos de él; pasemos la tercera página de la repetición tragedia-farsa-estética para encontrar, en blanco, la página siguiente. El Emperador de Mármol no existe, y si dejamos de obsesionarnos, si espantamos su fantasma, podemos empezar a ver el vaso medio lleno. Ricardo Lagos consagró la salud como garantía exigible por ley para un catálogo creciente de enfermedades, aprobó el seguro de cesantía y el royalty minero (un impuesto específico a las grandes empresas mineras, que enfureció al empresariado) y reformó profundamente la Constitución para eliminar buena parte de los enclaves autoritarios heredados de la Constitución de 1980. Michelle Bachelet despenalizó el aborto, impulsó el programa Chile Crece Contigo de protección a la primera infancia, promulgó una Pensión Básica Solidaria para quienes nunca cotizaron y un Aporte Previsional Solidario para quienes cotizaron poco y avanzó hacia la gratuidad de la educación superior para el sesenta por ciento más vulnerable. Gabriel Boric redujo la jornada laboral de 45 a 40 horas semanales, aumentó sostenidamente el salario mínimo y lanzó la Estrategia Nacional del Litio, que incluyó el control estatal total sobre el Salar de Maricunga, la intervención estatal directa más significativa sobre un recurso estratégico desde la nacionalización del cobre de Allende. Es lamentable que no hicieran más, pero hicieron al menos eso, y no es culpa suya que los que nos quejamos no hayamos organizado una Comuna de los Zelotes. No es el regreso del Emperador de Mármol en carne mortal, pero sí el de algo de su espíritu.
Si desmaterializamos la Megali Idea de Bizancio al modo de Cavafis, Bizancio pueden ser Venecia, el Renacimiento, el monasterio de Voroneţ, los hospitales públicos y hasta la URSS, tan bizantina en cierto modo. Una alameda larga, infinita, a veces inhóspita, a veces mortal, pero nunca cerrada, siempre abierta. Bizancio puede ser, no Constantinopla, sino lo que hacemos, peregrinos suyos, por el camino. Iván de la Nuez también dijo una vez que los grandes hechos ocurren, como si dijéramos, dos veces en la historia: la primera, como bolero. Y la segunda, como conga.

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).
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Me ha gustado mucho el texto. Más allá de toda la erudición —que es mucha—, me interesa especialmente la idea que atraviesa todo el ensayo: qué hacemos con las derrotas y con las ideas cuando ya no podemos recuperar el mundo que las vio nacer. La conexión entre Bizancio, Allende y Cavafis está muy bien construida, y ese “Emperador de Mármol” como metáfora me parece especialmente potente.
Y quizá lo mejor sea el final: dejar de esperar que vuelva el pasado y entender que Ítaca no está tanto en llegar como en lo que hacemos durante el camino. Un texto para leer despacio y volver sobre algunas ideas. Enhorabuena, Pablo.