/ por Pablo Batalla Cueto /
Nunca me interesó el western, por motivos no muy distintos a aquellos por los que nunca me gustaron las películas y tebeos de superhéroes. Demasiado americano, demasiado yanqui, demasiada épica del hombre huraño y solo. La mera estética elemental del Oeste me echaba para atrás: algo en los saloons, las espuelas, los paisajes desérticos, los sheriffs, me fedía —diríamos en asturiano— antes siquiera de que entre ese atrezo empezara a desarrollarse una trama. Sin embargo, siempre me gustó leer sobre el western. No es que lo haya hecho mucho, pero cada vez que me topaba en alguna parte con alguna reflexión sobre el significado del género para Estados Unidos, acababa interesándome mucho. El western es una mitología moderna y la cosa más estadounidense que existe, junto con el jazz. Y es curioso que ambas cosas estén en declive en el Estados Unidos de hoy, dijo una vez Clint Eastwood, y leo como cita destacada al principio de La belleza del western, de Álvaro Acebes Arias. Y todo eso es muy interesante.
El libro de Acebes forma parte de la exquisita colección La belleza de…, de la editorial Eolas, dirigida por Gustavo Martín Garzo, y que con este suma ya 43 títulos. Entre ellos, La belleza de la poesía, de Fermín Herrero; La belleza de los ruidos, de Fulgencio Argüelles; La belleza de la teoría, de Pilar Carrera, o dos que saldrán próximamente: La belleza de las ruinas, de Ignacio González-Varas, y La belleza del fracaso, de Juan Pedro Aparicio. Variada, la colección. Hay tantas cosas bellas, pese a todo, en este mundo. Eolas busca un equilibrio difícil de conseguir, en estos libritos: el ideal es que contengan erudición, pero también intimismo; que el autor o la autora que escriben sobre la belleza de vuelquen en el texto su propia experiencia con ese objeto bello, con esa bella entidad. Y que lo cuenten con altura literaria y estilística; que sean unas páginas bellas en sí mismas.
No es fácil escribir un libro así. Acebes lo consigue. No se le ven las costuras a su difícil engarce de varios libros en uno. Por un lado, la cascada de referencias eruditas de quien no solo lo ha visto, sino que lo ha leído todo sobre el género, y conoce lo mismo su semiótica que el más menudo anecdotario de John Ford y John Wayne o el rodaje de Grupo salvaje. Por otro, el relato conmovedor de la historia de una pasión, la suya, que nació y creció de la mano de un abuelo al que el Oeste le apasionaba. En parte porque, de alguna manera, lo había vivido: la España de la posguerra fue un poco un Oeste, con asaltos de trenes, con sheriffs corruptos, con indios dando esquinazo a vaqueros desalmados (impagable el relato del asunto de los abisinios: no haré spoilers). En parte por eso y en parte por lo que, en la España franquista, las pelis y los libros del Oeste, los paisajes inmensamente abiertos que retrataban o novelaban, y por los que cabalgaba un llanero solitario que tal vez diera su merecido a un terrateniente codicioso, proporcionaban por un momento al espectador o el lector una esquirla de libertad, una leve caricia de su añorado frescor.
Acebes no solo diserta, en el libro, sobre películas americanas, sino también sobre aquellos libros que firmaban autores como Keith Luger, Edward Goodman o Vic Logan, que en realidad se llamaban Miguel Oliveros, Eduardo de Guzmán o Victoria Rodoreda. Y que eran unos escritores como la copa de un pino, pero no habían ganado la guerra de España e, inscritos en listas negras, tenían que ganarse la vida como podían. Las novelas eran breves y baratas, como las rosas de Corín Tellado, y un sota-caballo-y-rey argumental, pero a veces les destellaba, en una frase huidiza, la maestría del literato, como en aquella elipsis magistral de Marcial Lafuente Estefanía: «Cuando se acercó a la colina, vio las siluetas de tres indios. Muertos los tres indios…». Yo me acordé, al leer estos pasajes, del tipo estrafalario que vigilaba los baños del Oasis, la discoteca de Gijón que frecuentaba de adolescente. Sentado en una silla de plástico, leía, embebido, aquellas novelitas. Si el Oeste era capaz de abstraer a alguien de los pútridos baños de una discoteca de los noventa, ciertamente algo tenía que tener.
Cuando terminé el libro de Acebes, corrí a comprar en Amazon Premium Centauros del desierto, y a verla. La disfruté mucho, muchísimo, y entonces entendí. Creo que ya nunca me va a feder el Oeste.

Álvaro Acebes Arias
Eolas, 2026
160 páginas
16 €

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).
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De joven ví muchísimos western porque entonces era un género predominante y las películas de indios y americanos eran, junto con las de romanos y las de miedo, las más atractivas.
El género perduró con el tiempo y sufrió los cambios de las modas.
Muchos tópicos y de fondo el reflejo de una historia de conquista de un gran territorio.
Como tantas otras conquistas, la postergación de los que ya habitaban aquellas tierras, casi 600 naciones de indios repartidos por más de diez millones de kilómetros cuadrados, iroqueses, algonquinos, sioux, comanches, narraganset, kiowa, ohaio, peleando entrer ellos, como en todas partes y todo tiempo han hecho los seres humanos y el resto de animales.
La imagen del pistolero es el símbolo de todo este embrollo que ha dado al cine y la literatura obras buenas y malas.
Fué el principio de un país como USA, donde el cine llegó a ser un gran arte (western, cine negro, comedia…) y la literatura produjo la mayor cantidad de obras magníficas de todos los tiempos
En mi opinión, no hay país, si no consideramos a Europa y rusia como uno sólo, con la riqueza literaria y cinematográfica que tiene Norteamérica, y en concreto el Western, cuya vida toca a su fin, ha sido un género de los más prolíficos por la gran cantidad de películas buenas (y menos buenas)
No es un género intelectual, como el cine europeo o ruso. Es vital, emocional y mítico, con toda la falsedad que conlleva una mezcla de esta clase, y toda la fuerza de sus exteriores y sus héroes y malos irrefutables.
La tragedia griega debió ser, en su momento, algo parecido.
Y los cantares de gesta, también
Ese espíritu, tan simple y lineal, que plasman muchas películas consideradas clásicas del género se hace más complejo en unas pocas. Por eso siempre he preferido El hombre que mató a Liberty Valance.
Gran film de Ford con Wayne, Steward y Marwin, que no es poco, Arturo
También tiene mucho de cine de aventura y sobre todo el paisaje único de América del norte, desde el desierto hasta la nieve. Hay tanto ahí que abarca muchísima experiencia humana
Cormac Mccarty, autor actual, ha escrito novelas como Meridiano de Sangre, donde resucita un western tremendo