texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Equilibrio)
Como si la ofreciera al sacrificio, recuesto la cabeza sobre la bandeja de riñón que la enfermera me acerca en el ceremonial de la extracción de un tapón en el oído. «¿No se llamará usted, por casualidad, Salomé?», me quedé con ganas de preguntarle.
El color mercurial del cielo a lo largo de la tarde. Enrarecido, el aire va espesándose como una crema enferma que entra a por todo con impúdica soberanía letal. En la ciudad sigue la vida habitual bajo esta luz deslustrada y extraña, como de zinc muy usado. Nos hemos acostumbrado a conocer así, de lejos, los pavorosos incendios de cada verano, esos que empiezan a fraguarse meses antes en la ordenada inacción de los despachos.

¿De qué estarán hechos los pensamientos que entrecruzan el empleado de la gasolinera y el viajero que espera junto al coche? Un duelo de silencios muy estirados. Ambos tan cerca, tan quietos y desentendidos, oyendo frente a frente la gárgara amarga del combustible mientras la catarata de números —litros, precio— se despeña en la ruleta del depósito. Cuando todo termina por fin, hay una especie de alivio por ambas partes. Y el aire vuelve a adquirir soltura, como si los dos hombres supiesen que las palabras no dichas han logrado regresar indemnes a la bolsa profunda y apacible de lo que está por decir; allí volverán a dormitar, a las afueras de la voz, esperando otra ocasión más propicia para explotar en el aire.
Como estaba previsto, se va imponiendo puntualmente la negra soberanía del astro. Todo el mundo pendiente de la luz. «Mirad, ya va cansada», dice alguien. Y, en efecto, es una luz enfermiza del color del azafrán la que, desamparada, va cayendo sobre el valle hasta dejar la tarde ciega de sombra. De repente, cruzan por el cielo pájaros enloquecidos. Y cuando llega el gran borrón, un grupo de jóvenes se agarra a la vida entre abrazos y chillidos alegres, como en un ritual tribal de afirmación. Luego, con la luz, regresaron los pájaros y los jóvenes brindaron ciegamente estirando el resplandor de sus cuerpos hacia la nueva claridad y la reposición de la vida. Fin del eclipse.

Mientras La Odisea se pasea por medio mundo como una mera película de aventuras, alguien se ha esforzado en recordarnos que la obra de Homero es ante todo la creación de un lenguaje germinal que aún no se había desprendido del todo de su cualidad musical. Y así lo ha traducido sabiamente año tras año, en silencio y de espaldas al mundo, Rodríguez Tobal. Empiezo a leer esa increíble traducción suya y oigo, antes que otra cosa, una partitura hecha palabras resbaladizas donde la voz fluye sin tropezar. Así tuvo que ser también en aquel amanecer incipiente el idioma tierno, balbuceante, que se desprendía con naturalidad del ruido fundamental de cada cosa.

«¿Prefiere usted jamón de york normal o natural?». En la pregunta de la joven charcutera va encerrada toda una posición ante la realidad, cuando pugnan lo auténtico y lo impostado. Lo natural, pues, ya no es lo normal. El simulacro es lo dominante. La desnaturalización ya ha llegado hasta los confines del jamón de york. Y también a todo lo demás: en un hotel alguien toca una planta de interior para cerciorarse. «Es falsa», dice. «Ya —le responden—, pero ¿a que parece de verdad?». Quién sabe si alguno de esos mostaganes —el narrador Ignacio Sanz los llamaría así— que lo zarandean todo no acabarán por remover aquel verso señero de Juan Ramón: «¡Inteligencia [artificial], dame tú el nombre exacto de las cosas!». Tiempo al tiempo…
Fijarse mucho en la perezosa musculatura de esa nube que pasa despacio y ponerle un nombre, esperar en calma a que el pájaro de los cables de la luz levante el vuelo y soñar que lo sigues con la mirada, empuñar en el fregadero la crujiente alambrera del estropajo de aluminio y pedir un deseo, elegir cuidadosamente una camisa de acuerdo con la luz del día, soportar el rechinar del tendedero oxidado por si se pudiese entender algo de su idioma agresivo, quitar el sonido al aparato de la televisión y escuchar a Schubert mientras continúan manoteando como monigotes los políticos. Las grandes decisiones del día de hoy. Épica del poeta.
Han transformado el viejo cine en un local para beber. Pero se mantienen aquellos mismos cortinajes espesos y el rojo veneciano de las butacas. Y han tapizado las paredes con carteles de películas, fotografías de escenas, actores y actrices, paquetes de entradas de papel (aquellas entradas verdes, rosas…), programas de mano, liquidaciones diarias y hasta un informe de aquella censura —año 1971— con órdenes suculentas («Suprimir en la canción la estrofa Si mi mal no tiene cura, tendré que ordenarme cura»…). En un ángulo nos saluda una vieja máquina de proyección como un cíclope manso. Y hay objetos cinematográficos, fetiches mudos que aún parecen vibrar por dentro. Todavía es posible sentarse justo ante la gran pantalla en una de esas butacas y tomarse un vino mientras comienza la ensoñación… Juraría que aquel cliente de volumen paquidérmico que veo trasegar un vaso lleno estaba en Sed de mal; y esa otra pelirroja, un poco más lejos, ¿no era la que ardía de celos en aquella película junto a Glenn Ford? Y otros y otras que toman sus bebidas cerca de ellos, ¿no estuvieron alguna vez del otro lado de la pantalla? Uno cree reconocerlos aunque sea de lejos. Terminan de beber y se pierden detrás de las espesas cortinas, al otro lado de la vida. Vuelven a su sitio natural, allá donde los recordábamos. Eso vi en el cine Roxy (¡huy, perdón, en el cine Rex!). En Soria.
De vitela, de napa, de gamuza. En algún momento fueron signos de adorno o tuvieron una función retadora (en ellos cabía el tamaño del honor). Eran en verdad una segunda piel que nos asemejaba a otros animales porque tocábamos las cosas como si fuésemos ellos. Aún se calzan para salvar el frío aunque su principal función es ahora de carácter profiláctico: para no tocar, para no infectarse de la realidad, para alejarse del puro tacto. De látex, de goma, de tramas metálicas. Hay miedo dactilar en el aire. Su papel ya es defensivo; su reino es la cautela. Nostalgia de otra vida para los guantes.

Se llamaba Anacor, como si en el nombre ya estuviera predestinado su carácter y su destino. Era uno de esos seres que nunca aprendieron a hacer ruido, y así vivió toda su vida: pendiente de no molestar ni siquiera al aire que respiraba. Era un sabio pero su sabiduría, con ser mucha, estaba muy por debajo de su bondad y de su dulzura. Poseía el don de asustarse de todo cuanto podía hacer daño, por mínimo que fuese, a cualquier criatura. Vivió en la delicadeza y en la discreción. No deja huella salvo su ejemplo para quienes lo conocimos. Ni siquiera estas palabras le hacen justicia. El mundo creerá que desde hoy podrá seguir rodando igual. Pero sin él hay algo que se ha perdido para siempre; solo lo advertirán las especies inferiores y el corazón de los mendigos. Él siempre quiso estar entre ellos, donde nunca llegaba la voz cargada de las molestias. Jamás te olvidaré.

Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.
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